El Nobel para Gurnah, la cumbre del mestizaje

La Academia Sueca premió a Abdulrazak Gurnah con el Nobel de Literatura. Con ello no solo se otorga un reconocimiento a un fascinante autor casi desconocido, también se abre una puerta a un nuevo horizonte literario

13 de octubre, 2021

Hay quienes no se pierden la Tour de Francia y se saben cada una de sus estaciones, otros que siguen la Champions y no se pierden un partido –otros, sin que tengamos una remota idea de qué es, seguro disfrutamos de algún juego si nos invitan una cerveza–, la televisión especializada ofrece el campeonato nacional de los Estados Unidos de pesca de salmón, y algunos que fueron obligados a jugar golf llegan a ser gobernadores… En fin, de todo hay y para cada uno. Yo por mi parte no puedo evitarlo, pero desde que soy lector no me puedo perder el anuncio de los premios Nobel y Cervantes de Literatura. Tuve la fortuna incluso de estar en la Embajada de México en España cuando la suerte y la justicia favorecieron a don Fernando del Paso, que lo convirtió en el Príncipe de las “P”, como dijo Pablo Raphael: “Pitol, Poniatowska, del Paso y Fuentes, que nació en Panamá”. Tengo mis candidatos favoritos y me hago mis propias quinielas. Cuando los premios son conferidos corro a la librería y si no conozco al autor me compro dos o tres volúmenes para calar, como quien compra frutas jugosas, si me gusta o hay que dejarlo pasar, no es un asunto de calidad, es de gustos y cuando esa magia de encuentro no acontece, el problema no es del Nobel ni del autor, es por completo mío, de mi gusto y del camino a donde suelo dirigir mis ojos lectores.

Pero del mismo modo en que algunos se creen que el Super Bowl es una pérdida de tiempo, una barbarie mercantil y están en su derecho, se privan del placer de que alguien les explique la mecánica del juego y descubran los secretos y las emociones que encierran, ya en una ocasión el azar me condujo hasta la ciudad de Phoenix y presenciar ese ritual de la cultura popular norteamericana: fue una de las experiencias que recuerdo con particular afecto. Bueno, pues ya está, del Nobel no falta quien le miente la madre desde antes de que lo confieran, que si no es posible que se lo dieran a Bob Dylan, que para eso hay que dárselo a un taquero o a un profesional de las maquetas de barcos y aviones, en fin, bromas mil que podrían resumirse en un hábito particular de los seres humanos: regodearnos en lo que no sabemos y plantar cara a lo que no lo merece. Verá usted, amable lector, lo de Dylan puede no gustarle a uno, como me ha pasado con algunos autores, Orhan Pamuk, por ejemplo que es buenísimo y tan bueno es que no escribió para mí y sus novelas no me atrapan, no es culpa de Rojo ni de Nieve, es mío y de mis prácticas lectoras; pero en fin que me pierdo como siempre que hablo de libros. El Nobel al autor de Blowing in the Wind me parece el reconocimiento a un hombre de gigantesco talento y una especie de homenaje al arte de los juglares, tal vez Dylan haya sido el último de aquellos artistas que instrumento musical en mano narraron la épica, la lírica y la égloga de sus tiempos.

En realidad, es cierto: el Nobel y el Cervantes no son más que premios, solo eso, no importan, pero importan mucho. Cada uno de ellos representa la consagración de un ser humano dedicado al arte –insisto puede o no gustarnos pero eso no descalifica los años de entrega al oficio y a la vocación, al dominio de la técnica y al descubrimiento del secreto de los temas–, representa la traducción a innúmeras lenguas y con ello el enriquecimiento de la cultura por todas partes. En el caso del Cervantes, además, implica el diálogo entre la Península y el continente de la Ñ y el avance de nuestra literatura en otras librerías y bibliotecas, se da el caso, excepcional si se quiere, de que un premio abra las puertas a nuevas formas de ver la literatura, me apuesto el almuerzo a que el Premio Goncourt habrá descubierto con Anomalía de Hervé Le Tellier, el nuevo camino para la ciencia ficción. Por eso el Nobel importa e importa tanto.

