Hay una sabiduría que se aprende con el tiempo y, a veces, con golpes: no todas las batallas valen la pena. En el ámbito profesional y personal, elegir con quién, cuándo y por qué competir es un arte que define no solo el éxito, sino también la paz mental. Hace poco escuché a mi compañero Luis Tamariz, cronista deportivo poblano, decir algo que se me quedó grabado. Comentaba, en la radio, que la gente cree que un buen piloto es el que sabe manejar rápido, pero todos los pilotos de Fórmula 1 saben hacerlo. La diferencia está en otra parte. Un verdadero campeón, explicaba, es quien sabe elegir bien a su equipo, escuchar a sus ingenieros, obedecer, entender las estadísticas, leer el entorno y —sobre todo— no pelear con quien no representa una amenaza. Si buscas el liderato, no te desgastas compitiendo con el que va en el quinto o sexto lugar.
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Esa lógica aplica igual en la vida diaria. A veces perdemos energía discutiendo con quien no influye en nuestro camino, defendiendo ideas frente a quienes no quieren entender o compitiendo por espacios que ni siquiera deseamos. Nos desgastamos, cargamos peso innecesario y olvidamos que avanzar también significa soltar.Viajar ligero —en la pista o en la vida— exige inteligencia emocional: saber cuándo acelerar, cuándo frenar y cuándo simplemente cambiar de carril. No se trata de rendirse, sino de dirigir los recursos hacia donde realmente cuentan. Porque al final, el talento es común; la estrategia, la serenidad y la capacidad de elegir tus batallas son las que te mantienen en carrera.Al final del día, la vida —como la pista— no premia al que acelera sin pensar, sino al que sabe cuándo girar, cuándo esperar y cuándo dejar pasar. Porque elegir las batallas correctas no es una muestra de debilidad, sino de madurez: quien aprende a no pelear por todo, suele llegar más lejos… y con más calma. Eso también es estrategia pura.
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