Entre cuadernos y lápices

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7 de agosto, 2018 regreso-clases

Nos encontramos en plena temporada de regreso a clases…

Nos encontramos en plena temporada de regreso a clases, las dinámicas familiares cambiarán para aquéllos cuyo ingreso escolar significa su “primera vez” en los distintos niveles escolares y las vacaciones de verano están próximas a concluir. En este contexto, hace tan sólo unos días dio la vuelta al mundo la noticia de que Carlos Antonio Santamaría Díaz, de tan sólo 12 años ha sido aceptado en la UNAM para estudiar la licenciatura en Física Biomédica. Lo sorprendente, además de lo que implica en la historia académica de la Universidad Nacional Autónoma de México, es su historial previo pues el infante, ya ha cursado dos diplomados previamente con éxito y es sorprendente porque es tan sólo una muestra de que existen otros caminos para llegar a una misma meta.

En promedio, un estudiante necesitará de aproximadamente veinte años (desde su ingreso a nivel preescolar) para lograr un título universitario que lo avale como especialista en los diferentes grados que hoy en día ofrecen las universidades. Sin embargo, ¿qué ocurre si alguien elige otras alternativas más libres? Es decir, el tiempo que pasamos en la escuela, entre materias y exámenes es tan sólo una forma de obtener un título, casi como seguir una receta de cocina cuyo resultado (más tarde o más temprano) siempre será el mismo aunque algunos pasen años enteros en el intento por aprobar sus materias.

El método escolarizado y tradicional hoy en día es tan sólo una posibilidad y una fórmula que habría que cuestionar y analizar a profundidad, en virtud de los vicios y deficiencias en que ha caído el sistema educativo en México y que a través de las diversas reformas se ha intentado modificar; sin embargo y como en todo, existe todavía una “vieja guardia” perteneciente a la antigua escuela que sigue defendiendo a capa y espada los viejos métodos escolares. Opciones existen, la cuestión es que la educación pública todavía no alcanza los estándares para generar en los estudiantes un sentido crítico y autónomo, adicional a ello, tanto a nivel particular como público, existen problemáticas de otra naturaleza como: bullying, discriminación o abuso infantil entre otros. Así que la elección de la escuela para los hijos cada vez resulta más compleja, pues es evidente que la vieja receta educativa requiere actualizarse.

No defiendo aquí el hecho de encapsular a los hijos en una burbuja de cristal sino al contrario, los tiempos modernos con la avasallante tecnología, exigen de generaciones mejor preparadas en todos los sentidos. Ya en los años ochenta se empezó a hablar de las inteligencias múltiples gracias a Horward Gardner, quien propone que: “las capacidades de nuestra mente no forman parte de una sola habilidad llamada inteligencia, sino de muchas que trabajan en paralelo y que, muchas veces, son ignoradas o eclipsadas simplemente porque no las valoramos.” Lo cual nos indica que los parámetros del mercado laboral y el sistema educativo nos limita y nos reduce porque encajona a los seres humanos en un mismo contenedor para seguir por un camino que aparentemente asegura éxito, felicidad y bienestar, pero volviendo al inicio, ¿de verdad queremos que nuestros hijos pasen veinte años estudiando para obtener un título universitario en algo que no los apasiona, que no los motiva o que no los entusiasma?

Las grandes mentes que han transformado a la humanidad alcanzaron la cumbre a edades muy tempranas, desarrollando sus talentos y entregándose por completo a ellos sin dejar de estudiar y aprender de otras disciplinas pero además, han destacado lo mismo en las ciencias que en las artes y en las humanidades. Por lo tanto, lo natural sería que exploráramos aún más la capacidad que tenemos para aprender, para inventar y crear sin limitarnos a un programa escolar o modelo educativo.




Así que el regreso a clases representa para muchos, una oportunidad en todos los sentidos y para otros, un simple paso más en una receta que nos han impuesto desde hace décadas y que por cierto, se ha vuelto un negocio que genera jugosos dividendos para los grandes consorcios comerciales pero también, es un momento para que, quienes aún no elegimos escuela para nuestros hijos, nos demos a la tarea de revisar y elegir no lo mejor para nosotros sino para ellos, de acuerdo a la forma en que exploran, aprenden, observan. El proceso de aprendizaje debe ser un acto natural y motivado por el que aprende y no una imposición, debe ser un juego que nos permita soñar, e imaginar y crear a cualquier edad y en todos los niveles.

