En un momento dado, el cardenal de Guinea Ecuatorial se paró de la mesa, en el marco de una cena de buena parte del alto clero vaticano y abandonó la sala. El recinto estaba cubierto de altares y techos de oro y plata, incontables óleos de arte sacro de incalculable valor cada uno, que de disímbolas épocas, estilos y artistas vestían aquellos salones de un parecido a una suerte de paraíso en la tierra.
Otros cardenales y obispos en la cena, apoyaron de manera tácita al prelado de el único país hispanohablante del África, o porque ya se habían estos manifestado en favor de su postura o porque calladamente habían decidido en el sentido justo opuesto al de su línea de pensamiento. Los cardenales europeos y norteamericanos, con una ferviente defensa, a ultranza en contra de las tesis del de la Guinea (que, entre ellos por cierto) se hallaba el representante de la Argentina, quien de plano, parecía haber perdido la cordura, dio tremendo golpe en la mesa y abandonó de forma nada cordial e intempestiva la mesa aún antes de reconocer la resolución del tema que atañía a tan importante reunión oficial, limitándose a un solo grito: “¡Oscurantistas!”.
El asunto se resolvió por estrechisimo margen: no se emitiría circular pontificia a todas las diócesis del planeta, en el sentido de condenar e incluso afirmar que se vivía en pecado, a todo aquel católico que acudiera y lo mismo ofreciera los servicios profesionales de psicología / psiquiatría. el argumento teológico para la iniciativa de tal circular era que se iba contra las normas de Dios, que cada cristiano debía cargar su propia cruz, de por vida, y sin necesidad pues de terrenales remedios, así fuesen parciales, pero tanto falaces como herejes todos.
Una condena pues la del terrenal ser humano, que por misterio divino, todo ser mortal debía cumplir con el monopolio asistencial de los prelados católicos, para no retirar esa pesada cruz, sino solo irla mitigando en sus pesares y acaso, veladamente, atizándolos, de forma pues periódica y además, permanente por y para gracia divina, no así con el lente de la mundanal ciencia, que (afirmaban los clérigos) esos charlatanes, los psicólogos y psiquiatras, solamente veían por el bien de sus carteras.
El cardenal de Guinea Ecuatorial llegó a su habitación y, tal cual le había prescrito su terapeuta (un psiquiatra de prestigio), tomó tres de las pastillas de medicamento prescrito y controlado de rigor. En una llamada telefónica con el representante de las Filipinas, su íntimo amigo y compañero de mil batallas, ya tarde se volcó en catarsis, vociferando que cada día más los terapeutas laicos (psicólogos y psiquiatras) le quitaban y le quitarían todavía más a la Iglesia católica, ese otrora monopolio del sufrimiento humano. Al final de cuentas espetó, luego de mezclar unas copas de fino vino consagrado con sus medicamentos antiansiolíticos y antidepresivos, a su colega que los clientes de la iglesia católica, los que hacían a la iglesia vender volumen, eran la culpa, el arrepentimiento, la zozobra y el miedo, ese miedo en general a la vida del que sufren algunos seres sin mayor motivo en ocasiones, que no había de otra sino mantenerlos cautivos y todavía más allá: ampliar su base.
Ahora entonces, solamente quedaba que los prelados en sus sermones y confesiones tenían el deber de atizar “por la libre” las penas inherentes a su grey, pero con renovados y redoblados bríos, esto es tomándose también la licencia, de queriendo que no, criticar cada que se pudiera a esos enviados de satanás para convertir al ser humano en una suerte de sibarita y hundido en el fango de nihilismo, que era lo cual precisamente veían en los terapeutas profesionales: seres contrarios al clero y a la palabra de Dios, que osaban cuestionar y aún desviar, sus designios acerca de no pocos mortales, además de socavar algunos valores cristianos, pero sobre todo aún, atreviéndose a meterse con su clientela base, y también menguándola, y por supuesto, asestando un mazazo a las finanzas personales de todos esos representantes de Dios nuestro señor en la Tierra.
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