Adiós muchachos

“Irse a cruzar el desierto / lo mesmo que un forajido, / dejando aquí en el olvido, / como dejamos nosotros, / su mujer en brazos de otro / y sus hijitos perdidos”. -José Hernández (1834-1886).

9 de septiembre, 2022

¿Cuánto tiempo nos resta? Nos desplazamos al descubierto, sin tener conocimiento de lo que nos aguarda más adelante, el ejército está cerca, muy cerca de nosotros y los campesinos se convierten rápidamente en informantes y delatores. Ni uno solo se ha sumado a nosotros. Luchamos por ellos, morimos por ellos y, aun así, nos traicionan a la primera oportunidad, reflexionaba el comandante, mientras intentaba llenar de aire, con grandes bocanadas, sus maltrechos pulmones. Tosió un poco, hizo un ademán con la mano a sus hombres indicándoles que el receso había terminado y juntos, reanudaron la marcha cuesta abajo.

Oscurecía.

Varios días llevaban ya siguiendo aquella ruta. La altura del terreno donde se encontraban ahora debía rondar los dos mil metros sobre el nivel del mar, adelgazando el aire y otorgando peso adicional a los fatigados cuerpos que, tras meses de incesantes vómitos y diarreas, trabajosamente luchaban por seguir descendiendo. Durante los últimos meses el clima y la vegetación habían variado enormemente, dificultando el trayecto; el paraje yermo y polvoriento donde habían asentado su campamento base, de a poco se había transformado en una jungla espesa, húmeda y de rocosos acantilados, cada vez más escarpados e inhóspitos. Únicamente algunos ínfimos asentamientos humanos con sus respectivos animales domésticos habían logrado sobrevivir ahí. Aquella, pues, era la realidad de Latinoamérica. Sólo pobreza. Gente jodida, jodida y solitaria, viviendo en medio de la nada. Carajo, pensaba el comandante Ramón, ¿cómo es posible que el gobierno, los gobiernos puedan permitir algo así, una existencia infrahumana y miserable, sin ningún propósito, sin ninguna aspiración?

Justo algunas horas antes, él y los dieciséis hombres que componían aquella primera columna del llamado Ejército de Liberación Nacional se habían topado, accidentalmente, con una anciana desdentada que conservaba, a su avanzada edad, el buen talante y cuyo tiempo se dividía entre pastorear a sus cabras y cuidar a sus dos hijas, una enana y otra que yacía postrada en el interior de la pequeña choza construida con paja y adobe a la que las tres denominaban hogar. Habían intercambiado algunas escuetas palabras acerca de la distancia con respecto a las poblaciones más cercanas y después, poco antes de ponerse en marcha nuevamente, le habían dado cincuenta pesos, mucho considerando la cantidad que les restaba, no sin antes hacerle prometer que no hablaría con ninguno de los soldados que rondaban la zona. Una anciana y dos hijas enfermas. Algunos campesinos y sus familias. Una casa solitaria aquí, un caserío allá. Todos, en medio de aquel territorio agreste y perdido. En medio de la nada.

Peor aún, dado los recientes acontecimientos, resultaba poco probable que fuera a cumplir con la palabra empeñada. El recuerdo de la segunda columna, cuya posición debió de haber sido informada al ejército por alguno de los campesinos locales, disparó de pronto imágenes dentro de la cabeza de Ramón; comenzaron a aparecer frente a sus ojos, claramente, los rostros de sus compañeros caídos. Muertos, todos muertos. Jóvenes. Buenos compañeros. Valientes y leales. Emboscados, sin oportunidad alguna de defenderse, asesinados como animales por unos soldados de mierda, sin ningún rastro de honor. Lo tenían todo y ahora ni siquiera podía saber él, con certeza, qué suerte correrían sus cuerpos. Julio y Manuel también habían muerto, ellos apenas dos semanas atrás. ¿Qué hay de aquellos que los amaban, de sus amigos, de sus compañeros, de su familia? ¿Qué será de la mía, si corro con la misma suerte? A mis hijos les costará trabajo recordarme, sobre todo a los más pequeños, pero mi mujer se encargará de criarlos como hombres y mujeres de bien, preocupados por su patria y por su gente. Aún y cuando no lo había expresado hasta ese momento, y jamás lo haría, era consciente de que el exterminio de aquella segunda columna marcaba el precipitado fin de la odisea. Durante algunos meses, el balance de fuerzas había presentado un saldo positivo; habían logrado abastecerse de cuantioso parque y provocado numerosas bajas enemigas. Pero la caída de la segunda columna era un golpe difícil de ignorar. Salir de allí con vida era, ahora, el único propósito, el único objetivo.