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Esta es una parte central de la auténtica “nueva normalidad”.  “Del Imperio romano, que llegó a cubrir más de tres millones de kilómetros cuadrados y englobaba el veinte por ciento de la población mundial, y cuya desaparición resultaba tan inimaginable como la del propio planeta, nada queda”. -Jonathan Safran Foer, Podemos salvar el mundo antes de cenar “El hombre que no cambia nunca de opinión es como el agua estancada: su mente cría alimañas”. -William Blake En los últimos dos artículos hemos explotado algunas de las características debe tener un líder1 para encarar los desafíos del siglo XXI. Se afirmaba también que un líder de la Era Covid y Post-Covid, sin despreciar las propiedades de los liderazgos tradicionales como la honestidad, confianza en sí mismo, la vocación de servicio, la pasión por lo que se hace, la búsqueda de la innovación, empatía y creatividad entre muchas otras, requiere además cuatro características que para los tiempos por venir lucen indispensables: 1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana. 2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto. 4.- Consciencia de Ejemplaridad. En esta oportunidad hablaremos un poco acerca de la segunda: Capacidad de cambio, adaptación y rectificación Ningún gobierno del mundo anticipaba en noviembre de 2019 que en apenas unos meses las cosas fuesen a cambiar del modo en que lo hicieron, y mucho menos que la crisis fuese a alargarse por tanto tiempo. Cada uno de los Estados, según su situación específica, la ideología de su gobierno de turno, sus proyectos, presupuestos y políticas públicas, sus proyecciones electorales y demás variables del orden local, debieron enfrentar una crisis de salud que afectó todos los ámbitos de la vida nacional y, en la gran mayoría de los casos, sin los recursos necesarios para hacerlo. Cada uno, en la medida de sus posibilidades económicas, políticas  e ideológicas, y tomando como referencia lo realizado en otras naciones, tomó medidas y diseñó estrategias con las que suponían que habrían de librar la emergencia. Como siempre ocurre, hubo naciones que se gestionaron mejor que otras y el centro de esa diferencia no solo consistió en la cantidad de recursos disponibles, sino en la capacidad de adaptarse a cada nuevo escenario haciendo cambios y rectificaciones según se requiriese. Conforme la Covid-19 se fue expandiendo y el conocimiento acerca de ella evolucionando, conforme los casos se hacían cada vez más frecuentes y resultaba evidente que un confinamiento de un mes no resolvería la situación, los planes, propuestas y recomendaciones iniciales debieron adaptarse y modificarse según se transformaban las tendencias de contagio y el número y naturaleza de los fallecimientos. Pero lo mismo sucedió con los planes económicos, educativos, comerciales, turísticos, incluso políticos dentro de las dinámicas locales. La pandemia por Covid-19 no respondía a las estrategias planteadas y la búsqueda de soluciones nuevas, creativas y costeables según cada caso se convirtió en la prioridad global. Citando a Daniel Innerarity, de su texto Pandemocracia: “La dificultad de predecir estas irrupciones no es solo acerca de cuándo van a suceder, sino incluso sobre su naturaleza, de manera que no sabemos exactamente qué va a suceder (o qué ha sucedido y qué va a cambiar después). Éste es un territorio que desconocemos, y tampoco lo conocen quienes tienen que gestionarlo, expertos y políticos. De ahí que las decisiones para hacer frente a la crisis tengan un cierto carácter de improvisación y experimento, e incluso están llenas de errores, especialmente cuando no se ha identificado bien la naturaleza del problema2”. Se habla con frecuencia de una supuesta “nueva normalidad”. La primera acepción a este concepto surgió del apremio de los gobiernos por transmitir a sus ciudadanos la idea de que muy pronto se volvería al estado de las cosas previas a la pandemia; sin embargo los incontables cambios, aun cuando sutiles, son tan amplios y tan generalizados en todos los ámbitos –economía, relaciones, educación, salud, etc.– que hoy podemos afirmar con bastante certeza que el mundo previo a la pandemia por Covid-19 ha dejado de existir para dar lugar a una nueva realidad, aún en construcción. Dice el gran Edgar Morin: “Toda acción, una vez iniciada, tiende a escapar de las intenciones y la voluntad de su autor y a entrar en un juego de interacción y retracción con el medio (social o natural) que puede modificar su curso, y a veces hasta invertirlo3”. Y justo eso está ocurriendo. Estamos, con nuestras acciones, omisiones, impulsos, reacciones e interacciones creando un mundo nuevo en sustitución del anterior y este “nuevo mundo”, si se caracterizará por algo, será justamente por su carácter maleable y en permanente transformación. La vida cotidiana no volverá a ser lo que era, tanto por el tema del virus, como por futuras pandemias, como por los propios cambios climáticos, económicos, sociales, tecnológicos y culturales del mundo global en que estamos irremediablemente inmersos. Pero el centro de la argumentación va un poco más allá: no se trata de una tendencia causada por la pandemia de Covid-19 que cesará cuando la emergencia acabe, sino todo lo contrario, el cambio y la transformación permanente será la constante del siglo XXI, y no es con el virus, sino con esta dinámica con la que tenemos que aprender a vivir. Ya habitábamos en un mundo en transformación permanente, pero nos aferrábamos a la ilusión, un tanto ingenua, de que era posible tener certezas, de que el mundo y sus variables podían ser sólidas y predecibles, de aún éramos capaces de conservar el control sobre el universo humano y natural, pero si echamos un vistazo a los últimos cincuenta años, veremos que los cambios en la forma de vida, en las expectativas profesionales, en las dinámicas familiares, sociales y políticas, en fin, en todos los aspectos de la existencia nos colocan en dos mundos materialmente distintos. Ni el concepto de familia, ni de educación, ni de trabajo, ni de relaciones de género, de maneras de relacionarse tienen semejanza alguna, y hablamos apenas de 50 años. La vida diaria y las herramientas empleadas por alguien nacido en la década de los cincuenta del siglo XX, aun si solo habláramos del aspecto tecnológico, no tienen nada que ver con la manera en que un chico nacido en el año 2000  se relaciona con el mundo y con su propia existencia. Y no se trata solo de pantallas e internet. Los cambios se dan en racimo en todos los ámbitos del quehacer humano. Lo que la emergencia sanitaria por Covid-19 está haciendo es desnudar brutalmente esa tendencia preexistente, hacerla evidente y retratarla en su justa dimensión, dejándonos en claro que no hay ningún elemento que permita suponer que esta dinámica de transformación y cambio pudiera detenerse o desacelerarse, aun cuando resulte imposible determinar el sentido y dirección de dicho cambio. Más bien, al contrario, la tendencia en el último siglo es que los cambios tengan lugar con un intervalo de tiempo cada vez menor. Del mismo modo que los individuos tenemos que ajustarnos a las nuevas condiciones, el líder debe hacer el esfuerzo análogo por abrirse al cambio, la adaptación y la rectificación cuando las medidas tomadas den muestras de no ser las óptimas. Sumado a la comprensión sistémica y global que implican los escenarios colectivos, las nuevas estrategias, soluciones y políticas públicas deben nacer ya con un plan B, C y D, con diversas variantes en cada caso, porque ésa es la realidad a la que irremediablemente habrán de enfrentarse. La vida pública y privada continuarán experimentando cambios constantes, modificaciones de forma y de fondo que no será posible pasar por alto y cada vez tendremos que adaptarnos más rápido a las nuevas condiciones, que, además, como nos ha enseñado la Covid-19, no podremos prever por anticipado. Ésta, nos guste o no, es una de las características medulares de la auténtica “nueva normalidad”. El cambio es, entonces, una variable permanente que debe considerarse siempre en la ecuación de la existencia y en cualquier plan o proyecto público o privado y por lo tanto, un factor congénito indisociable de las distintas formas de liderazgo que emerjan en la búsqueda de una gestión eficaz de los grandes problemas que pone ante la humanidad el siglo XXI. El gran reto para el líder de estos tiempos consiste en actuar en función de un escenario que de antemano se sabe cambiante e indeterminado, en vez de aferrarse a planes irrealizables para luego, cuando no hay más remedio, reaccionar tardíamente con remiendos y componendas insuficientes que condenen a sus dirigidos a ir siempre un paso atrás de la vanguardia humana. La semana entrante toca el turno de explorar la cualidad tercera del nuevo liderazgo: la entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo masculino (el), no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Innerarity, Daniel, Pandemocracia. Una filosofía de la crisis del coronavirus, Primera Edición, España, Galaxia Gutemberg, 2020, P. 34 3 Morin, Edgar, Enseñar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación, Primera Edición, España, Paidós-Grupo Planeta, 2016, P. 43 Te podría interesar:

Era Covid: Liderazgo y comprensión profunda del carácter global de la civilización humana

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De vuelta en mi casa y pasado el susto (es la segunda vez que siento una hemorragia en mi cuerpo) recordé la lectura de un libro que mi padre me regaló cuando era una niña: Tus diez amigos (Juan T. González, Ediciones Botas, 1973) y que trata justamente de los dedos de las manos para explorar los caminos del éxito, del buen ser y del bien servir. Por supuesto, regresé al texto y encontré lo siguiente respecto al pulgar: “En los antiguos tiempos cuando los romanos no querían ir a la guerra, se cortaban ese dedo y no iban porque no podían sostener la espada. Ese dedo es el más fuerte de la mano y te recordará una fuerza poderosa que tienes tú también: la voluntad. La voluntad es querer”. Una herida diminuta dio como resultado un dedo incapacitado y mi fuerza de voluntad me obligó a utilizar la mano izquierda, pero extraño mi pulgar derecho porque, aunque sigue ahí, echo de menos la cantidad de cosas que realizo y que se quedaron en pausa porque cada día ocurren cientos de procesos en nuestro organismo de los cuales no somos plenamente conscientes y creemos que solo un accidente grave que nos fracture el cuerpo o una infección sistémica nos incapacitarán para la vida, pero algo minúsculo también lo hace aunque sea de forma parcial y todo cambia. Ahí es donde radica la importancia de #laspequeñascosas que no solemos apreciar o que pasan de largo y que pueden brindarnos alegría como en el cuento de los hermanos Grimm o hacer realidad nuestros deseos como en el relato de Andersen o simplemente, permitirnos dar un click en nuestro móvil gracias a nuestro pequeño dedo pulgar.  " ["post_title"]=> string(27) "Las pequeñas cosas: pulgar" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(25) "las-pequenas-cosas-pulgar" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-03-29 09:40:47" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-03-29 14:40:47" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=63130" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(12) ["max_num_pages"]=> float(6) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "6e8eee7f2a2dea868be30976caf1abf0" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }

Las pequeñas cosas: pulgar

“A falta de otra prueba, el dedo pulgar por sí solo me convencería de la existencia de Dios”  – Isaac Newton /...

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