Era Covid: Liderazgo y Conciencia de Ejemplaridad

La ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores a los que un líder 1 se adhiere, y por la otra, la congruencia con...

16 de abril, 2021

La ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores a los que un líder 1 se adhiere, y por la otra, la congruencia con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano. 

Simplificando: ejemplaridad = Integridad 

El tema del liderazgo se ha estudiado desde hace mucho tiempo. A quienes aspiran a desarrollar esta condición se les atribuyen tradicionalmente cierto tipo de características. Sin negar la importancia de ellas, a lo largo de las últimas semanas hemos hablado de tres propiedades que resultarán indispensables para ejercer el liderazgo en Siglo XXI, tanto en esta Era Covid en que estamos inmersos, como en ese mundo post-pandemia que está en formación. 

1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana. 

2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación.

3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto. 

Hoy toca el turno a la última gran propiedad de la que, si bien no se habla demasiado, a mi juicio es la que redondea y completa el papel que un líder debe desempeñar.  

Consciencia de Ejemplaridad

La exigencia de convertirse en un “ejemplo” para los demás en principio suena anticuado y reaccionario. Existen largas disertaciones acerca de la importancia del espacio privado y la separación de éste con el espacio público y el desempeño profesional. Pero si nos detenemos un momento nos daremos cuenta de que en cierta medida todos, con nuestras acciones y omisiones, con nuestros hábitos y conductas, somos referentes para alguien, del mismo modo que en un sin fin de ocasiones el ejemplo ajeno ha servido para moldearnos. 

Desde que nacemos utilizamos los referentes a nuestro alcance como herramienta para entender el mundo que nos rodea. Esta dinámica, que tiene lugar seamos conscientes de ello o no, se amplifica y extiende de forma muy importante cuando hablamos de aquellos que asumen cualquier variedad de liderazgo. En este caso, el texto está enfocado en líderes políticos y sociales, pero puede aplicar a cualquiera que pretende influir en la conducta, ideas o convicciones de otros.

Desde que conocí por primera vez el concepto de “ejemplaridad”, desarrollado por el filósofo español Javier Gomá Lanzón, quien hace algunos años escribió una tetralogía2con el propósito de construir una teoría cultural de la ejemplaridad, me resultó muy seductora la idea de llevar este concepto a la cotidianidad, desde la cual, en su opinión, todos podemos –y debemos– ser ejemplares. 

Al respecto de ese modo horizontal de ser modélico Gomá Lanzón afirma, en Ejemplaridad pública, tercer tomo de dicha tetralogía: “sólo podrá ser una ejemplaridad persuasiva, no autoritaria, que, involucrando todas las dimensiones de la persona, incluida la privada, promueva una reforma de su estilo de vida y que, finalmente, pueda llegar a ser la fuente y el origen de nuevas costumbres cívicas, articuladoras de la vida social3”. 

Ser conscientemente ejemplar suena anacrónico, porque en primera instancia queda la impresión de que se busca imponer un comportamiento moral específico por encima de todos los demás como si se tratara de una verdad única, pero nada más lejos de mi intención. 

La ejemplaridad, como la comprendo, tiene que ver con la manera en que decidimos estar en el mundo y cómo nos proyectamos hacia los demás. Tiene que ver con la intención y la actitud mucho más que en los contenidos o actos específicos. Tiene que ver con las decisiones éticas y conductuales que tomamos y en la forma concreta en que las llevamos a cabo, teniendo como característica central la congruencia. En una palabra, tiene que ver con nuestra Integridad personal. 

Un líder apto para encarar la dimensión y complejidad de los desafíos del siglo XXI puede defender cualquier ideología e integrar cualquier partido político, puede formar parte de cualquier escuela religiosa o de ninguna, puede acogerse a cualquier doctrina ética, puede desarrollar cualquier clase de hábitos, pero sea como sea que decida construirse, el núcleo de su liderazgo se sostendrá en que lo que piensa, lo que dice y lo que hace formen un todo coherente e íntegro que la/lo muestren como un individuo congruente en que se puede confiar, que deje muy claro lo que podemos y no podemos esperar de ella/él.  

