¡Aquella Nochebuena!

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16 de diciembre, 2020

Era costumbre que en las tardes previas a Nochebuena mis primas y hermanos nos reuníamos en mi casa. Nos sentábamos frente a un aparato de radio de paredes de madera de cedro, marca “Universal”, de esos que para que mejor se escuchara había que insertar uno de sus alambres en un botecito lleno de tierra mojada.

Esperábamos ansiosos que el reloj marcara las siete de la noche para sintonizar la estación XENT y escuchar nuestro programa favorito dirigido por la locutora Margarita King; ella leía las cartitas que los niños enviábamos al “viejito de las barbas blancas” pidiéndole que nos trajera los juguetes preferidos. Nuestros padres las formulaban, nosotros únicamente dictábamos porque aún no sabíamos leer ni escribir. Con su dulce voz la conductora nos reiteraba que debíamos dirigir tales peticiones al apartado postal #222 del “Cuartel General de Santa Claus”.

Después de dar lectura a unas cuantas cartitas escuchábamos un cuento: “El gato con botas”, “Caperucita roja”, “Pulgarcito”, etc. Enseguida nos deleitábamos con unas canciones compuestas y cantadas al piano por Francisco Gabilondo Soler, “Cri-Cri el Grillito Cantor”, entre otras, “Los cochinitos”, “El ratón vaquero” y “El gato de barrio”.

Nosotros felices acá, y mis tíos y mis padres platicando animadamente ante la mesa de la cocina y, al término del programa les hacíamos compañía y nos compartían una rebanada de panqué de dátil o de nuez y una taza de café con leche. En esas agradables convivencias solía sorprendernos el inesperado toque de “Silencio”, emitido por el clarín del muy cercano “Cuartel del 14° Batallón de Infantería”.

Era la señal con que regularmente mis tíos y primas se despedían de nosotros, aunque algunas veces la plática se prolongaba hasta las diez, hora en que esa única estación radiofónica terminaba su transmisión. De fondo la melodía instrumental “Marea baja” y la grave voz de don Francisco, hermano de Margarita: “…al despedirnos de ustedes, deseamos que hayan logrado un día de felicidad y de éxitos. Lo importante es que esta noche olvide sus preocupaciones,… si no tuvo éxito hoy, lo tendrá mañana, porque mañana comienza la vida”.

Aquella Nochebuena, tan tardía que nos pareció por fin llegó. Con toda antelación el grupito formado por mi tía, mi madre y la señora María se abocaron a las tareas de preparación de la tradicional cena. María tenía ya tiempo de laborar en mi casa, ayudando a mi madre en las cotidianas labores del hogar, y de vez en cuando acusándonos de las travesuras que cometíamos mi hermano mayor y yo. Como en esta localidad no se estilaba cocinar pavo, a ella le tocó elaborar los tamales de puerco, misma que les daba ese sabor tan exquisito, al igual como aprendió a prepararlos en su pueblito natal, al sur del puerto.

Mi tía cocinó unos antojadizos “Buñuelos”, hechos con harina de trigo, huevo, manteca y canela, que recién fritos en aceite los dejaba reposar un poco para después bañarlos con miel de piloncillo (panocha) y canela; manjar que históricamente los primeros en elaborarlos fueron los árabes asentados en el sur de la vieja Hispania. Mi madre confeccionó los “Chimangos”, que son unos panecillos fritos en aceite en forma de rombos, que llevan también harina de trigo, piloncillo, vainilla, agua y levadura.

No podía faltar el “Champurrado”, una especie de atole prehispánico hecho a base de harina de maíz, cacao, leche y piloncillo. Luego, se prepararon los “Calientitos”, bebida que lleva guayaba, tejocote, granada, caña y canela en palo, que se sirve en jarritos de barro. Los adultos acostumbran agregarle una copa de tequila.

Aquella Nochebuena, nuestro árbol navideño desde luego que no podía compararse con un “Douglas norteamericano”, tampoco con un “Silvestre europeo”, mucho menos con un “Abeto siberiano”. Únicamente las familias pudientes se daban el lujo de viajar en su avioneta a Los Ángeles, California, U.S.A. y regresar con pinos naturales para ellas y su parentela.

