33 Los Olvidos

La playa frente al Pierre Marqués estaba prácticamente desierta; el sol todavía no se acababa de vestir y yo disfrutaba un café presenciando el diario ritual del amanecer bajo la pérgola de la terraza. Me era muy...

9 de julio, 2021

La playa frente al Pierre Marqués estaba prácticamente desierta; el sol todavía no se acababa de vestir y yo disfrutaba un café presenciando el diario ritual del amanecer bajo la pérgola de la terraza.

Me era muy fácil imaginar a Matilda de niña, corriendo por la playa con una cometa, dueña y señora de la playa, cuando llegar al revolcadero era una verdadera aventura, antes que se construyera la carretera escénica. 

Mis hermanas y yo de chicos, muchas veces  hicimos el viaje con mis abuelitos y mi mamá saliendo muy temprano del club de yates hacia Puerto Marqués. Una vez ahí, en una camioneta vieja, recorríamos una estrecha vereda que llevaba hacia los cocotales que luego se llamaron granjas del Marqués, para luego caminar en dirección a la playa donde apenas había unas pocas ramadas.

Desde ahí, viendo hacia el sur, no existía ni una sola construcción; era una playa totalmente virgen guardada por una neblina de sal entre la que se tejían luminosos muchísimos pequeños arcoíris que desaparecían y volvían a aparecer con cada nuevo golpe del mar.

Al dejar que mi mente viajara de esta forma, surgían ante mi vista distintas imágenes de mi propia vida transcurrida precisamente en esa playa, y luego en este Pierre Marqués que nos era tan entrañable.

Vi que Nico estaba sentado en el puesto de salvavidas y bajé a la playa para saludarlo y platicar un ratito.




Al llegar al pie de la torre de madera blanca y ver a Nico igual que siempre, moreno encendido con los cabellos decolorados en lucha constante con las canas que ya asomaban a sus cejas y sus antebrazos,  pensé en los muchos años que llevábamos de ser amigos. Me parecía difícil de creer que Nico ya tuviera canas, porque además seguía siendo un atleta impresionante, con brío suficiente como para conservar, entre otras, a su eterna enamorada de París.

¿Hola Nico, cómo te va?

Hola Pecos, ¡qué milagro!

¿Sigues metido con tu casa aquella por la quebrada?

Ojalá fuera mía, querido Nico, y sí, sigo yendo a darme mis vueltas.

Te tiene cautivado Pecos, ¿Qué tanto le has encontrado?

¿No te he contado?

La verdad, no, no me has contado mayor cosa, por eso me da curiosidad.

Aguas con la curiosidad mi Nico…

¿Me quieres contar o qué?

Sí, pero vente, vamos a dar una caminadita por la playa.

 

Nico se descolgó del puesto de salvavidas como una pantera bajándose de un mangle; al verlo siempre fuerte, me acordé de nuestras sesiones con el balón medicinal de treinta kilos; ¡cómo nos divertíamos!

Los turistas nos veían cachándolo y lanzándolo con tanta facilidad, que sin fallar jamás, nos pedían que se los lanzáramos. Todos terminaban en el suelo después de un buen sentón, con cara de sorpresa, y Nico y yo riéndonos de ellos sin poderlo evitar.

Lo que pasa es que no es lo mismo saber lo que estás lanzando o lo que estás recibiendo, que de pronto recibir treinta kilos creyendo que estas cachando un balón  normal.

Aparte de ser un muy buen ejercicio, era una  diversión inocente, porque siempre nos disculpábamos con las víctimas que de inmediato se sentían parte de la broma  y se reían también.

Cuéntame de tu casa esa, Pecos.

Pues ya llevo meses yendo a revisar algunas cosas que los cuidadores han conservado en cajas de cartón.

Hay diarios, álbumes, recortes de revistas y periódicos viejos, y algunos objetos femeninos como espejos y un perfume.

¡Caray!, ¿y de quien son tantas cosas?

Son de los antiguos dueños,  pero fíjate, Nico, que además,  los cuidadores las encontraron después de limpiar toda la casa sin encontrar ninguna de esas cosas.

¿Y cómo le hicieron?

¡Quién sabe Nico!

Eso no es cualquier cosa Pequitos; ¿y no te da miedo?

