El dragón dormido 

Entrenar artes marciales proporciona un equilibrio emocional y mental que te da conciencia de qué tan frágil o poderoso puede ser el cuerpo humano en  todas sus dimensiones.

2 de diciembre, 2022

Eran los años 70. Yo apenas era un niño. En aquel entonces veía una serie de televisión: El avispón verde. Fascinado por los movimientos de Bruce Lee, mi interés por el arte marcial creció sin medida. Mis padres entonces buscaron alguna escuela para entrenar aquel deporte, pero solo encontramos un Dojo de karate tradicional y taekwondo. Estuve entrenado algunos años ambas disciplinas, pero sentía que algo me faltaba: era muy diferente a lo que yo veía en las películas orientales. En ellas se mostraban movimientos con una enorme sincronía y que parecían infinitos además de generar gran fuerza y velocidad.

Al llegar a la ciudad de Hermosillo perdí el ritmo del entrenamiento. No había el mismo estilo de pelea y los que visité no me convencían. Llegando el verano de 1998, una escuela de artes marciales abrió sus puertas con una gran publicidad que prometía la mejor calidad en enseñanza del arte marcial. Decidí visitarla. Tenía las mejores instalaciones de la ciudad. Pedí información a un alumno que estaba a cargo, pues el maestro no se encontraba. La verdad  la formidable campaña publicitaria que amparaba la escuela se derrumbó en un momento. La información era pésima y más bien invitaba a no pertenecer a dicha institución; sin embargo, algo me decía que ese lugar era el que buscaba. Decidí ignorar los comentarios del joven y observé lo que hacían los demás mientras entrenaban. Volví después de dos días decidido a entrenar.

Comencé con unas clases personales y oh no… mi cuerpo y mi mente no procesaban el sistema. Todos los años que había dedicado a las otras disciplinas parecían no haber pasado por mí. Mis movimiento eran torpes mi cerebro no registraba a causa de que la lógica emocional y física era totalmente opuesta a los principios que había manejado por años. Lo peor era que no estaba acostumbrado al contacto, pues en otras escuelas no estaban permitidos los combates con contacto. Eso me creó gran frustración, pues parecía saco de “papas”. Recibía golpes que me dejaban en shock y no podía devolverlos. Estaba totalmente bloqueado. Y así pasaron dos meses: un mes para desbloquearme y otro para aceptar el nuevo sistema. Una vez que rompí mi esquema anterior todo empezó a fluir. Ya había una lógica secuencial en los movimientos, los cuales se coordinaban en una forma secuencial y armoniosa siendo mi mente el límite en ellos. Había empezado mi aventura por el Kenpo americano. 

Poco a poco fui ganando mis grados y, como consecuencia. empezó una amistad con el profesor y amigo el máster Frank Soto. Las clases cada vez eran más interesantes. Ahora también tenía la oportunidad de conversar de manera más cercana con el maestro. Fuera del Dojo, el café nocturno se convertía en la mejor clase de teoría del sistema de Ed Parker. Mi aprendizaje era más completo cada día ya que muchas cosas que en 45 minutos de clase no se alcanzan a decir ahora las aprendía de propia voz del maestro.

Al llegar el primer año, la memoria muscular había hecho un trabajo increíble. Mis emociones tenían un balance y ahora estaba seguro de mis límites y mis ventajas. El nuevo sistema me proporcionó la habilidad de responder a los momentos de tensión con serenidad sin perder la calma. Podía enfrentar el día a día con más entendimiento. Los problemas cotidianos se resolvían de manera más sencilla y eficaz. El contacto continuo al que me había sometido generaba endorfina que sofocaba el dolor casi en un 100% y eso me hacía entender mejor la naturaleza del movimiento en la pelea. 

Me pregunté por qué se le llamaba “Arte Marcial”. Entendí que se debe a que se expresan las emociones mediante el movimiento, llevándolo a una sincronía rítmica que representa una bella forma de pelea. Puede ser suave, veloz, fuerte o todas en su conjunto. Lo más impresionante es que el Kenpo se convierte en un traje a la medida de tus necesidades físicas y mentales. 

Este estilo tiene una larga historia. Desde su origen se conforma del kenpo japonés y a éste se le añade un  enfoque en la defensa personal moderna y se complementa con elementos de kung fu chino. Llega a Hawái en el siglo XX poco antes de la segunda guerra mundial. Pero quien muestra una vertiente moderna del arte es el finado SGM Edmundo K. Parker quien lo catapulta en América del Norte con el nombre de American Kenpo.

