Balduino, Fidei Defensor

“I will not cease from mental fight, /  nor shall my sword sleep in my hand / till we have built Jerusalem…”. -William Blake

22 de septiembre, 2022

El lugar: la ciudad santa de Jerusalén. El año: 1185 d. C.  Las tropas europeas respiran con tensa calma y desconfían unas de las otras. Lo que viene será el principio del fin. 

“Dos días” musitaba para sí Raimundo III, Conde de Trípoli, príncipe de Galilea y mano derecha del rey. Ése pues era el tiempo necesario para lograr que los miembros de las distintas órdenes que componían el consejo convocaran a la Haute Cour para dictaminar el escabroso tema de la sucesión. Todos, tanto los miembros de la orden del Santo Sepulcro, los Templarios, los Hospitalarios y los Monreales como las tropas ayubíes, parecen saber que el final es inminente. La condición del monarca se desgasta rápidamente; las repentinas fiebres, las lesiones cutáneas y la progresiva ceguera se recrudecen con cada segundo transcurrido. Y poco sentía Raimundo que había logrado en su encomienda.  

La máscara plateada de Balduino, el rey, misma que se encarga de ocultar los rasgos del ser humano que la porta, desfigurados por la enfermedad, aparece ahora iluminada parcialmente por la luz enrojecida del ocaso; esa misma careta, en otro momento y a otra hora, refulgía bañada por los dorados rayos del sol de Montgisard, el día en que el joven monarca, ya enfermo, habría logrado con únicamente 340 hombres fieles y dispuestos a morir por su regente y su reino, vencer a los 27 000 guerreros sarracenos de Salāh-ad-Dīn Yūsuf, conocido como Saladino entre los francos, gracias al ataque sorpresivo de su retaguardia. El Sultán de Egipto y Siria, que le respetaría enormemente de ahí en adelante, debió abandonar el campo de batalla para continuar con su d’jehad semanas más tarde. 

Veinticuatro años tiene el joven gobernante en ese momento; durante más de diez ha confrontado por partida doble a los musulmanes que buscan recuperar Tierra Santa y también, su debilitante padecimiento. Ha impartido justicia en aquella ciudad, más poblada que cualquiera en Europa, durante los pocos, aunque convulsos años de su reinado. Así debería ser recordado, pero lo más probable es que no sea así. 

En aquel momento, lo apremiante es conseguir que el sobrino de Balduino sea nombrado regente tras su partida y no Guy de Louisignan, su cuñado, quien, junto con los caballeros de la orden del Temple, ansía hacerse del poder para sumir al reino en una confrontación abierta con el ejército sarraceno. Guy cuenta con el apoyo de la hermana del rey, Sibila. También con el del Heraclio, el patriarca de Jerusalén y el de muchos otros cruzados que observan con recelo la frágil tregua que el monarca ha conseguido entre musulmanes y cristianos. Raimundo necesita aliados en la corte y dos días deberán bastar para convencer a otros de sumarse a su bando, a pesar de que las reuniones furtivas, de que los numerosos intentos han resultado hasta ahora, infructuosos.

El conde de Trípoli nota entonces que el rey se encuentra sumergido en un sueño profundo y pausado. Cerca de la medianoche, cuando la penumbra había cubierto en su totalidad la ciudad el noble, inquieto, se retira del palacio y se dirige a descansar un poco. Cuán lejanas le parecen ahora aquellas épocas de éxito y gloria. Mentalmente repasa los eventos que había compartido con el rey, desde la euforia de su nacimiento, el descubrimiento de aquella terrible enfermedad que le aquejaba, la batalla del Vado de Jacobo, la construcción del castillo de Chastellet, las desavenencias con Reinaldo de Châtillon, aliado de Guy y tantos, tantos otros, hasta que, finalmente el cansancio termina por vencerlo, soñando con otras épocas.  