¿Debería?

No sé; eso solamente puedes decirlo tú. Ya había oído de cosas parecidas Pecos; mi abuelita aquí cerca  en el Cayaco, siempre recordaba un retrato de mi abuelo vestido de manta con sombrero de palma y machete oaxaqueño, que le había regalado cuando eran novios. Siempre hablaba del famoso retrato y cuando le preguntábamos, decía que se había quedado en su antiguo rancho cerca de Pinotepa Nacional,  y nunca lo había vuelto a ver. Pero una vez que la fuimos a visitar, estaba muy contenta; cuando llegamos con ella, nos enseñó ese retrato diciéndonos que lo había encontrado.

¿Pero cómo lo encontró?

Eso fue lo que le preguntamos, pero nos dijo que de repente al abrir un cajón, se lo había encontrado, y ya. Lo que quiero decirte Pecos, es que luego encontramos cosas que creíamos perdidas y de pronto aparecen como dice la gente, como por arte de magia, pero no creo que sea magia sino algo verdaderamente poderoso.

¿Cómo qué, Nico?

No tengo idea, pero estarás de acuerdo Pequitos que hay muchísimas cosas que no entendemos. Yo creo que a lo mejor, la gente que ya se fue, solamente puede comunicarse con nosotros mandándonos señales como esas; objetos, retratos, recuerdos…

¿Nada más la gente que ya se fue, Nico?

No tengo idea Pecos, pero los vivos se aparecen como te me apareces tú.

Yo prefiero encontrarme una fotografía y no que mi abuelita se me aparezca aunque  la haya querido mucho. ¡A poco le tendrías miedo a tu abuelita si se te apareciera, Nico!

Pa’ que más que la verdad Pecos. Yo creo que la gente que ya se fue, pues ya se fue; los que regresan por tener pendientes, la verdad es mejor no encontrárselos.

Conforme íbamos caminando por  la playa, me parecía que había hecho bien en buscar a Nico.

Animado por nuestra conversación que estábamos teniendo, y con la confianza que le tenía a Nico, decidí contarle algunas cosas de lo que había pasado en Los Olvidos.

¿Te conté que en una losa del jardín de Los Olvidos está grabada la fecha de mi nacimiento?

¿Te cae?

¡Ay, Nico; claro que me cae!; me cayó de sorpresa en serio; ¡no salí corriendo de milagro!

¿Y quién puso ahí la fecha de tu nacimiento?

No tengo idea Nico.

¡Caray Pecos!, es señal de que la casa es tuya o debería ser tuya o algo tienes que ver ahí, ¿o nó? 

¿A qué te refieres con que tenga yo algo que ver ahí?

Me refiero a que no es normal o corriente que entres a una casa que ni conoces, y te encuentres nada menos que la fecha de tu nacimiento grabada en una piedra; o sea que no es el registro civil para que te encuentres por todos lados las fechas de nacimiento de mucha gente.

Esta respuesta de Nico nos hizo reír a los dos; tenía razón, la fecha de mi nacimiento necesariamente tenía un significado aparte de coincidir con el día y mes del nacimiento de Matilda.

Riéndose, Nico remató diciendo que qué bueno que a él no le pasaban cosas así.

¿Y por qué sigues yendo a esa casa, pues?

Pues lo cierto es que la casa siempre me ha atraído; estar ahí es como viajar a otro tiempo; ahí las cosas parecen suceder a otro ritmo; el mar se ve distinto; el cielo es diferente; la casa misma parece al mismo tiempo abandonada y esplendorosa; vibrante y olvidada;  habitada y desierta…

Esta vez Nico no se rio; volteó a verme y me dijo que él había estado algunas veces en sitios donde sintió algo parecido.

¿Te acuerdas del fraccionamiento Copacabana aquí adelante, donde a veces corremos?

Claro, Nico.

¿Te acuerdas las veces que nos hemos metido al antiguo club y a algunas de las casas del fraccionamiento que están abandonadas?

Por supuesto que me acuerdo.

A mí me daba tristeza ver el hotel tan bonito, todavía con sus equipos de cocina y de la fuente de sodas ahí abandonados, porque me imaginaba cómo se habría visto la cocina llena de gente trabajando, contando chistes, cocinando cosas ricas… Ese fraccionamiento sigue ahí olvidado, y me da mucha tristeza.

