Homeoffice y clases a distancia: La importancia de la activación física en el confinamiento

Si bien ha sido una fortuna para muchos tener la posibilidad de continuar trabajando o estudiando desde casa durante el confinamiento, es de suma importancia reflexionar acerca de las consecuencias que la falta de actividad física y,...

9 de octubre, 2020

Si bien ha sido una fortuna para muchos tener la posibilidad de continuar trabajando o estudiando desde casa durante el confinamiento, es de suma importancia reflexionar acerca de las consecuencias que la falta de actividad física y, en muchos casos, el aumento del consumo calórico –sano o no– está  provocando en nuestro país y en el mundo.

¿El sedentarismo mata más que las drogas?

De acuerdo con datos que la agrupación chilena “Coalición Mover”, integrada por diversas sociedades de expertos en medicina y nutrición, difundió en 2015, el sedentarismo debe considerarse como una enfermedad y, lo que es más grave: su índice de mortalidad es incluso mayor al ocasionado por el alcoholismo o el tabaquismo.

Datos tan contundentes que algunos expertos de dicha coalición proporcionan, como el hecho de que “un cigarrillo reduce 11 minutos de vida al día, pero el sedentarismo quita 24 minutos de vida diarios” o que “un obeso que hace actividad física vive más que una persona delgada sedentaria”, nos dan una clara muestra de la preponderancia que tiene la falta de actividad física sobre otros factores que consideramos más peligrosos. 

Y en México… ¿Cuál es el panorama? 

Además de los datos que arrojan los estudios internacionales, en México debemos poner atención a un factor que es por demás preocupante: si aún antes del confinamiento ya ocupábamos el primer lugar mundial en obesidad infantil y el segundo en adultos (sin mencionar la relación directa que esto tiene con la diabetes y ésta, a su vez, con las complicaciones por COVID-19)… ¿Qué pasará ahora con dietas menos sanas, movilidad casi reducida a cero y una economía lastimada que deja un campo de acción bastante corto para hacer cambios al respecto?




Si bien es cierto que el nuevo etiquetado de alimentos y bebidas, promovido por la Secretaría de Salud, ayudará a paliar –no a terminar– el problema del consumo de sustancias y productos que favorecen la obesidad, nuestro foco de atención (gobierno, instituciones educativas, empresas y familias) debe centrarse en buscar estrategias para que la población en general y la que se encuentra en confinamiento en particular, hagan conciencia de la situación y empiecen a moverse.

“Poca cama, poco plato y mucha suela de zapato”: Tips para disminuir el sedentarismo en casa

Aunque es claro pues, que los programas, planes e iniciativas deben provenir de instancias superiores para ser efectivos, las pequeñas acciones, los cambios sustanciales y/o los nuevos hábitos que podamos crear en casa son fundamentales para empezar a mejorar nuestra salud personal y comunitaria. Algunos tips que pueden ayudarnos son:

  • Diseñar planes familiares de actividad física diaria.
  • Caminar o correr al aire libre.
  • Levantarse al menos 5 minutos durante cada hora de trabajo o clases online.
  • De ser posible, realizar “Pausas activas” durante esos minutos, es decir, hacer algún tipo de estiramientos o actividad aeróbica que favorezca el cuidado de músculos y articulaciones, la generación de endorfinas y la circulación.
  • Cuidar la postura y el espacio que usamos para trabajar o estudiar.
  • Hidratarse durante todo el día.
  • Procurar establecer una dieta sana y equilibrada en la familia.
  • De ser necesario, buscar asesoría profesional con expertos en nutrición.

Mover el cuerpo para mover al mundo

El cuidado de la salud no es cuestión de juego y definitivamente no es algo para lo que debamos esperar a que “termine la pandemia”.

Como padres, instituciones educativas e incluso a nivel personal, debemos tomar conciencia de la tremenda importancia que tiene empezar a “movernos de lugar”, mover el cuerpo y mover también los pensamientos que nos impiden hacernos responsables de nuestra salud en todos los ámbitos.

De otra manera, cuando esto verdaderamente termine, tendremos que enfrentarnos a tener que luchar contra otra crisis sanitaria (y hasta económica a nivel de instancias de salud pública) que, aunque “invisible”,  se perfila más grave y preocupante para todos.

Tengamos presente entonces que la responsabilidad es nuestra y que la solución no solo la tenemos en las manos, sino en el cuerpo entero: ¡Empecemos a movernos hoy para estar bien mañana!

