Crítica Película: “El club”

Génesis “Y vio Dios que la luz era buena, y separó a la luz de las tinieblas” (1:4). Génesis “Y vio Dios que la luz era buena, y separó a la luz de las tinieblas” (1:4). FICHA TÉCNICA:...

23 de septiembre, 2016 el_club1

Génesis “Y vio Dios que la luz era buena, y separó a la luz de las tinieblas” (1:4).

Génesis “Y vio Dios que la luz era buena, y separó a la luz de las tinieblas” (1:4).

FICHA TÉCNICA:

Director: Pablo Larraín

Actores: Roberto Farías, Alfredo Castro, Antonia Zegers, Alejandro Goic, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell, Marcelo Alonso, José Soza

Guión: Guillermo Calderón, Pablo Larraín y Daniel Villalobos




Fotografía: Sergio Armstrong

SINOPSIS:

Cuatro sacerdotes viven en una casa en un pueblo costero de Chile, una monja vive también con ellos porque según esto los está cuidando.

Todos los curas cometieron actos censurables y se encuentran en este “hogar” castigados y separados de la iglesia. Tienen una rutina que les ayuda a vivir en una relativa paz, pero llega un quinto sacerdote que les recuerda su atormentada vida y sucede una tragedia, después llegará un sexto sacerdote para investigar qué es lo que pasa en esa casa.

Premios:

2015: Festival de Berlín: Gran Premio del Jurado

2015: Globos de Oro: Nominada a Mejor película de habla no inglesa

2015: Festival de San Sebastián: Sección oficial competitiva (“Horizontes Latinos”)

2015: Festival de Mar del Plata: Mejor guión y actor (Castro, Farías, Vadell, Goic)

2015: Festival de La Habana: Premio Coral – Mejor película

2015: Premios Ariel: Nominada a Mejor película iberoamericana

2015: 4 Premios Fénix: Mejor película, director, guión y actor (Alfredo Castro)

2016: Premios Platino: Mejor guión

CRíTICA:

El club no es una película agradable de ver, de donde vas a salir con un ánimo alegre y relajado por haber ido al cine.

Es una película de reflexión, como son todas las cintas de este director.

Trata de un tema similar a la película ganadora del Óscar 2016 Spotlight , pero El club es más fuerte y nos lleva a un problema real: ex sacerdotes inadaptados que cometieron algún tipo de equivocación y los tienen en una casa aislada.

Su personalidad es tan frágil que eventos nuevos harán que se desquicien.

La contención que han logrado entre todos, es porque tienen cosas que ocultar y están en un grupo tipo Alcohólicos Anónimos donde ellos se entienden, estos grupos en donde se tienen cosas en común (aunque sean problemas) ayudan porque no discriminan.

El club tiene un tono obscuro y lento y en ocasiones hasta lúgubre.

Es un tema que nos puede recordar a un caso “muy mexicano” del fundador de una orden religiosa en México que fue aterrador, con esto de ninguna manera se busca decir que todos los sacerdotes son malos, o enfermos ni nada por el estilo, simplemente como el caso que cuenta esta película hay varios.

Lo más difícil de hacer en una película es el final, y en El club el final es lo mejor.“Él que esté libre de culpa que arroje la primera piedra.”

Calificación:

Rangos:

Mala ★

Regular ★★

Buena ★★★

Muy Buena ★★★★

Excelente ★★★★★

MENSAJE:

Este punto es lo más importante de la película.

¿Qué se puede hacer con personas que han fallado gravemente en una comunidad religiosa? Por un lado la comunidad las va a proteger para que sus “faltas” no salgan a la luz y “manchen” la reputación de la iglesia. Pero tampoco es humano tenerlas aisladas.

Por otro lado, si solamente las van cambiando de iglesia en iglesia lo más probable es que vuelvan a repetir el patrón de conducta y vuelvan a comportarse mal.

El club no nos da respuestas a estos temas, pero nos deja preguntas interesantes sobre cuestiones que rara vez pensamos en ellas.

Nos hace preguntarnos. ¿Qué es primero? ¿Los miembros de la iglesia que cometen actos despreciables ya estaban mal antes de meterse a servir en la iglesia? o ¿El estar sirviendo en la iglesia con todo lo que ello conlleva los enloqueció hasta sacarles lo peor porque no tenían vocación religiosa?

Estrellas: ★★★★★

DIRECCIÓN:

A Larraín siempre le interesan los temas fuertes y controversiales, como en sus películas No, Tony Manero y Post Mortem, ahora regresa con El club.

Larraín siempre se arriesga, y esta cinta no es la excepción.