En esos tiempos se utilizaban mayormente los pinos de material plástico, muy peligrosos por lo inflamable; eso bien que lo aprendí, pues debido a un infantil comportamiento piromaniaco, meses antes de Nochebuena incendié nuestro arbolito al acercarle un cerillo encendido. ¡Vaya ocurrencia! Así que el árbol siniestrado fue sustituido por una rama de “pino salado” (tamaris aphylla) que mi padre cortó de uno de los dos grandes árboles que había junto a la banqueta de mi casa, y lo colocó en un bote lleno de arena. ¡Nada que ver! Ese pino no era de clima frío, sino nativo de la ardiente África. Aún así el humilde arbolito me parecía bonito, con sus flores de nochebuena de lustroso papel, esferas azules y parpadeantes luces multicolores iluminando el Nacimiento.

Aquella Nochebuena llegaron temprano el tío Rodrigo y la tía Rosita. Mis primas ya estaban en mi casa desde la tarde. Él, un hombre alto y fortachón; ella, de talla mediana, regordeta figura y algo regañona. Mi madre, hermana de ella era tranquila y poco comunicativa, en cambio mi padre era un ser muy sociable, pero en lo general se llevaban bien entre los cuatro, aunque algunas ocasiones mi tía recriminaba al tío, como sucedió esa noche: “Apenas llevas dos copas y ya estás escandalizando. ¡Hombre imprudente!

Los concuños-compadres seguían jugando al póker, saboreando unas copas de tequila entre chupetes de limón con sal, después de ingerido el trago, interrumpiendo momentáneamente el juego para contarse una broma y carcajearse a todo pulmón, mientras el par de hermanas bebían lentamente una copita de “Rompope”; licor ligero elaborado con yema de huevo, vainilla, canela, almendra molida, leche y azúcar. Es una bebida que se elaboró desde la época virreinal en el convento Santa Clara, en Puebla, México.

El “Universal” fue colocado en el corredor y desde ahí se escuchaban canciones navideñas, también algunos danzones, que las dos parejas aprovecharon para lucir sus mejores pasos, mientras mis primas y mis hermanos nos reíamos de buena gana, al observar los torpes y tambaleantes pasos del tío Rodrigo aunado a la cara de enfado de la tía Rosy. El bailazo estaba en su apogeo cuando a la puerta llamó Jovita la vecina: “¡Ya viene el barco, ya viene arribando el barco”!

Mi tío y mi padre salieron en el carro de éste rumbo al muelle, que distaba unas cuantas cuadras. Gritos de júbilo lanzaban los señores que se posesionaron en el muelle, observando a lo lejos las tenues luces de una embarcación. Poco a poco la luminosidad fue incrementando su intensidad… Se apreciaba una luz verde a la izquierda y roja a la derecha. ¡No cabía duda, aunque distante, ese barco venía navegando rumbo al puerto!

Aquella Nochebuena la luna brillaba en cuarto menguante y, las titilantes estrellas se asomaban a ratos entre las nubes viajeras; vestigios quizá de la recién pasada tormenta que azotó el puerto de San Diego, California, muy comunes a partir de noviembre en esa región. Por esa causa el barco se retrasó casi una semana, pues se dificultaron considerablemente las maniobras de embarque de mercancías.

A ese buque ya sólo le faltaba recorrer un corto trecho, comparándolo con las más de 800 millas que separan a aquel puerto y éste.

          -Hic ¡Un farolazo pa’l méndigo frío, compadrito! –dijo el tío Rodrigo.

Y uniendo su voz a la acción, sacó del bolsillo interior de su chamarra una anforita de tequila y se la ofreció a mi padre.

-Compadre –expresó mi papá- ¿Qué barco es el que está por atracar?

-El “Korrigan IV”… está más viejo que yo y el conejo de la luna juntos.

Un Oficial de Puerto que escuchaba se acercó sonriente, diciendo:

-Señores, por si les interesa saber, ese barco fue construido a principios de 1900 en Flesburgo, Alemania. Durante la Primera Guerra Mundial perteneció a la flota de la “Armada Alemana Imperial”. En aquella época se llamaba “M-147”. Tuvo varios propietarios y actualmente pertenece a la “Naviera del Pacífico” de esta ciudad… El informante se disculpó y se alejó corriendo para recibir al barco que empezaba a atracar.

Aquella Nochebuena eran casi las diez de la anoche cuando los estibadores empezaron a descargar… los concurrentes preguntaban angustiados, casi exigiendo, si acaso habían llegado las “Red delicius”. El destinatario de la mercancía era la negociación “Ruffo Hermanos”. Sus propietarios se dieron perfecta cuenta de la situación; no podían llevar el cargamento de manzanas a la tienda, pues ésta ya había cerrado y los empleados estaban en casa departiendo con su familia, además el día siguiente sería de asueto.