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valores a los que un líder 1 se adhiere, y por la otra, la congruencia con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.  Simplificando: ejemplaridad = Integridad  El tema del liderazgo se ha estudiado desde hace mucho tiempo. A quienes aspiran a desarrollar esta condición se les atribuyen tradicionalmente cierto tipo de características. Sin negar la importancia de ellas, a lo largo de las últimas semanas hemos hablado de tres propiedades que resultarán indispensables para ejercer el liderazgo en Siglo XXI, tanto en esta Era Covid en que estamos inmersos, como en ese mundo post-pandemia que está en formación.  1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana.  2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto.  Hoy toca el turno a la última gran propiedad de la que, si bien no se habla demasiado, a mi juicio es la que redondea y completa el papel que un líder debe desempeñar.   Consciencia de Ejemplaridad La exigencia de convertirse en un “ejemplo” para los demás en principio suena anticuado y reaccionario. Existen largas disertaciones acerca de la importancia del espacio privado y la separación de éste con el espacio público y el desempeño profesional. Pero si nos detenemos un momento nos daremos cuenta de que en cierta medida todos, con nuestras acciones y omisiones, con nuestros hábitos y conductas, somos referentes para alguien, del mismo modo que en un sin fin de ocasiones el ejemplo ajeno ha servido para moldearnos.  Desde que nacemos utilizamos los referentes a nuestro alcance como herramienta para entender el mundo que nos rodea. Esta dinámica, que tiene lugar seamos conscientes de ello o no, se amplifica y extiende de forma muy importante cuando hablamos de aquellos que asumen cualquier variedad de liderazgo. En este caso, el texto está enfocado en líderes políticos y sociales, pero puede aplicar a cualquiera que pretende influir en la conducta, ideas o convicciones de otros. Desde que conocí por primera vez el concepto de “ejemplaridad”, desarrollado por el filósofo español Javier Gomá Lanzón, quien hace algunos años escribió una tetralogía2con el propósito de construir una teoría cultural de la ejemplaridad, me resultó muy seductora la idea de llevar este concepto a la cotidianidad, desde la cual, en su opinión, todos podemos –y debemos– ser ejemplares.  Al respecto de ese modo horizontal de ser modélico Gomá Lanzón afirma, en Ejemplaridad pública, tercer tomo de dicha tetralogía: “sólo podrá ser una ejemplaridad persuasiva, no autoritaria, que, involucrando todas las dimensiones de la persona, incluida la privada, promueva una reforma de su estilo de vida y que, finalmente, pueda llegar a ser la fuente y el origen de nuevas costumbres cívicas, articuladoras de la vida social3”.  Ser conscientemente ejemplar suena anacrónico, porque en primera instancia queda la impresión de que se busca imponer un comportamiento moral específico por encima de todos los demás como si se tratara de una verdad única, pero nada más lejos de mi intención.  La ejemplaridad, como la comprendo, tiene que ver con la manera en que decidimos estar en el mundo y cómo nos proyectamos hacia los demás. Tiene que ver con la intención y la actitud mucho más que en los contenidos o actos específicos. Tiene que ver con las decisiones éticas y conductuales que tomamos y en la forma concreta en que las llevamos a cabo, teniendo como característica central la congruencia. En una palabra, tiene que ver con nuestra Integridad personal.  Un líder apto para encarar la dimensión y complejidad de los desafíos del siglo XXI puede defender cualquier ideología e integrar cualquier partido político, puede formar parte de cualquier escuela religiosa o de ninguna, puede acogerse a cualquier doctrina ética, puede desarrollar cualquier clase de hábitos, pero sea como sea que decida construirse, el núcleo de su liderazgo se sostendrá en que lo que piensa, lo que dice y lo que hace formen un todo coherente e íntegro que la/lo muestren como un individuo congruente en que se puede confiar, que deje muy claro lo que podemos y no podemos esperar de ella/él.   Por otro lado, uno de los graves problemas éticos de nuestro tiempo es que, en aras de resaltar la diversidad y el respeto por la multiplicidad de opiniones y formas de entender la vida, nos hemos convencido de que todas las conductas y principios éticos son equivalentes. Sin embargo, esto no es así. Mientras una serie de valores, como la aceptación, el respeto, la equidad, la autenticidad, el cumplimiento de promesas, la calidez o la empatía favorecen la aceptación, la convivencia y la integración de los grupos humanos, otros valores o conductas, como la recriminación, la intolerancia, el engaño, la discriminación, la burla, la imposición, la incongruencia o la agresividad impiden que dicha convivencia sea posible.  Esto conlleva que la ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores que un líder sostiene y por la otra la congruencia e integridad con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.   La conducta cívica y un ambiente propicio para la convivencia nace de, sin renunciar a la personalidad propia, mantener comportamientos, acuerdos tácitos o explícitos, modales y costumbres que posibiliten la cohabitación, el acuerdo y la aceptación mutua. En el caso de un lider, la capacidad de vivir como predica y atenerse a las leyes, reglas y limitaciones que él mismo defiende y solicita en los demás tendría que ser inherente a su condición de liderazgo.   