El hombre con sus no menos de ocho décadas a cuestas se enfrentaba cara a cara y por fin como tantas y tantas veces en vida lo deseó a un gobernante totalitario. El mismo que redactaba leyes sin sometimiento siquiera a un eventual consejo de su corte de incondicionales y lambiscones; lo mismo las ejecutaba y para cerrar con broche de oro, las mismas leyes y/o decretos era las que sancionaba, draconiana y arbitrariamente a los que osaban no seguirlas, pero lo mismo para quienes escrupulosamente las seguían. Obraba pues incluso en ocasiones así mismo, en perjuicio de seres inocentes.
Mandaba en varias jurisdicciones y era temido y perverso; dispensaba por igual lo mismo pestes, accidentes, muertes prematuras, fenómenos naturales hiperdestructivos y dolores sin límite con la finalidad patológica del placer que todo ello le proporcionaba; el que los sufrientes gobernados suplicasen ante él mismo una quita en su martirio, padeciendo esos, sus súbditos, de una especie de síndrome de Estocolmo: entre más era el dolor e intensos los pesares y los cataclismos, más fieles dispuestos a todo sumaba infelices a sus filas, de por sí ya más que engrosadas. Mas, eso sí, para él nunca había un punto de saciamiento en sus enfermizas ambiciones.
El anciano hombre, de pronto y sin aviso, se llenó de valor y se arrojó, pues, a los gritos e intentos de golpes hacia el soberano que no logró golpear porque sus esbirros se le adelantaron de fea manera sometiéndolo y no dejándole acercarse ni a medio metro de sus pies, para inmediatamente después ser juzgado y condenado por el susodicho dictador sádico. ¿La pena?, el regresar al mundo llamado “Tierra”, uno de sus tantos dominios sin oponente, a volver a comenzar otra vida plagada de dolor en ese plano al que al fin (creía él) había dejado; controlado al 100% por el sátrapa en ese momento dopado por el exceso de alcohol y otras drogas, por tanto, aún más irascible en su comportamiento y decisiones. De nada valieron los argumentos del buen hombre entrado en años, que tuvo la osadía de reclamar por injustas más de ocho décadas vividas en ese mundo con cualquier cantidad de penas encima.
Dios mismo, pues, había decidido, ante la mirada impávida de sus pistoleros, ángeles, arcángeles, vírgenes y santos, que calladamente habrían querido ayudar al anciano caído en desgracia de nuevo, no había otra opción posible ya: nacería otra vez en el mundo/Tierra, pero ahora en una región todavía más empobrecida y hostil que en la que pasó sus más de ocho décadas anteriores. Pasados tres años, sentiría una cubeta llena de agua cargada por él siendo un niño de esos tres mismos años de edad, descalzo y por un camino árido y polvoriento, con otros siete niños, todos en fila y con un sólo calzón de manta por ropa y con sendos cubos de agua con un palo atravesado en los hombros, todas esas seis criaturas mayores que él, desde uno ni un año mayor hasta otro de cosa de una década más que él sobre sus espaldas, los cuales eran, sin lugar a dudas, sus nuevos hermanos que le habían tocado por compañía en esta nueva vida, que a manera de castigo debido a su horroroso atrevimiento, ya es que compurgaba a manera de injusta y cruel pena.
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