El zopilote y el colibri

Los resultados de los segundos estudios, aunados a una tercera opinión  de un especialista de los más calificados, no dejan lugar a duda alguna: mi hijo de apenas 17 años sufre de un cáncer en el cerebro...

9 de septiembre, 2020

Los resultados de los segundos estudios, aunados a una tercera opinión  de un especialista de los más calificados, no dejan lugar a duda alguna: mi hijo de apenas 17 años sufre de un cáncer en el cerebro en etapa terminal. 

A lo sumo le quedan unos tres meses de vida, eso con los insufribles tratamientos sugeridos –más  paliativos que otra cosa–, pero  al tomar el muchacho la decisión de dejar todo el tratamiento, voluntad respetada por todos nosotros, su familia, su tiempo podría reducirse  a solo unas muy pocas semanas, que pasará en casa y rodeado por todos nosotros.

Mi desesperación es indescriptible y mi impotencia aún mayor. Lloro a solas e imito la fe de otras personas cercanas, implorando –no  sé si a Dios, al Diablo o a lo que sea–  un milagro que al pasar los días adivino imposible. No escatimo en ofertas a esos entes que supuestamente tienen el poder tan severo de cortar de tajo la vida de una  buena y prometedora existencia, dejando sus cuerpos autómatas en este terrenal plano; no entiendo con qué noble o perverso fin.

En una de esas mañanas lúgubres, me asomo  por mi terraza. Veo a lo lejos una enorme ave negra que, a los pocos segundos, la identifico como un zopilote, ave de mal agüero. Cuando bajo al jardín para ahuyentarla, se acerca y ante mi completo azoro, pronuncia unas palabras con infernal y golpeada voz. Me dice que despierte ya de mi sueño porque mi hijo entra muy temprano a la prepa. De pronto, regreso a la vigilia exaltado, bañado en sudor y temblando, para darme cuenta que todo había sido producto de una horrible pesadilla. Le doy gracias a los poderes superiores y a  cuantos etéreos y ultramundanos personajes me dirigí para suplicar por la salud de mi chavo, mi todo. La vida sigue entonces sin mayores sobresaltos. La más que nunca bendita rutina regresa y la valoro y disfruto más que nunca antes  toda mi existencia.

Un día de mayo, años después del mal sueño relatado, bajo al jardín durante una mañana fresca que llena de optimismo el ambiente, con una dicha indecible –de  esas que se experimentan solo un puñado de veces durante toda una vida–, con  un maravilloso, pleno y casi perfecto presente, un pasado lleno de gratos recuerdos y logros, y un futuro embriagado por la esperanza y por las ilusiones compartidas. Un hermoso colibrí, pletórico de vida y color, se acerca un poco, me saluda y  amablemente con una voz dulcísima me pide que despierte. Lo hago con el renovado ánimo de empezar una nueva y cotidiana jornada. El sentimiento me dura muy poco, mi alma se vuelca ante el puñal hundido en las entrañas de mi dura y gris realidad, por unas horas cruelmente suspendida y olvidada: mi amado hijo, con solo 25 años, acaba de partir hace dos escasas semanas abruptamente de este mundo a causa de un espantoso accidente automovilístico.