Por otro lado, uno de los graves problemas éticos de nuestro tiempo es que, en aras de resaltar la diversidad y el respeto por la multiplicidad de opiniones y formas de entender la vida, nos hemos convencido de que todas las conductas y principios éticos son equivalentes. Sin embargo, esto no es así. Mientras una serie de valores, como la aceptación, el respeto, la equidad, la autenticidad, el cumplimiento de promesas, la calidez o la empatía favorecen la aceptación, la convivencia y la integración de los grupos humanos, otros valores o conductas, como la recriminación, la intolerancia, el engaño, la discriminación, la burla, la imposición, la incongruencia o la agresividad impiden que dicha convivencia sea posible. 

Esto conlleva que la ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores que un líder sostiene y por la otra la congruencia e integridad con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.  

La conducta cívica y un ambiente propicio para la convivencia nace de, sin renunciar a la personalidad propia, mantener comportamientos, acuerdos tácitos o explícitos, modales y costumbres que posibiliten la cohabitación, el acuerdo y la aceptación mutua. En el caso de un lider, la capacidad de vivir como predica y atenerse a las leyes, reglas y limitaciones que él mismo defiende y solicita en los demás tendría que ser inherente a su condición de liderazgo.  

El hecho de que durante décadas el liderazgo público haya estado marcado por el individualismo extremo, que condujo a que cada partido político y cada dirigente en particular actuase sólo mirando por sus intereses particulares, ha conducido a una especie de crisis de liderazgo. Si hay algo desprestigiado en la política actual son los propios líderes políticos y muchos oportunistas e improvisados se favorecen de esta situación. 

Resulta demencial que la mejor oferta que en la actualidad pueda ofrecer un candidato para tener éxito electoral sea presentarse como un no-político. Y lo más alucinante del caso es que los propios partidos políticos “tradicionales” –todos, de esta conducta no se salva ninguno– son quienes los postulan; es como si reconocieran que sí, que ellos –por ineptitud y tendencia a la corrupción– no están capacitados para los cargos de elección y que por eso es mejor traer a cantantes, exfutbolistas, modelos, luchadores y deportistas en retiro para hacer lo que ellos no pueden, no saben o no quieren. 

Que el desconocimiento total del cargo y la falta de experiencia terminen por ser las principales virtudes de alguien que aspira a un puesto de liderazgo público carece de sentido. En cualquier otra profesión esa oferta sería un disparate: ¿quién se sometería a una cirugía llevada a cabo por no-médico, o subiría a un avión conducido por un no-piloto, o le confiaría su defensa legal a un no-abogado?  

Sin embargo esto es justo lo que está ocurriendo. Basta con ver las listas de candidatos para las elecciones federales y locales de este año en México para comprobarlo. Ni los individuos con aspiraciones injustificadas a un liderazgo público ni los partidos políticos que los postulan parecen entender el tiempo de cambio en que están inmersos y, sumidos en una siniestra bruma de estupidez e impudicia, cavan sin descanso su propia tumba. 

Tristemente la democracia ya no se entiende como una forma horizontal y participativa de gobernar sino como un mero certamen de popularidad que debe ganarse a cualquier precio. 

El mundo complejo que ya existía, pero que la crisis por Covid ha sacudido hasta sus cimientos, no resistirá por mucho tiempo más esta clase de liderazgos de hojalata y en caso de no transformarse, las agrupaciones políticas actuales acabarán por colapsar, dejando su sitio a líderes autoritarios, que, con todo y sus montones de defectos, cuando menos se caracterizan por asumir plenamente la responsabilidad ser líderes. La realidad y los problemas auténticos que viven las naciones no podrán atemperarse por mucho tiempo más con bochornosos espectáculos mediáticos, alimentados por dimes y diretes falaces. 

