Crítica Película: “Mi Gran Boda Griega 2”

FICHA TÉCNICA: Dirección: Kirk Jones Guión: Nia Vardalos Actores: Nia Vardalos, John Corbett, Lainie Kazan, Gia Carides, Joey Fatone, Elena Kampouris, Alex Wolff, Louis Mandylor… FICHA TÉCNICA: Dirección: Kirk Jones Guión: Nia Vardalos Actores: Nia Vardalos, John Corbett, Lainie Kazan,...

14 de abril, 2016 boda_griega_2

FICHA TÉCNICA: Dirección: Kirk Jones Guión: Nia Vardalos Actores: Nia Vardalos, John Corbett, Lainie Kazan, Gia Carides, Joey Fatone, Elena Kampouris, Alex Wolff, Louis Mandylor…

FICHA TÉCNICA:

Dirección: Kirk Jones

Guión: Nia Vardalos

Actores: Nia Vardalos, John Corbett, Lainie Kazan, Gia Carides, Joey Fatone, Elena Kampouris, Alex Wolff, Louis Mandylor

 

SINOPSIS:

Ya pasaron 14 años desde que Toula (Nia Vardalos) e Ian (John Corbett) se casaron. Su hija Paris (Elena Kampouris), sufre el acoso de toda la familia por sobreprotección y el que le quieren conseguir un novio griego.

La familia descubre que el sacerdote que casó a los papás de Toula se olvidó de firmar unos papeles, por lo que Maria (Lainie Kazan) y Gus (Michael Constantine) no están casados. Así que se prepara otra boda griega.

CRÍTICA

Esta segunda parte de la exitosa película Mi gran boda griega, está dirigida por Kirk Jones. El guión lo escribe Nia Vardalos que también protagoniza la película junto a John Corbett , y actúan muchos de los actores del reparto original.

La primera parte de esta película fue un éxito, hasta fue nominada al Oscar para Mejor Guión Original, y a dos Globos de Oro por Mejor Actriz y Mejor Película de Comedia.

El tema era el de una chica griega que no tenía mucho éxito amoroso se enamoraba de un hombre americano, en su familia nadie antes se había casado con alguien no griego, la aceptación y la adaptación de Ian a la familia griega era original y divertida.

La dirigió Joel Zwick y tuvo un gran éxito, después de la película se trató de hacer una serie pero no duró mucho.

El resultado de esta segunda parte es decepcionante, y ojalá nos hubieran dejado con el buen sabor que dejó la primera parte, aquí sí se cumple lo de segundas partes nunca fueron buenas. Existen excepciones de segundas partes malas como son La guerra de las galaxias, El padrino, Indiana Jones, James Bond, etc, pero imagínense ¿Cómo hubiera podido ser una segunda parte buena de la película Cuando Harry conoce a Sally? Mejor quedarnos con el buen sabor de la primera.

Lo curioso es que Mi gran boda griega 2 ya lleva varias semanas en cartelera y las salas de cine no dejan mucho tiempo las películas mexicanas que son buenas como Busco novio para mi mujer, es una lástima.

En esta cinta, no son divertidas las situaciones, no hay una problemática real, esta aburrida y lenta. No la recomienda para nada, lo único que se puede decir de bueno de esta película, es que hay peores películas.

 

Calificación:

MENSAJE: 

No encuentro el mensaje, tal vez el que quieren dar es como las familias griegas se apoyan entre sí siempre y son muy unidas, pero la verdad es que cae en lo empalagoso, y te dan ganas como de irte del cine de tanta asfixia y poder respirar.

Estrellas:  ★

 

DIRECCIÓN: 

Esta segunda parte la dirigió Kirk Jones quién es un director inglés que obtuvo varios premios por Despertando a Ned.

Después ya no ha tenido mucho éxito con películas como Que esperar cuando estás esperando, Todos están bien (remake de una película italiana) y La niñera mágica.

Estrellas:  ★★

 

ACTUACIONES: 

Sin una buena historia todo lo demás es inútil, sí estaban en su papel los actores pero…ha de sentirse extraño como actor tener que actuar algo que no tiene sentido.