La luz de la luna resultaba apenas perceptible dada la cantidad de nubes que pululaban el cielo aquella noche de octubre, de modo que el grupo avanzaba lentamente, entre penumbras. Continuaron la penosa marcha en silencio, bordeando un pequeño arroyo y atravesaron unos cuantos sembradíos de papas, dejando un notorio rastro entre la hierba.  Cada paso representaba un auténtico desafío y cerca de las 2 a.m. Ramón decidió que había sido suficiente. A pesar de la inconveniencia estratégica que representaba el instalarse entre aquellos peñascos, era inútil seguir avanzando. Los combatientes, no sin esfuerzo, lograron acomodarse en la boscosa hondonada y trataban de dormir un poco, debilitados por la fatiga, las infecciones, el hambre, la falta de vitaminas y la permanente tensión. Su comandante, recostado contra un árbol y respirando con sumo esfuerzo, aprovechaba el aparente sosiego para reponerse del arduo trayecto.

Durante la madrugada, una compañía de flamantes rangers se apostó en los riscos que dominaban aquel desfiladero. Un campesino, como tantos otros que se habían encontrado a lo largo de aquella fatídica campaña, los había delatado. Tanto Ramón como los demás guerrilleros notaron, al despertar, el movimiento y la agitación que se producía en la parte alta de la hondonada; después de intercambiar algunas indicaciones, a través de señas y en silencio, tomaron en sus manos los fusiles semiautomáticos, desenfundaron las pistolas y comenzaron a avanzar, sigilosamente, a través de la profusa vegetación. Seis de los combatientes, formados en grupos de a dos, abrían el paso.

Nacía el alba.

 

