Aire para la cultura

La comunidad cultural en México, como cualquiera otra del mundo, posee ciertas peculiaridades. Es cierto que en torno a ella se agrupan egos enormes,  costumbres estrafalarias y peculiaridades diversas que tienen mucho que ver con la sensibilidad...

18 de mayo, 2021

La comunidad cultural en México, como cualquiera otra del mundo, posee ciertas peculiaridades. Es cierto que en torno a ella se agrupan egos enormes,  costumbres estrafalarias y peculiaridades diversas que tienen mucho que ver con la sensibilidad de sus miembros, pero también con su conocimiento de la condición humana y el contacto con la sociedad en la que viven;  es verdad también que no pocos de sus miembros nos parecen inaccesibles, incomprensibles y a veces un tanto excéntricos,  que resulta innegable que el talento, el conocimiento y, aunque no esté de moda hablar de preparación o estudios, su capacidad de articular mensajes para compartir con la sociedad lo hacen un gremio distinto a la gran mayoría de los colectivos. Por eso la autoridad debe acercarse, si no con ciertas precauciones, sí con una óptica diferente. Administrar la cultura no es solo establecer presupuestos, fijar metas programáticas o construir monumentos faraónicos, se trata de ejercer liderazgo. El movimiento muralista no hubiera sido posible si al frente de la política cultural no hubieran estado líderes; el propio Palacio de Bellas Artes no existiría sin el concurso de muchos que vieron en unas ruinas la posibilidad de expresar la historia estética de México, lo mismo podríamos decir de las campañas de alfabetización de los primeros años de la postrevolución y las de principios de la segunda mitad del siglo XX; del movimiento cinematográfico que llevó a eso que llamamos la Época de oro y, al final y al cabo, no se hace un Premio Nobel de Literatura por sí mismo si no es a través de una comunidad cultural pujante, fortalecida con objetivos claros y que tiene vías eficientes para  expresarse y comunicarse con el mundo. Hoy no tenemos liderazgo ni tenemos a dónde ir.

 

Desde el porfiriato,  al frente de la cultura nacional estuvo la Secretaría Educación Pública o el Ministerio Instrucción Pública, en su momento, algunos de sus liderazgos son proverbiales y se quedaron permanentemente en el imaginario colectivo: la guía de Jaime Torres Bodet, la de Justo Sierra, la visión revolucionaria y alfabetizadora de José Vasconcelos. Con el tiempo, la creación del Instituto Nacional de Bellas Artes implicó la modernización de estructuras con el compromiso de los Contemporáneos y en su momento, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes congregó en torno a Víctor Flores Olea y a Guillermo Tovar y de Teresa, por ejemplo, esfuerzos y visiones muy diversas. Siempre fue claro que la comunidad cultural y no solo sus grandes exponentes, sino ella en su conjunto, resulta mucho más poderosa que el gobierno que la sirve, que las autoridades que administran sus recursos. Por eso, solo en aquellos casos en los que se ejerce un liderazgo real, tuvimos grandes momentos aun en medio de fuertes presiones. Eso es justo lo que extrañamos.

 

Una propuesta cultural no puede medirse por los hechos que conmemora ni por los monumentos que pretende construir, mucho menos por los que desmonta. Su éxito radica en su capacidad para formular una visión de futuro, una explicación del presente y una comprensión del pasado, una visión en la que todos quepamos y en  la que cuenten tanto los vencedores como los vencidos; un ajuste de cuentas abierto por el cual los más jóvenes aprendan las fuentes de la tradición y las técnicas de expresión en que los más viejos puedan cerrar sus ciclos y entregar cuentas sobre la creación y su forma de ver el mundo; un enfoque en el que los protagonistas se sirvan del gobierno no solo como una fuente de financiamiento sino como un foro desde el cual hablar y con el  cual comunicarse.

 

Hay que reconocer que si alguna autoridad tuvo celo para cumplir con las medidas de aislamiento fue la Secretaría de Cultura, tanto que parece haber desaparecido. Su silenciosa voz ofrece el mensaje de que hoy la cultura no es un tema importante, ni siquiera secundario. Al iniciar la pandemia intentó con una especie de festival permanente en la red “Contigo la distancia”, originalísimo bolero, que apenas cubrió las necesidades básicas de acceso a la cultura exclusivo para quienes están dentro de la inclusión digital, lo cual no es mucho, proyectos que nunca dieron conclusiones efectivas; pero lo que faltó y sigue faltando es rumbo y destino. Al principio de este gobierno, pensábamos que la Secretaría de Cultura podía funcionar como un centro operador de la ideología del Estado, una especie de coordinador del discurso que nos dijera quiénes somos en medio de esta transformación, qué queremos ser y cuáles serían los límites de la igualdad o los alcances de la democracia; hoy no albergamos esa esperanza. A lo mucho quisiéramos un pequeño empujón para dejar hacer y para dejar pasar, porque lo que es innegable es que los colectivos de artes, literatura, danza o música, se coordinaron de maneras inverosímiles para seguir llevando salud mental, paz y tranquilidad, gozo y belleza a quienes no podían disfrutarlo de otra manera y es muy probable que si bien estamos en medio de una ola de violencia, ésta hubiera sido peor si no hubiera estado presente la cultura.