La protagonista Nia Vardalos fue muy agradable en la primera parte de Mi gran boda griega y ella misma escribió ese guión y fue nominada al Oscar, en esta secuencia lo que pasa es que como la historia no es nada inteligente pues no luce, como actriz no ha tenido grandes éxitos, más bien es conocida por Mi gran boda griega.

En cuanto a John Corbett es un actor y cantante estadounidense que ha hecho varias series para televisión como la exitosa Sex in the city, The Messengers, etc., le pasa lo mismo que a Nia, su papel es muy vacio y no tiene ninguna actuación sobresaliente.

Estrellas:  ★★

GUIÓN: 

El guión fue de la actriz principal, lo del título se siente muy forzado porque parece que lo pusieron a la fuerza para que el público supiera que es la segunda parte de la exitosa primera parte, aparte del título el tema de que los papás de la protagonista no están casados por un error tampoco es interesante, ni creíble y ni importante.

Estrellas:  ★

 

FOTOGRAFÍA: 

Es adecuada, lo mejorcito de la película.

Estrellas:  ★★★

 

Calificación: REGULAR  ★★

Rango: 

Mala ★

Regular ★★

Buena ★★★

Excelente ★★★★

Comentarios
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Tan solo plantean las preguntas correctas.1 -Rutger Bregman, historiador holandés.   En los artículos/apartados anteriores se ha expresado desde diversas perspectivas la importancia que para el ser humano ha tenido a lo largo de su historia la capacidad de construir relatos que le permitan entender el mundo en el que vive.  Pero las narrativas tienen otra poderosa propiedad, tan significativa o incluso mayor que la antes descrita: son mecanismos fundamentales para moldear el mundo en que aspiramos vivir.      Para el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, una utopía es una “representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”.2 Si bien se trata de una definición un tanto general y desangelada, permea en ella la segunda intención central –después de explicar la realidad– que nos lleva a construir un relato: inventar el futuro, uno que nos parezca adecuado y deseable –como la vida eterna, o la sociedad perfecta–, uno que nos permita dejar atrás nuestras debilidades, limitaciones y defectos y sea tan expansiva y deseable que dignifique nuestra condición de seres humanos, tan degradada por la injusticia, la guerra, la desigualdad, la violencia y la perversidad que suelen estar tan presentes en nuestras sociedades a lo largo de la historia y a lo largo y ancho de la geografía humana terrestre.     En general, las utopías, tanto las deseables como indeseables o distópicas, no suelen materializarse, o cuando menos no al pie de la letra. 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Este modelo utópico nació con la convicción de llevarse a la práctica de inmediato y sus autores se abocaron a elaborar descripciones puntuales y detalladas del potencial funcionamiento práctico de comunidades igualitarias.   La literatura de ficción califica tanto como narrativas que tratan de explicar el mundo, o cuando menos aspectos o episodios de él –entre los ejemplos recientes y afortunados tenemos Una novela criminal, del mexicano Jorge Volpi, o Patria del español Fernando Aramburu– que como relatos que buscan moldearlo, o, en casos extremos –y opuestos a la utopía– poner en palabras e imágenes literarias las peores pesadillas posibles de la humanidad con la intención de que no lleguen nunca a realizarse. Algunos ejemplos de éstas últimas podrían ser las siempre clásicas distopías: Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell o Fahrenheit 451, del estadounidense Ray Bradbury.    Pero también existen casos paradigmáticos donde las “utopías” planteadas en la ficción se han acercado demasiado a materializarse, con aterradores resultados. Un buen ejemplo de esta vertiente la podemos ver en la obra de Ayn Rand. En novelas como La rebelión de Atlas o El Manantial, la autora describe lo que ella considera el ideal del “superindividualismo”, donde se exacerba hasta límites inimaginables el logro personal por encima de cualquier otro criterio humano. El éxito a cualquier precio se convierte en el único principio existencial válido, y a estas alturas todos podemos comprobar a dónde nos ha conducido esta indeseable interpretación moral de la realización personal.    Quizá ninguno de los ejemplos anteriores nos parezca, a la luz de nuestro tiempo, una realidad en la que nos gustaría vivir; sin embargo, resultan profundamente esclarecedores acerca del conjunto de valores dominantes de una época, y de la proyección que el individuo de dicho periodo hace de sí mismo y de su sociedad.  