Ante la voracidad egocéntrica, la falta de visión, de eficacia y de auténtico profesionalismo de las élites dominantes –es decir, de NO EJEMPLARIDAD–, nadie debe sorprenderse que accedan al poder populistas extremos, orgullosamente autodenominados anti-sistema, que prometen patriotismo heroico, desmantelamiento de los organismos opresores y soluciones mágicas a problemas ultracomplejos, con la ventaja de que tanto su discurso como su condición de “ajeno al sistema” los blinda de la crítica, del exámen detallado de los “cómos” y de la rendición de cuentas. 

Tras décadas de instituciones inoperantes y abusos sistemáticos en el ejercicio del poder con absoluta impunidad, las élites burocráticas se han puesto la soga al cuello al gobernar de espaldas al ciudadano y actuar como si pertenecieran a una especie de “aristocracia dirigente”, un linaje insigne que no tiene que dar cuentas a nadie ni de sus gestiones ni de sus conductas, acciones, hábitos y omisiones tanto públicos como privados. Pero no parece que a este tipo de liderazgo le quede demasiado margen de maniobra.  

Por eso, al antídoto que alguien genuinamente interesado en el liderazgo público y la democracia participativa puede utilizar para rescatar el oficio es la ejemplaridad. Un auténtico líder Post-Covid no sólo tiene la obligación ideológica, ética, moral, profesional e incluso práctica de llevar una vida pública y privada ejemplar –y permíteme insistir: ejemplar desde sus propios valores e ideología, desde la natural coherencia que emerge de materializar sus propias convicciones, resumiendo: una vida íntegra– que revalorice su condición de referente público, sino que es su único seguro de permanencia y su única forma de defenderse de los advenedizos que intenten en desplazarlos desde la no-experiencia. 

Desde luego que una vida “ejemplar” no es sinónimo de vida “perfecta”. De hecho, el intento de proyectar perfección implicaría ya en sí mismo falsedad. Se trata de actuar desde los valores e ideología propia, desde la natural coherencia que emerge de materializar las propias convicciones. 

Un líder que aspire a la ejemplaridad no es aquel que reproduce acríticamente una serie de comportamientos o eslóganes socialmente aceptados. No se trata de homogeneizar a los individuos ni implica la complacencia de someterse a lo que “es correcto” según las normas establecidas en aras de darle gusto a todos. El valor de sostener la coherencia es el motor máximo de la ejemplaridad, pero sin duda es la manera más genuina y eficaz de influir en los demás y dejarles huella. Dice Thomas Moore, en El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor: “Quienes eligen vivir la vida en su plenitud, no tienen otra alternativa que probar los límites de la moral aceptada y, a menudo, transgredirlos4.

De lo que sí se trata es de ser conscientes de la propia ética y del conjunto de valores que se han decidido defender y si, dado el caso, deben transgredirse los límites de la moral colectiva en la búsqueda de manifestar esa congruencia mencionada, lo oportuno será transgredirlos con convicción, asumiendo las consecuencias y los costos. En algún momento alguien debió transgredir los valores vigentes de su sociedad para oponerse a la esclavitud, o a la segregación racial, o a la restricción contra el voto de la mujer y muchos etcéteras, y estas son precisamente las mejores manifestaciones posibles de ejemplaridad. 

El liderazgo verdadero no se alimenta de popularidad sino de carisma genuino. Es esa combinación entre congruencia e integridad la que se traduce –o debería traducirse– en popularidad y aceptación y no al revés: no eres líder porque seas popular, sino que eres popular porque la gente te reconoce como líder.  

Un líder auténtico, congruente e íntegro, a partir de una sólida construcción ideológica, personal, ética, moral, familiar, íntima de la que hemos hablado, es capaz de sostener de manera natural y orgánica, desde la convicción y la responsabilidad, su propio conjunto de valores y traducirlos en comportamientos, conductas y hábitos congruentes entre sí porque no son impuestos para agradar sino genuinamente propios. Con la ventaja adicional de que este tipo de liderazgo conlleva una carga intrínseca de originalidad que refresca y enriquece la moral pública. Sus actos no tienen que ser “aprobados” por la comunidad –incluso podrían ser impopulares–, pero la clave está en que sean reconocidos como consecuencia natural de una visión del mundo compleja y plenamente incorporada a su personalidad real.  