El hecho de que durante décadas el liderazgo público haya estado marcado por el individualismo extremo, que condujo a que cada partido político y cada dirigente en particular actuase sólo mirando por sus intereses particulares, ha conducido a una especie de crisis de liderazgo. Si hay algo desprestigiado en la política actual son los propios líderes políticos y muchos oportunistas e improvisados se favorecen de esta situación.  Resulta demencial que la mejor oferta que en la actualidad pueda ofrecer un candidato para tener éxito electoral sea presentarse como un no-político. Y lo más alucinante del caso es que los propios partidos políticos “tradicionales” –todos, de esta conducta no se salva ninguno– son quienes los postulan; es como si reconocieran que sí, que ellos –por ineptitud y tendencia a la corrupción– no están capacitados para los cargos de elección y que por eso es mejor traer a cantantes, exfutbolistas, modelos, luchadores y deportistas en retiro para hacer lo que ellos no pueden, no saben o no quieren.  Que el desconocimiento total del cargo y la falta de experiencia terminen por ser las principales virtudes de alguien que aspira a un puesto de liderazgo público carece de sentido. En cualquier otra profesión esa oferta sería un disparate: ¿quién se sometería a una cirugía llevada a cabo por no-médico, o subiría a un avión conducido por un no-piloto, o le confiaría su defensa legal a un no-abogado?   Sin embargo esto es justo lo que está ocurriendo. Basta con ver las listas de candidatos para las elecciones federales y locales de este año en México para comprobarlo. Ni los individuos con aspiraciones injustificadas a un liderazgo público ni los partidos políticos que los postulan parecen entender el tiempo de cambio en que están inmersos y, sumidos en una siniestra bruma de estupidez e impudicia, cavan sin descanso su propia tumba.  Tristemente la democracia ya no se entiende como una forma horizontal y participativa de gobernar sino como un mero certamen de popularidad que debe ganarse a cualquier precio.  El mundo complejo que ya existía, pero que la crisis por Covid ha sacudido hasta sus cimientos, no resistirá por mucho tiempo más esta clase de liderazgos de hojalata y en caso de no transformarse, las agrupaciones políticas actuales acabarán por colapsar, dejando su sitio a líderes autoritarios, que, con todo y sus montones de defectos, cuando menos se caracterizan por asumir plenamente la responsabilidad ser líderes. La realidad y los problemas auténticos que viven las naciones no podrán atemperarse por mucho tiempo más con bochornosos espectáculos mediáticos, alimentados por dimes y diretes falaces.  Ante la voracidad egocéntrica, la falta de visión, de eficacia y de auténtico profesionalismo de las élites dominantes –es decir, de NO EJEMPLARIDAD–, nadie debe sorprenderse que accedan al poder populistas extremos, orgullosamente autodenominados anti-sistema, que prometen patriotismo heroico, desmantelamiento de los organismos opresores y soluciones mágicas a problemas ultracomplejos, con la ventaja de que tanto su discurso como su condición de “ajeno al sistema” los blinda de la crítica, del exámen detallado de los “cómos” y de la rendición de cuentas.  Tras décadas de instituciones inoperantes y abusos sistemáticos en el ejercicio del poder con absoluta impunidad, las élites burocráticas se han puesto la soga al cuello al gobernar de espaldas al ciudadano y actuar como si pertenecieran a una especie de “aristocracia dirigente”, un linaje insigne que no tiene que dar cuentas a nadie ni de sus gestiones ni de sus conductas, acciones, hábitos y omisiones tanto públicos como privados. Pero no parece que a este tipo de liderazgo le quede demasiado margen de maniobra.   Por eso, al antídoto que alguien genuinamente interesado en el liderazgo público y la democracia participativa puede utilizar para rescatar el oficio es la ejemplaridad. Un auténtico líder Post-Covid no sólo tiene la obligación ideológica, ética, moral, profesional e incluso práctica de llevar una vida pública y privada ejemplar –y permíteme insistir: ejemplar desde sus propios valores e ideología, desde la natural coherencia que emerge de materializar sus propias convicciones, resumiendo: una vida íntegra– que revalorice su condición de referente público, sino que es su único seguro de permanencia y su única forma de defenderse de los advenedizos que intenten en desplazarlos desde la no-experiencia.  Desde luego que una vida “ejemplar” no es sinónimo de vida “perfecta”. De hecho, el intento de proyectar perfección implicaría ya en sí mismo falsedad. Se trata de actuar desde los valores e ideología propia, desde la natural coherencia que emerge de materializar las propias convicciones.  