Si nos viésemos obligados a crear una utopía, la imagen del mundo ideal donde nos gustaría que tanto nosotros como nuestros descendientes viviera, una realidad paralela que nos salve de la precariedad de nuestra sociedad actual, ¿cómo sería? ¿Cómo la imaginas? Soñar con un mundo ideal y deseable no solo es legítimo sino inevitable. Aun cuando las utopías como tal parecieran haberse dejado de producir, los seres humanos no podemos renunciar a la idea de imaginar –y construir con nuestros relatos– un futuro mejor.    Fuera del ámbito literario existen también diversas formas narrativas que buscan modelar la realidad con el propósito de construir un futuro bajo cierto nivel de diseño.     A nivel individual existe una amplia variedad de técnicas de visualización –muchas de ellas a partir de la redacción lingüística del ideal buscado y muchas otras mediante la articulación de imágenes mentales–, fundadas en el discutible argumento de que el pensamiento –y la convicción con que se tenga éste– es capaz de influir, e incluso modificar la realidad material.    No hay espacio en este texto para abordar a fondo este tema, que es, en sí mismo, un universo. Pero así como hay sistemas y autores serios cuyas técnicas funcionan para que el individuo, sometido a una disciplina y metodología sistemática, sea capaz de enfocar sus potencialidades –mentales, pero también mediante la acción– en aras de alcanzar un objetivo concreto y coherente con su situación existencial, abundan también charlatanes y pseudogurús que a partir de teorías esotéricas y enigmáticas, basadas en puro y duro pensamiento mágico, prometen una especie de “utopías personales a la carta” donde, impulsado tan solo por los deseos narcisistas del individuo, el universo entero conspira para materializarlos, sin importar lo absurdos, inconexos o delirantes que éstos pudieran ser.      Y me gustaría cerrar este texto con una potente manifestación narrativa de carácter colectivo que busca moldear la realidad presente con el propósito de materializar un futuro ideal y esperanzador: las Constituciones Nacionales de cada país.  Mientras que los códigos, leyes, normas, edictos y demás instrumentos jurídicos buscan gestionar el día a día en tiempo presente, las Constituciones suelen ser manifestaciones de principios, valores, anhelos que en su conjunto plasman una visión de futuro.  Mientras que las leyes secundarias retratan lo que una nación es, la Constitución prefigura lo que esa nación aspira a ser. En la carta magna, que suele ser un documento breve que traza de forma general los principios más significativos, se plasman los ideales que dan sentido y dirección a un Estado. Se trata de los pilares éticos, morales y conductuales sobre los que debe construirse la nación.  En la Constitución, que refleja la manifestación de una variedad específica de singularidad humana, se describe el tipo particular de justicia, las modalidades de propiedad aceptables, la variedad y alcance de derechos a los que puede aspirar el individuo, un tipo concreto de autoridad, de división y administración del poder, del ejercicio de la fuerza; también expresa los rasgos centrales de la nacionalidad y pertenencia a un territorio, la calidad de las instituciones que habrán de conducir al Estado, el nivel de libertad individual y los mecanismos que garanticen una vida colectiva próspera y pacífica… en una palabra: una visión ideal y particular del mundo.  En cierta forma, cada Constitución es una especie de Utopía que aspiramos a materializar. E incluso me atrevería a decir que si los ideales plasmados en ella se han realizado –o han dejado de ser deseables– es tiempo de redactar una nueva que plasme un nuevo rumbo, una nueva dirección, nuevas fronteras y nuevos horizontes por conquistar.    Moldear el futuro con utopías sigue siendo necesario y constructivo. Atrevernos a visualizar lo que consideramos un mundo ideal –y entre más compartida la imagen, más poderosa– nos pone en camino de conseguirlo, aun cuando es factible reconocer que, entre más potente y valiosa sea la utopía, más difícil será que se logre. Pero los anhelos de futuro que nos impulsan a imaginarla hablan mucho no solo de quienes somos, sino sobre todo del tipo de personas en las que aspiramos convertirnos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir   1Bregman, Rutger, Utopía para realistas. A favor de la renta básica universal, la semana laboral de 15 horas y un mundo sin fronteras, Primera Edición, España, Salamandra, 2017, Pág. 22. 