La ejemplaridad de un líder ni siquiera depende de ganar o perder en una contienda electoral, sino de la manera como se gestiona a sí mismo, de su capacidad de aprendizaje y cambio, de su apertura a reconocer triunfos ajenos y honrar sus compromisos una vez que ha logrado los victoria.

La próxima semana cerramos este tema con una breve conclusión que integre las cuatro propiedades propuestas. 

Web: www.juancarlosaldir.com

Instagram:  jcaldir

Twitter:   @jcaldir   

Facebook:  Juan Carlos Aldir

1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo “el”, no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres.

2 Dicha tetralogía está compuesta por los siguientes títulos: Imitación y experiencia que plantea la historia cultural de la “imitación”, la cual considera el antecedente histórico y filosófico más importante de la ejemplaridad.  Aquiles en el gineceo, donde, utilizando la historia de Aquiles como metáfora, expone el paso del individuo de lo que llama estadio estético al ético. En Ejemplaridad pública expone lo que considera su aplicación a la esfera política. Y por último, Necesario pero imposible, donde relaciona la ejemplaridad con la finitud.

3 Gomá Lanzón, Javier, Ejemplaridad Pública, Primera Edición, España, Penguin Random House – Taurus, 2014, P. 26

4 Thomas Moore, El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor. Cita tomada de: Fernández Romero, Francisco, Lo que pasa entre nosotros. Terapia sexual con Gestalt, Primera Edición, México, Pax,  2020, P. 43