Un líder que aspire a la ejemplaridad no es aquel que reproduce acríticamente una serie de comportamientos o eslóganes socialmente aceptados. No se trata de homogeneizar a los individuos ni implica la complacencia de someterse a lo que “es correcto” según las normas establecidas en aras de darle gusto a todos. El valor de sostener la coherencia es el motor máximo de la ejemplaridad, pero sin duda es la manera más genuina y eficaz de influir en los demás y dejarles huella. Dice Thomas Moore, en El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor: “Quienes eligen vivir la vida en su plenitud, no tienen otra alternativa que probar los límites de la moral aceptada y, a menudo, transgredirlos4. De lo que sí se trata es de ser conscientes de la propia ética y del conjunto de valores que se han decidido defender y si, dado el caso, deben transgredirse los límites de la moral colectiva en la búsqueda de manifestar esa congruencia mencionada, lo oportuno será transgredirlos con convicción, asumiendo las consecuencias y los costos. En algún momento alguien debió transgredir los valores vigentes de su sociedad para oponerse a la esclavitud, o a la segregación racial, o a la restricción contra el voto de la mujer y muchos etcéteras, y estas son precisamente las mejores manifestaciones posibles de ejemplaridad.  El liderazgo verdadero no se alimenta de popularidad sino de carisma genuino. Es esa combinación entre congruencia e integridad la que se traduce –o debería traducirse– en popularidad y aceptación y no al revés: no eres líder porque seas popular, sino que eres popular porque la gente te reconoce como líder.   Un líder auténtico, congruente e íntegro, a partir de una sólida construcción ideológica, personal, ética, moral, familiar, íntima de la que hemos hablado, es capaz de sostener de manera natural y orgánica, desde la convicción y la responsabilidad, su propio conjunto de valores y traducirlos en comportamientos, conductas y hábitos congruentes entre sí porque no son impuestos para agradar sino genuinamente propios. Con la ventaja adicional de que este tipo de liderazgo conlleva una carga intrínseca de originalidad que refresca y enriquece la moral pública. Sus actos no tienen que ser “aprobados” por la comunidad –incluso podrían ser impopulares–, pero la clave está en que sean reconocidos como consecuencia natural de una visión del mundo compleja y plenamente incorporada a su personalidad real.   La ejemplaridad de un líder ni siquiera depende de ganar o perder en una contienda electoral, sino de la manera como se gestiona a sí mismo, de su capacidad de aprendizaje y cambio, de su apertura a reconocer triunfos ajenos y honrar sus compromisos una vez que ha logrado los victoria. La próxima semana cerramos este tema con una breve conclusión que integre las cuatro propiedades propuestas.  Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo “el”, no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Dicha tetralogía está compuesta por los siguientes títulos: Imitación y experiencia que plantea la historia cultural de la “imitación”, la cual considera el antecedente histórico y filosófico más importante de la ejemplaridad.  Aquiles en el gineceo, donde, utilizando la historia de Aquiles como metáfora, expone el paso del individuo de lo que llama estadio estético al ético. En Ejemplaridad pública expone lo que considera su aplicación a la esfera política. Y por último, Necesario pero imposible, donde relaciona la ejemplaridad con la finitud. 3 Gomá Lanzón, Javier, Ejemplaridad Pública, Primera Edición, España, Penguin Random House - Taurus, 2014, P. 26 4 Thomas Moore, El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor. Cita tomada de: Fernández Romero, Francisco, Lo que pasa entre nosotros. 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Solo con la empatía para comprender la complejidad del mundo, con la humildad de saberse falible, con la capacidad de confiar en un devenir incierto y con una genuina intención de ejemplaridad en nuestros líderes podemos encarar el futuro con una razonable esperanza.   En las últimas semanas hemos hablado de ciertas características especiales, indispensables para ejercer el liderazgo, tanto para gestionar adecuadamente la Era Covid, como de cara al mundo que se nos viene una vez que la pandemia remita.  Desde antes de la crisis sanitaria sabíamos de los enormes desafíos en que estábamos inmersos, tanto a nivel local como global, pero durante mucho tiempo hemos decidido cerrar los ojos ante ellos.  Estábamos montados en un ferrocarril de crecimiento ilimitado, de desarrollo tecnológico exponencial, de consumo desmesurado, de derroche y sobreutilización de los recursos humanos y naturales. Los expertos en economía aseguraban que esta dinámica era imposible de detener sin que el mundo colapsara. En cierto sentido tenían razón, pero al mismo tiempo la crisis actual demuestra que esas estructuras, si bien asentadas con raíces profundas y poderosas en nuestro modo de ser civilizados, son susceptibles de ser transformadas.  En su libro ¿Ya es mañana?, Ivan Krastev reproduce lo expresado por la cineasta y activista Astra Taylor: “La respuesta a la pandemia del coronavirus nos ha mostrado una realidad muy sencilla, la de que todas esas medidas políticas que nuestros gobernantes llevaban años diciéndonos que eran imposibles e impracticables, al final son perfectamente posibles y practicables (…) Ahora sabemos que ciertas “normas” con las que nos hemos manejado no eran necesarias (…) Estamos ante una oportunidad sin precedentes, no solo para pulsar el botón de pausa y aliviar temporalmente el daño, sino también para cambiar las normas de una vez y para siempre2”.  Sin duda intuíamos lo desmesurado de los retos –cambio climático, desigualdad, violencia, narcotráfico, devastación ecológica, injusticia, etc.