¿Quién les compraría manzanas después de Nochebuena y Navidad?  Por qué no corresponder a estas nobles personas, que de seguro muchas de ellas eran sus clientes. Se hicieron formar cinco largas filas a lo largo del muelle para regalarles el apreciado fruto: ¡Diez manzanas por cabeza! ordenó el gerente a los estibadores que gustosos ayudaron en el reparto, y los beneficiados se las llevaron a casa en los bolsillos y otros en el sombrero. No había ninguna mujer en las filas, pues en aquel entonces el hombre era el rey de la calle y ella la reina de la casa.

Cuando regresó el tío y mi padre les arrebatamos las “Red delicius”. Pasada la medianoche, en incipiente Navidad, después de fervorosos abrazos los tíos y las primas retornaron a su casa.

Mis padres nos ordenaron ir a dormir… al despertar observé al lado de la cama mis juguetes y la bolsa -de papel crepé cosida a máquina por la tía Rosy-, con dulces, chocolates y una jugosa manzana cultivada en los sembradíos de Washington, D.C., que en nada se comparan con las transgénicas de hoy.

Aquella Nochebuena, los habitantes de La Paz, Baja California Sur, estuvieron a punto de festejar sin manzanas; no fue así, ¡pero por poco y sucede! Jamás olvidaré esa fecha; fue un lunes 24 de diciembre de 1957.