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Termidor Aunque no era una noche particularmente calurosa aquella de finales de julio, el líder jacobino sudaba copiosamente debajo de la empolvada peluca de rizos blancos perfectamente peinada (una notable anomalía, ya que sólo la aristocracia lucía peluca de dicho color, la peluca “del pueblo llano” era de color oscuro), mientras sus dedos tomaban la pluma para firmar el documento que estaba en sus manos; aquella proclama era su último intento de salvación, no quedaban ya más cartas por jugar ni recursos de los cuales echar mano. Con sumo cuidado, como si de aquel acto dependiera su destino (que ya estaba decidido) comenzó Maximilien a escribir las primeras letras de su apellido y fue justo entonces cuando las fuerzas militares, enviadas por la Convención Nacional, lograron derribar la puerta dispuestos a aprehender a todos los que se encontraban en aquel despacho del Hotel de Ville.  Dos letras quedaron para la posteridad como un mudo registro de aquella intentona: una R y una O. La proclama, que se conserva hasta la fecha manchada de sangre, comenzaba de la siguiente manera:  “¡Valor, patriotas de la sección de piques! ¡La libertad es victoriosa! Difícil saber a qué se refería un concepto tan inasible como lo es la libertad a esas alturas.  Más de cuarenta mil sospechosos habían sido apresados y diecisiete mil de ellos ejecutados, en su nombre, durante la corta regencia de Maximilien. Más de mil trescientas cabezas habían rodado en las últimas siete semanas. La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido en innumerables ocasiones a lo largo de la historia, fue transformándose en una pesadilla sin fin. Republicanos, girondinos y muchos otros cuyo único pecado consistía en ser menos radicales, habían sido ajusticiados sin posibilidad de un juicio; sólo existían dos sentencias posibles, cuyo peso en la balanza dependía exclusivamente del humor del tribunal en cuestión: absolución o muerte.   El líder de los jacobinos, durante aquel período sangriento, había legado al mundo y a la posteridad lo que se considerarían las bases de la filosofía detrás de la dictadura, puntualizando: “Si la virtud es el resorte de un gobierno popular en tiempos de paz, el resorte de ese gobierno durante una revolución es la virtud combinada con el miedo; la virtud sin la cual el miedo es destructivo, el miedo sin el cual la virtud es impotente”.  El diputado y dirigente del comité, quien era llamado “El Incorruptible” por amigos y enemigos por igual, así como los otros allí reunidos entre los que destacaban su hermano menor Augustine, fueron presa de un súbito escalofrío con la entrada de los gendarmes que pronto se transformó en trifulca y algo después, en caos; algunos intentan enfrentarse a los piqueros, otros huir; el joven Saint-Just se entrega sin decir palabra, Le Bas apunta a su cien con una pistola y cae muerto, a Couthon le hieren en una de sus inmóviles piernas y en medio de aquello, Maximilien recibe un disparo por parte de un guardia (no se sabe si intencional o no) que le destroza la mandíbula, le arranca varios dientes y le deja una sangrienta herida en el rostro, pero no lo mata.   Al observar su pantalón amarillo y la levita azul en el suelo, así como la tez ensangrentada del hermano, Augustine busca evitar el desenlace que se cierne sobre él y saltando desde la ventana más cercana se precipita al vacío, pero para su mala fortuna la altura no es suficiente y también sobrevive, rompiéndose la cadera y ambas piernas; ahí, en el piso bajo la ventana, le encontrarán los guardias retorciéndose y maldiciendo su suerte.  Aquella noche, todos los que sobreviven son llevados al Comité de Seguridad General y puestos en habitaciones separadas. El líder jacobino es recostado sobre una mesa con una caja de madera bajo su cabeza; la noticia de la captura comienza a esparcirse con rapidez y numerosos termidorianos (sus mayores enemigos) acuden cautelosos a observar la escena que involucra al famoso Incorruptible. Su aspecto es deplorable; ensangrentado, gime pero no pronuncia palabra alguna, sólo sus ojos expresan de alguna manera una mezcla de dolor y recelo. El perseguidor se ha convertido por unas horas en un espectáculo que, aunque lamentable, es digno de ser observado por la fúnebre procesión que le mira con una mezcla de sorpresa y horror.  