De entre todos los obsesos del Nobel, hay quienes lo son para denostarlo, es cierto que es lamentable el escándalo de corrupción, violación de secretos y acoso sexual que nos privaron de su entrega por un año, pero qué se le va a hacer, en todos lados se cuecen habas y es mejor que las heridas supuren de cuando en cuando para ventilar la podredumbre. Pero sobre todo, me llaman la atención los críticos subidos en su pequeño banquito, esos que escriben con hiel y veneno, que destruyen al ganador con el pretexto de defender a los que no lo ganaron o no lo han ganado y es que nomás hay un Nobel al año y escritores hay tantos. Nadie necesita el premio, pero si viene y más si es en justicia, qué mejor. Borges, Reyes o Fuentes –por solo hablar de nuestros escritores– no necesitan que los defiendan y si no les tocó el grande, ello no les quita su propia grandeza. Críticos que no han leído al laureado ni les interesa porque lo que importa y más para el que sabe que nunca lo tendrá en sus manos, es destruir porque siempre el ruido del chivo en la cristalería suena como sinfonía para las inteligencias pequeñas.

En fin, que este año vino a caer en suerte –y me parece que en justicia porque ahora que empiezo a leerlo me está gustando mucho– el Premio Nobel a Abdulrazak Gurnah, de Tanzania. Esto me remueve las entrañas de gusto por varias razones. Primero, por venir del África de cuya literatura apenas sabemos casi nada, es decir, algo de los autores del Magreb como Léopold Sédar Senghor, precursor entre los africanos que salieron a mostrar su literatura; Naghib Mahfouz, enorme, descubierto y traído a occidente por Jacquie Kennedy; Tahar Ben Jelloun y su maravillosa elegía El último amigo. Pero si descendemos al África profunda, de donde recibimos a Miriam Makeba, al inmortal Madiba, que refugió a Maya Angelou, ahí si nos perdemos y creo, que ha llegado también su tiempo de saltar a escena para que los veamos y los conozcamos, para que de ese modo sepamos que existen y su sufrimiento, exclusión y marginalidad puedan ser paliados también desde la cultura, porque la Academia Sueca lo sabe, está consciente de su poder y el premio no se da solo al autor sino a su mundo y su contexto; usted o yo podemos opinar lo que nos venga en gana que para eso somos libres tenemos un cerebro, dos ojos, dos oídos y solo una boca y es que, por ejemplo Solyentizin no me convence, no es para mí, pero sin su Nobel, cómo podríamos saber de los excesos de la Unión Soviética; Pasternak, que es de mis autores más admirados, tuvo el mismo efecto.

Pero los latinoamericanos tenemos cuentas pendientes con la historia y bien podríamos ser más solidarios y abiertos con otras literaturas marginales. Vamos a ver, la primera iberoamericana en ganar un Nobel de literatura fue Gabriela Mistral en 1945 y ahí comienzan los quebraderos de cabeza porque parece que fue de rebote, entre quienes no se decidían y entre la falta de acuerdo y las malas lenguas dicen que se lo bajó a Alfonso Reyes entre otros, pero la literatura de nuestro continente seguía siendo marginal, de las orillas del mundo y un poquitín folclórica y llamativa, de ahí tuvimos que esperar doce años para que se lo dieran a don Miguel Ángel Asturias, sin debate sobre su enorme calidad y potencia, pero que sigue la órbita de eso que los europeos parecían llamar el exótico mundo de América. Sería Neruda, apenas cuatro años después, el que abre las puertas de las grandes alamedas, como diría su paisano. Entonces vino el boom; pues ya ve usted, me dirá que el boom no es un movimiento, que es una estrategia de mercado y yo tengo para mí que es ambas cosas y sobre todo que es un enorme e irrepetible conjunción de talento –ande, consígase al mismo tiempo un Gabo, un Cortázar, un Donoso, un Fuentes, un Vargas Llosa, suena fácil–, bajo la estratégica e inteligente visión de una mujer enorme –en todo sentido– y admirable: Carmen Balcels. Eso nos permitió abandonar la marginalidad y entrar a partir el queso en la mesa grande con todos. Porque, sabe usted amigo lector, no basta con escribir como los dioses, es necesario ser leído como cualquier hijo de vecino; pero la consagración nos la abre el enorme Gabo con su histórico liqui-liqui blanco sin frac y poniendo a bailar vallenato a la reina de Suecia. Esa es la épica de cómo los latinoamericanos, como acostumbramos, en el relajo y el mitote, con talento y con una necedad a toda prueba nos metimos en la literatura universal para no salir ya nunca. Puede ser, espero, que sea en buena hora para los africanos.

