El diablo bajo el sol

Para muchos, la mente de un asesino serial puede ser fascinante… hasta que se encuentran con uno cara a cara.

20 de octubre, 2022

El hombre al volante del Ford sedán sabía que no se encontraba ya muy lejos de su destino; unos dos o tres kilómetros aproximadamente en línea recta. Aquella era una oportunidad única, sin duda alguna. Después de varios años trabajando en los medios, ahora podría finalmente estar, frente a frente, con un hombre que no solo tenía fama nacional e internacional, sino que era también conocido por ser un buen conversador lo cual era, curioso por decir lo menos, dadas las circunstancias. Había pensado tanto en aquella cita que, ansioso, no podía aguardar para acceder a USP Durham

Robert J. Campbell, de 32 años, había estudiado periodismo y se había graduado con honores en la Universidad de Missouri; a su edad, se había ganado cierto reconocimiento colaborando primero con el Dispatch, de mayor circulación, al que después se agregó el Daily Tribune, más especializado. Su fuerte, además de un estilo fluido y profundo que empleaba para las historias de mayor trascendencia, eran las notas relacionadas con el crimen, mismas que acompañaba de una exhaustiva investigación. 

Hacía escasos tres meses se había casado con una mujer de la que estaba profundamente enamorado, Mary-Ann Simmons, que trabajaba como auxiliar administrativo en el departamento de homicidios de Jefferson, donde se habían asentado. Fue ella quien había logrado conseguir la cita a la que Robert se dirigía: una entrevista con Kurt Pembert.  

Las prisiones de máxima seguridad han sido concebidas para albergar a los reclusos más peligrosos durante largos años, décadas incluso. Pero aún entre ellas, Durham es especial; ubicada en una zona remota, asolada por el clima semiárido que ofrece el oeste de Colorado, requiere de un trayecto de al menos dos horas en automóvil, a velocidad promedio, para llegar hasta la entrada principal y resulta imponente aún desde la lejanía. El centro penitenciario, gris y liso por fuera, posee siete torres externas con guardias fuertemente armados; adicionalmente, el perímetro que circunda el área en que se asienta es vigilado por patrullas móviles, posee cables de disuasión de helicópteros (en caso de intento de aterrizajes cercanos que busquen facilitar alguna huida) y se encuentran terminantemente prohibidos los aviones dentro de su espacio aéreo. 

Pero su interior es aún más duro. 

Las cuatrocientas celdas, individuales e insonorizadas, miden tres metros de largo por dos de ancho y poseen únicamente un baño, una cama, un escritorio y un taburete, todo hecho de concreto. Los presos permanecen en ellas 23 horas al día y reciben un mínimo de recreación en celdas también individuales. Si han mostrado buena conducta, pueden acceder a una televisión, en blanco y negro, que transmite programas educativos y servicios religiosos. En los veinte años que han transcurrido desde su edificación, nadie ha logrado escapar de ahí.  

En dicho lugar se encuentra Kurt E. Pembert III, nacido en Burbank, California, quien, a lo largo de seis años asesinó a 16 mujeres, entre los 18 y los 30 años. También a una más de 53, su madre, Claire. 

Cuando entra a la sala donde Robert le espera, aún ataviado con el uniforme naranja de la prisión y esposado tanto de pies como de manos, parece más imponente de lo que luce en las fotografías y en los videos que han transmitido los canales de televisión durante los últimos años.  

Pembert, casi de la misma edad que Campbell, debe medir al menos 1.90 mts. y debe pesar más de 120 kgs. Su tez es blanca, su cabello castaño oscuro, perfectamente peinado y lleva una barba de candado particularmente tupida, prolijamente recortada, aunque ésta es de un tono ligeramente más claro que su cabello. Tanto sus gestos como su manera de hablar son suaves y pausadas. 

Pero su mirada es lo que lo diferencia del resto; sus ojos parecen estáticos mientras toma asiento y lo miran fijamente una vez que se encuentran de frente; carecen de emotividad y únicamente reflejan una particular intensidad.  

Campbell: Hola Kurt, soy Robert Campbell, del Tribune (sonríe tímidamente). 

Pembert: ¿El Tribune? ¿de Missouri, cierto? Hola Bob, ¿te molesta que te llame así? Es un buen apodo, Bob, a mí me dicen Big Kurt desde la adolescencia, no es que importe demasiado en realidad, pero que te llamen por un mote distinto a tu nombre de pila brinda cierta aura de familiaridad, una determinada dosis de cercanía me parece. 