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Lawrence Shannon adentro de aquel autobús rebosante de mujeres religiosas en La noche de la iguana, la oscura, densa, sensual y sórdida adaptación cinematográfica de la aclamada obra del dramaturgo Tennessee Williams, dos veces ganador del premio Pulitzer (Un tranvía llamado deseoLa gata sobre el tejado de zinc), y quien fuera uno de los referentes de la literatura norteamericana del siglo XX.   En La noche de la iguana, Williams nos cuenta una historia colmada de sexo, traición y amor, en la cual un afligido sacerdote que ha colgado los hábitos, fungiendo ahora como guía turístico de un grupo de maestras de Corpus Christi, dirige una excursión por la costa del Pacifico mexicano hacia el hotel de su viejo amigo Fred Faulk. Aquí se entera de que él ha muerto y quien lleva ahora el parador es su jovial y desmesurada viuda, Maxine. Con un despliegue de pasiones prohibidas, bajo el candente sol del trópico y con una soberbia imagen en blanco y negro, conocemos personajes llenos de temores, fantasmas y extravagancias. 
  1. Lawrence Shannon es un sacerdote retirado tras una crisis de fe; Maxine Faulk es la madura, visceral  y atractiva propietaria del hotel donde transcurre la acción; Hannah Jelkes es una pintora gentil y amable, artista solterona ya cerca de los cuarenta; Charlotte Goodall, la más joven de la expedición, es una incitante y frívola muchachita que no cesa en sus intentos de seducir al reverendo complicando aún más su situación; y la señorita Fellowes es la típica mujer mandona que organiza el periodo vacacional de las guías del Bible College,a la cual le produce rabia el romance que sostienen la malintencionada jovencita y el clérigo Shannon. 
Quince años después de El tesoro de la Sierra Madre, película filmada en Tampico en 1948, con Humprey Bogart en el rol principal, el gran cineasta y trotamundos John Huston, uno de los mejores directores en la historia del séptimo arte, volvió a México para rodar esta adaptación de La noche de la iguana. En el otoño de 1963 se inició la filmación. La película se rodó íntegramente en escenarios naturales, en los alrededores de Puerto Vallarta, que en esos años era un remoto y desconocido paraíso tropical. Un rincón, una aldea de pescadores conocida como Mismaloya, resultó ideal para instalar el deteriorado hotel en donde se lleva a cabo la trama. Al principio Huston tuvo que pugnar con Tennnesse Williams para filmar ahí, ya que este insistió en que se filmase en Acapulco, donde, se rumora, le había ocurrido una aventurilla inconfesable que le sirvió de fuste para aquel drama de culpas y deseos incontenibles. Pero afortunadamente, al viajar a buscar locaciones y conocer la región, el dramaturgo oriundo de Mississippi fue rindiéndose ante el encanto de aquella colina rodeada de selva tropical, de los caminos montañosos, de las cálidas playas azules, de  la condición meridional del ambiente y de la panorámica imponente que Mismaloya poseía.  La crítica valoró positivamente la cinta, diciendo que John Huston  adaptó con fidelidad la obra de Williams: una historia en principio sencilla pero que va revelando un  mundo complejo, lleno de símbolos, siendo la elección del reparto uno de los principales aciertos:  Richard Burton como el pastor anglicano T. Lawrence Shannon; Ava Gardner, quien está maravillosa en su caracterización de Maxine, ofrece con ésta la última gran actuación de su carrera;  Deborah Kerr entrega uno de sus trabajos más memorables como Hanna Jelkes; y Suey Lyon (la Lolita de Kubrick) interpreta a una insaciable adolescente que destila sexo por cada uno de sus poros. Todos actores  extraordinarios pero con personalidades temperamentales capaces de hacer saltar chispas en aquel entorno caluroso.  En declaraciones publicadas en la prensa, John Huston admitió haber reunido al elenco principal y a Elizabeth Taylor, la diva de los ojos violetas que por esas fechas gozaba de su ardiente romance con Burton, a lo que la prensa calificó como “el adulterio más famoso de  la historia”. Cuenta la historia que Huston le entregó a cada actor una  pistola Derringer con cuatro balas cada una, grabadas con el nombre de los demás. ”Richard Burton estaba acompañado de Liz, que todos sabíamos seguía casada con Eddie Fisher; Michael Wilding, su ex esposo, llegó para manejar la publicidad de Burton; Peter Viertel, el esposo de Deborah Kerr, que la acompañaba, había tenido un amorío con Ava Gardner, quien llegó con dos asistentes, dos gigolós mexicanos que la seguían siempre, donde quiera que ella fuese allí iban ellos dos; y Sue Lyon estaba celosamente custodiada por su novio y su madre”, confiesa el director. Pero no hubo menor incidente. “Todo el mundo esperaba el momento en que las pistolitas fuesen utilizadas. Nadie lo hizo y todo transcurrió en paz”, concluyó Houston.   La noche de la iguana situó en el mapa a Puerto Vallarta, que de pronto se llenó de periodistas y fotógrafos ávidos por obtener imágenes de las grandes estrellas presentes en el rodaje. 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Esa doble moral de las clases de mayor nivel, o los “valores” que plantea una sociedad como si fuera un cadenero de antro, que después de que, finalmente nos permiten el acceso, nos llevamos la gran decepción al descubrir que no hay nada en ese cascarón vacío, que haya valido la pena nuestro desgaste por entrar. En literatura las voces de las autoras nacen de la entraña y no se callan.  Dicen lo que tienen que decir.  Cuentan la historia de primera mano, la que se aleja de cánones sociales y de ideologías a modo.  Hay que conocer nuestro México a través de sus líneas: un camino muy recomendable es comenzar a hacerlo A golpe de linterna (Ed. Atrasalante, 2020), de la mano de Liliana Pedroza." ["post_title"]=> string(14) "Mirada lateral" ["post_excerpt"]=> string(212) "Desde que el hombre existe, la historia se transmite de generación en generación. La narrativa pasó de la oralidad imprecisa a la palabra escrita. Ahí podemos desentrañar los orígenes de lo que hoy somos. 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Mirada lateral

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