Pero ademas Gurnah es parte de un fenómeno literario que nos supera a los lectores y autores del mundo, se trata de una forma de literatura que rompe los márgenes de la clasificación por lenguas y naciones, se trata de la letra mestiza que comenzó a ser reconocida con el Nobel a V.S Naipaul que lo recibió en 2001, nacido en Trinidad, súbdito británico de origen indio con obras dedicadas al Islam y al Caribe; adelanta con Kazuo Ishiguro, que lo obtuvo en 2017, nacido en el Japón y también británico cuyo trabajo es la muestra del más fino cosmopolitismo, y que ahora parte plaza, madres y críticas con Abdulrazak Gurnah, escritor de las migraciones, de las culturas colonizadas, del hambre de sobrevivir, de los que guardan su idioma como un tesoro, su cocina como una deidad y su memoria como una leyenda; tanzano y británico también –estas son las consecuencias del antiguo Imperio– escribe (hasta donde he podido leerlo ahora con Pilgrim Way en texto digital, en tanto que nos llegan las traducciones y las nuevas ediciones), con una pureza y una fuerza admirables. Eso es lo que me ha gustado de este Nobel: la posibilidad infinita de crear horizontes; después de todo, Naipaul e Ishiguro son dos de los miembros de mi Olimpo literario.

En fin, antes de que el amable lector prefiera echarle un ojo al Tik-Tok, diré que tal vez haya sido la última oportunidad para Kundera y para Kadaré, ambos mis eternos candidatos como en su oportunidad lo fue Carlos Fuentes; que la sequía del Nobel para la lengua española todavía habrá de prolongarse un año más pese a los veinte años que separan a Octavio Paz de Mario Vargas Llosa y después de los gloriosos años 89 – 90 en que Camilo José Cela precedió a Octavio Paz en el escenario de los ganadores. Y sigo creyendo en Adonis, aunque tal vez ya no alcance y viendo alzarse con la gloria a Javier Marías, a Antonio Muñoz Molina; en fin, todo puede suceder. Y aquí entre nos, lo que sí me da un gusto enorme es la sacudida que se llevaron las casas de apuestas, esos que son los especuladores de esta escena.

Esperemos un año más y que pronto podamos leer a Gurnah, que por lo menos, promete y mucho.

 