Campbell: También lo creo, ¿cómo estás?, ¿cómo te tratan aquí?

Pembert: Tan bien como podría esperar, tengo algunos libros, me encargo de calendarizar las visitas de otros reclusos al psiquiatra y en general, me consideran un preso modelo (sonríe muy levemente)

Campbell: A pesar de ello, leí que te negaron la libertad condicional. 

Pembert: (suspirando) Así es, pero en cinco años volveré a hacer uso de ese recurso. Y si me la niegan otra vez, lo volveré a intentar. No es que el tiempo sea un problema. En algún momento estaré libre de nuevo. Por cierto, me agradan las figuras de tus calcetines Bob, aunque en mi opinión, el tono no va tan bien con el color de tu pantalón. 

El comentario toma por sorpresa a Robert; éste mira la parte inferior de su pantalón y nota los pequeños rombos en sus calcetines claros que, en efecto, contrastan con su pantalón café oscuro.  

Campbell: (tratando de recomponerse) Tienes una buena vista Kurt; ahora bien, debo decir que dejando de lado los detalles del caso, en persona pareces un individuo normal, nada amenazante. 

Pembert: He vivido la mayor parte de mi vida como una persona ordinaria, completa y totalmente normal, aún y cuando también tenía una vida paralela que era, digamos, fuera de lo normal (sonríe un poco). Podría describir mil y una ocasiones distintas para ejemplificarlo, pero basta con decir que, alguna vez, una de mis víctimas me abrió el auto cuando me quedé encerrado fuera y mi arma se encontraba debajo del asiento del lado del conductor. 

Yo considero que en cada individuo existe energía tanto positiva como negativa, y aunque por fuera podía verme más molesto o apesadumbrado, nada difería de lo que podría considerarse normal. Claro que había ciertos momentos o estímulos que podían accionar esa misma energía en un sentido u otro, pero la gente ni siquiera era capaz de percatarse de lo que estaba sucediendo realmente. 

Campbell: ¿Quién eres en realidad, es decir, cómo te definirías a ti mismo?

Pembert: ¿Cómo me han llamado los medios?

Campbell: “El diablo bajo el sol”

Pembert: ¡Oh si! bueno, pues, aunque no me enloquece la referencia, me agrada en lo general. El diablo bajo el sol (sonríe un poco con los labios, sin mostrar los dientes) eso soy. 

El apodo con el que los medios se refieren a Pembert proviene de la Unidad de Homicidios del Departamento de Policía de Florida; en parte, se debía a que la gran mayoría de los cuerpos de sus víctimas habían sido hallados en la franja que comprende los estados de Luisiana, Mississipi y Florida, donde el clima es preponderantemente cálido y soleado a lo largo del año, a excepción de la temporada de huracanes. Por otra, como un juego de palabras y con un poco de macabra broma, se debía a que uno de los encargados del caso por parte de la Policía Federal de Investigación era fanático de las novelas de Agatha Christie, quien tituló una de sus novelas como “Evil under the sun”. 

Campbell: Dime, ¿cómo empezó todo?

Pembert: Oh esa es una buena pregunta, veamos (hace una pausa mirando durante unos instantes al techo). Yo diría que alrededor de los siete u ocho años, con cosas que tenían algún tipo de valor representativo, algunas posesiones mías o de los demás, con la destrucción de objetos que eran valorados, podían tratarse de prendas hasta juguetes o cualquier otra cosa. Después de los objetos siguieron los insectos, pequeños animales y finalmente las personas. 

En retrospectiva, esas chicas no tenían ninguna culpa ni ninguna responsabilidad, ¿sabes? Simplemente se vieron involucradas con el tipo equivocado en el momento equivocado. Al final la víctima original y a quien quise matar siempre fue a mi madre, desde los ocho años. 

Campbell: Cuéntame un poco más sobre ella.

Pembert:  No quisiera simplificar demasiado las cosas, pero con respecto a mi madre puedo decir que ella era una mujer enferma, enojada, triste. La odiaba, aunque quería quererla, quererla de verdad. La mía fue una infancia típicamente atípica; ya sabes, un niño solitario que busca aprobación, rodeado de alcohol, discusiones y peleas constantes. 

