Otra crisis de la pandemia

En el año y medio de incertidumbre mundial que llevamos a cuestas, se han digitalizado los pensamientos, los acuerdos y desacuerdos, las bienvenidas y muchas despedidas. Se nos han quedado los brazos vacíos porque también los abrazos...

29 de abril, 2021

En el año y medio de incertidumbre mundial que llevamos a cuestas, se han digitalizado los pensamientos, los acuerdos y desacuerdos, las bienvenidas y muchas despedidas. Se nos han quedado los brazos vacíos porque también los abrazos están en poder de la tecnología y las risas y sonrisas viven del otro lado de cada pantalla electrónica.

Se inventó y ajustó la vida de todos con actividades distintas a aquellas conocidas en la otra normalidad, hasta que todo se volvió una rutina como parte de la nueva normalidad de la que hablaron. A los pequeños, a los adolescentes y jóvenes se les inventó de todo para evitar la apatía y seguir con la dinámica de desarrollo escolar y familiar. Los adultos armaron su propia rutina de actividades. 

¿Y los adultos mayores? No hablo de los mayores de 60 que ya se vacunaron y revelaron una edad que no habían dicho. Hablo de los mayores muy mayores, los activos físicamente, los que aún tienen la fortaleza para bailar y subir y bajar escaleras. Pregunto también por aquellos que no se pueden mover fácilmente o que tropiezan con recuerdos confusos en su mente. De los adultos mayores ancianos que vieron cómo los jóvenes se quejaban de la quietud en la que vivían sin pensar que ya sus abuelitos ancianos viven en quietud por dos razones: porque nadie les hace caso y ya se acostumbraron a ser parte de la casa o porque ya no pueden moverse, escuchar, ver o caminar. Esta es otra de las tantas crisis que nos acechan, una de las crisis más silenciosas y tristes.

Evelina, que pasó de la lucidez al ofuscamiento en pocos meses, se preguntó por qué de repente todo cambió. Resulta difícil que una persona de 90 años entienda que el mundo de afuera se había detenido y que su Centro de Actividades para seniors estaba cerrado, que las tardeadas de baile y su convivencia diaria no existían más. Fue difícil que entendiera que no podía ir a Costco a comer un hotdog y sentarse a platicar con alguien; que no podía ir a caminar por los pasillos del centro comercial. 

Su confusión de tiempo y espacio se acrecentaba con el paso de los días. Recibió sus vacunas y vino a pasar una temporada con nosotros. Después de más de un año salió de su casa para volar a otro estado y a otro país. 

Como experimento y sin saber si funcionaría, en casa hice para ella un espacio de estudio con su escritorio, silla ejecutiva, libretas, lápices, colores, un rompecabezas de piezas grandes, libros y música. Verse en el espejo: quien ella fue, quien está siendo y quien será porque ella cree en su futuro y lo planea.

Había que jugar a los olvidos y reírse de los disparates. Inventar historias del futuro e imaginar cosas que no existen. Sentirse completa con sus 90 y reírse porque guardó los dientes en el estuche de los lentes. Escribir con las manos en sentido contrario porque la artritis le desvió los dedos y leer en voz alta para escuchar la voz y sentir la respiración. Grabó un video leyendo “En Paz” de Amado Nervo. Y dejó de lado los mismos recuerdos de tiempos pasados y darle la bienvenida a los nuevos para todos los mañanas que le faltan. 

La pandemia para ella sigue siendo, solo que ahora sabe que puede recorrer su tiempo escribiendo y leyendo; que a través de los recuerdos puede planear su futuro y sabe que su tiempo vale y que el tiempo que nos regaló ha sido una muy valiosa escuela. 

Yo estoy esperando que ustedes que me leen, hagan algo parecido con sus mayores y sepan que la sabiduría no está en Internet, la tenemos cerca de las manitas arrugadas y los ojos nublados de tanto que supieron ver. La vejez no es igual para todos, no sabemos cómo será para cada uno. 

Un día seremos ancianos. Por eso, ahora que podemos, debemos reforzar la amistad con los nuestros, para que un día quieran cuidar de nosotros.

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