Utilizó una estrategia de no decirle a los actores lo que iba a pasar, es decir nunca les mostró el guión completo de la película , solo les daba instrucciones diario sobre lo que tenían que hacer, esto ¿Habrá influido para las grandes actuaciones sin prejuicios de todos los actores? Tal vez sí.

Próximamente Larraín dirigirá a la actriz Natalie Portman.

Estrellas: ★★★★

ACTUACIONES:

Lo mejor que tiene esta cinta son sus actores, de una naturalidad que a veces piensas si no habrá una cámara escondida en la casa y todo es real.

La actriz Antonia Zegers hace el papel de la monja que “no rompe un plato” pero la verdad es que “rompe todos” y nos logra engañar hasta casi el final.

Estrellas:  ★★★★★

GUIÓN:

El guión se fue escribiendo sobre la marcha, no hubo tiempo de que le hicieran muchas correcciones porque la filmación de la película duró poco.

Fueron metiendo ideas que se les ocurrían en el momento cómo fue por ejemplo lo del perro, que los sacerdotes y la monja tuvieran un perro que metían a competencias de carreras, está idea la sacaron del pueblo donde la filmaron, ya que muchos del pueblo tenían su perro.

El club surge a partir de un monólogo teatral que dirigió Larraín por el actor Roberto Farías, que en la película da vida al personaje de Sandokan.

Estrellas: ★★★★

FOTOGRAFÍA:

La fotografía es como la película, taciturna y obscura, muy apropiada para el tema.

Estrellas:  ★★★

 

CALIFICACIÓN  TOTAL:               MUY BUENA ★★★★

Comentarios
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Cada que subo a un avión me hago la misma pregunta. No es que me cause conflicto, de hecho, como decía Alfonso Reyes, si en la naturaleza no hay nada en estado puro, tratando de lo humano, menos aún. Capturado como Jonás en el vientre de la bestia, el pasajero se enfrenta a la duda y al desafío; sabe a dónde llegará, con cierta aproximación aunque nunca precisa, y la hora en que descenderá a tierra, pero no puede prever todo lo que se encontrará. La diferencia entre el turista y el viajero es apenas una inflexión de actitud, un instante, una mirada que crea un cambio en el estar y el ser en un entorno distinto al habitual. El turista envuelve, conquista, desplaza y se apropia del lugar que visita; prístino e inocente puede convertir París en un enorme parque temático donde colecciona las “selfies” obligatorias, los clichés de rigor y los recuerdos consoladores (hasta el Marco Polo más experimentado puede ser víctima de esta tentación y tiene su encanto caer en ella de cuando en cuando). El viajero, en cambio, aunque está hecho de la misma materia que el turista (asombro y curiosidad), sus proporciones cambian y también la preparación y, desde luego, los resultados. El viajero se rinde, sucumbe y se deja maravillar descubriendo aquello que los otros, apenados por un guía pendiente de los minutos que quedan en su horario de servicio, dejan escapar. El turista es el hombre del telescopio: busca las enormidades, se guía por las estrellas y se maravilla con las magnitudes. El viajero, en cambio, pasa por el microscopio: se detienen en los detalles, sigue su intuición y se asombra con las cualidades, esto es, dos maneras distintas, pero no excluyentes, de ver el mundo. El viajero observa los letreros con las nomenclaturas de las calles y no las guías de los hoteles, identifica los monumentos que no aparecen en ningún mapa porque se refieren a sus memorias y a sus lecturas, a lo que la vida le ha regalado y la manera en que la enfrenta; asiste a los espectáculos vedados para el turista: la situación de las sillas en la terraza de los cafés de Europa, por ejemplo, que no dejan de maravillarlo por la enorme sabiduría humana que encierra, las sillas no están envueltas al interior de la mesa como en un café comercial de la Ciudad de México, sino dirigido a la calle pues es ahí donde, al modo Calderón de la Barca, se presenta el gran teatro del mundo. El destino juega con el viajero que, instalado en un café suspira, saca su diario de viaje, planea la jornada y de pronto se da cuenta de que con la pluma en la mano y la libreta abierta se ha convertido, sin querer, en uno de los clichés que el turista anhela ver cuando el camión del tour que ha pagado lo regurgite justo enfrente de la mesa del viajero; para ese momento ya ocupará anónimo lugar en varios álbumes fotográficos del lejano oriente. Pero a su vez, este hombre que ha guardado la libreta, ha leído un poco desea acudir al baño, y entrará al salón, pasará frente a la mesa que solía reservar algún escritor entrañable y bajará las escaleras para aliviarse. 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