A mí también, Nico, pero Los Olvidos es una casa que veía yo desde muy chico  cuando íbamos a otra casa que rentaban mis abuelitos y  mi mamá. 

¿Y en tus  visitas has descubierto la razón para que te atrajera tanto?

Esta pregunta de Nico me sorprendió, y me hizo decirle algo más.

Pues ahí te va, querido Nico: resulta que la hija de los dueños originales, se llamaba Matilda, y su santa patrona se celebra el 14 de marzo, pero no nada más eso; mi amiga Doña Rosita Salas, del Hotel el Faro, me dijo que en Irlanda le ponen a los niños el nombre del santo que se venera el día que nacen, y al ir leyendo los diarios que me dejaron ver, tuvo razón Doña Rosita,  porque la hija de los dueños nació el mismo día que yo.

Caray, seguro prefieres que te diga Pequitos en vez de Matilde…

Al decirme esto, Nico se rio a gusto mientras me miraba.

¿Tú qué crees?

Era broma Pecos, no te enojes.

No me enojo; contigo no podría enojarme, nada más no vayas a empezar a decirme Matilde.

Me prometió que no lo haría, y se rio de nuevo mientras seguíamos caminando.’

Sin darnos cuenta, estábamos muy cerca de Copacabana; no tan lejos se veía la casa que fue de los iniciadores del fraccionamiento; tenía una distribución muy hermosa.

Viéndola desde la playa, era una construcción de un solo piso, aproximadamente de cien metros de largo de un extremo a otro; en cada extremo estaba rematada por construcciones  de base circular con techos cónicos de palapa.

No tenía propiamente una fachada dando hacia la playa; parecía tener un  corredor  que comunicaba de un extremo al otro, aislado únicamente por un mosquitero a todo lo largo.  Alrededor de las dos construcciones circulares que remataban esos extremos, también había mosquiteros en vez de cristales.

Estar al interior de esa casa tiene que haber sido una experiencia increíble, porque estando sobre la playa a muy poca distancia de donde rompen las olas, el murmullo del mar  tenía que ser un arrullo, aunque en las tempestades, el arrullo se volviera rugido.

La casa seguía habitada por la dueña, una señora Philips que según me había comentado Don Ignacio Cortina, había quedado viuda poco tiempo después de la inauguración del hotel Princess.

¿Vamos hasta la casa, Nico?

Vamos Pecos, ya estamos aquí; nada más que ahí no se puede entrar porque sigue habitada.

Nos acercamos hasta llegar justo frente a la casa; la estuvimos observando; vimos movimiento de algunas personas por el corredor que se veía desde la playa; una de ellas, se detuvo al vernos y levantó la mano en señal de saludo.

Devolvimos el saludo, y Nico me preguntó si quería que viéramos algunas de las viejas casas y el hotel club. Era domingo  y no había yo quedado con Don Marcelino de ir a alguna hora; de hecho, no había quedado en nada con él. Creí que era buena idea asomarnos a ver ese lugar al que no  había ido en mucho tiempo.

Comenzamos a andar  hacia el fraccionamiento, pasando a un lado de la casa de la señora Philips.

¿Qué sentiría la señora de permanecer en un lugar  que había dejado atrás su esplendor, además de estar rodeada de puras casas abandonadas en lo que había sido un sitio muy concurrido y exclusivo veinte años atrás?

Toda la zona estaba cubierta de maleza, o monte, como le dicen los lugareños.

La casa club del fraccionamiento había dado servicio de hotel pero  con pocas habitaciones; no tenía idea de cuántas, pero no deben haber sido ni siquiera veinte.

El área vecina a lo que había sido esa casa club, todavía estaba limpia de maleza, porque hasta poco tiempo atrás, iba gente a aprender buceo en su  alberca que tenía entre cinco y seis metros de profundidad en la parte más honda.

Entramos al vestíbulo y al área de recepción; los pisos estaban sucios y con basura, sorprendentemente menos mal que lo que sería de esperar en un lugar totalmente abandonado.