2RAE, Diccionario de la lengua española, Edición del Tricentenario, Actualización 2020. Consulta: 3 de junio 2021 https://dle.rae.es/utop%C3%ADa?m=form" ["post_title"]=> string(56) "Las narrativas como mecanismos para diseñar el porvenir" ["post_excerpt"]=> string(216) "Soñar con un mundo ideal no solo es legítimo sino inevitable. Aun cuando las utopías como tal parecieran haberse dejado de producir, los seres humanos no podemos renunciar a la idea de imaginar un futuro mejor. 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De hecho el carácter idealista y peyorativo del término viene de uno de sus máximos exponentes, el propio Tomás Moro, quien, en la parte final de su obra más emblemática, justamente Utopía, considera que el ideal de sociedad justa que expone en ella es irrealizable en la Europa de su tiempo. Desde entonces una utopía es entendida como una construcción imaginaria e imposible; sin embargo, no por ello menos útil.   Entre los ejemplos más destacados, sobre todo por la capacidad para representar una época, de este género de relato humano, está La ciudad de Dios, de Agustín de Hipona. En dicho texto el ideal de sociedad humana se expresa a través de la realización de los ideales cristianos materializados en una ciudad espiritual donde reinarían lo que la Iglesia de su tiempo entendía por amor, paz y justicia.  En La República de Platón se describe lo que este filósofo entiende por “Estado Ideal” que, esencialmente, se traduce como un Estado donde el bienestar social y la justicia plena se materializan.    Y qué decir del “Socialismo utópico”, encabezado por Henri de Saint-Simon, Charles Fourier y Robert Owen, centrados en transformar la situación precaria en que vivía el proletariado europeo en el siglo XIX. Esta visión utópica, además de ser en cierta forma colectiva, pues cada uno le imprimió sus matices particulares, proponía cambios concretos e inmediatos para reformar a la sociedad de su tiempo. Este modelo utópico nació con la convicción de llevarse a la práctica de inmediato y sus autores se abocaron a elaborar descripciones puntuales y detalladas del potencial funcionamiento práctico de comunidades igualitarias.   La literatura de ficción califica tanto como narrativas que tratan de explicar el mundo, o cuando menos aspectos o episodios de él –entre los ejemplos recientes y afortunados tenemos Una novela criminal, del mexicano Jorge Volpi, o Patria del español Fernando Aramburu– que como relatos que buscan moldearlo, o, en casos extremos –y opuestos a la utopía– poner en palabras e imágenes literarias las peores pesadillas posibles de la humanidad con la intención de que no lleguen nunca a realizarse. Algunos ejemplos de éstas últimas podrían ser las siempre clásicas distopías: Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell o Fahrenheit 451, del estadounidense Ray Bradbury.    Pero también existen casos paradigmáticos donde las “utopías” planteadas en la ficción se han acercado demasiado a materializarse, con aterradores resultados. Un buen ejemplo de esta vertiente la podemos ver en la obra de Ayn Rand. En novelas como La rebelión de Atlas o El Manantial, la autora describe lo que ella considera el ideal del “superindividualismo”, donde se exacerba hasta límites inimaginables el logro personal por encima de cualquier otro criterio humano. El éxito a cualquier precio se convierte en el único principio existencial válido, y a estas alturas todos podemos comprobar a dónde nos ha conducido esta indeseable interpretación moral de la realización personal.    Quizá ninguno de los ejemplos anteriores nos parezca, a la luz de nuestro tiempo, una realidad en la que nos gustaría vivir; sin embargo, resultan profundamente esclarecedores acerca del conjunto de valores dominantes de una época, y de la proyección que el individuo de dicho periodo hace de sí mismo y de su sociedad.  Si nos viésemos obligados a crear una utopía, la imagen del mundo ideal donde nos gustaría que tanto nosotros como nuestros descendientes viviera, una realidad paralela que nos salve de la precariedad de nuestra sociedad actual, ¿cómo sería? ¿Cómo la imaginas? Soñar con un mundo ideal y deseable no solo es legítimo sino inevitable. Aun cuando las utopías como tal parecieran haberse dejado de producir, los seres humanos no podemos renunciar a la idea de imaginar –y construir con nuestros relatos– un futuro mejor.    