Duelo entre Porfirio Díaz y Pino Suárez

Una noche, en el castillo de Chapultepec, el presidente José de la Cruz Porfirio Díaz Mori se esforzaba por terminar un escrito. Una noche, en el castillo de Chapultepec, el presidente José de la Cruz Porfirio Díaz...

12 de septiembre, 2018 porfirio-diaz-pino-suarez

Una noche, en el castillo de Chapultepec, el presidente José de la Cruz Porfirio Díaz Mori se esforzaba por terminar un escrito.

Una noche, en el castillo de Chapultepec, el presidente José de la Cruz Porfirio Díaz Mori se esforzaba por terminar un escrito. Tomaba una pluma de ave, la mojaba en el tintero metálico, escribía unas líneas, tachaba, corregía, y no conforme con lo asentado, se le vio arrojar en repetidas ocasiones algunas hojas a la papelera.

Bostezando descansó la pluma al escuchar a sus espaldas los pasos de su mujer, quien  obsequiosa se acercaba con una charola de plata, conteniendo una jarra de humeante y aromático chocolate, más un canastito rebosante de polvorones, conchitas y magdalenas; delicias que  desde hacía muchos años  elaboraba el repostero italiano Manuel Maza, padre adoptivo de la esposa de Benito Juárez, la respetable Sra. Margarita Eustaquia Maza Parada.

Retomó su tarea, y después de otros intentos por fin terminó de redactar el documento. Su esposa aguardaba tranquila recostada en un cómodo sillón, creyendo se trataba de la habitual correspondencia oficial de su esposo, pero don Porfirio,  aclarando su garganta, le dijo que acababa de escribir un poema, -cosa nada común en él- y que el título se lo agregaría después.

Doña Carmen imaginó que le había escrito algún  madrigal. ¡Para nada! Y como buena esposa, tal cual eran las mujeres de esa época, se resignó y esbozando su mejor sonrisa, se dispuso a escuchar las estrofas que su esposo  solemnemente declamó:

 

En mis noches de insomnio, patria mía,




     te velo como enhiesto centinela,

    y es el único afán que me desvela

     tu grandeza, tu gloria y alegría.

 

Verte grande y feliz mi anhelo quiera

 con todas las grandezas de la tierra,

                           en la paz y en el trabajo, el bien encierra

                          de cuanto el pueblo en el progreso espere.

 

Por verte en el cenit jamás me abate

      el martirio rudo de las penas:

    que seas en las artes una Atenas,

       y una Roma en el vil combate.

 

     Toda mi protección para el talento

y al ser digno, por ti no más me inquieta,

       de Netzahualcóyotl el rey poeta

                              y de Cuauhtémoc el grande en el tormento.

 

Manes 1 sagrados de la patria historia

  que dirigen las bregas que me afana,

 ved a esta juventud que va al mañana

     con la roja bandera de la gloria.

 

Se ignora si la esposa le aplaudió o no, pero lo que sí se supo es que cuando Francisco I. Madero 2 y José Ma. Pino Suárez  leyeron esa composición no les  causó ninguna gracia; entonces el segundo de ellos, que sí era todo un poeta,  paisano de Andrés Manuel López Obrador, sumamente encabritado, al “Llorón de Icamole” 3 mediante este poema 4 le contestó:

 

Vilipendiaste de la Patria el nombre

y Padre de la Patria te proclamas.

Hollaste la República y te llamas

héroe y Caudillo de inmortal renombre.

 

No hay proditorio crimen que te asombre

si al Poder en sus hombros te encaramas.

Y cuando el nombre de justicia infamas

te das de justiciero el sobrenombre.

Y todo gime a tu Poder opreso

y cede ante tu afán homicida.

 

Mas de tu oprobio y baldón el peso

morir no puede el pensamiento humano

que al firmar tu registro de partida

con tinta roja escribirá: ¡Tirano!

 

_________________

Notas

1Dioses infernales o almas de los difuntos, considerados benévolos, a quienes rendían culto los antiguos romanos.

2 Resulta interesante este pensamiento de Francisco I. Madero: “Yo he comprendido muy bien que si el pueblo me ha designado como su candidato para la Presidencia, no es porque haya tenido la oportunidad de descubrir en mí las dotes del estadista o de gobernante, sino la virilidad del patriota resuelto a sacrificarse, si es preciso, con tal de conquistar la libertad y ayudar al pueblo a librarse de la odiosa tiranía que lo oprime.”

3 El Llorón de Icamole se le apodó a Porfirio Díaz, tras retirarse -según se cuenta- llorando al perder la batalla contra los lerdistas en Icamole, Nuevo León, el 20 de mayo de 1876.

4 Por alguna razón, en las fuentes originales ambos poemas aparecen sin título, por lo que se le hace una invitación al amable lector, para que los agregue y así queden concretados.

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