Mis padres se divorciaron cuando yo era pequeño aún, de modo que mi madre y yo nos mudamos a otro estado, a Montana y ahí estaba ella, totalmente neurótica, hablando pestes de mí, burlándose de mi estatura, de mi falta de amigos; me hacía dormir en el sótano, que estaba lleno de ratas. 

Todo el tiempo me repetía que era un perdedor, gritando y golpeándome. Conforme transcurrieron los años, llegamos a tener unas confrontaciones verbales sumamente virulentas; jamás he tenido alguna como esas con nadie. ¡Oh, Dios! casi puedo volver a verla frente a mí, con ese gesto descompuesto por la ira, gritando con su voz chillona. Ella siempre fue la víctima original, más allá de cualquier otra. 

Bob nota que Pembert se queda pensando un segundo, como si súbitamente revivieran en su mente imágenes de su infancia, de su adolescencia, del período antes de los asesinatos. 

Tras un instante, intenta retomar la conversación. 

Campbell: Eres una persona bastante inteligente y reflexiva Kurt; sin embargo, guardabas como trofeos las cabezas de tus víctimas, ¿podrías ahondar un poco más en esa esa notable disyuntiva? 

Pembert: Ese es otro punto; por lo que sé, gente como yo hay de todo tipo, los hay menos o más inteligentes, más o menos introvertidos o sociables. No existe un solo patrón, aunque la mayoría de los especialistas coinciden en que hay ciertos rasgos que pueden llegar a identificarse. 

Robert coincide, en silencio; en los anales de la historia moderna, Pembert no se parece en nada a Ottis Toole o a su compinche, Henry Lee Lucas, quienes tenían una presencia física desagradable, un bajo cociente intelectual y cuyo radio de acción eran zonas marginales de Texas y Florida. O a Ed Gein, el carnicero de Plainfield, conocido por hacer máscaras y objetos con la piel de sus víctimas en el Wisconsin rural. Tampoco se parece a Ted Bundy, probablemente el asesino en serie más famoso, que era bien parecido y sumamente carismático, aunque poseía un carácter mucho más histriónico, menos autorreflexivo. De no encontrarse en aquel centro de reclusión, Robert podría estar divagando acerca de la vida con Kurt en algún lugar de California o un bebiendo un trago en un bar de Brooklyn. 

Pembert: Y si, es curioso sin duda, porque un minuto estaba interactuando normalmente en el mundo real, digamos, y al otro, tras un frenético y violento impulso, tenía a mi lado la cabeza de esta chica rubia de 19 años, que no había hecho nada malo en particular, mientras pensaba en todas aquellas pinturas y dibujos noruegos que muestran a los vikingos con las cabezas de sus enemigos en lanzas. Claro que explicar ese impulso es mucho más complejo: al final, el componente sexual estaba presente durante los asesinatos, una sensación breve, pero al mismo tiempo, fulminante y total.  

Pembert medita unos segundos, mientras se acomoda el cabello. 

Lo que trato de explicar es que satisfacción, en su concepción más obvia, podemos encontrar en diversas acciones o actividades, tomar un café caliente en un día frío produce satisfacción, o ver una buena película, pero la satisfacción sexual plena tiene un componente casi místico, como lo reflejan las obras que muestran el éxtasis de Santa Teresa. Es algo puro, único. 

Pero no es que se trate de algo coherente; contrario a lo que mucha gente podría suponer, las muertes no estaban ligadas a algún deseo subyacente de fama o notoriedad, tenían más que ver con el poder y dicha necesidad se incrementa conforme pasa el tiempo.  Si hubiera vivido en una ciudad grande, a los quince probablemente me habría convertido en un asesino de masas; hubiera matado y matado hasta caer abatido, pero las cosas no se dieron de ese modo. 

Lo anterior dispara un rápido flashazo en la mente Bob, que espera pase inadvertida para Kurt; cuando menciona lo de la ciudad, piensa que él mismo creció en la populosa Kansas City, Misuri, junto a dos hermanas y una prima que se fue a vivir con él y sus padres cuando tenía cinco o seis años.  ¿Qué hubiera pasado si sus caminos se hubieran encontrado antes? ¿Estaría ahora en aquella silla?

Campbell: ¿Cómo te consideras a ti mismo?: ¿cómo un multihomicida, un asesino serial?