Nos acercamos al área de la alberca y tanto Nico como yo nos quedamos impactados: tenía  poca agua muy sucia en una parte de lo más hondo; el resto de la alberca estaba lleno de hojarasca y toda clase de basura.

Al ver este naufragio, porque eso era, pensé que Los Olvidos no estaba ni remotamente en semejantes condiciones. En Los Olvidos estaba Marcelino y su familia que amaban el lugar y lo cuidaban como si fuera propio; con mucho más respeto y atención que el supuesto dueño.

Ni a Nico ni a mí se nos ocurrió recorrer la casa club/hotel; sin decir por qué, creo que los dos  nos sentíamos renuentes a explorarla.

El ambiente era demasiado pesado, demasiado triste.

Salimos hacia la antigua calle que comunicaba con el camino al aeropuerto, y a la entrada del fraccionamiento, para desde ahí acercarnos a alguna de las casas y verla.

Había una que llamó nuestra atención porque su jardín conservaba un palmar considerable; probablemente lo cultivaba alguien para aprovechar los cocos que se veían de buen tamaño y no resecos, con lo cual nos quedaba claro que los cosechaban regularmente.

Entramos pasando sobre la barda junto a la que se había acumulado arena y maleza que  permitían caminar hacia lo que había sido su jardín. La casa no se veía tan deteriorada; sin embargo, la alberca también tenía agua muy sucia como señal inequívoca de abandono total. Aunque no había nadie, daba la impresión de estar habitada, probablemente por paracaidistas, de modo que mejor nos salimos y caminamos en dirección a la playa.

¿Qué habría tenido que suceder para que todo un fraccionamiento desarrollado con una visión avanzada para su tiempo, hubiera fracasado de esa manera?

La misma pregunta me hacía yo para poder entender cómo había sido posible que Los Olvidos hubiera caído en el abandono y el descuido del que solamente la defendía  la presencia de Marcelino y su familia.

Llegando al Pierre, me despedí de Nico que se fue hacia la ramada del revolcadero, mientras yo me fui a descansar bajo un toldo.

Sentado mirando el mar, comencé a hacerme preguntas:

¿Qué había pasado con Los Olvidos?

¿Por qué sería que Doña Rosita no supo más de Matilda?

¿Qué significaba la fecha de mi nacimiento inscrita en la baldosa de su jardín?

¿Qué tendría yo que hacer para volver a ver a Matilda?

¿Había otras señales suyas en Los Olvidos que aún no había visto?

¿Qué era lo que podía yo esperar verdaderamente?

Por momentos sentía que era yo presa de mis fantasías y de puros espejismos.

¿Qué era lo que estaba yo buscando y qué era lo que realistamente hablando, podría encontrar?

Estando solo en la playa cuando comenzaba a atardecer, sentí desaliento, porque mi mente me decía que lo que estaba yo haciendo, no conducía a nada.

Me sentí confundido y cansado; me sentí solo y me invadió una sensación de tristeza.

No sabía que era lo que quería hacer; ¿Qué podía yo esperar cuando terminara de revisar los álbumes y los diarios; qué clase de milagro creía yo que podría ocurrir?

La risa de una pequeña que jugaba cerca de la orilla del mar, interrumpió mis pensamientos; estaba concentrada modelando una figura que parecía una sirena recostada; la figura era francamente bonita.

La pequeña dejó por un momento su obra de arte y me miró amigablemente, luego me sonrió y volvió con su sirena.