– y lo complejo y riesgoso de abordarlos con seriedad, lo que nos ha conducido a posponer una y otra vez las posibles soluciones.  La Era Covid, quizá no de muy buenas maneras y haciéndonos pagar muy altos precios, nos obligó a detenernos. Y ahora, más preocupados por arrancar de nuevo y alcanzar las velocidades previas a la crisis, como si nada hubiese ocurrido, que convencidos de lo erróneo que sería postergar de nuevo la atención a los problemas más serios que enfrentamos y que nos ponen en peligro como especie, nos negamos a reconocer que ese mundo Pre-Covid ha dejado de existir tal y como lo conocíamos.; sin embargo, nos guste o no, estamos en plena construcción de una realidad global y nacional nueva y para ello se requieren liderazgos competentes y eficaces en todos los ámbitos del quehacer humano.  A lo largo de varias semanas hemos explorado en este espacio algunas de las competencias más importantes que debe tener un líder dispuesto a enfrentar los escenarios y desafíos que la pandemia y el propio siglo XXI pone ante nosotros.  Aunque los artículos anteriores están pensados en gran medida desde la perspectiva del liderazgo político, lo cierto es que las facultades descritas resultan indispensables para gestionar nuestra propia vida, pero sobre todo para encabezar cualquier proyecto donde busquemos convencer con nuestras capacidades, encabezando cualquier tipo de iniciativa, en especial si busca e influir en la conducta o en las idea de los demás.   A mi juicio, cada una de las cuatro facultades propuestas para un liderazgo dinámico y eficaz ante los retos globales que se nos presentarán, con pandemia o sin ella, exigen el desarrollo de una virtud específica que los posibilita.  En el caso de la primera competencia, “Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana” la virtud asociada es la “empatía”. Quien asuma liderazgos en estos tiempos habrá de enfrentar un mundo complejo, construido a partir de sistemas interdependientes entre sí, pero donde dichos sistemas estarán formados por seres humanos que sienten, que piensan y que sueñan con una vida plena y con oportunidades. Por ello, esta comprensión global de la civilización se traduce en esa capacidad para entender al otro, de ponerse en su lugar y para tomar decisiones –ya sean populares o impopulares– que tomen en cuenta la forma más humana de hacer evolucionar los sistemas que impulsan el desarrollo integral de las comunidades. Para ejercer con profundidad una genuina “Capacidad de cambio, adaptación y rectificación”, la virtud necesaria es la “humildad”. Para encarar el cambio, la adaptación y la rectificación, el líder del Siglo XXI necesitará saberse falible, reconocer sus límites, escuchar a otros, entender que la tenacidad y la obcecación sólo son virtudes cuando se centran en una meta final que busca el bien común, pero que son defectos monumentale cuando se asume que hay una sola manera de hacer las cosas –la mía–, y peor aun cuando se padece esa variedad de ceguera que impide reconocer el momento oportuno en que las circunstancias cambiantes nos orillan a modificar el método, el camino o el rumbo en aras de conseguir esa meta original.   En el caso de la “Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto”, la virtud asociada es la “confianza”. Pero no una confianza narcisista que convenza al líder de que encarna la única gran solución para el mundo, sino una confianza mucho más profunda, asentada en la comprensión y aceptación de los sistemas y procesos que conducen a la sociedad. Asumir un mundo incierto y gestionar el liderazgo desde ahí requiere una confianza existencial que lleve la lógica y la racionalidad un paso más allá de los evidentes límites de la comprensión propia pues nadie tiene todas las respuestas. En el punto anterior hablábamos de la humildad para reconocer nuestras limitaciones, aquí se trata de ir aun más allá, de entregarse a una especie de paradójica certeza gracias a la cual, ante la completa incertidumbre respecto a lo que nos deparará el futuro, de algún modo “sabemos” que el propio proceso evolutivo desplegará la inteligencia inherente que posee y que de algún modo nos ha traído hasta aquí. A lo largo de nuestra historia hemos alcanzado niveles de desarrollo y civilización imposibles de pensar como resultado del esfuerzo de individuos aislados, de primates erguidos que malamente pueden sobrevivir solos, pero que crean civilizaciones completas a partir de sus méritos particulares. No, los seres humanos hemos construido lo que tenemos –tanto lo positivo como lo negativo– a partir de un devenir colectivo, de una suma de esfuerzos y aprendizajes y no de la inspiración mágica de un puñado de iluminados. Es verdad que en esos procesos hemos vivido –y seguimos viviendo– terribles ejemplos de violencia, destrucción e injusticia, pero el líder genuino sabe que están plenamente compensados por el conocimiento, la belleza, la empatía, la entrega, la compasión y la bondad que los seres humanos desplegamos cada día en cada rincón del mundo y que por ello es razonable confiar en que, si cada uno hacemos lo que nos toca, nuestro impulso de especie nos conducirá a las soluciones apropiadas. Y por último la “Consciencia de Ejemplaridad”. En este caso la virtud asociada es la “congruencia”. Un líder genuino piensa, dice y actúa de manera coherente en todos los aspectos de su vida. No tiene que ser perfecto y puede apoyar su modo de entender el mundo en cualquier ideología o sistema de valores. Lo que lo distingue es la consciencia de lo importante que es su propio ejemplo como efecto inspirador en aquellos sobre quienes busca influir. Acepta que su confiabilidad como líder dependerá de que su pensar, su decir y su hacer formen un todo aceptablemente coherente. Pero la ejemplaridad tiene una enorme trampa. Se trata de una condición necesaria pero no suficiente. Esta es la razón por la cual fue la última propiedad del liderazgo expuesta. Porque sin los tres atributos previos, y sus virtudes asociadas: empatía, humildad y confianza –en el proceso y en los demás–, el riesgo de confundir la ejemplaridad con el mesianismo es muy elevado.  