Alrededor de las cinco de la mañana arriban dos cirujanos al Comité para atender a aquellos que están heridos y no pueden dejar aquel recinto, los demás son trasladados a un hospital cercano; al diputado le extraen fragmentos de hueso y dientes que se encuentran alojados en la barbilla y la garganta y le vendan para sostener su mandíbula y que ésta deje de sangrar tan copiosamente. Poco después, él y los veintiún prisioneros se dirigen a las distintas celdas de la Conciergerie para aguardar la hora marcada. Aquel imponente edificio color marfil con almenas circulares los recibe, impasible.   Día 10 de Termidor Pasadas las seis de la tarde, tres carretas (o cuatro, según algunos recuentos) llegan hasta las puertas de la prisión para llevar consigo en un recorrido intencionalmente lento a los condenados.  Las ejecuciones son numerosas y el tiempo apremia, de modo que éstas proceden a realizarse sin protocolo, discursos o solemnidades de por medio. Una rápida sucesión de movimientos mecánicos y la hoja afilada que cae van terminando, una a una, con la vida de los aliados políticos del antiguo dirigente del Comité.  Augustine, incapaz de ponerse de pie o de caminar, es llevado a rastras hasta el cadalso para que cumpla con su destino fatal, lo mismo que Couthon. El líder jacobino es el penúltimo en la lista, por lo que tiene tiempo de observar todo aquello que sucede a su alrededor: desde la aglomeración de gente que ruge al unísono, el accionar de la máquina de madera y acero, con la cesta a sus pies, que trabaja sin parar así como la expresión de sus compañeros que se encaminan a la muerte.  Cuando llega su turno, con la cabeza baja y mirando al suelo, Maximilien avanza entre la furiosa muchedumbre que se encuentra presente para observar el macabro espectáculo. Algunos de los asistentes, que incluyen cocineros, amas de casa, niños, magistrados, almaceneros, artesanos, prostitutas, jornaleros, soldados, así como sacerdotes y carteros, es decir todos aquellos en cuyo nombre supuestamente se gestan las revoluciones, gritan: -¡Muerte al tirano! -¡Que muera, que muera! Otros festejan y lanzan ¡Vivas! a la República; una mujer rubia que aparenta tener treinta años o quizás un poco más, se abre paso entre la multitud y le grita: “Ve malhechor, desciende al infierno llevando las maldiciones de las esposas y madres de Francia”. Durante el trayecto, el líder jacobino avanza de a poco y levanta la vista sólo ocasionalmente. Lo que pasa por la cabeza de Maximilien durante aquellos instantes es un misterio que nunca podrá ser revelado.  ¿Piensa acaso en los argumentos que esgrime tiempo atrás para pedir la muerte del rey francés, a los que otros jacobinos como Marat y Danton se oponen? ¿Piensa en sus compañeros y amigos, como Saint-Just o Couthon, asesinados apenas hace unos instantes? ¿En su hermano? ¿En sus seguidores, en sus enemigos? ¿En El Pueblo, con mayúsculas, que ahora lo veja y maldice? El Incorruptible se encuentra frente a frente con La Doncella, siempre imparcial, que no rechaza a nadie; la misma que terminó con la vida de la archiduquesa austriaca y su esposo, el último monarca absoluto de Francia. Muertes que se ciernen sobre sus hombros, formando una pesada loza, como tantas otras. Los gritos que hacía no mucho Maximilien había utilizado a su favor para clamar por la cabeza de nobles y burgueses mientras los acusa de empobrecer a la gente y provocar hambrunas, ahora claman por la suya.   Pero existe un problema.  Los vendajes de lino, repletos de coágulos y sudor, impiden que su cabeza y cuello se acomoden adecuadamente en el cepo de la guillotina, por lo que el verdugo, de nombre Charles-Henri Sanson, los arranca con un fuerte tirón. Lo que sigue es virtualmente indescriptible.  La falta de soporte que proporcionan las vendas hace que la mandíbula del diputado jacobino se desprenda, sangre violentamente y un inmenso grito de dolor, fuerte y claro, emerge desde lo más profundo de su ser llenado con un silencio total los cuatro puntos de la Plaza de la Revolución.  La escena es escalofriante y como el conflicto en que se haya sumida la nación, parece no tener fin. ¿Cuánto se prolonga aquello, segundos, minutos, horas? Todo tiempo es relativo y ahora pareciera demasiado largo, casi eterno; sólo el golpe seco de la afilada cuchilla logra poner fin a aquel bestial aullido, cuyo eco continúa resonando mientras Sansón levanta la cabeza cercenada y la muestra a la muchedumbre.  