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Es un buen tiempo para ser fanático de la saga The Last of Us, una de las propiedades intelectuales más importantes de Sony. En menos de un mes, The Last of US: Part I, un «remake» para PS5 del título que vio la luz en PS3 en el ya lejano 2013, llegará a las tiendas físicas y digitales. ¡Y vaya relajo que se armó dentro de la comunidad por este hecho! Sin embargo, la discusión acerca de si esta nueva versión está justificada (y que salga a precio completo similar a juegos nuevos, es decir, cerca de 70 USD) es tema para otro día. Además, pronto se estrenará una adaptación televisiva de la mano de HBO. Así que, a colación de esto, me gustaría hablar acerca del título desarrollado por Naughty Dog, el cual se ha convertido en una vaca sagrada del gaming en los últimos años. Advertencia: este juego no me gusta mucho. Al menos, no tanto como a la mayoría de los jugadores. Procedo a explicar mis razones. Si he de trazar un paralelo con otra forma de entretenimiento, para mí la devoción que genera The Last of Us me parece tan incomprensible como la que generó el álbum OK Computer de Radiohead a finales del siglo pasado. Es decir, ambas son obras de enorme calidad, con momentos de puro gozo. Sin embargo, si uno ve el panorama de sus respectivos campos, hay obras que resultan tanto o más valiosas y que rara vez reciben el mismo reconocimiento. ¿OK Computer en verdad es el mejor álbum de la misma década de Massive Attack, Aimee Mann, Morphine, Ween, Nirvana y Björk? De la misma forma, ¿The Last of Us es en verdad el mejor videojuego en la misma generación en la que gozamos la trilogía de Bioshock (1,2 e Infinite), Mass Effect, Grand Theft Auto (IV y V), Portal y Metal Gear Solid 4? Así que veamos cada uno de los apartados de The Last of Us. Trama: Un mundo después de la pandemia Comencemos por hablar un poco acerca de la historia, la cual es, para muchos, uno de los atractivos principales del título. La trama nos sitúa en un mundo azotado por un hongo llamado Cordyceps, el cual convierte a los humanos en seres violentos conocidos como los “Infectados” (very creative indeed!). La población está aislada en zonas de cuarentena debido a esto. Joel (el protagonista y a quien controlamos durante el juego) es un contrabandista, quien recibe el encargo de llevar a Ellie, una joven que aparentemente es inmune al hongo, hasta un asentamiento de un grupo rebelde conocido como “Las Luciérnagas”. Hasta ahí nos quedamos con la historia, para no entrar en los famosísimos spoilers para quienes aún no lo hayan jugado y tengan intenciones de hacerlo. Sin embargo, para mí, la historia del videojuego es uno de sus puntos más débiles: pretty standard stuff para un videojuego. Zombies, un entorno postapocalíptico y armas a montones. ¿Acaso no es básicamente la misma premisa que la saga Resident Evil? ¡Oh, perdonen! The Last of Us pretende contar una historia seria, carente, al parecer, de los elementos Over the Top de la saga insignia de Capcom. Esto es otro elemento que me ha dejado un sabor de boca un tanto amargo: la seriedad de la narración que a veces ronda con lo pretencioso. En varios momentos, parece que Naughty Dog nos quiere convencer de que esto no es solamente un juego. “¡Vean! estamos contando una historia harto seria! Sí, hay zombies, pero estamos siendo serios, ¡de veras!”. Calma, Neil Druckmann (el director del juego), ya entendimos. En el aspecto positivo, debo reconocer que la dinámica entre Joel y Ellie (casi como de padre e hija) resulta muy natural y humana, y entiendo que muchos jugadores empaticen con ambos. De hecho, si bien la historia no es nada novedosa, la dirección y el guion brindan algunos momentos enternecedores e intensos. Aspecto técnico: la joya de la corona de PS3 El aspecto técnico de The Last of Us es una de sus mayores ventajas y, siendo uno de los títulos importantes de la generación de PS3, su desarrollo contó con un equipo que ya conocía bien cómo crear videojuegos para la consola de Sony. Las vistas de este Estados Unidos devastado son en verdad gloriosas, con escenarios amplios, definidos y coloridos. La dirección de arte en verdad te hace sentir dentro de este mundo derruido que Naughty Dog creó. La variedad de escenarios no falta: viajaremos por edificios, bosques, alcantarillas y más. El modelado de los personajes también es excelente, con movimientos y expresiones faciales muy naturales. Las escenas también están muy bien dirigidas, lo cual no debería ser sorpresa viniendo de la misma desarrolladora de la serie Uncharted. El aspecto técnico es impecable y derrocha calidad por todos lados. Por ello, aunque el título fue remasterizado para PS4 un año después, el original sigue siendo uno de los que mejor se ven en PS3. Jugabilidad: third person shooter con tintes de horror Ya que dejamos los halagos atrás, entremos en el aspecto de jugabilidad. A ver, creo que una buena definición podría ser: Shooter en tercera persona + ligeros toques de sigilo al estilo de Metal Gear Solid / Assasin’s Creed + leves toques de terror. El control es fluido (aunque algunos jugadores lo encuentran un tanto torpe, para mí está bien) y el modo de juego tiene la variedad justa para no caer en la monotonía, pero no hay algo que The Last of Us haga que no se haya visto en varios títulos más y, en ocasiones, de mejor forma. El avance es lineal, lo cual no es una desventaja en sí misma. Tal vez lo más atractivo sea el aspecto táctico del juego. En ciertas situaciones, debes elegir la forma en la que enfrentarás a los enemigos con los que te encuentras. Aunque, en la mayoría de los casos, el ataque frontal con armas de fuego asegura la muerte de Joel. Las secciones en las que debes ser sigiloso para evitar una muerte instantánea ante cierto tipo de enemigos resultan emocionantes, eso sí. En fin, que el aspecto jugable de The Last of Us, mientras que no es malo o aburrido, tampoco es tremendamente espectacular o innovador y sólo es una excusa para avanzar la historia. Conclusión Para mí, al menos en mi humilde opinión, para que un videojuego entre a ese panteón sagrado de los mejores de todos los tiempos, debe ser uno que empuje al medio un paso más allá, ya sea en aspectos técnicos, narrativos o de innovación. Todos aquellos que jugamos The Legend of Zelda: Ocarina of Time en su época, allá por 1998, tenemos al título de Nintendo en tan alta estima por eso mismo: fue uno de los primeros títulos que aprovechó la tecnología de ese momento (el N64) y, de un solo golpe, mostró el potencial de las aventuras de acción en 3D. En verdad, TLoZ:OoT fue un título cutting edge en su época. Por otro lado, The Last of Us parece más, en el mejor de los casos, la culminación de los videojuegos de disparos en tercera persona con toques cinemáticos. Esta visión la puedo entender, aunque no compartir: como dije, la historia y sus personajes no me parecen nada especiales, además de que hay pocas innovaciones en el aspecto jugable. Lo mejor que puedo decir es que es en verdad un prodigio técnico, que aprovechó al máximo la potencia del PS3. Sin embargo, este resultado es de esperarse al ser uno de los títulos lanzados en el ocaso de la consola. Para mí, a The Last of Us le falta ese algo, esa chispa que me haga ponerlo al mismo nivel de otras obras del videojuego. Fuera de su historia, que resonó con muchas personas, no veo que esta obra de Naughty Dog haya hecho algo que no se haya visto antes.

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