Cartas a Tora LXIX

Querida Tora: Querida Tora:          El portero está obsesionado. No piensa más que en ser presidente del Consejo; y aunque falta bastante para las elecciones, todo el tiempo está pensando qué hacer para conseguir votos. Lo de...

12 de enero, 2018

Querida Tora:

Querida Tora:

         El portero está obsesionado. No piensa más que en ser presidente del Consejo; y aunque falta bastante para las elecciones, todo el tiempo está pensando qué hacer para conseguir votos. Lo de los ninis no le salió como quería, y ahora se le ocurrió recurrir a las madres solteras.

En la vecindad hay tres, sabidas y reconocidas (sin contar a la Mocha, que propiamente no es madre, aunque ejerza las funciones de una; soltera sí, pero no amargada ni desesperada). Al portero se le ocurrió dar una “ayuda” (léase sueldo) a las madres solteras. “Al fin que son pocas”, pensó también esta vez. Pero resulta que algunas solteras (seis o siete, creo) decidieron confesar que eran madres. La principal, aquella muchacha que hizo tres entripados porque no le hicieron fiesta de quince años; y con cada entripado resultó embarazada, pero hizo pasar a los bebés por hermanitos suyos, que hasta su madre dió públicamente gracias por los “milagritos” que tuvo a su edad. Bueno, pues esa muchacha se plantó un domingo en el patio y dijo que los niños eran hijos suyos, y que como tales los iba a criar. Todo el mundo lo sabía, pero todos se hicieron de nuevas y la felicitaron por su valentía y gran espíritu maternal.

El caso fue que la muchacha llamó a las otras madres solteras, y fueron todas a preguntar al portero de cuánto iba a ser el sueldo y qué prestaciones iba a incluir. Cuando se enteraron de lo que iban a recibir, montaron en cólera (“Cólera” no es un caballo, es una forma de decir que se enojaron mucho); y cuando el portero les dijo que no había prestaciones, fue peor. Le dijeron cuanto les salió del ronco pecho (que se enronqueció más que de costumbre). Y la muchacha, que estaba negra de coraje y decía que de haberlo sabido no hubiera confesado por tan poquito, fue a ver al portero después y le dijo que si no le daba, por lo menos, el cuádruple de lo que había prometido, diría que su hijo el más pequeño, que es el más feo de los tres, era hijo suyo.

El portero se quedó patidifuso (búscalo en el diccionario; yo creo que sí está), y le dijo que eso era una canallada (muy melodramático, ¿no te parece?). Ella le respondió que más canallada era manipularlas para hacerse el bueno, y vistió al niño con una playera igual a una que tiene el portero y le pintó el pelo de gris, con lo que acabó pareciéndosele bastante. Yo no sé si el niño es hijo de él, y no voy a andar de chismoso diciendo ni lo uno ni lo otro; pero la del 3, que es de las más chismosas, empezó a hablar del parecido. El portero se alarmó; llamó a la muchacha, le exigió que le pintara el pelo al niño de güero y lo vistiera de saco y corbata¸ y que le daría lo que quisiera. La muchacha obedeció y resultó que entonces el niño quedó muy parecido al del 8, que es un señor muy serio que siempre viste así y de quien nadie puede hablar mal. Pero la del 3 empezó a decir que con razón el del 8 acariciaba al niño cada vez que lo veía. El señor dijo que le gustaban los niños y como él no tenía, acariciaba a los que pasaban junto a él. Entonces se enojó su esposa porque “andaba contando a todo el mundo que ella no podía tener hijos, lo cual no es cierto”. “Y si no me creen, a las pruebas me remito”, afirmó. Y trajo a un muchachito que vivía en su pueblo encargado con una tía, diciendo que lo había tenido antes del matrimonio con un vendedor de aspiradoras. El señor se enojó porque lo había engañado durante tantos años y se fue de la casa. Ella dijo entonces que el que no podía tener hijos era él porque era estéril e impotente (esto último no lo quiso aclarar, y se limitó a pedir a los vecinos que aceptaran sus palabras; pero la verdad es que no sabía lo que significaba). Total, a los dos días lo fue a buscar y a rogarle que volviera con ella. Él se dejó rogar todo el día; luego se mostró generoso, la perdonó y reconoció al niño como suyo para beneplácito del chamaco, que ya estaba harto de vivir en el pueblo, sin celular y sin antros.




Esta telenovela mantuvo a los inquilinos ocupados durante unos días, y se olvidaron de las madres solteras. Pero retomaron el asunto a la conclusión del presunto drama. La muchacha ya había teñido el pelo al niño, esta vez de pelirrojo; y le puso una sudadera de las Chivas, con lo que resultó parecido al chavo del 22 (este sí es el padre de uno de sus hijos, pero no estoy seguro de cuál, porque ocurrió antes de que yo llegara). Pero este chavo le dijo que ni así se le iba a hacer y la mandó a freír espárragos (Ya te hablé antes de lo que esto significa. Y si no te acuerdas, hubieras venido conmigo), mientras él salía con la del 36, que al regreso empezó a preguntar en qué había quedado lo de las madres solteras.

Total, que el portero se mantuvo firme en su negativa. La muchacha dijo un domingo en el patio que el niño era hijo del portero; pero los vecinos, lo único que hicieron fue felicitar al portero porque ya tenía otro guarura. Entonces el portero le regaló una pistola de fulminantes “para que fuera aprendiendo”. La muchacha hizo otro entripado; pero aceptó la “ayuda” que le ofrecieron y dijo que la iba a guardar hasta juntar bastante para demandarlo.

Las otras madres solteras aceptaron lo que les dieron “porque más vale pájaro en mano que ciento volando”, y la paz volvió a reinar en la vecindad.

En el patio. Porque en la azotea, el gatote negro ya sedujo a dos gatas más, y ambas van a ser madres casi al mismo tiempo. La gatita rubia anda muy triste. Yo le digo que se alegre, que la va a dejar en paz, pero ella se echa a llorar. ¿Será que no quiere que la deje en paz?

Te quiere,

            Cocatú

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