@cesarbc70  

Comentarios
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De hecho el carácter idealista y peyorativo del término viene de uno de sus máximos exponentes, el propio Tomás Moro, quien, en la parte final de su obra más emblemática, justamente Utopía, considera que el ideal de sociedad justa que expone en ella es irrealizable en la Europa de su tiempo. Desde entonces una utopía es entendida como una construcción imaginaria e imposible; sin embargo, no por ello menos útil.   Entre los ejemplos más destacados, sobre todo por la capacidad para representar una época, de este género de relato humano, está La ciudad de Dios, de Agustín de Hipona. En dicho texto el ideal de sociedad humana se expresa a través de la realización de los ideales cristianos materializados en una ciudad espiritual donde reinarían lo que la Iglesia de su tiempo entendía por amor, paz y justicia.  En La República de Platón se describe lo que este filósofo entiende por “Estado Ideal” que, esencialmente, se traduce como un Estado donde el bienestar social y la justicia plena se materializan.    Y qué decir del “Socialismo utópico”, encabezado por Henri de Saint-Simon, Charles Fourier y Robert Owen, centrados en transformar la situación precaria en que vivía el proletariado europeo en el siglo XIX. Esta visión utópica, además de ser en cierta forma colectiva, pues cada uno le imprimió sus matices particulares, proponía cambios concretos e inmediatos para reformar a la sociedad de su tiempo. Este modelo utópico nació con la convicción de llevarse a la práctica de inmediato y sus autores se abocaron a elaborar descripciones puntuales y detalladas del potencial funcionamiento práctico de comunidades igualitarias.   La literatura de ficción califica tanto como narrativas que tratan de explicar el mundo, o cuando menos aspectos o episodios de él –entre los ejemplos recientes y afortunados tenemos Una novela criminal, del mexicano Jorge Volpi, o Patria del español Fernando Aramburu– que como relatos que buscan moldearlo, o, en casos extremos –y opuestos a la utopía– poner en palabras e imágenes literarias las peores pesadillas posibles de la humanidad con la intención de que no lleguen nunca a realizarse. 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El éxito a cualquier precio se convierte en el único principio existencial válido, y a estas alturas todos podemos comprobar a dónde nos ha conducido esta indeseable interpretación moral de la realización personal.    Quizá ninguno de los ejemplos anteriores nos parezca, a la luz de nuestro tiempo, una realidad en la que nos gustaría vivir; sin embargo, resultan profundamente esclarecedores acerca del conjunto de valores dominantes de una época, y de la proyección que el individuo de dicho periodo hace de sí mismo y de su sociedad.  Si nos viésemos obligados a crear una utopía, la imagen del mundo ideal donde nos gustaría que tanto nosotros como nuestros descendientes viviera, una realidad paralela que nos salve de la precariedad de nuestra sociedad actual, ¿cómo sería? ¿Cómo la imaginas? Soñar con un mundo ideal y deseable no solo es legítimo sino inevitable. Aun cuando las utopías como tal parecieran haberse dejado de producir, los seres humanos no podemos renunciar a la idea de imaginar –y construir con nuestros relatos– un futuro mejor.    Fuera del ámbito literario existen también diversas formas narrativas que buscan modelar la realidad con el propósito de construir un futuro bajo cierto nivel de diseño.     A nivel individual existe una amplia variedad de técnicas de visualización –muchas de ellas a partir de la redacción lingüística del ideal buscado y muchas otras mediante la articulación de imágenes mentales–, fundadas en el discutible argumento de que el pensamiento –y la convicción con que se tenga éste– es capaz de influir, e incluso modificar la realidad material.    No hay espacio en este texto para abordar a fondo este tema, que es, en sí mismo, un universo. Pero así como hay sistemas y autores serios cuyas técnicas funcionan para que el individuo, sometido a una disciplina y metodología sistemática, sea capaz de enfocar sus potencialidades –mentales, pero también mediante la acción– en aras de alcanzar un objetivo concreto y coherente con su situación existencial, abundan también charlatanes y pseudogurús que a partir de teorías esotéricas y enigmáticas, basadas en puro y duro pensamiento mágico, prometen una especie de “utopías personales a la carta” donde, impulsado tan solo por los deseos narcisistas del individuo, el universo entero conspira para materializarlos, sin importar lo absurdos, inconexos o delirantes que éstos pudieran ser.      Y me gustaría cerrar este texto con una potente manifestación narrativa de carácter colectivo que busca moldear la realidad presente con el propósito de materializar un futuro ideal y esperanzador: las Constituciones Nacionales de cada país.  Mientras que los códigos, leyes, normas, edictos y demás instrumentos jurídicos buscan gestionar el día a día en tiempo presente, las Constituciones suelen ser manifestaciones de principios, valores, anhelos que en su conjunto plasman una visión de futuro.  Mientras que las leyes secundarias retratan lo que una nación es, la Constitución prefigura lo que esa nación aspira a ser. En la carta magna, que suele ser un documento breve que traza de forma general los principios más significativos, se plasman los ideales que dan sentido y dirección a un Estado. 