 

Seamos francos, si la cultura goza de buena salud, no ha sido por el apoyo de su Secretaria.  Los rumores gobiernan y no sabemos si el Instituto del derecho de autor va a desaparecer o no, porque no hay declaraciones claras en ese sentido ni ningún otro, porque no sabemos si en realidad los fideicomisos muertos van a servir de otra manera para apoyar la vida cultural. La cultura está sana porque no puede detenerse, porque no podemos dejar de comer ni de respirar, porque nuestra condición humana no nos permite vivir exentos de belleza y de diálogo; y solo por eso, porque hay quienes seguimos jugándonosla todos los días, con pequeños capitales y grandes esfuerzos, para expresarnos y  decir lo que los ancestros dijeron a través de nosotros y lo que las próximas generaciones necesitan escuchar, es que hoy por hoy podemos decir que nuestra cultura ha sobrevivido como sobrevivirá muchas veces más, pero esta vez, sin duda, no será gracias a algunos funcionarios escondidos detrás de vistosos cubrebocas.

 

@cesarbc70

Comentarios


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La razón es muy sencilla: en este mes nació uno de los grandes humanistas y escritores del siglo XX. Si pensaron en ”ya saben quién”, ¡están muy equivocados! (además, si fue ese el caso, debo decir que usted tiene definiciones muy raras de “humanista” y “escritor”). Me refiero, por supuesto, a Kurt Vonnegut, quien nació un 11 de noviembre de 1922. Sí, este año marca el primer centenario de su nacimiento. Escritor de novelas excepcionales que se han convertido en verdaderos clásicos de la literatura estadounidense del siglo XX (y quien, lamentablemente, nunca ganó el premio Nobel, una omisión escandalosa, como la de Philip Roth), Vonnegut sigue siendo una fuerte influencia en el mundo literario.  Si usted ha seguido este humilde espacio, sabrá que Kurt Vonnegut es mi escritor favorito y que sus narraciones restauraron mi gusto por la lectura (lo cual me ayudó a salir de tiempos oscuros). Digamos que, para mí, Vonnegut, más que mi escritor favorito, es un mentor y un amigo que siempre está ahí cuando los tiempos se ponen difíciles. Tal es el poder que a veces puede tener la literatura.  Así que, para celebrar este primer centenario del nacimiento de Kurt Vonnegut y divulgar todavía más la obra del nativo de Indianápolis, he aquí una muy humilde y para nada exhaustiva lista con cinco de los mejores personajes que pueblan sus novelas. Eso sí, les advierto que esta lista podría ser muchísimo más larga, ¡pero el espacio es limitado! Sin un orden en particular, aquí va la lista: Eliot Rosewater Uno de los personajes más humanos, divertidos y uno de los ideales a los que deberíamos aspirar como personas. Eliot Rosewater, millonario e hijo de un senador estadounidense, piensa que es su deber moral utilizar la riqueza de su familia para ayudar a los pobres. 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Un elemento que acompaña a este pesimismo, según la tesis del autor, es el cinismo.  Habla de un hedonismo cínico, que lleva a emprender acciones de diversa índole, así sean alejadas de los cánones ciudadanos éticos, y que a ratos se traduce en una risa irónica frente a los proyectos ilusos de quienes se niegan a aceptar este estado de cosas.  De momento viene a mi mente la sonrisa hasta sardónica de algún político cuando se le ha cuestionado acerca de tópicos que debe hallar incómodos, y evita responder de esta forma no verbal.  Nadie podría negar que la emergencia sanitaria con su cuota de desgaste orgánico y muerte, muy de la mano del encierro obligatorio, haya cobrado su cuota entre quienes seguimos aquí, capoteando los temores, las incertidumbres y los pensamientos sombríos de cada día.  Este estado de ánimo ha sido un caldo de cultivo para muchas expresiones, como es el caso de las películas y series fatalistas.  Su éxito radica justo en eso, en reafirmarnos que el mundo va de mal en peor, y que somos afortunados de que los zombis no nos estén contaminando su naturaleza pútrida cuando salimos a la tienda de la esquina.  Muy en lo particular entendí mucho de esa tendencia de los espectadores, cuando yo querría descansar viendo historias optimistas con finales esperanzadores. El punto clave de Futurofobia es que invita a cuestionarnos como lectores, qué es lo que queremos para nuestra propia vida: Si estamos dispuestos a dejarnos llevar por la marea-contramarea del pesimismo, o si somos capaces de aprender a surcar las olas.  Si aceptamos ser invadidos por la epidemia maligna del pesimismo, o si somos capaces de plantarnos en tierra firme y comenzar a forjar una vida auténtica que, además de  mi persona, pueda ser útil para quienes me rodean. Un libro nos abre los ojos; nos permite bregar de un modo distinto.  Lanzar al mar las redes en la confianza de obtener una buena pesca. " ["post_title"]=> string(21) "Barcas ¿a la deriva?" ["post_excerpt"]=> string(153) "¿Está cancelado nuestro futuro o existen opciones esperanzadoras dentro del caos? ¿De qué modo nos invita García Barnés a reflexionar sobre ello? 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Barcas ¿a la deriva?

¿Está cancelado nuestro futuro o existen opciones esperanzadoras dentro del caos? ¿De qué modo nos invita García Barnés a reflexionar sobre ello?

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