Ni uno solo de los asistentes pudo evitar estremecerse aquel día y, si se les preguntara qué era aquello que sentían durante la ejecución (o quizás, durante todos y cada uno de los años que duró el Régimen) su respuesta no pudo ser otra más que una sola palabra: terror.  Lo que sobreviene, como suele pasar cuando el peligro y la tensión han cesado, serán días de festejos y aplausos que sólo aminorarán cuando el cuerpo de Maximilien François es depositado varios metros bajo tierra, en una fosa común en Errancis. " ["post_title"]=> string(9) "El Terror" ["post_excerpt"]=> string(190) "La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido innumerables veces en la historia, fue transformándose en una pesadilla. 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Está el caso de una mujer que de joven fue bailarina y a pesar del alzhaimer al escuchar la música conecta y mueve su cuerpo al recordar lo que hay en su memoria corporal. “La discapacidad es un obstáculo al que hay que enfrentarse. Hace 25 años en el Centro Nacional de las Artes hubo una coreografía en silla de ruedas, una presentación excelente. Lo físico no es impedimento, sin brazos o piernas la dedicación hace maravillas, hay danza y teatro para invidentes, también pueden leer partituras en braile. De una andadera se pueden levantar a bailar, esto me hizo reforzar la idea de que la danza es para todos en cualquier edad. “He visto milagros de personas de la tercera edad que caminan al ejercitarse con la danza. “La Reina Isabel I, tenía un amante con el que se metía en un salón y bailaban con gallardía, se agitaban, todo eso hace la danza, es un encuentro. “Siempre se debe atender el cuerpo. El alma también sufre. Hay riesgos de lastimarse en la danza, teatro, música”.  En un encuentro a la distancia con el maestro Schwartz, su voz nos revela entusiasmo, fuerza y pasión al abordar su adolescencia en la que nos comparte:  “El inicio fue con pantalones apretados, zapatos de torero, comencé haciendo ballet con el maestro Pedro de la Sota (puerto de Veracruz), acumulando conocimiento. Era un muchacho inquieto. En la adolescencia fui a la escuela municipal de música, una escuela-teatro, sentí con la danza que me reconciliaba en mi corporalidad, comencé por el ballet a llenarme de energía, encontré un camino para la vida, nunca más volví a salir del camino de la danza. Estudiaba y vivía un poco escondido”.  “Viajé de Veracruz a Xalapa, me inscribí en la carrera de Filosofía, la que abandoné para dedicarme a la danza, entre mis maestros está Antonio de la Rosa. Luego estudié en la Escuela Nacional de Danza, audicioné en la Compañía Nacional en la que me aceptaron como becario”. 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La danza también lo llevó a países como Guatemala, Brasil y El Salvador.   “Su inclinación a un pensamiento abiertamente de izquierda y tras el movimiento del 68´, por aquellos años le acarrearon que no pudiera trabajar en algunos espacios, abriéndose puertas en otros.  “Siempre he sido fiel a la danza en diferentes y grandes compañías trabajando con Silvia Pinal, actuando en teatro y comedia musical cada noche durante largas temporadas en “El violinista en el tejado” y “El hombre de la mancha”. “Sobreviví al Covid con la danza, doble razón de estar feliz. Este año en el Día Internacional de la Danza en Ciudad de México, en Xalapa como en distintos espacios de nuestro país, hubo actividades presenciales y talleres, una clara señal que salimos del confinamiento. Es corre y vuela, el mundo gira, en alguna parte del planeta se está danzando, presente en la vida de la humanidad”. 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Con sumo cuidado, como si de aquel acto dependiera su destino (que ya estaba decidido) comenzó Maximilien a escribir las primeras letras de su apellido y fue justo entonces cuando las fuerzas militares, enviadas por la Convención Nacional, lograron derribar la puerta dispuestos a aprehender a todos los que se encontraban en aquel despacho del Hotel de Ville.  