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A favor de la renta básica universal, la semana laboral de 15 horas y un mundo sin fronteras, Primera Edición, España, Salamandra, 2017, Pág. 22. 2RAE, Diccionario de la lengua española, Edición del Tricentenario, Actualización 2020. Consulta: 3 de junio 2021 https://dle.rae.es/utop%C3%ADa?m=form" ["post_title"]=> string(56) "Las narrativas como mecanismos para diseñar el porvenir" ["post_excerpt"]=> string(216) "Soñar con un mundo ideal no solo es legítimo sino inevitable. Aun cuando las utopías como tal parecieran haberse dejado de producir, los seres humanos no podemos renunciar a la idea de imaginar un futuro mejor. 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Tan solo plantean las preguntas correctas.1 -Rutger Bregman, historiador holandés.   En los artículos/apartados anteriores se ha expresado desde diversas perspectivas la importancia que para el ser humano ha tenido a lo largo de su historia la capacidad de construir relatos que le permitan entender el mundo en el que vive.  Pero las narrativas tienen otra poderosa propiedad, tan significativa o incluso mayor que la antes descrita: son mecanismos fundamentales para moldear el mundo en que aspiramos vivir.      Para el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, una utopía es una “representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”.2 Si bien se trata de una definición un tanto general y desangelada, permea en ella la segunda intención central –después de explicar la realidad– que nos lleva a construir un relato: inventar el futuro, uno que nos parezca adecuado y deseable –como la vida eterna, o la sociedad perfecta–, uno que nos permita dejar atrás nuestras debilidades, limitaciones y defectos y sea tan expansiva y deseable que dignifique nuestra condición de seres humanos, tan degradada por la injusticia, la guerra, la desigualdad, la violencia y la perversidad que suelen estar tan presentes en nuestras sociedades a lo largo de la historia y a lo largo y ancho de la geografía humana terrestre.     En general, las utopías, tanto las deseables como indeseables o distópicas, no suelen materializarse, o cuando menos no al pie de la letra. De hecho el carácter idealista y peyorativo del término viene de uno de sus máximos exponentes, el propio Tomás Moro, quien, en la parte final de su obra más emblemática, justamente Utopía, considera que el ideal de sociedad justa que expone en ella es irrealizable en la Europa de su tiempo. Desde entonces una utopía es entendida como una construcción imaginaria e imposible; sin embargo, no por ello menos útil.   Entre los ejemplos más destacados, sobre todo por la capacidad para representar una época, de este género de relato humano, está La ciudad de Dios, de Agustín de Hipona. En dicho texto el ideal de sociedad humana se expresa a través de la realización de los ideales cristianos materializados en una ciudad espiritual donde reinarían lo que la Iglesia de su tiempo entendía por amor, paz y justicia.  En La República de Platón se describe lo que este filósofo entiende por “Estado Ideal” que, esencialmente, se traduce como un Estado donde el bienestar social y la justicia plena se materializan.    Y qué decir del “Socialismo utópico”, encabezado por Henri de Saint-Simon, Charles Fourier y Robert Owen, centrados en transformar la situación precaria en que vivía el proletariado europeo en el siglo XIX. Esta visión utópica, además de ser en cierta forma colectiva, pues cada uno le imprimió sus matices particulares, proponía cambios concretos e inmediatos para reformar a la sociedad de su tiempo. Este modelo utópico nació con la convicción de llevarse a la práctica de inmediato y sus autores se abocaron a elaborar descripciones puntuales y detalladas del potencial funcionamiento práctico de comunidades igualitarias.   La literatura de ficción califica tanto como narrativas que tratan de explicar el mundo, o cuando menos aspectos o episodios de él –entre los ejemplos recientes y afortunados tenemos Una novela criminal, del mexicano Jorge Volpi, o Patria del español Fernando Aramburu– que como relatos que buscan moldearlo, o, en casos extremos –y opuestos a la utopía– poner en palabras e imágenes literarias las peores pesadillas posibles de la humanidad con la intención de que no lleguen nunca a realizarse. Algunos ejemplos de éstas últimas podrían ser las siempre clásicas distopías: Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell o Fahrenheit 451, del estadounidense Ray Bradbury.    Pero también existen casos paradigmáticos donde las “utopías” planteadas en la ficción se han acercado demasiado a materializarse, con aterradores resultados. Un buen ejemplo de esta vertiente la podemos ver en la obra de Ayn Rand. En novelas como La rebelión de Atlas o El Manantial, la autora describe lo que ella considera el ideal del “superindividualismo”, donde se exacerba hasta límites inimaginables el logro personal por encima de cualquier otro criterio humano. El éxito a cualquier precio se convierte en el único principio existencial válido, y a estas alturas todos podemos comprobar a dónde nos ha conducido esta indeseable interpretación moral de la realización personal.    