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Para convertirnos en adultos debemos matar lo poco que del niño nos deja los dramáticos años de la adolescencia; si somos afortunados despedimos con honores al niño que fuimos, con gratitud inmensa y afinando todo aquello que fue ingrato, maduramos así, en la dulce nostalgia de un mundo que se fue y no volverá. Pero el juego persiste. Jugar es, pues, cosa seria; fortalece y anima, es opiáceo y también revitalizante, compromete lo mejor de cada uno porque implica una naturaleza desinteresada; es fascinante porque es aleccionador y, al mismo tiempo divertido; nos anula en el mundo que construye, pero nos hace mejores en el cerrado universo de sus reglas sin consecuencias; podemos seguir viviendo y manteniendo la cordura gracias al juego porque irrumpe en el espanto y en el drama de la vida suspendiendo el tiempo en tanto dura su ejercicio. Además de la limpieza y maestría de su ejecución, las letras de Julio Cortázar son inmensas porque son, fundamentalmente, un juego. Para muchos lectores el primer encuentro con Julio (lo llamo así, con el cariño y la intimidad con que se puede tratar a un amigo que nos ha acompañado desde los 16 años) es un antes y un después; no es mi caso y no porque no fuera el primer autor que leí, ni siquiera el primero que despertara mi admiración o mi pasión por su obra, sino porque con Alfonso Reyes, a quien descubrí al mismo tiempo, me reveló el gigantesco poder de las palabras para hacer más plena y más intensa la vida y se convirtió en santo y seña de mi mundo de obsesiones, goces, placeres y equívocos anhelos. Fue en 1986 cuando abrí por primera vez la primera página de Bestiario, en la sencilla edición de Nueva Imagen que compré con el dinero que me dio mi madre, en la vieja librería del Parque que ya no existe, como mi infancia, pero que dejó su huella cerca de la fuente de los espejos de Polanco. Si Julio no fue el primer autor que leí, sí puedo afirmar con certeza que fue el primero que releí y lo hice en el mismo instante que leí lo primero de sus gigantesco Bestiario, pues “Casa Tomada” la leí tres veces seguidas, la segunda para salir del pasmo y la tercera por puro gusto. Así, la suerte estaba echada y unos días después andaba con Glenda del brazo, el juego infinito había comenzado y aún continúa. Cuando un par de años después leí por primera vez Rayuela, la lectura no volvió a ser para mí nunca lo mismo; de ahí y hasta nuestros días leer sería un placer absoluto o no sería nada. En ese año brutal de mis dieciséis, apenas unos meses después del terremoto de la Ciudad de México, había saltado de Verne, Gibrán y Salgari a la literatura de verdad, no a la de los manuales que determinaban la letras casi infantiles, sino la que uno se fabrica solo en los anaqueles de la librerías. También en ese año había fallecido Borges, que se me reveló como un dios enorme pero hierático que me arrojó en brazos de Alfonso Reyes; así en ese año descubrí a Cortázar gracias a un profesor de literatura, Julio me lanzó a la poesía de Ernesto Cardenal, de tal manera que el día en que la fortuna quiso regalarme uno de los días más hermosos de mi existencia, estuve a su lado en una lectura de poesía que ofreció a los alumnos de la Facultad de Derecho de la UNAM con motivo de la imposición de la Medalla Isidro Fabela, en el año 2006. Justo veinte años después de mi primer encuentro con Julio, en aquel 2006 cuando ya no era un niño que soñaba con los personajes de Rayuela y de todos los juegos, pero que la vida quiso que esa tarde me sentara junto a uno de los más grandes poetas de nuestro tiempo, un hombre ejemplar en su bondad y que para mí era, en ese momento, un personaje de Julio que se había escapado de Apocalipsis en Solentiname y al que le pregunté su opinión sobre la poesía revolucionaria, no porque me preocupara, sino por el placer de escucharlo y que me respondió con casi las mismas palabras que usó Julio en su curso de literatura en Berkeley: la poesía, para ser revolucionaria, primero debe ser auténtica poesía. Estos alucinantes accidentes de la vida solo tienen sentido cuando alcanzamos a atisbar el hecho fundamental de que lo mejor de la existencia, como las letras de Cortázar, es el juego y el sentido lúdico con que hacemos las cosas que en realidad llamamos valiosas; por eso en tu cumpleaños, grandísimo cronopio, no puedo sino reírme de que hayas dictado un alucinante curso de literatura justo en Berkeley, aquella universidad americana a la que Alfonso Reyes dedicara uno de sus libros más juguetones y divertidos: Berkeleyana. Y así, como siempre, como cada vez que mi viejo ejemplar de Rayuela me lo reclama, vuelvo a las paginas de Julio, temeroso y ansioso al mismo tiempo de descubrir cuál es la siguiente jugada que me depara este cronópico divertimento al que llamamos vida y también literatura.   @cesarbc70" ["post_title"]=> string(41) "Julio Cortázar, la literatura como juego" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(39) "julio-cortazar-la-literatura-como-juego" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-06-29 09:46:23" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-06-29 14:46:23" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=67433" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } [1]=> object(WP_Post)#17620 (24) { ["ID"]=> int(67453) ["post_author"]=> string(2) "42" ["post_date"]=> string(19) "2021-06-30 08:49:48" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-06-30 13:49:48" ["post_content"]=> string(5922) "La palabra "chilango" evoca a las personas originarias de la Ciudad de México, o más bien del altiplano central en general; también se les conoce como "defeños" (término en desuso desde el cambio de nombre de Distrito Federal a Ciudad de México en su Construcción de 2016), capitalinos, o mexiqueño de acuerdo con la Real Academia de la Lengua (RAE), palabra incorporada en 2001, cuyo sufijo (-eño). Investigadores y académicos enfocados en disciplinas como la Historia y la Lingüística solo coinciden en algo al respecto de ese vocablo de uso tan popular y extendido por todo el país: se desconoce a ciencia cierta el origen de la palabra. Hay no pocas especulaciones, pero ninguna es de fiar y carecen, casi por completo, de un sustento científico. Un posible origen, que en este brevísimo texto esbozamos, se encuentra en el nombre de un enclave ubicado en lo que hoy es el estado de Campeche: XICALANGO.  En épocas del florecimiento del imperio mexica, fue un importante puerto comercial e incluso en algún momento fungió como punto de avanzada militar tenochca. Era un punto estratégico porque, geográficamente hablando, lo dotaba de dicha importancia, siendo una suerte de península donde confluían ríos, lagos, caminos y mar. Su mayor importancia, según las crónicas, la tuvo entre los períodos Clásico Tardío y Posclásico, con especial énfasis durante el reinado el Emperador Ahuizotl (1486 - 1502), dónde el tráfico mercantil entre los dominios de la metrópoli azteca eran clave dado su intensidad. Al parecer también, a la llegada de las primeras expediciones europeas de Grijalva y Cortés había disminuido considerablemente, pero hay historiadores que le dan una importancia anterior, durante su esplendor, similar a la de los principales puertos de Europa o los de Asia descritos por Marco Polo. Ya para el Siglo XVI, al parecer únicamente se celebraba una especie de feria comercial, con solo un puñado de eventos por año. Lo anterior puede explicar el importante papel que llegó a jugar en lo político y lo económico, y sus repercusiones de todo tipo antes y después de la llegada de los españoles, en el dominio y después colonización de todo el sur de la Nueva España. Recordemos que el dominio de los dos Siglos de esplendor mexica eran más al sureste, que es dónde se encontraban las grandes Urbes civilizadas (no es casualidad la sentencia de Don Alfonso Reyes, de que en México, geográficamente, "donde empieza la carne asada, termina la cultura"). Sitio, pues, estratégico, donde se puede decir que se dividen las aguas del Golfo de México y del mar Caribe, o bien el altiplano de todos las Ciudades - Estado sojuzgadas por ellos. En la región en cuestión se hablaban distintas lenguas, dado el hecho de que confluían por diversas razones, pero también debido a la dominación del náhuatl, pudiéndose afirmar en lo que algunos historiadores denominan la nahuatización de la zona chontal.  Xicalango, en resumidas cuentas y desde los testimonios vertidos, por ejemplo, por Juan de Grijalva y luego también recogidos por Fray Bernardino de Sahagún, suele reconocerse como el puerto chontal por excelencia: "También había grandísima feria en Xicalango, donde llegaban muchos mercaderes de muchas y lejanas tierras a tratar, y así era muy mentado el lugar".    Como vemos, Xicalango tuvo una innegable importancia en cuanto a intercambio de productos de toda índole y su redistribución, lo cual continuó hasta ya bien entrada la conquista. Tan es así, que fue en Xicalango donde fue cedida la famosa y polémica "MALINCHE".  