Dos letras quedaron para la posteridad como un mudo registro de aquella intentona: una R y una O. La proclama, que se conserva hasta la fecha manchada de sangre, comenzaba de la siguiente manera:  “¡Valor, patriotas de la sección de piques! ¡La libertad es victoriosa! Difícil saber a qué se refería un concepto tan inasible como lo es la libertad a esas alturas.  Más de cuarenta mil sospechosos habían sido apresados y diecisiete mil de ellos ejecutados, en su nombre, durante la corta regencia de Maximilien. Más de mil trescientas cabezas habían rodado en las últimas siete semanas. La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido en innumerables ocasiones a lo largo de la historia, fue transformándose en una pesadilla sin fin. Republicanos, girondinos y muchos otros cuyo único pecado consistía en ser menos radicales, habían sido ajusticiados sin posibilidad de un juicio; sólo existían dos sentencias posibles, cuyo peso en la balanza dependía exclusivamente del humor del tribunal en cuestión: absolución o muerte.   El líder de los jacobinos, durante aquel período sangriento, había legado al mundo y a la posteridad lo que se considerarían las bases de la filosofía detrás de la dictadura, puntualizando: “Si la virtud es el resorte de un gobierno popular en tiempos de paz, el resorte de ese gobierno durante una revolución es la virtud combinada con el miedo; la virtud sin la cual el miedo es destructivo, el miedo sin el cual la virtud es impotente”.  El diputado y dirigente del comité, quien era llamado “El Incorruptible” por amigos y enemigos por igual, así como los otros allí reunidos entre los que destacaban su hermano menor Augustine, fueron presa de un súbito escalofrío con la entrada de los gendarmes que pronto se transformó en trifulca y algo después, en caos; algunos intentan enfrentarse a los piqueros, otros huir; el joven Saint-Just se entrega sin decir palabra, Le Bas apunta a su cien con una pistola y cae muerto, a Couthon le hieren en una de sus inmóviles piernas y en medio de aquello, Maximilien recibe un disparo por parte de un guardia (no se sabe si intencional o no) que le destroza la mandíbula, le arranca varios dientes y le deja una sangrienta herida en el rostro, pero no lo mata.   Al observar su pantalón amarillo y la levita azul en el suelo, así como la tez ensangrentada del hermano, Augustine busca evitar el desenlace que se cierne sobre él y saltando desde la ventana más cercana se precipita al vacío, pero para su mala fortuna la altura no es suficiente y también sobrevive, rompiéndose la cadera y ambas piernas; ahí, en el piso bajo la ventana, le encontrarán los guardias retorciéndose y maldiciendo su suerte.  Aquella noche, todos los que sobreviven son llevados al Comité de Seguridad General y puestos en habitaciones separadas. El líder jacobino es recostado sobre una mesa con una caja de madera bajo su cabeza; la noticia de la captura comienza a esparcirse con rapidez y numerosos termidorianos (sus mayores enemigos) acuden cautelosos a observar la escena que involucra al famoso Incorruptible. Su aspecto es deplorable; ensangrentado, gime pero no pronuncia palabra alguna, sólo sus ojos expresan de alguna manera una mezcla de dolor y recelo. El perseguidor se ha convertido por unas horas en un espectáculo que, aunque lamentable, es digno de ser observado por la fúnebre procesión que le mira con una mezcla de sorpresa y horror.  Alrededor de las cinco de la mañana arriban dos cirujanos al Comité para atender a aquellos que están heridos y no pueden dejar aquel recinto, los demás son trasladados a un hospital cercano; al diputado le extraen fragmentos de hueso y dientes que se encuentran alojados en la barbilla y la garganta y le vendan para sostener su mandíbula y que ésta deje de sangrar tan copiosamente. Poco después, él y los veintiún prisioneros se dirigen a las distintas celdas de la Conciergerie para aguardar la hora marcada. Aquel imponente edificio color marfil con almenas circulares los recibe, impasible.   Día 10 de Termidor Pasadas las seis de la tarde, tres carretas (o cuatro, según algunos recuentos) llegan hasta las puertas de la prisión para llevar consigo en un recorrido intencionalmente lento a los condenados.  Las ejecuciones son numerosas y el tiempo apremia, de modo que éstas proceden a realizarse sin protocolo, discursos o solemnidades de por medio. Una rápida sucesión de movimientos mecánicos y la hoja afilada que cae van terminando, una a una, con la vida de los aliados políticos del antiguo dirigente del Comité.  