Quizá ninguno de los ejemplos anteriores nos parezca, a la luz de nuestro tiempo, una realidad en la que nos gustaría vivir; sin embargo, resultan profundamente esclarecedores acerca del conjunto de valores dominantes de una época, y de la proyección que el individuo de dicho periodo hace de sí mismo y de su sociedad.  Si nos viésemos obligados a crear una utopía, la imagen del mundo ideal donde nos gustaría que tanto nosotros como nuestros descendientes viviera, una realidad paralela que nos salve de la precariedad de nuestra sociedad actual, ¿cómo sería? ¿Cómo la imaginas? Soñar con un mundo ideal y deseable no solo es legítimo sino inevitable. Aun cuando las utopías como tal parecieran haberse dejado de producir, los seres humanos no podemos renunciar a la idea de imaginar –y construir con nuestros relatos– un futuro mejor.    Fuera del ámbito literario existen también diversas formas narrativas que buscan modelar la realidad con el propósito de construir un futuro bajo cierto nivel de diseño.     A nivel individual existe una amplia variedad de técnicas de visualización –muchas de ellas a partir de la redacción lingüística del ideal buscado y muchas otras mediante la articulación de imágenes mentales–, fundadas en el discutible argumento de que el pensamiento –y la convicción con que se tenga éste– es capaz de influir, e incluso modificar la realidad material.    No hay espacio en este texto para abordar a fondo este tema, que es, en sí mismo, un universo. Pero así como hay sistemas y autores serios cuyas técnicas funcionan para que el individuo, sometido a una disciplina y metodología sistemática, sea capaz de enfocar sus potencialidades –mentales, pero también mediante la acción– en aras de alcanzar un objetivo concreto y coherente con su situación existencial, abundan también charlatanes y pseudogurús que a partir de teorías esotéricas y enigmáticas, basadas en puro y duro pensamiento mágico, prometen una especie de “utopías personales a la carta” donde, impulsado tan solo por los deseos narcisistas del individuo, el universo entero conspira para materializarlos, sin importar lo absurdos, inconexos o delirantes que éstos pudieran ser.      Y me gustaría cerrar este texto con una potente manifestación narrativa de carácter colectivo que busca moldear la realidad presente con el propósito de materializar un futuro ideal y esperanzador: las Constituciones Nacionales de cada país.  Mientras que los códigos, leyes, normas, edictos y demás instrumentos jurídicos buscan gestionar el día a día en tiempo presente, las Constituciones suelen ser manifestaciones de principios, valores, anhelos que en su conjunto plasman una visión de futuro.  Mientras que las leyes secundarias retratan lo que una nación es, la Constitución prefigura lo que esa nación aspira a ser. En la carta magna, que suele ser un documento breve que traza de forma general los principios más significativos, se plasman los ideales que dan sentido y dirección a un Estado. Se trata de los pilares éticos, morales y conductuales sobre los que debe construirse la nación.  En la Constitución, que refleja la manifestación de una variedad específica de singularidad humana, se describe el tipo particular de justicia, las modalidades de propiedad aceptables, la variedad y alcance de derechos a los que puede aspirar el individuo, un tipo concreto de autoridad, de división y administración del poder, del ejercicio de la fuerza; también expresa los rasgos centrales de la nacionalidad y pertenencia a un territorio, la calidad de las instituciones que habrán de conducir al Estado, el nivel de libertad individual y los mecanismos que garanticen una vida colectiva próspera y pacífica… en una palabra: una visión ideal y particular del mundo.  En cierta forma, cada Constitución es una especie de Utopía que aspiramos a materializar. E incluso me atrevería a decir que si los ideales plasmados en ella se han realizado –o han dejado de ser deseables– es tiempo de redactar una nueva que plasme un nuevo rumbo, una nueva dirección, nuevas fronteras y nuevos horizontes por conquistar.    Moldear el futuro con utopías sigue siendo necesario y constructivo. Atrevernos a visualizar lo que consideramos un mundo ideal –y entre más compartida la imagen, más poderosa– nos pone en camino de conseguirlo, aun cuando es factible reconocer que, entre más potente y valiosa sea la utopía, más difícil será que se logre. Pero los anhelos de futuro que nos impulsan a imaginarla hablan mucho no solo de quienes somos, sino sobre todo del tipo de personas en las que aspiramos convertirnos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir   1Bregman, Rutger, Utopía para realistas. A favor de la renta básica universal, la semana laboral de 15 horas y un mundo sin fronteras, Primera Edición, España, Salamandra, 2017, Pág. 22. 2RAE, Diccionario de la lengua española, Edición del Tricentenario, Actualización 2020. Consulta: 3 de junio 2021 https://dle.rae.es/utop%C3%ADa?m=form" ["post_title"]=> string(56) "Las narrativas como mecanismos para diseñar el porvenir" ["post_excerpt"]=> string(216) "Soñar con un mundo ideal no solo es legítimo sino inevitable. Aun cuando las utopías como tal parecieran haberse dejado de producir, los seres humanos no podemos renunciar a la idea de imaginar un futuro mejor. 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