Cada año se hace más difícil ocupar un lugar en primera fila para presenciar los festivales escolares, los estudiantes de primer y segundo grado acaparan la atención y los padres, principiantes en esas experiencias ocupan todo el espacio en el patio. Mi madre suele decir que “Más vale maña que fuerza” y es que a veces, no se trata de ocupar el mejor lugar sino de ubicarse en el punto estratégico para moverse libremente, pues a la hora de la hora, cualquiera está dispuesto a sacrificar un poco de visibilidad si se trata de grabar a la niña o niño en turno.
La complicación no termina ahí, la modernidad exige que las nuevas generaciones crezcan más rápido para que se conviertan en consumidores precoces de toda clase de productos: skincare, música, moda, videojuegos, internet, redes sociales, etc. y todo ello, se confronta con el acto simple, cursi y humano de regalar una flor amarilla de amistad, porque así lo determina la “tradición” o la tendencia. Así que, las infancias y los preadolescentes no encuentran emotivo bailar, reír y divertirse en un festival de primavera, eso es cosa del pasado.
Marzo es el mes de la expropiación petrolera, del natalicio de Benito Juárez, del equinoccio de primavera, de la poesía, del teatro, del artesano, de la mujer y lo que se acumule.
Comprar flores nunca había sido tan difícil como ahora que, la sentencia es decirlo todo con una flor como en la época victoriana cuando la realeza ocupaba un complejo lenguaje floral para expresar lo que no se podía ni se debía en la corte, código que desapareció entre tantas otros vestigios de la historia de la humanidad, al igual que está desapareciendo el sutil arte de la poesía y cuyos exponentes son utilizados sí y sólo sí para cumplir con la efeméride mundial pero sin una intención clara por recuperar la escritura poética. La poesía y las flores puestas de moda nuevamente ¿Se volverán una tendencia y fuente de inspiración para las generaciones actuales?
El último baile primaveral de mi hijo me emocionó como ningún otro, eso a nadie le importa, pero en el futuro, él sabrá que lo acompañé en cada paso que dio con o sin flores amarillas. ¡Nos leemos a la próxima!
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