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A mi mente vienen los recuerdos de aquellos años de infancia en los que celebrar el 10 de mayo equivalía a participar en los bailables que formaban parte del festival escolar y lo cual garantizaba buscar trajes típicos, aprenderse los pasos y las coreografías y pasado el suceso revisar las fotografías que mi padre capturaba del evento. Así que vestí algunos trajes típicos de Oaxaca, Michoacán, Estado de México, Brasil, Guerrero y Tamaulipas, quizá me motivaba más el espíritu dancístico que la celebración en sí pero tampoco puedo asegurarlo. El hecho es que mi memoria me manda esos recuerdos y no puedo evitar preguntarme qué significaba para mi madre ese día. Tengo una madre biológica de la cual me separé a los seis meses de edad cuando fui a vivir a casa de mis tíos. Mi tía (hermana de mi mamá) se convirtió en mi segunda madre si no es que en la única dado que fue a la que vi todos y cada uno de los días en que mi madre biológica no estuvo conmigo, aunque siempre supe que su ausencia se debía a la precariedad en la que vivía y a su horario laboral que le impedía cuidarme y dedicarme su tiempo completo. Así que soy la hija de una madre soltera y trabajadora pero también lo soy de una madre que me dedicó todo su tiempo y que acompañó mis días y mis noches (y digamos que para la década de los ochentas aún no se hablaba de matrimonios homoparentales o al menos, no eran el centro de la atención).  Y así fue como crecí entre dos modelos maternales muy diferentes y opuestos. De un lado existió siempre la bondad y el consentimiento; del otro, la exigencia y la disciplina, pero ambos se complementaron de tal forma que hicieron de mí la mujer que ahora soy sin juzgar si fue bueno o malo. Como preámbulo a la acostumbrada celebración por el 10 de mayo a nivel nacional, me permití escribir estas líneas en primera persona porque me siento cómoda en la autobiografía y porque sigo creyendo en la trascendencia de la maternidad como punto central de la crianza y acto vital en tanto que se trata de la gestación de vida, lo cual no es poca cosa. Por ello es que he escrito aquí, aquí, aquí y aquí al respecto y lo seguiré haciendo en tanto se me permita utilizar este foro para poner el tema sobre la mesa desde la experiencia personal pero también a partir de la reflexión respecto al impacto que el ejercicio de maternar tiene en la sociedad. Durante el tiempo de gestación de mi unigénito leí cierta cantidad de artículos y libros. Vi hermosos documentales sobre la vida de las madres en la naturaleza y sus procesos biológicos de reproducción, los cuales me maravillaban y me ayudaban a imaginar qué tipo de mamá quería ser. Cuando él nació, todo lo imaginado se quedó en el olvido porque el primer descubrimiento es que no hay recetas, no existen manuales y no es posible una forma única de ser madre porque no se trata de un molde que se adquiere en la tienda. Se es la madre que se puede ser con todos los miedos, tabúes y críticas habidos y por haber, con la presión social de quienes se asumen como superiores porque tienen la teoría pero no la práctica y porque todos son los mejores padres hasta que les toca ejercer el rol en primera persona. No es posible un modelo único porque la vida no surge en moldes, la vida es con sus negros, blancos, grises y colores. Y sí, queda mucho por aprender, por corregir, por aportar y principalmente, queda mucho por abrigar, apoyar y acompañar a las madres en un mundo hostil en el que hay más padres ausentes cada vez (lo cual no me toca juzgar porque cada cual sabrá el lugar que le toca) y menos empatía para quienes son madres solteras por elección o por abandono de las parejas. Hace falta poner a la maternidad en su justo lugar porque “ser madre hoy debe considerarse como una forma diferente de enfrentarse a la vida sin perder la identidad como mujeres independientes de la época moderna, revalorizando y defendiendo la función que tenemos en la sociedad en tanto raíces de nuestra sociedad futura” (Yo, Mamá / Ed. Acribus) y porque la experiencia de maternar es una de #laspequeñascosas que dan sustento, forma y amor incondicional a la vida. A manera de colofón: En 2016, como consecuencia de la publicación de mi primer libro autobiográfico “Yo, Mamá” y con ayuda de un súper amigo artista y diseñador gráfico abrí un espacio digital al que llamé Nantli = madre en náhuatl según registros de Fray Bernardino de Sahagún, y me di a la tarea de conectar con otras madres para realizar toda serie de actividades en torno a la maternidad. El resultado fue más que satisfactorio y aleccionador porque una nunca deja de aprender cuando se es madre, lo primero que ocurre es reconocerse como mujer y reencontrarse con la esencia propia para luego ir haciendo camino al andar por el sendero de la crianza porque es un rol para toda la vida con fecha de inicio pero sin final y es también una aventura, un reto, un aprendizaje y sobretodo un acto de rendición ante el amor inocente de un nuevo ser que requiere de toda nuestra atención, dedicación y mejor versión de nosotras mismas." 