Frente a la muerte

El cosmos tiene un ritmo y un equilibrio que ninguna mente humana alcanzaría a abarcar.  De maneras misteriosas avanza a través del tiempo y del espacio para ser, a una vez,  el mismo universo, pero siempre tan...

3 de noviembre, 2020

El cosmos tiene un ritmo y un equilibrio que ninguna mente humana alcanzaría a abarcar.  De maneras misteriosas avanza a través del tiempo y del espacio para ser, a una vez,  el mismo universo, pero siempre tan distinto y variable.

La Tierra sigue un patrón similar.  En la vastedad del universo es el punto azul y mínimo del que hablaba Carl Sagan, pero para cada uno de nosotros es el todo: techo, suelo, casa; cuna y tumba.   Es el sitio donde se origina la observación y surge el pensamiento.  A diferencia de otras especies, nosotros tenemos el privilegio de la reflexión, de preguntarnos cuál es nuestro lugar en el contexto global; de dónde provenimos y hacia dónde vamos.

Desde diversas latitudes, con el paso del tiempo, hemos construido un imaginario. Intervienen elementos más allá de la propia persona que impactan nuestros sentidos, para dar lugar a una concepción primigenia, que se va modificando a través de los siglos. México es muy afortunado en lo que corresponde a sus construcciones del pensamiento. En estos días, cuando se conmemora la celebración de nuestros fieles difuntos, hacemos despliegue de expresiones culturales que representan la memoria de quienes han fallecido.  Desde la llegada de los españoles, comienza a florecer un sincretismo que hace convivir con singular encanto deidades prehispánicas con santos europeos; elementos traídos del Viejo Continente con otros propios de las diversas regiones del país. Esta aculturación se manifiesta en su gastronomía; en el arte mayor y menor, y  en su música, por citar algunas de las manifestaciones únicas que vuelven tan originales ciertas festividades, como puede ser la del Día de Muertos.

Justo hoy, cuando, a pesar de las restricciones sanitarias vigentes, hemos podido seguir de alguna forma alternativa las fiestas de temporada, es  buen momento para regresar a ese punto azul  que pende como por magia en el universo; pequeña estructura en la cual nacemos con un bagaje histórico y familiar, con características únicas y un  camino por recorrer. Venimos al mundo con un temperamento propio, el cual comienza a modelarse desde el primer minuto de vida, para proveernos finalmente de una personalidad, un modo de actuar frente a otros seres humanos, o a eventos y obstáculos que surjan a nuestro paso. Formamos sociedades, desde las más pequeñas como la familia, hasta consorcios globales que rebasan todo límite geográfico en sus afanes de ser y trascender. Cada grupo adquiere su forma de actuar, sus normas internas, y deja una impronta única de su existencia.

Frente a la muerte nos corresponde entender la finitud inherente a nuestra condición de humanos.  Nadie va a vivir para siempre, de modo que habrá que administrar nuestro tiempo mientras lo tengamos, y sacudirnos esa procrastinación. Sobre todo, diseñar un plan de vuelo, un proyecto de vida que nos imbuya de lo necesario para empezar cada día con entusiasmo. Que no veamos pasar los días de manera pasiva, como una serie de rutinas que se hacen para matar el tiempo y nada más.  Que hoy el mundo sea mejor que ayer, y mañana mejor que hoy, desde nuestro pequeño entorno personal, por eso que hicimos o dejamos de hacer para beneficio propio y de otros.

Es natural, como humanos que somos, esperar el reconocimiento a nuestras obras. Sin embargo, si actuamos teniendo como objetivo el premio o el reconocimiento, rendiremos mucho menos y probablemente, aun habiendo invertido mucho  en esperarlo, éste nunca llegue.  La clave es actuar por el trabajo en sí, que sea ello nuestra mejor recompensa; aplicarnos con todo lo que somos y tenemos en cumplir esa meta personal que nos hemos puesto.  No desperdiciar mi tiempo en medirme frente a otros; lo único válido es hacerlo frente a mí mismo, evaluar lo que hoy soy, en comparación con  lo que fui ayer.  Calcular lo alcanzado frente a las expectativas que yo mismo me impuse.




Nuestro México hermoso y florido honra como pocos países a la muerte; la celebra, la adorna; le canta y la seduce.  Curioso, hace todo esto, pero no la acepta como un desenlace para la propia vida.  “Los otros mueren, yo no”; una forma muy clara de visualizar esta actitud es lo que, luego de tantos meses, sigue prevaleciendo en el ambiente: imprudencia en la prevención real y efectiva de contagios contra COVID-19, en una actitud pueril de decir: “Si no me doy por aludido frente a la enfermedad, entonces no existe”. Hasta que la enfermedad llega a quebrar a una familia: Su salud; su sanidad mental; su economía.

En la filosofía oriental se comienza el día con el pensamiento de “prepararse para morir”.  Esto es, trabajar como si fuera el último día de mi vida, porque bien puede serlo. No es que desee morir, no es que invoque la muerte; es simplemente un ejercicio de sabiduría, de sencilla aceptación.  Es entender que en esta realidad cósmica en la que estamos insertados por un tiempo, el equilibrio se mantiene, tanto por sus ganancias como por sus pérdidas.  De igual manera como ocurre  cuando los árboles mudan de follaje; como pasa con  las estaciones del año, o bien, aquello que sucede entre depredadores y presas.  El equilibrio es dinámico y perpetuo hasta en el último rincón del universo. Se cumple entonces, esa gran verdad, aplicable a todos sobre la faz de la tierra, y que  en palabras de mi amado Mario Benedetti reza: “Después de todo, la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”.

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