Cabe recordar que la Malinche fue cedida a los españoles, junto con otras 19 mujeres, como botín de guerra al derrotar al pueblo de Potonchán,  comenzando así su papel preponderante en el llamado proceso de Conquista.  La Malinche dominaba dos lenguas, la nahua y la maya; y, por su lado, el capitán español Jerónimo de Aguilar conocía el maya, después de haber naufragado y pasado varios años cerca de Cozumel con la cultura Maya.   Para comunicarse estructuraron una cadena de traducción tan efectiva que facilitó en gran medida el proceso de Conquista a los europeos. Siendo este enclave, Xicalango, un referente para todo el Imperio Mexica, y aún después, en las primeras décadas del proceso de colonización material y espiritual, a la vez del punto geográfico dónde se dividía (o divide) el centro/norte del sur/sureste, se adoptó este gentilicio para denominar a los oriundos de México - Tenochtitlan, castellanizándose después a "CHILANGO", porque de ahí venían y hacia allá iban los mexicas. Ejemplos de nombres castellanizados a partir del original, parecidos, sobran: Tabasco proviene de ya sea el nombre de cacique del lugar o del sitio mismo "Tabs-Coob" o en mismísimo Yucatán, proveniente del maya "Ci U t'ann" ('no entiendo") al escuchar los naturales el idioma castellano, desconocido obviamente para ellos, o es posible, se afirma, del "Uh U t' ann" ('Oye cómo hablan'). A la postre, “chilango” adquirió una denotación peyorativa por el dominio de la Metrópoli sobre todos los demás pueblos, ya fuera militar, tributario o con condiciones mercantiles muy ventajosas para los tenochcas. En fin, puede que nunca sepamos  el origen del multicitado gentilicio "CHILANGO", pero esta es una simple hipótesis que bien valdría la pena investigar con más seriedad y rigor científico. 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En la infancia constituye una necesidad tan apremiante como dormir o comer, tan gratificante como el cariño de la madre y el encuentro con los hermanos. Al jugar, el niño experimenta el mundo, lo conquista desde la potencia más humana y también la más encantadora: la imaginación. Al contrario de lo que sucede con algunas de las actividades que realizamos en la infancia y que andando el tiempo, devienen absurdas y ridículas, jugar es una necesidad y un placer que no desaparece nunca y aunque en la medida en que envejecemos toma formas y manifestaciones muy diversas. El hecho es que permanece siempre constante porque, en esencia, su función es aligerar la vida, hacerla más liviana y por lo tanto, más habitable. Nunca he podido creerme aquello de mantener vivo al niño que llevamos dentro; creo que no es más que una metáfora manida y un lugar común que puede pronunciarse con mayor o menor fortuna pero que resulta ridículo y patético en los cartelitos de autoayuda y motivación. Volver a la infancia, a ratos y generalmente sin previo aviso, no es señal de tener un resquicio de infancia viviendo solapadamente en los pliegues de nuestra conciencia, sino un momento de cierta sublimidad en que nos permitimos reinterpretar el mundo con la liviandad en la que suponemos que hacen los niños. En un juicio moderadamente sano, no  podemos resucitar la infancia, y bien visto, quién querría revivir sus angustias, sus terrores nocturnos, la humillación de mojar la cama o las penalidades de ser el más gordo, el más bajo o el más débil de la clase. Olvidamos todas aquellas penurias de la infancia y nos quedamos únicamente con lo más hermoso, con lo que más vale y que será siempre la más sutil causa de nuestra nostalgia, la levedad absoluta que solo el juego puede darle a la vida. Para convertirnos en adultos debemos matar lo poco que del niño nos deja los dramáticos años de la adolescencia; si somos afortunados despedimos con honores al niño que fuimos, con gratitud inmensa y afinando todo aquello que fue ingrato, maduramos así, en la dulce nostalgia de un mundo que se fue y no volverá. Pero el juego persiste. Jugar es, pues, cosa seria; fortalece y anima, es opiáceo y también revitalizante, compromete lo mejor de cada uno porque implica una naturaleza desinteresada; es fascinante porque es aleccionador y, al mismo tiempo divertido; nos anula en el mundo que construye, pero nos hace mejores en el cerrado universo de sus reglas sin consecuencias; podemos seguir viviendo y manteniendo la cordura gracias al juego porque irrumpe en el espanto y en el drama de la vida suspendiendo el tiempo en tanto dura su ejercicio. Además de la limpieza y maestría de su ejecución, las letras de Julio Cortázar son inmensas porque