Augustine, incapaz de ponerse de pie o de caminar, es llevado a rastras hasta el cadalso para que cumpla con su destino fatal, lo mismo que Couthon. El líder jacobino es el penúltimo en la lista, por lo que tiene tiempo de observar todo aquello que sucede a su alrededor: desde la aglomeración de gente que ruge al unísono, el accionar de la máquina de madera y acero, con la cesta a sus pies, que trabaja sin parar así como la expresión de sus compañeros que se encaminan a la muerte.  Cuando llega su turno, con la cabeza baja y mirando al suelo, Maximilien avanza entre la furiosa muchedumbre que se encuentra presente para observar el macabro espectáculo. Algunos de los asistentes, que incluyen cocineros, amas de casa, niños, magistrados, almaceneros, artesanos, prostitutas, jornaleros, soldados, así como sacerdotes y carteros, es decir todos aquellos en cuyo nombre supuestamente se gestan las revoluciones, gritan: -¡Muerte al tirano! -¡Que muera, que muera! Otros festejan y lanzan ¡Vivas! a la República; una mujer rubia que aparenta tener treinta años o quizás un poco más, se abre paso entre la multitud y le grita: “Ve malhechor, desciende al infierno llevando las maldiciones de las esposas y madres de Francia”. Durante el trayecto, el líder jacobino avanza de a poco y levanta la vista sólo ocasionalmente. Lo que pasa por la cabeza de Maximilien durante aquellos instantes es un misterio que nunca podrá ser revelado.  ¿Piensa acaso en los argumentos que esgrime tiempo atrás para pedir la muerte del rey francés, a los que otros jacobinos como Marat y Danton se oponen? ¿Piensa en sus compañeros y amigos, como Saint-Just o Couthon, asesinados apenas hace unos instantes? ¿En su hermano? ¿En sus seguidores, en sus enemigos? ¿En El Pueblo, con mayúsculas, que ahora lo veja y maldice? El Incorruptible se encuentra frente a frente con La Doncella, siempre imparcial, que no rechaza a nadie; la misma que terminó con la vida de la archiduquesa austriaca y su esposo, el último monarca absoluto de Francia. Muertes que se ciernen sobre sus hombros, formando una pesada loza, como tantas otras. Los gritos que hacía no mucho Maximilien había utilizado a su favor para clamar por la cabeza de nobles y burgueses mientras los acusa de empobrecer a la gente y provocar hambrunas, ahora claman por la suya.   Pero existe un problema.  Los vendajes de lino, repletos de coágulos y sudor, impiden que su cabeza y cuello se acomoden adecuadamente en el cepo de la guillotina, por lo que el verdugo, de nombre Charles-Henri Sanson, los arranca con un fuerte tirón. Lo que sigue es virtualmente indescriptible.  La falta de soporte que proporcionan las vendas hace que la mandíbula del diputado jacobino se desprenda, sangre violentamente y un inmenso grito de dolor, fuerte y claro, emerge desde lo más profundo de su ser llenado con un silencio total los cuatro puntos de la Plaza de la Revolución.  La escena es escalofriante y como el conflicto en que se haya sumida la nación, parece no tener fin. ¿Cuánto se prolonga aquello, segundos, minutos, horas? Todo tiempo es relativo y ahora pareciera demasiado largo, casi eterno; sólo el golpe seco de la afilada cuchilla logra poner fin a aquel bestial aullido, cuyo eco continúa resonando mientras Sansón levanta la cabeza cercenada y la muestra a la muchedumbre.  Ni uno solo de los asistentes pudo evitar estremecerse aquel día y, si se les preguntara qué era aquello que sentían durante la ejecución (o quizás, durante todos y cada uno de los años que duró el Régimen) su respuesta no pudo ser otra más que una sola palabra: terror.  Lo que sobreviene, como suele pasar cuando el peligro y la tensión han cesado, serán días de festejos y aplausos que sólo aminorarán cuando el cuerpo de Maximilien François es depositado varios metros bajo tierra, en una fosa común en Errancis. " ["post_title"]=> string(9) "El Terror" ["post_excerpt"]=> string(190) "La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido innumerables veces en la historia, fue transformándose en una pesadilla. 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El Terror

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