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En los años 60, el psicólogo estadounidense Ira Progoff creó el método llamado “Diario Intensivo” que, como su nombre lo señala, consiste en escribir el tradicional diario que todos, o la mayoría, hemos llevado en alguna etapa de nuestra vida.  Progoff, quien era discípulo de Carl Gustav Jung ꟷmédico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, pilar del psicoanálisis y fundador de la escuela de psicología analíticaꟷ propuso crear este diario como una herramienta para facilitar la interpretación de las experiencias que de alguna manera marcaban la vida de las personas y que reaparecían de forma inconsciente. Igualmente aseguró que este ejercicio contribuía al desarrollo personal-espiritual.  ¿Cómo comenzar a escribir? No tienes que ser un profesional y, aunque algunos sugieren algunos métodos, yo te propongo hacerlo de forma intuitiva; finalmente así es como funciona la vida. Sólo toma un cuaderno, incluso algunas hojas sueltas de papel. Eso sí, recomiendo ampliamente hacerlo a mano y no en una máquina por las siguientes razones:
  • Si estás todo el día conectado a la computadora y al Smartphone, esta es una excelente oportunidad para descansar de esos aparatos, ¿no te parece?
  • Diversos estudios afirman que escribir a mano mejora la memoria pues se favorecen las conexiones neuronales
  • Mejora la motricidad
Cuando era niña me emocionaba escribir en una libreta bonita y con un bolígrafo lindo, aún venden de muchos modelos y colores, prueba conseguir algunos objetos que te gusten y te motiven. Incluso se me ocurre que también puede funcionarte un pizarrón si lo que deseas es escribir y borrar de inmediato. Se vale hacer esto e igualmente puede tener un impacto positivo.  Una vez que tienes listas tus herramientas y si no tienes un tema en mente sólo escribe lo primero que se te ocurra; lo difícil es comenzar, una vez que lo haces las ideas fluyen. Si por el contrario, hay un asunto que no deja de revolotearte en la cabeza, escribe sobre eso, trata de ordenar tus ideas y ve planteando subtemas.  ¿Cuáles son los beneficios de la escritura terapéutica?
  • Desahogo inmediato. A veces no tenemos cerca a alguien para charlar; otras, por diversas razones, no queremos compartir nuestro sentir. En estos casos el papel y el lápiz resultan excelentes aliados. Notarás que al final de tu escrito te sentirás más ligero o aliviado. 
  • Ver una situación desde otro ángulo. Después de que escribas tus ideas cierra tu libreta y al día siguiente, incluso varios días después si lo sientes necesario, lee nuevamente eso que escribiste, te aseguro que verás la situación de una manera distinta. 
  • Aprender a leer mejor las emociones. Al escribir, le ponemos nombre a nuestras emociones, lo que igual nos ayuda a identificarlas, y una vez identificadas es más sencillo gestionarlas de una manera sana. 
  • Expresarnos mejor. Como el papel no puede juzgarnos, nos sentimos más libres y somos honestos con lo que sentimos-escribimos. 
  • Establecer un espacio para la reflexión. Leer nuestras ideas una y otra vez también nos conduce a analizar (esto quiere decir pensar en algo de manera sana, sin machacarte o herirte) para tomar mejores decisiones e incluso corregir. 
  • Cerrar ciclos. Algunos psicólogos y tanatólogos proponen escribir una carta para expresarle algo a alguien que ya murió o que por alguna otra situación ya no podemos contactar. Aunque es muy útil también quiero subrayar que hay casos en los que esta acción debe ser guiada por un especialista, pues muchas veces las cartas abren en lugar de cerrar; si es el caso es menester estar acompañado por un experto. Cada caso debe ser analizado. Si consideras que tu situación no es extrema y escribirle una carta a alguien traería paz a tu corazón, adelante. 
Gracias por leerme en este espacio. Si estas ideas te aportaron algo positivo compártelas con tus seres queridos o en tus redes sociales. Si deseas mejorar algún aspecto de tu vida cotidiana mediante una charla personalizada mándame un mensaje vía e-mail. Igual si te interesa una experiencia espiritual gratificante.  [email protected] / LinkedIn: Nancy Fuentes Juárez " ["post_title"]=> string(22) "ESCRITURA TERAPÉUTICA" ["post_excerpt"]=> string(93) "Aprende a utilizar esta herramienta para generar bienestar y sentirte aliviado al instante. " ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(21) "escritura-terapeutica" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2022-05-11 10:27:09" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2022-05-11 15:27:09" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=78830" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#18542 (24) { ["ID"]=> int(78744) ["post_author"]=> string(1) "5" ["post_date"]=> string(19) "2022-05-09 11:01:48" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2022-05-09 16:01:48" ["post_content"]=> string(6491) "“Para toda mujer, decidir ser mamá es una elección única y personal.” Yo, Mamá, Editorial Acribus, 2015. A mi mente vienen los