La mañana siguiente augura numerosos pendientes de los cuales encargarse, por lo que Raimundo se levanta temprano y quizás debido a ello, se convierte en el primero en saberlo. Se dirige al palacio y, desde el momento en que se acerca al rey, nota que algo anda mal. Siente cómo un violento escalofrío recorre su cuerpo. La pesada respiración habitual bajo la máscara metálica no se escucha en absoluto. Con suma rapidez se acerca y palpa la mano real para revisar el pulso, sin tener la más mínima posibilidad de controlar el temblor en la suya. Nada. Llama gritando a los médicos y ayudantes sólo para confirmar lo que ya sabía. 

Entonces se derrumba. Llora, pese a su edad y posición, como lo haría un niño pequeño. Lo hace dolorosa y amargamente puesto que amaba a su señor. Le había visto triunfar en el campo de batalla y, sobre todo, vivir y morir con entereza. Cuántos días y noches se había dedicado a prodigarle cuidados y palabras de aliento. Al mismo tiempo, lo hacía porque todo esfuerzo realizado para evitar la nefasta sucesión había resultado fútil. Balduino IV, hijo de Amalarico I e Inés de Courtenay, al cual la historia habría de otorgarle el oprobioso título de “Rey Leproso”, santo y valiente hasta el final, había muerto aquel 16 de marzo de 1185.  

En el exilio, Raimundo III falleció víctima de una neumonía en septiembre de 1187. Un mes después sobrevendría lo inevitable: la aniquilación del ejército cruzado en La batalla de los Cuernos de Hattin y la subsecuente captura del infame y belicoso Guy de Louisignan, último rey de Jerusalén por parte de Salāh-ad-Dīn, provocando la capitulación de la ciudad sagrada del Gólgota, el tempulum Domini y el Santo Sepulcro, la cual, hasta el momento de escribir estas líneas, jamás volvería a encontrarse bajo el manto cristiano. 

 