son, fundamentalmente, un juego. Para muchos lectores el primer encuentro con Julio (lo llamo así, con el cariño y la intimidad con que se puede tratar a un amigo que nos ha acompañado desde los 16 años) es un antes y un después; no es mi caso y no porque no fuera el primer autor que leí, ni siquiera el primero que despertara mi admiración o mi pasión por su obra, sino porque con Alfonso Reyes, a quien descubrí al mismo tiempo, me reveló el gigantesco poder de las palabras para hacer más plena y más intensa la vida y se convirtió en santo y seña de mi mundo de obsesiones, goces, placeres y equívocos anhelos. Fue en 1986 cuando abrí por primera vez la primera página de Bestiario, en la sencilla edición de Nueva Imagen que compré con el dinero que me dio mi madre, en la vieja librería del Parque que ya no existe, como mi infancia, pero que dejó su huella cerca de la fuente de los espejos de Polanco. Si Julio no fue el primer autor que leí, sí puedo afirmar con certeza que fue el primero que releí y lo hice en el mismo instante que leí lo primero de sus gigantesco Bestiario, pues “Casa Tomada” la leí tres veces seguidas, la segunda para salir del pasmo y la tercera por puro gusto. Así, la suerte estaba echada y unos días después andaba con Glenda del brazo, el juego infinito había comenzado y aún continúa. Cuando un par de años después leí por primera vez Rayuela, la lectura no volvió a ser para mí nunca lo mismo; de ahí y hasta nuestros días leer sería un placer absoluto o no sería nada. En ese año brutal de mis dieciséis, apenas unos meses después del terremoto de la Ciudad de México, había saltado de Verne, Gibrán y Salgari a la literatura de verdad, no a la de los manuales que determinaban la letras casi infantiles, sino la que uno se fabrica solo en los anaqueles de la librerías. También en ese año había fallecido Borges, que se me reveló como un dios enorme pero hierático que me arrojó en brazos de Alfonso Reyes; así en ese año descubrí a Cortázar gracias a un profesor de literatura, Julio me lanzó a la poesía de Ernesto Cardenal, de tal manera que el día en que la fortuna quiso regalarme uno de los días más hermosos de mi existencia, estuve a su lado en una lectura de poesía que ofreció a los alumnos de la Facultad de Derecho de la UNAM con motivo de la imposición de la Medalla Isidro Fabela, en el año 2006. Justo veinte años después de mi primer encuentro con Julio, en aquel 2006 cuando ya no era un niño que soñaba con los personajes de Rayuela y de todos los juegos, pero que la vida quiso que esa tarde me sentara junto a uno de los más grandes poetas de nuestro tiempo, un hombre ejemplar en su bondad y que para mí era, en ese momento, un personaje de Julio que se había escapado de Apocalipsis en Solentiname y al que le pregunté su opinión sobre la poesía revolucionaria, no porque me preocupara, sino por el placer de escucharlo y que me respondió con casi las mismas palabras que usó Julio en su curso de literatura en Berkeley: la poesía, para ser revolucionaria, primero debe ser auténtica poesía. Estos alucinantes accidentes de la vida solo tienen sentido cuando alcanzamos a atisbar el hecho fundamental de que lo mejor de la existencia, como las letras de Cortázar, es el juego y el sentido lúdico con que hacemos las cosas que en realidad llamamos valiosas; por eso en tu cumpleaños, grandísimo cronopio, no puedo sino reírme de que hayas dictado un alucinante curso de literatura justo en Berkeley, aquella universidad americana a la que Alfonso Reyes dedicara uno de sus libros más juguetones y divertidos: Berkeleyana. Y así, como siempre, como cada vez que mi viejo ejemplar de Rayuela me lo reclama, vuelvo a las paginas de Julio, temeroso y ansioso al mismo tiempo de descubrir cuál es la siguiente jugada que me depara este cronópico divertimento al que llamamos vida y también literatura.   @cesarbc70" ["post_title"]=> string(41) "Julio Cortázar, la literatura como juego" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(39) "julio-cortazar-la-literatura-como-juego" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-06-29 09:46:23" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-06-29 14:46:23" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=67433" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(22) ["max_num_pages"]=> float(11) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "13b42603dc4d5592cd8d3a853e636298" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }
Julio Cortázar, la literatura como juego

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