Pembert: Nunca me he puesto a pensar en ello en realidad, mmm ¿cómo va esa frase de Rostand? “Mata a un hombre y serás un asesino, mata a miles y serás un conquistador; mátalos a todos y entonces eres Dios”. 

Campbell: No conocía esa cita, pero quizás tenga algo de razón. 

Pembert: En la vida, todo, absolutamente todo depende de la perspectiva; por ejemplo, estoy seguro, por tu ligero acento del medio oeste así como por la reacción de hace un momento,de  que pensaste en alguien cercano cuando mencioné lo de las ciudades grandes, ¿estoy en lo correcto? Tu perspectiva sería distinta si mis andanzas te hubieran afectado a ti directamente, en lo personal. 

Campbell, incómodo, se saca de encima su argolla de matrimonio y juguetea un poco con ella entre sus dedos. 

Kurt: ¿El término asesino es el primero en el que la gente piensa cuando alguien menciona a Julio César, a Alejandro o digamos, a Roosvelt? No, claro que no.  En lo personal, en las relaciones, los empleos, en toda circunstancia, todo está imbuido por la perspectiva Bob, perspectiva y contexto, diría Marco Aurelio. Para el Estado, mi madre era apta para cuidarme y mira cómo resultó todo. 

Pembert suelta una ligera carcajada con su voz suave y profunda que resuena en la habitación. 

Por su parte Robert reflexiona un instante acerca de cómo las circunstancias moldearon al hombre frente a él; ambos habían nacido con unos pocos años de diferencia, con familias que habían tenido que esforzarse para salir adelante, tenían estudios universitarios (aunque los de Pembert se habían quedado inconclusos) y las circunstancias los habían puesto, uno frente a otro, en posiciones opuestas.  

Pembert: Dudo que me hubieran atrapado si no hubiera sido yo quien les hubiera llamado para entregarme, pero estaba ya cansado de las idas y venidas, de jugar al gato y al ratón permanentemente, es particularmente estresante ¿sabes? Y después de matar a mi madre, el propósito fundamental se había diluido, supongo. 

Campbell: ¿Lo volverías a hacer, volverías a matar de tener la oportunidad?

Kurt se toma algunos segundos para responder y pasa sus dedos pulgar e índice por el bigote sin dejar de observar a Robert.

Pembert: Sin duda alguna, uno siempre vuelve a donde fue feliz. 

Ambos continúan hablando durante un buen rato de aspectos específicos de algunos de los asesinatos y de ciertas víctimas antes de que uno de los guardias se acerque para informarles que el tiempo destinado a la entrevista ha concluido. Kurt levanta sus 1.90 mts. con suma tranquilidad, se despiden amistosamente y antes de retirarse junto con el guardia, voltea a ver al periodista una última ocasión y dice:

Kurt: Por cierto, Bob Campbell, dale saludos de mi parte a Mary-Ann. 

Entonces sale esbozando una ligera sonrisa, con sus ojos fijos en los de Robert y la pesada puerta de seguridad se cierra tras de él.  

La mirada de Bob se desorbita y siente tanto sus propias palpitaciones como una ráfaga de calor que le invade súbitamente; acto seguido, retira de su dedo anular la argolla de matrimonio, que se había colocado nuevamente tras jugar con ella durante la entrevista y entonces vuelve a ver, como si fuera la primera vez, el nombre de su esposa grabado en el interior de ésta.  

Una nueva oleada de calor, peor que la anterior, emerge cuando recuerda las palabras de “El diablo bajo el sol”, al inicio de su charla: 

-Volveré a intentar la condicional una y otra vez,.. algún día seré libre de nuevo. 

