Mi cuento es lo que cuenta

A finales del siglo pasado, en mis andanzas por las librerías de viejo, las mesas de descuento de Gandhi y a las oportunidades de cientos...

12 de mayo, 2020

A finales del siglo pasado, en mis andanzas por las librerías de viejo, las mesas de descuento de Gandhi y a las oportunidades de cientos de otras librerías que entonces todavía poblaban la Ciudad de México (ahora menguadas no por la epidemia sino por otras y anteriores crisis crónicas), descubrí en compañía de Fernando Moreno Suárez (crítico cinematográfico con quien iba de jueves a domingo al cine y le debo mucho de cuanto sé de ese arte) un libro peculiar: Los cuentos de El cuento, la primera de las cinco antologías que preparó don Edmundo Valadés con lo mejor de su mítica revista sobre ese género literario. Durante muchos años, el libro estuvo solo hasta que pude ir encontrando y reuniendo al resto de los tomos; a todos ellos los bauticé con un solo epíteto común: el cuento es lo que cuenta. Vaya, lo que contamos, lo que nos decimos; saludamos diciendo “¿Qué me cuenta?” o “¿Qué cuentas?”; decimos de alguien “ser puro cuento”, o cuando queremos mejor no decir aludimos a “es cuento largo”… en fin, una palabra imprescindible, un hecho connatural a cualquiera, una salvación y también un completo embrollo.

    No sé a ustedes, al amable lector, pero a mí esto de la Real Academia de la Cuarentena me viene ya sabiendo a concurso de cuento inacabado, como el gran certamen literario que esperaban en la mesa del café en La Colmena, del gran maestro Camilo José Cela, los famélicos escritores birlándole el cafecito a quien se dejara hasta en tanto ganaran la  rosa natural y los quinientos duros que los acompañaban, como el respetable recordará, y si no la ha leído me permito decírselo que en nada afectará el placer que experimente al leer esa magnífica novela, el premio nunca llega. Porque para cuentos estamos todos, desde los más ociosos y simpáticos que invitan a la risa, como que no existe el virus y los médicos del sector salud inoculan a la gente inocente con extraños compuestos para robarles el codiciado líquido sinovial de las rodillas, de las cuales –eso  lo sabe todo mundo– el más caro es el de la rodilla derecha y hasta he visto un cruel reclamo de un pescador del Lago de Texcoco al que entró por una tos y salió sin piernas. Vale, que con su pan se lo coma el que quiera creérselo, porque para eso está la cosa, para la guasa y la gracejada porque todo lector debería estar armado de sentido común y ojo crítico; pero de ahí a que el presidente de la República quiera auditar a los medios electrónicos para saber de dónde sale tanta vacilada y que se transparenten las fuentes, eso ya es correr “cuentos chinos” y cotorreos de las Mil y una noches; así se  empieza a pegarle a la censura, así de a poquito, averiguando y preguntando se llega a Roma y se me ha de perdonar el atrevimiento, digo yo, pero es que la Presidencia de la República no tiene derecho de réplica, al menos no en el sentido en el que tenemos los ciudadanos, porque nosotros, los de a pie, los que nos ganamos el pan a teclazos, vendiendo de puerta en puerta cuando se podía y como Dios nos da a entender, tenemos la libertad de escribir cuanto se nos venga en gana, aunque a veces, cuando nos pasamos de la raya– siempre  tenue y no siempre bien intencionada– que  la ley nos fija, pero solo la ley. El poder público, en cambio, debe sujetarse estrictamente a lo que le autoriza la ley y si va a entrar al diálogo, tiene mucha más oportunidad que yo y que muchos medios para hacerse oír y exponer su versión y si no convence, no es culpa de los medios, es de la manera en que integra su narrativa, en que ejerce el poder y se comunica con sus ciudadanos.

    Este singular concurso de cuentos sin cuento tiene muchos géneros, decía, y no todos son tan chistosos como el que arriba se cita. Otros, por el contrario, son peligrosos y pueden llevar a que las cosas se salgan de cauce; la del médico poeta, por ejemplo (conste que no tengo nada en contra de la poesía y menos de la Miguel Hernández), que no me parece mal que el dr. López-Gatell se tome un minuto y ocho segundos para leer un poema bellísimo, de verdad que no tengo nada contra eso y de corazón lo aplaudo, la poesía no le hace daño a nadie, pero, mire usted, poner al epidemiólogo a decir que parece ser, que dicen por ahí, que hay una conjura mundial entre el Wall Street Journal, el New York Times y El País en contra de las cifras que se cantan por las tardes en Palacio Nacional, como otrora las de los gritones de la lotería, eso ya es pretender demasiado, porque una conjura así se demuestra, no se señala; porque seamos francos, si somos el meritito ombligo del mundo, el lugar donde el águila se comió a la serpiente, la gloria de la gran Tenochtitlan, faltaba más, pero no estamos para que los principales medios del mundo se nos vengan encima, puñal en mano para conjurar contra nosotros; más bien hay que pensar que algo no anda bien y que algo del cuento oficial no está bien contado.

    Porque creo que el concurso no le está favoreciendo al gobierno ya que no tiene una narrativa estructurada. No convence su forma de ir desarrollando la historia porque no sabemos, con peras y manzanas, de qué tamaño es el daño y cómo vamos a salir de ésta; de verdad que no tengo nada contra el diálogo tan bonito y emotivo que se armó con los niños y las mamás, que bien que se haga y hasta aplaudo ponerle el toque humano a esta tragedia, pero si Mario Molina, si el dr. Frenk y, como decían de los cines antes, varios más de reputación científica conocida, dicen que algo no anda bien, por qué no se hace un diálogo igual con quienes en serio lideran explicaciones alternativas y sacamos algo en claro y así nos quedamos todos tranquilos. No hace falta echarle a los médicos mendaces y malévolos que amanecieron santos y purificados al cambio de sexenio, ni de los maliciosos y perversos que siguen insistiendo en curar el Covid-19 con agua carbonatada, sino dialogar con científicos de prestigio, porque no nos sentamos a escuchar y sacamos juntos la narrativa común de este momento.

    Al final del día este certamen no tiene premio, así les digo, que nos vamos a quedar como los poetas muertos de hambre de la novela de Cela, viendo pasar el café y las empanadas a la mesa de junto; pero si para los ciudadanos no hay premio, es para el gobierno para quien hay mayores consecuencias; mientras discutimos si conviene el cubrebocas o la mascarilla, si vamos a salir a la calle en junio o en julio, la Suprema Corte de Justicia dejó claro que en Baja California habrá cambio de gobierno en dos años. Los amparos contra el decreto de descuento de salario y privación de aguinaldos, otro cuento mal narrado, se acumulan y van a resolverse; el Poder Judicial está corrigiendo las pruebas de esa narrativa y no me extrañaría que el decreto para el uso del ejército, con las extrañas afirmaciones que contiene, no resulte igualmente atendido por este supremo corrector de estilo.

    Ya veremos, porque para como veo las cosas, me imagino que mañana, en la matutina o la vespertina, escucharemos aquel interminable que me contaba mi abuela, sobre el gato con los pies de trapo y los ojos al revés, y no, no creo que queramos que nos lo cuenten otra vez.




 

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