Sin la empatía para comprender el mundo como una serie de sistemas complejos en interacción donde infinidad de experiencias diversas se combinan, sin la humildad de saberse humano y, por lo tanto, falible, y en consecuencia atreverse a escuchar al otro, cambiar y rectificar, sin el poder interno para confiar en un mundo incierto del que nunca tendrá todas las respuestas, la probabilidad de que el líder, en vez de ejemplar, se convierta en narcisista y ególatra es altísima.  Por eso el liderazgo auténtico, en especial el que se requiere para encarar retos de la envergadura y la complejidad que exigen nuestros tiempos no es todavía frecuente. Esperemos que muy pronto lo sea, de lo contrario nos esperan tiempos aún más difíciles de los actuales. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo “el”, no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Krastev, Ivan, ¿Ya es mañana? 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A quienes aspiran a desarrollar esta condición se les atribuyen tradicionalmente cierto tipo de características. Sin negar la importancia de ellas, a lo largo de las últimas semanas hemos hablado de tres propiedades que resultarán indispensables para ejercer el liderazgo en Siglo XXI, tanto en esta Era Covid en que estamos inmersos, como en ese mundo post-pandemia que está en formación.  1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana.  2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto.  Hoy toca el turno a la última gran propiedad de la que, si bien no se habla demasiado, a mi juicio es la que redondea y completa el papel que un líder debe desempeñar.   Consciencia de Ejemplaridad La exigencia de convertirse en un “ejemplo” para los demás en principio suena anticuado y reaccionario. Existen largas disertaciones acerca de la importancia del espacio privado y la separación de éste con el espacio público y el desempeño profesional. Pero si nos detenemos un momento nos daremos cuenta de que en cierta medida todos, con nuestras acciones y omisiones, con nuestros hábitos y conductas, somos referentes para alguien, del mismo modo que en un sin fin de ocasiones el ejemplo ajeno ha servido para moldearnos.  Desde que nacemos utilizamos los referentes a nuestro alcance como herramienta para entender el mundo que nos rodea. Esta dinámica, que tiene lugar seamos conscientes de ello o no, se amplifica y extiende de forma muy importante cuando hablamos de aquellos que asumen cualquier variedad de liderazgo. En este caso, el texto está enfocado en líderes políticos y sociales, pero puede aplicar a cualquiera que pretende influir en la conducta, ideas o convicciones de otros. Desde que conocí por primera vez el concepto de “ejemplaridad”, desarrollado por el filósofo español Javier Gomá Lanzón, quien hace algunos años escribió una tetralogía2con el propósito de construir una teoría cultural de la ejemplaridad, me resultó muy seductora la idea de llevar este concepto a la cotidianidad, desde la cual, en su opinión, todos podemos –y debemos– ser ejemplares.  Al respecto de ese modo horizontal de ser modélico Gomá Lanzón afirma, en Ejemplaridad pública, tercer tomo de dicha tetralogía: “sólo podrá ser una ejemplaridad persuasiva, no autoritaria, que, involucrando todas las dimensiones de la persona, incluida la privada, promueva una reforma de su estilo de vida y que, finalmente, pueda llegar a ser la fuente y el origen de nuevas costumbres cívicas, articuladoras de la vida social3”.  Ser conscientemente ejemplar suena anacrónico, porque en primera instancia queda la impresión de que se busca imponer un comportamiento moral específico por encima de todos los demás como si se tratara de una verdad única, pero nada más lejos de mi intención.  La ejemplaridad, como la comprendo, tiene que ver con la manera en que decidimos estar en el mundo y cómo nos proyectamos hacia los demás. Tiene que ver con la intención y la actitud mucho más que en los contenidos o actos específicos. Tiene que ver con las decisiones éticas y conductuales que tomamos y en la forma concreta en que las llevamos a cabo, teniendo como característica central la congruencia. En una palabra, tiene que ver con nuestra Integridad personal.  Un líder apto para encarar la dimensión y complejidad de los desafíos del siglo XXI puede defender cualquier ideología e integrar cualquier partido político, puede formar parte de cualquier escuela religiosa o de ninguna, puede acogerse a cualquier doctrina ética, puede desarrollar cualquier clase de hábitos, pero sea como sea que decida construirse, el núcleo de su liderazgo se sostendrá en que lo que piensa, lo que dice y lo que hace formen un todo coherente e íntegro que la/lo muestren como un individuo congruente en que se puede confiar, que deje muy claro lo que podemos y no podemos esperar de ella/él.   