Comentarios


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Lawrence Shannon adentro de aquel autobús rebosante de mujeres religiosas en La noche de la iguana, la oscura, densa, sensual y sórdida adaptación cinematográfica de la aclamada obra del dramaturgo Tennessee Williams, dos veces ganador del premio Pulitzer (Un tranvía llamado deseoLa gata sobre el tejado de zinc), y quien fuera uno de los referentes de la literatura norteamericana del siglo XX.   En La noche de la iguana, Williams nos cuenta una historia colmada de sexo, traición y amor, en la cual un afligido sacerdote que ha colgado los hábitos, fungiendo ahora como guía turístico de un grupo de maestras de Corpus Christi, dirige una excursión por la costa del Pacifico mexicano hacia el hotel de su viejo amigo Fred Faulk. Aquí se entera de que él ha muerto y quien lleva ahora el parador es su jovial y desmesurada viuda, Maxine. Con un despliegue de pasiones prohibidas, bajo el candente sol del trópico y con una soberbia imagen en blanco y negro, conocemos personajes llenos de temores, fantasmas y extravagancias. 
  1. Lawrence Shannon es un sacerdote retirado tras una crisis de fe; Maxine Faulk es la madura, visceral  y atractiva propietaria del hotel donde transcurre la acción; Hannah Jelkes es una pintora gentil y amable, artista solterona ya cerca de los cuarenta; Charlotte Goodall, la más joven de la expedición, es una incitante y frívola muchachita que no cesa en sus intentos de seducir al reverendo complicando aún más su situación; y la señorita Fellowes es la típica mujer mandona que organiza el periodo vacacional de las guías del Bible College,a la cual le produce rabia el romance que sostienen la malintencionada jovencita y el clérigo Shannon. 
Quince años después de El tesoro de la Sierra Madre, película filmada en Tampico en 1948, con Humprey Bogart en el rol principal, el gran cineasta y trotamundos John Huston, uno de los mejores directores en la historia del séptimo arte, volvió a México para rodar esta adaptación de La noche de la iguana. En el otoño de 1963 se inició la filmación. La película se rodó íntegramente en escenarios naturales, en los alrededores de Puerto Vallarta, que en esos años era un remoto y desconocido paraíso tropical. Un rincón, una aldea de pescadores conocida como Mismaloya, resultó ideal para instalar el deteriorado hotel en donde se lleva a cabo la trama. Al principio Huston tuvo que pugnar con Tennnesse Williams para filmar ahí, ya que este insistió en que se filmase en Acapulco, donde, se rumora, le había ocurrido una aventurilla inconfesable que le sirvió de fuste para aquel drama de culpas y deseos incontenibles. Pero afortunadamente, al viajar a buscar locaciones y conocer la región, el dramaturgo oriundo de Mississippi fue rindiéndose ante el encanto de aquella colina rodeada de selva tropical, de los caminos montañosos, de las cálidas playas azules, de  la condición meridional del ambiente y de la panorámica imponente que Mismaloya poseía.  La crítica valoró positivamente la cinta, diciendo que John Huston  adaptó con fidelidad la obra de Williams: una historia en principio sencilla pero que va revelando un  mundo complejo, lleno de símbolos, siendo la elección del reparto uno de los principales aciertos:  Richard Burton como el pastor anglicano T. Lawrence Shannon; Ava Gardner, quien está maravillosa en su caracterización de Maxine, ofrece con ésta la última gran actuación de su carrera;  Deborah Kerr entrega uno de sus trabajos más memorables como Hanna Jelkes; y Suey Lyon (la Lolita de Kubrick) interpreta a una insaciable adolescente que destila sexo por cada uno de sus poros. Todos actores  extraordinarios pero con personalidades temperamentales capaces de hacer saltar chispas en aquel entorno caluroso.  En declaraciones publicadas en la prensa, John Huston admitió haber reunido al elenco principal y a Elizabeth Taylor, la diva de los ojos violetas que por esas fechas gozaba de su ardiente romance con Burton, a lo que la prensa calificó como “el adulterio más famoso de  la historia”. Cuenta la historia que Huston le entregó a cada actor una  pistola Derringer con cuatro balas cada una, grabadas con el nombre de los demás. ”Richard Burton estaba acompañado de Liz, que todos sabíamos seguía casada con Eddie Fisher; Michael Wilding, su ex esposo, llegó para manejar la publicidad de Burton; Peter Viertel, el esposo de Deborah Kerr, que la acompañaba, había tenido un amorío con Ava Gardner, quien llegó con dos asistentes, dos gigolós mexicanos que la seguían siempre, donde quiera que ella fuese allí iban ellos dos; y Sue Lyon estaba celosamente custodiada por su novio y su madre”, confiesa el director. Pero no hubo menor incidente. “Todo el mundo esperaba el momento en que las pistolitas fuesen utilizadas. Nadie lo hizo y todo transcurrió en paz”, concluyó Houston.   La noche de la iguana situó en el mapa a Puerto Vallarta, que de pronto se llenó de periodistas y fotógrafos ávidos por obtener imágenes de las grandes estrellas presentes en el rodaje. 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En la actualidad esa finca que era un sitio obligado para turistas, se encuentra en el descuido absoluto, y al parecer sólo se conserva parte de la fachada original.  Por su parte, John Huston  al terminar la filmación, se quedó un tiempo a vivir en el estado jaliscience, en la selva, entre boas y mosquitos, 25 kilometros al sur de Puerto Vallarta, en una cabaña solitaria donde no se podía acceder sino en canoa.   A casi 60 años de aquella primera incursión de Puerto Vallarta como set cinematográfico, sabemos que La noche de la iguana desde un principio estuvo destinada a convertirse en un clásico de la historia del cine. “Cuando hago una película es simplemente porque creo que la historia es digna de ser contada” declaró alguna vez John Houston.  " ["post_title"]=> string(20) "Hollywood en México" ["post_excerpt"]=> string(188) "“La noche de la iguana” situó en el mapa a Puerto Vallarta que de pronto se llenó de periodistas y fotógrafos ávidos por obtener imágenes de las estrellas presentes en el rodaje." 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Cartas a Tora 283

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