Canciones, esos frutos extraños

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1 de junio, 2021

Hay cosas que uno sabe hacer y otras que nos resultan imposibles; en mi caso, el amable lector tendrá la generosidad de saber que me esfuerzo todos los días por escribir de la mejor manera y de dominar mi idioma, una lucha eterna cuyos resultados mejoran o empeoran, avanzan y retroceden al ritmo en que voy conociendo nuestra lengua, un camino que nunca termina. Tengo cierta facilidad para los idiomas, pocas cosas me causan tanta admiración como aquellos que pueden hablar 15 o 16 lenguas, saltar de una a otra sin perder el hilo de la conversación ni la concentración cuando lo hacen. Hay algo que nunca podré hacer y debo reconocerlo, por más que quiera y por más que lo intente jamás poder cantar; aunque pueda citar a Cervantes diciendo a través del Quijote que quien canta las penas espanta, o recordar a León Felipe afirmando que si la España territorial se había quedado con la el trigo y la pistola, la peregrina se había llevado la canción. El hecho es que mi voz fue diseñada para dar clases, para dictar conferencias, sobre todo para platicar –la charla es un don que agradezco– pero que nació imposibilitada para cantar; por eso, en cuanto escucho una voz melodiosa, mi goce carece de límites tanto como mi admiración.

Ya desde muy joven sentí atracción por aquellas canciones que denunciaban la realidad, me cautivaron la voz de Miriam Makeba en Sudáfrica, la de Melina Mercouri en Grecia, de Moustaki en Francia, las de la lucha por los derechos civiles en el sur de Estados Unidos y en mi propia en Latinoamérica Inti-Illimani o los Folcloristas, cuya música señalábamos con la nebulosa expresión: música de protesta;  después la nueva trova, Silvio y Pablo; todo aquello que en una larga y hermosa evolución en todo el continente llegó a tocar las puertas de la Ciudad de México con Fernando Delgadillo y su canción informal. Víctor Jara y Violeta Parra me enseñaron la grandeza de nuestro continente por su resistencia contra la opresión y la dictadura, en México Oscar Chávez se burlaba de la casita del Pedregal y me daba entender que el mundo no estaba bien por más que pareciera y por más que las apariencias dijeron otra cosa. Hace unos días, en un servicio de streaming, pude ver una película que trataba sobre los últimos días de Billie Holliday, en particular sobre su relación con la canción Strange Fruit,  aquel poema que un miembro del Partido Comunista de los Estados Unidos, Abel Meeropol, escribió para hablar de los linchamientos en el sur profundo de los Estados Unidos; el mismo que adoptó y crió a los hijos de los Rosenberg.

 

La crítica denominó a Strange Fruit la canción del siglo y si bien este tipo de etiquetas nunca hacen justicia ni a todas las canciones ni a todas las circunstancias, deja en claro la profunda marca que dejaron en la conciencia colectiva de estadounidenses de todas las etnias, de latinoamericanos y ciudadanos de todo el mundo, una canción y un poema hermosos y al mismo tiempo brutales; cito un poco de memoria para recrear la emoción que tuve hace tantos años la primera vez que escuché aquella canción. Hablan de un árbol en el romántico y bucólico sur de los Estados Unidos, con flores cómo magnolias aromáticas y cuyos extraños frutos son cuerpos de negros que se balancean pendiendo de sus ramas, sangre las hojas y sangre la raíces, frutos de bocas torcidas y ojos desorbitados para que se los coman los cuervos,  para que caigan y se pudran al sol con el aroma de los hombres que después del linchamiento son quemados. A Billie Holiday le costó no solamente la cárcel, sino también la persecución y hasta la muerte entonar esta canción en varias ocasiones. El hecho es que hasta la fecha el acta contra el linchamiento no ha sido probada en el Senado de los Estados Unidos aunque pesan ya sobre ella más de 60 años de haber sido propuesta.

 

Y es que en cuanto literatura y canción se refiere, los procesos son lentos pero irrefrenables; la conciencia colectiva comienza a través de la poesía y de la música, se organiza en la conciencia y en la voz participativa, el efecto de un poema contado de boca a oído, versificado en la penumbra de una alcoba o cantado en un colegio o en una marcha, acumula una cantidad de energía suficiente para generar cambios políticos y sociales,  algo que los políticos acostumbrados al mercadeo electrónico de la sonrisa, la mentada y la payasada digital, suelen no considerar porque siempre están lejos de ver en la cultura y en el arte una fuerza capaz de cambio.

 

Recuerdo la voz de Mercedes Sosa cantando sobre los desaparecidos que danzan solos, recordándole a Pinochet que su madre danza también en soledad y entonces pienso en todos cuantos están pasando en soledad este momento en nuestro país y en todo el continente, tantos y tantos marginales que no alcanzan los beneficios de la cultura y que muy pronto se verán también exiliados de la tecnología; la tarea de la canción, del poema, del libro, del teatro y el cine, es integrar, formar conciencia y con crear comunidades más compactas a través del uso de palabras y valores comunes, de anhelos compartidos y en ese sentido, ganarle la carrera al futuro.

 

Hace mucho tiempo, los escritores latinoamericanos identificados como el Boom, se dieron a pensar cómo caricaturizar nuestras sociedades de dictadores, los viejos y los nuevos, los contemporáneos y los decimonónicos para, de esa manera, dotar de palabras y voces al deseo de una sociedad en democracia; hoy parece que es voz se hubiera acabado, sin embargo, está ahí, en los libros que leemos todos los días y en las canciones que nos regalan belleza, en los artesanos infatigables. 

 

Lo que nuestros artistas están haciendo ahora es plantear la posibilidad de una sociedad de ciudadanos en la que hagamos unos por otros lo que el Estado no quiere o no puede hacer, democratizar la tecnología, las fuentes de ingreso, el contacto directo entre todos, en fin dar el paso a la conciencia de la igualdad que hoy, como en tiempos de Holliday, es lo que más nos falta.

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CARTAS A TORA 270

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