Comentarios


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Es indudable que “The King of Cool” (magnifico sobrenombre, por cierto), siempre supo lidiar con el estrellato: lo entendía perfectamente y lo aprovechaba al máximo.  Steve era un actor de cine. Adoraba la cámara y la cámara lo adoraba a él. Siempre era auténtico, en parte porque siempre se interpretaba a sí mismo”, se lee en un añeja conversación periodística con el director Norman Jewison, que realizó tres filmes al lado del histrión.   Cabe mencionar que el actor mejor pagado de su tiempo, tuvo varios encuentros con las artes marciales. 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Ya te imaginarás cómo se ponen los ciudadanos de todos los países que pasaron las eliminatorias y llegaron al torneo mundial. Y si no, aquí te va una muestra. El vecino del 47 estuvo ahorrando cuatro años (el tiempo entre dos campeonatos) para poder asistir al torneo este año. Pero era demasiado caro, y no le bastaron las horas extra para comprar el boleto. Pero sí le alcanzó para comprar una televisión nueva y grandototota para ver los juegos. Pero el televisor es tan grande, que no cupo en ninguna de las habitaciones de su vivienda y la tuvo que acomodar en el pasillo, con lo que ahora, los que quieren utilizar el pasillo tienen que pasar de lado y con mucho cuidado para no rayar la pantalla. Además, el vecino pidió vacaciones para poder ver todos los partidos. Pero en vez de vacaciones le dieron  horas extra para aumentar la producción, y el vecino llegó a la inauguración sin haber podido ver los juegos de entrenamiento. Además, llega a su casa pasadas las nueve de la noche, y ver dos o tres juegos cada noche lo tienen completamente desvelado. Aquí, entre nos, estuvo a punto de quedarse afónico por gritar “¡Gol!” cuantas veces algún jugador se acercaba a la cancha enemiga. Y luego se pone a anotar cuántos castigos hubo, cuántas tarjetas rojas o amarillas o moradas salieron a relucir en cada partido, cuántas faltas se cometieron, etc., etc., etc., pues le gusta que le digan que es la persona que más sabe de futbol en la vecindad. Total, que a los tres o cuatro días de haber empezado el Mundial tenía todavía 16 partidos atrasados que ver, y su esposa ya se quejaba de que no le hacía el menor caso y no sabes las broncas que le ha echado. Pero a él todo se le resbala, mientras pueda gritar “¡Gol!” varias veces al día. Tanto lo fastidió su esposa con que la tenía encerrada, que le buscó algo en qué entretenerse. Y no se lo ocurrió nada mejor que decirle a uno de los ninis que la invitara a salir de vez en cuando. El chavo lo rechazó, porque no tenía dinero; pero tanto insistió el del 47, y tantas veces le ofreció que él le daría el dinero para invitarla, que al final aceptó. Y la primera vez fueron a tomar un café, pero luego la invitó a cenar (a insistencia del marido, para que volvieran más tarde); luego la llevó al cine, y un sábado se fueron a Cuernavaca… y regresaron hasta el lunes. Pero el marido ni cuenta se dio y los recibió muy contento, porque ese fin de semana había podido ver diez partidos (todos buenísimos, según declaró con orgullo antes de sentarse a ver el onceavo). Hacia la mitad del campeonato ya no salían a la calle, sino que se subían al cuarto del nini y allí se estaban las horas muertas, mientras el otro ya hacía gárgaras de yodo todos los días para no perder la voz. Y hubo días en que ni siquiera se molestaron en subir a la azotea, sino que se encerraron en la cocina o en el cuarto de lavado a pasar el rato. Las vecinas se dieron cuenta de lo que estaba pasando, y dijeron  que debían avisar al esposo de lo que hacía la mujer; pero cuando tocaron a la puerta del 47, el “deportista”, como ya le llamaban todos en la vecindad, les contestó con gritos destemplados que iban a tirar un penalty, que lo dejaran en paz. Las mujeres se enojaron, y ya no pensaron en volver a informarle lo que hacía la esposa. Por fin, se acabó el campeonato, y el vecino del 47 llevó a su mujer a cenar para agradecerle que le hubiera dejado ver todo el campeonato como a él le gustaba hacerlo, y le reiteró su promesa de amor eterno. Ella le respondió con un “No vale la pena”, y se comió dos postres. Y todo volvió a ser como antes. Acaso el que lamentó de veras el final del Mundial fue el nini, pues ya no podía ir al cine ni a cenar ni tenía un cuarto calentito donde pasar las noches de invierno. De vez en cuando se acercaba a la señora, y en una ocasión hasta le regaló una flor que cortó de una maceta de la azotea, y le dijo que la felicitaba por tener un marido tan deportista. Ella sonrió, y dijo: “Claro. Deportista, pero de sillón”. ¡¡¡Gol!!! 