Por otro lado, uno de los graves problemas éticos de nuestro tiempo es que, en aras de resaltar la diversidad y el respeto por la multiplicidad de opiniones y formas de entender la vida, nos hemos convencido de que todas las conductas y principios éticos son equivalentes. Sin embargo, esto no es así. Mientras una serie de valores, como la aceptación, el respeto, la equidad, la autenticidad, el cumplimiento de promesas, la calidez o la empatía favorecen la aceptación, la convivencia y la integración de los grupos humanos, otros valores o conductas, como la recriminación, la intolerancia, el engaño, la discriminación, la burla, la imposición, la incongruencia o la agresividad impiden que dicha convivencia sea posible.  Esto conlleva que la ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores que un líder sostiene y por la otra la congruencia e integridad con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.   La conducta cívica y un ambiente propicio para la convivencia nace de, sin renunciar a la personalidad propia, mantener comportamientos, acuerdos tácitos o explícitos, modales y costumbres que posibiliten la cohabitación, el acuerdo y la aceptación mutua. En el caso de un lider, la capacidad de vivir como predica y atenerse a las leyes, reglas y limitaciones que él mismo defiende y solicita en los demás tendría que ser inherente a su condición de liderazgo.   El hecho de que durante décadas el liderazgo público haya estado marcado por el individualismo extremo, que condujo a que cada partido político y cada dirigente en particular actuase sólo mirando por sus intereses particulares, ha conducido a una especie de crisis de liderazgo. Si hay algo desprestigiado en la política actual son los propios líderes políticos y muchos oportunistas e improvisados se favorecen de esta situación.  Resulta demencial que la mejor oferta que en la actualidad pueda ofrecer un candidato para tener éxito electoral sea presentarse como un no-político. Y lo más alucinante del caso es que los propios partidos políticos “tradicionales” –todos, de esta conducta no se salva ninguno– son quienes los postulan; es como si reconocieran que sí, que ellos –por ineptitud y tendencia a la corrupción– no están capacitados para los cargos de elección y que por eso es mejor traer a cantantes, exfutbolistas, modelos, luchadores y deportistas en retiro para hacer lo que ellos no pueden, no saben o no quieren.  Que el desconocimiento total del cargo y la falta de experiencia terminen por ser las principales virtudes de alguien que aspira a un puesto de liderazgo público carece de sentido. En cualquier otra profesión esa oferta sería un disparate: ¿quién se sometería a una cirugía llevada a cabo por no-médico, o subiría a un avión conducido por un no-piloto, o le confiaría su defensa legal a un no-abogado?   Sin embargo esto es justo lo que está ocurriendo. Basta con ver las listas de candidatos para las elecciones federales y locales de este año en México para comprobarlo. Ni los individuos con aspiraciones injustificadas a un liderazgo público ni los partidos políticos que los postulan parecen entender el tiempo de cambio en que están inmersos y, sumidos en una siniestra bruma de estupidez e impudicia, cavan sin descanso su propia tumba.  Tristemente la democracia ya no se entiende como una forma horizontal y participativa de gobernar sino como un mero certamen de popularidad que debe ganarse a cualquier precio.  El mundo complejo que ya existía, pero que la crisis por Covid ha sacudido hasta sus cimientos, no resistirá por mucho tiempo más esta clase de liderazgos de hojalata y en caso de no transformarse, las agrupaciones políticas actuales acabarán por colapsar, dejando su sitio a líderes autoritarios, que, con todo y sus montones de defectos, cuando menos se caracterizan por asumir plenamente la responsabilidad ser líderes. La realidad y los problemas auténticos que viven las naciones no podrán atemperarse por mucho tiempo más con bochornosos espectáculos mediáticos, alimentados por dimes y diretes falaces.  Ante la voracidad egocéntrica, la falta de visión, de eficacia y de auténtico profesionalismo de las élites dominantes –es decir, de NO EJEMPLARIDAD–, nadie debe sorprenderse que accedan al poder populistas extremos, orgullosamente autodenominados anti-sistema, que prometen patriotismo heroico, desmantelamiento de los organismos opresores y soluciones mágicas a problemas ultracomplejos, con la ventaja de que tanto su discurso como su condición de “ajeno al sistema” los blinda de la crítica, del exámen detallado de los “cómos” y de la rendición de cuentas.  Tras décadas de instituciones inoperantes y abusos sistemáticos en el ejercicio del poder con absoluta impunidad, las élites burocráticas se han puesto la soga al cuello al gobernar de espaldas al ciudadano y actuar como si pertenecieran a una especie de “aristocracia dirigente”, un linaje insigne que no tiene que dar cuentas a nadie ni de sus gestiones ni de sus conductas, acciones, hábitos y omisiones tanto públicos como privados. Pero no parece que a este tipo de liderazgo le quede demasiado margen de maniobra.   