recuerdos de aquellos años de infancia en los que celebrar el 10 de mayo equivalía a participar en los bailables que formaban parte del festival escolar y lo cual garantizaba buscar trajes típicos, aprenderse los pasos y las coreografías y pasado el suceso revisar las fotografías que mi padre capturaba del evento. Así que vestí algunos trajes típicos de Oaxaca, Michoacán, Estado de México, Brasil, Guerrero y Tamaulipas, quizá me motivaba más el espíritu dancístico que la celebración en sí pero tampoco puedo asegurarlo. El hecho es que mi memoria me manda esos recuerdos y no puedo evitar preguntarme qué significaba para mi madre ese día. Tengo una madre biológica de la cual me separé a los seis meses de edad cuando fui a vivir a casa de mis tíos. Mi tía (hermana de mi mamá) se convirtió en mi segunda madre si no es que en la única dado que fue a la que vi todos y cada uno de los días en que mi madre biológica no estuvo conmigo, aunque siempre supe que su ausencia se debía a la precariedad en la que vivía y a su horario laboral que le impedía cuidarme y dedicarme su tiempo completo. Así que soy la hija de una madre soltera y trabajadora pero también lo soy de una madre que me dedicó todo su tiempo y que acompañó mis días y mis noches (y digamos que para la década de los ochentas aún no se hablaba de matrimonios homoparentales o al menos, no eran el centro de la atención).  Y así fue como crecí entre dos modelos maternales muy diferentes y opuestos. De un lado existió siempre la bondad y el consentimiento; del otro, la exigencia y la disciplina, pero ambos se complementaron de tal forma que hicieron de mí la mujer que ahora soy sin juzgar si fue bueno o malo. Como preámbulo a la acostumbrada celebración por el 10 de mayo a nivel nacional, me permití escribir estas líneas en primera persona porque me siento cómoda en la autobiografía y porque sigo creyendo en la trascendencia de la maternidad como punto central de la crianza y acto vital en tanto que se trata de la gestación de vida, lo cual no es poca cosa. Por ello es que he escrito aquí, aquí, aquí y aquí al respecto y lo seguiré haciendo en tanto se me permita utilizar este foro para poner el tema sobre la mesa desde la experiencia personal pero también a partir de la reflexión respecto al impacto que el ejercicio de maternar tiene en la sociedad. Durante el tiempo de gestación de mi unigénito leí cierta cantidad de artículos y libros. Vi hermosos documentales sobre la vida de las madres en la naturaleza y sus procesos biológicos de reproducción, los cuales me maravillaban y me ayudaban a imaginar qué tipo de mamá quería ser. Cuando él nació, todo lo imaginado se quedó en el olvido porque el primer descubrimiento es que no hay recetas, no existen manuales y no es posible una forma única de ser madre porque no se trata de un molde que se adquiere en la tienda. Se es la madre que se puede ser con todos los miedos, tabúes y críticas habidos y por haber, con la presión social de quienes se asumen como superiores porque tienen la teoría pero no la práctica y porque todos son los mejores padres hasta que les toca ejercer el rol en primera persona. No es posible un modelo único porque la vida no surge en moldes, la vida es con sus negros, blancos, grises y colores. Y sí, queda mucho por aprender, por corregir, por aportar y principalmente, queda mucho por abrigar, apoyar y acompañar a las madres en un mundo hostil en el que hay más padres ausentes cada vez (lo cual no me toca juzgar porque cada cual sabrá el lugar que le toca) y menos empatía para quienes son madres solteras por elección o por abandono de las parejas. Hace falta poner a la maternidad en su justo lugar porque “ser madre hoy debe considerarse como una forma diferente de enfrentarse a la vida sin perder la identidad como mujeres independientes de la época moderna, revalorizando y defendiendo la función que tenemos en la sociedad en tanto raíces de nuestra sociedad futura” (Yo, Mamá / Ed. Acribus) y porque la experiencia de maternar es una de #laspequeñascosas que dan sustento, forma y amor incondicional a la vida. A manera de colofón: En 2016, como consecuencia de la publicación de mi primer libro autobiográfico “Yo, Mamá” y con ayuda de un súper amigo artista y diseñador gráfico abrí un espacio digital al que llamé Nantli = madre en náhuatl según registros de Fray Bernardino de Sahagún, y me di a la tarea de conectar con otras madres para realizar toda serie de actividades en torno a la maternidad. El resultado fue más que satisfactorio y aleccionador porque una nunca deja de aprender cuando se es madre, lo primero que ocurre es reconocerse como mujer y reencontrarse con la esencia propia para luego ir haciendo camino al andar por el sendero de la crianza porque es un rol para toda la vida con fecha de inicio pero sin final y es también una aventura, un reto, un aprendizaje y sobretodo un acto de rendición ante el amor inocente de un nuevo ser que requiere de toda nuestra atención, dedicación y mejor versión de nosotras mismas." 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