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Amante de la velocidad y de los excesos (se distinguió por no admitir que un doble lo suplantara en las escenas complicadas, acto que resultó determinante en su carrera)este rubio de penetrantes ojos azules tuvo una muy peculiar conexión con el público, quien le asignó el alias de “The King of Cool”. En su mejor momento, el oriundo de Beech Grove, Indiana, era todo un imán en la taquilla; los apasionados del séptimo arte, los cinéfilos enloquecidos, siempre recordarán títulos como El gran escapeBullitLa huidaInfierno en la torreEl gran desafíoPapillon y Los siete magníficos.   Rebelde y rudo dentro y fuera de la pantalla; un artista de la seducción, un galán amado por el sexo femenino y admirado por el masculino; Steve McQueen es catalogado como el hombre por excelencia, el referente de la clase y del estilo que marcó toda una época. Nadie como él encarna el espíritu de los sesenta y setentas. Es indudable que “The King of Cool” (magnifico sobrenombre, por cierto), siempre supo lidiar con el estrellato: lo entendía perfectamente y lo aprovechaba al máximo.  Steve era un actor de cine. Adoraba la cámara y la cámara lo adoraba a él. Siempre era auténtico, en parte porque siempre se interpretaba a sí mismo”, se lee en un añeja conversación periodística con el director Norman Jewison, que realizó tres filmes al lado del histrión.   Cabe mencionar que el actor mejor pagado de su tiempo, tuvo varios encuentros con las artes marciales. McQueen fue uno de los amigos personales del mundialmente famoso Bruce Lee, quien lo entrenó en JeetKune Doe. Además, el protagonista de la primera versión de El caso Thomas Crown, gozaba también en la vida real de un muy conocido entusiasmo por el riesgo, era un enorme fanático de la adrenalina: conducía motos y coches de carreras. Estuvo a punto de convertirse en piloto profesional; de hecho se le podía ver regularmente en circuitos automovilísticos piloteando sus propios vehículos.  “Correr es mi vida, y todo lo de antes y después, puede esperar” dice en su papel de Michael Delaney para la película Le Mans En 1968, Steve McQueen y un Ford Mustang se convierten en las estrellas absolutas del mundo del cine. Según el escritor canadiense David Gilmour, la película Bullit (historia de un policía que decide tomar la justicia en sus manos luego de que asesinan a un testigo que él debía proteger, y que se estrenó en las salas cinematográficas hace ya más de cuarenta años), “aun conserva la autoridad del acero inoxidable”. Su frenética persecución por las calles de San Francisco, plagiada hasta el hartazgo, con la música del  argentino  Lalo Schifrin(Cool Hand Luke y Mission: Impossible) detonando detrás y McQueen volando por los cerros arriba de su 390 GT verde, ha quedado como todo un icono de las secuencias de acción.   En términos generales, Steve McQueen nunca dio pie a escándalos, más allá de sus amoríos, claros. Su romance más sonado, sin duda, es el que sostuvo en 1972 con la actriz Ali MacGraw (Love story), que rompe su matrimonio con la cantante y bailarina Neile Adams. Ali, por su parte, en ese momento era la esposa del legendario productor Robert Evans, mandamás de los estudios Paramount. El noviazgo de estos dos actores comienza, saltando en seguida a los tabloides,  durante el rodaje de La huida, el clásico de Sam Peckinpah; una obra maestra que se benefició de los chismorreos de la prensa de espectáculos y acabó convirtiéndose en un éxito rotundo. Steve McQueen y Ali MacGraw se casaron el 12 de julio de 1973, pero desafortunadamente el matrimonio dura solo cuatro años. A causa de un problema pulmonar (un cáncer de los más raros: el mesotelioma), justo cuando estaba en la cima de la popularidad, Steve McQueen decide retirarse. Los mejores doctores estadounidenses le niegan toda esperanza, por eso mismo huye a México. El 7 de noviembre de 1980 fallece en un hospital de Ciudad Juárez, como consecuencia de un ataque cardiaco después de una operación. Desaparece prematuramente con 50 años de edad. “Se peleaba a muerte con los directores para hacer las cosas a su manera. Así era para todo. Siempre al límite. Siempre McQueen” afirman nostálgicos sus familiares. " ["post_title"]=> string(7) "MCQUEEN" ["post_excerpt"]=> string(166) "“Steve McQueen, when I was a little boy I wanted to grow up to be Steve McQueen, the coolest doggone motherscratcher on the silver screen” . -Drive By Truckers. 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MCQUEEN

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