Por eso, al antídoto que alguien genuinamente interesado en el liderazgo público y la democracia participativa puede utilizar para rescatar el oficio es la ejemplaridad. Un auténtico líder Post-Covid no sólo tiene la obligación ideológica, ética, moral, profesional e incluso práctica de llevar una vida pública y privada ejemplar –y permíteme insistir: ejemplar desde sus propios valores e ideología, desde la natural coherencia que emerge de materializar sus propias convicciones, resumiendo: una vida íntegra– que revalorice su condición de referente público, sino que es su único seguro de permanencia y su única forma de defenderse de los advenedizos que intenten en desplazarlos desde la no-experiencia.  Desde luego que una vida “ejemplar” no es sinónimo de vida “perfecta”. De hecho, el intento de proyectar perfección implicaría ya en sí mismo falsedad. Se trata de actuar desde los valores e ideología propia, desde la natural coherencia que emerge de materializar las propias convicciones.  Un líder que aspire a la ejemplaridad no es aquel que reproduce acríticamente una serie de comportamientos o eslóganes socialmente aceptados. No se trata de homogeneizar a los individuos ni implica la complacencia de someterse a lo que “es correcto” según las normas establecidas en aras de darle gusto a todos. El valor de sostener la coherencia es el motor máximo de la ejemplaridad, pero sin duda es la manera más genuina y eficaz de influir en los demás y dejarles huella. Dice Thomas Moore, en El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor: “Quienes eligen vivir la vida en su plenitud, no tienen otra alternativa que probar los límites de la moral aceptada y, a menudo, transgredirlos4. De lo que sí se trata es de ser conscientes de la propia ética y del conjunto de valores que se han decidido defender y si, dado el caso, deben transgredirse los límites de la moral colectiva en la búsqueda de manifestar esa congruencia mencionada, lo oportuno será transgredirlos con convicción, asumiendo las consecuencias y los costos. En algún momento alguien debió transgredir los valores vigentes de su sociedad para oponerse a la esclavitud, o a la segregación racial, o a la restricción contra el voto de la mujer y muchos etcéteras, y estas son precisamente las mejores manifestaciones posibles de ejemplaridad.  El liderazgo verdadero no se alimenta de popularidad sino de carisma genuino. Es esa combinación entre congruencia e integridad la que se traduce –o debería traducirse– en popularidad y aceptación y no al revés: no eres líder porque seas popular, sino que eres popular porque la gente te reconoce como líder.   Un líder auténtico, congruente e íntegro, a partir de una sólida construcción ideológica, personal, ética, moral, familiar, íntima de la que hemos hablado, es capaz de sostener de manera natural y orgánica, desde la convicción y la responsabilidad, su propio conjunto de valores y traducirlos en comportamientos, conductas y hábitos congruentes entre sí porque no son impuestos para agradar sino genuinamente propios. Con la ventaja adicional de que este tipo de liderazgo conlleva una carga intrínseca de originalidad que refresca y enriquece la moral pública. Sus actos no tienen que ser “aprobados” por la comunidad –incluso podrían ser impopulares–, pero la clave está en que sean reconocidos como consecuencia natural de una visión del mundo compleja y plenamente incorporada a su personalidad real.   La ejemplaridad de un líder ni siquiera depende de ganar o perder en una contienda electoral, sino de la manera como se gestiona a sí mismo, de su capacidad de aprendizaje y cambio, de su apertura a reconocer triunfos ajenos y honrar sus compromisos una vez que ha logrado los victoria. La próxima semana cerramos este tema con una breve conclusión que integre las cuatro propiedades propuestas.  Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo “el”, no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Dicha tetralogía está compuesta por los siguientes títulos: Imitación y experiencia que plantea la historia cultural de la “imitación”, la cual considera el antecedente histórico y filosófico más importante de la ejemplaridad.  Aquiles en el gineceo, donde, utilizando la historia de Aquiles como metáfora, expone el paso del individuo de lo que llama estadio estético al ético. En Ejemplaridad pública expone lo que considera su aplicación a la esfera política. Y por último, Necesario pero imposible, donde relaciona la ejemplaridad con la finitud. 3 Gomá Lanzón, Javier, Ejemplaridad Pública, Primera Edición, España, Penguin Random House - Taurus, 2014, P. 26 4 Thomas Moore, El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor. Cita tomada de: Fernández Romero, Francisco, Lo que pasa entre nosotros. Terapia sexual con Gestalt, Primera Edición, México, Pax,  2020, P. 43" ["post_title"]=> string(49) "Era Covid: Liderazgo y Conciencia de Ejemplaridad" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(48) "era-covid-liderazgo-y-conciencia-de-ejemplaridad" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-16 16:48:55" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-16 21:48:55" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=64183" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(11) ["max_num_pages"]=> float(6) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "8e80f65cb95ce510dd2c74af76ccf418" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }

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