Fuera del ámbito literario existen también diversas formas narrativas que buscan modelar la realidad con el propósito de construir un futuro bajo cierto nivel de diseño.     A nivel individual existe una amplia variedad de técnicas de visualización –muchas de ellas a partir de la redacción lingüística del ideal buscado y muchas otras mediante la articulación de imágenes mentales–, fundadas en el discutible argumento de que el pensamiento –y la convicción con que se tenga éste– es capaz de influir, e incluso modificar la realidad material.    No hay espacio en este texto para abordar a fondo este tema, que es, en sí mismo, un universo. Pero así como hay sistemas y autores serios cuyas técnicas funcionan para que el individuo, sometido a una disciplina y metodología sistemática, sea capaz de enfocar sus potencialidades –mentales, pero también mediante la acción– en aras de alcanzar un objetivo concreto y coherente con su situación existencial, abundan también charlatanes y pseudogurús que a partir de teorías esotéricas y enigmáticas, basadas en puro y duro pensamiento mágico, prometen una especie de “utopías personales a la carta” donde, impulsado tan solo por los deseos narcisistas del individuo, el universo entero conspira para materializarlos, sin importar lo absurdos, inconexos o delirantes que éstos pudieran ser.      Y me gustaría cerrar este texto con una potente manifestación narrativa de carácter colectivo que busca moldear la realidad presente con el propósito de materializar un futuro ideal y esperanzador: las Constituciones Nacionales de cada país.  Mientras que los códigos, leyes, normas, edictos y demás instrumentos jurídicos buscan gestionar el día a día en tiempo presente, las Constituciones suelen ser manifestaciones de principios, valores, anhelos que en su conjunto plasman una visión de futuro.  Mientras que las leyes secundarias retratan lo que una nación es, la Constitución prefigura lo que esa nación aspira a ser. En la carta magna, que suele ser un documento breve que traza de forma general los principios más significativos, se plasman los ideales que dan sentido y dirección a un Estado. Se trata de los pilares éticos, morales y conductuales sobre los que debe construirse la nación.  En la Constitución, que refleja la manifestación de una variedad específica de singularidad humana, se describe el tipo particular de justicia, las modalidades de propiedad aceptables, la variedad y alcance de derechos a los que puede aspirar el individuo, un tipo concreto de autoridad, de división y administración del poder, del ejercicio de la fuerza; también expresa los rasgos centrales de la nacionalidad y pertenencia a un territorio, la calidad de las instituciones que habrán de conducir al Estado, el nivel de libertad individual y los mecanismos que garanticen una vida colectiva próspera y pacífica… en una palabra: una visión ideal y particular del mundo.  En cierta forma, cada Constitución es una especie de Utopía que aspiramos a materializar. E incluso me atrevería a decir que si los ideales plasmados en ella se han realizado –o han dejado de ser deseables– es tiempo de redactar una nueva que plasme un nuevo rumbo, una nueva dirección, nuevas fronteras y nuevos horizontes por conquistar.    Moldear el futuro con utopías sigue siendo necesario y constructivo. Atrevernos a visualizar lo que consideramos un mundo ideal –y entre más compartida la imagen, más poderosa– nos pone en camino de conseguirlo, aun cuando es factible reconocer que, entre más potente y valiosa sea la utopía, más difícil será que se logre. Pero los anhelos de futuro que nos impulsan a imaginarla hablan mucho no solo de quienes somos, sino sobre todo del tipo de personas en las que aspiramos convertirnos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir   1Bregman, Rutger, Utopía para realistas. A favor de la renta básica universal, la semana laboral de 15 horas y un mundo sin fronteras, Primera Edición, España, Salamandra, 2017, Pág. 22. 2RAE, Diccionario de la lengua española, Edición del Tricentenario, Actualización 2020. Consulta: 3 de junio 2021 https://dle.rae.es/utop%C3%ADa?m=form" ["post_title"]=> string(56) "Las narrativas como mecanismos para diseñar el porvenir" ["post_excerpt"]=> string(216) "Soñar con un mundo ideal no solo es legítimo sino inevitable. Aun cuando las utopías como tal parecieran haberse dejado de producir, los seres humanos no podemos renunciar a la idea de imaginar un futuro mejor. 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