Sus raíces chinas y japonesas incluyen dos animales principales en sus movimientos que son el tigre y el dragón. Muy representativos de la cultura de la pelea oriental.  ¿Pero podemos ser como tales cuando entrenamos? La respuesta es sí. Primero se llega al tigre, ese felino grande fuerte veloz que actúa con gran impulso a los estímulos de agresión física. En este nivel ya tienes entendimiento del poder de un golpe de mano o pierna y cómo puedes generar más fuerza y daño en tu oponente. ¿Pero qué hay del dragón? Este animal mítico se conforma de varios animales, por ejemplo, la serpiente que es ágil y contundente al atacar, lleva las garras de un tigre que pueden destrozar en su camino; sin embargo, su mayor fortaleza es la sabiduría, el desarrollo del espíritu para lograr una mente pacífica con un alto nivel de madurez. Dando como resultado el autocontrol, la inteligencia emocional de saber dónde alejarse del peligro sin ese sentimiento de fracaso, por el contrario, con una satisfacción de resolver un problema sin llegar a la violencia física.

Entrenar artes marciales proporciona un equilibrio emocional y mental que te da conciencia de qué tan frágil o poderoso puede ser el cuerpo humano en  todas sus dimensiones: cuerpo, mente y espíritu. Es allí donde se aprende a que cuando el cuerpo no responde, se recurre a la mente y si ésta se desmotiva el espíritu, que se genera el entrenamiento, es quien lleva al extremo tu conciencia para salir adelante en una situación de tensión y peligro. 

Puedo decir que el Kenpo Americano una vez que lo adquieres se vuelve parte de ti para siempre y lo llevas por el resto de tus días.

“ESTA ES LA NATURALEZA DE MI SER”.

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Por ello debes leer, por ello debes mirar a los cielos, por ello debes cantar, bailar, escribir poemas, sufrir y entender, por todo ello es la vida.” Jiddu Krishnamurti (1895-1986),  místico hindú. Este año, en el mes de noviembre se cumplirán cinco años desde que inicié la cacería de #laspequeñascosas de la vida, esas que me parecen imprescindibles y que, de hecho, lo son para recordarnos que somos humanos y mortales, que nuestro paso por la existencia es temporal y que un día “alguien nos apagará la luz” (como decía mi padre antes de fallecer) o, como escribió José Saramago: “Sólo si nos detenemos a pensar en las pequeñas cosas, llegaremos a comprender las grandes”. ¿Por qué la obsesión sobre algo que quizá resulte obvio? Precisamente, porque no lo es. El acelerado ritmo de vida actual nos obliga a correr de un lugar a otro, de un pendiente a otro, de un mensaje a otro, de una red social a otra y nos roba espacio para momentos de atención plena, de presencia absoluta, de concentración, de observación y de empatía con lo otro y los otros. Vivimos entre el mundo real y el virtual casi sin distinguir uno del otro, vamos en busca de la tan ansiada felicidad sin detenernos a valorar y disfrutar el momento presente.  “No podemos hacer grandes cosas, sólo pequeñas cosas con gran amor” – Madre Teresa de Calcuta. La variable del amor, esa palabra que tantos temen decir o escuchar o ambas y que debería ser como el ingrediente principal de cada día, como una forma de mantra, oración o la sal y la pimienta de una receta porque donde no hay amor, hay negociación y entonces estamos hablando de otras cosas más productivas monetariamente hablando pero que se alejan de la esencia humana. Hacer pequeñas cosas con gran amor en un mundo destinado a la destrucción, a la violencia, a la carencia, a la corrupción, a la discriminación o al exterminio porque gana la inercia del egoísmo, de lo material y lo superficial.  ¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? Si hemos sobrevivido a una pandemia, queda mucho por hacer, mucho por aportar y mucho por aprender también. Por lo pronto, hoy sabemos que la vida nos cambia de un día al otro y que no tenemos nada seguro, que nada nos pertenece y recordamos que somos finitos, pero con grandes posibilidades creativas. Las pequeñas cosas no deben quedarse guardadas en el baúl, están presentes en las flores, en las nubes, en las palabras, en la música, en la fotografía, en el arte, en la lluvia, en la poesía, en el arcoíris, en la magia, en el amanecer, en la luna, en el universo. Que salgan pues y sean develadas, expuestas y que cada quien tome lo mejor de ellas para acompañar sus días. Sigamos la pista de #laspequeñascosas quizá un día podamos acudir a ellas como quien acude a las escrituras sagradas en espera de consuelo y después de más de cuatro años de escribir sobre ellas, vale la pena llevarlas a otro nivel. Esperen noticias. A manera de colofón: El Sistema de Transporte Colectivo sufre como organismo público pero sufrimos más los usuarios cada día entre tantas anomalías, retrasos e inseguridad. Es una pena que los intereses políticos estén por encima de los derechos ciudadanos pero lo es más, viniendo de quienes han proclamado ser el cambio que el país necesita. No hay ningún cambio, no hay respuestas, no hay garantías. Esta semana que concluyó se tenían programadas las citas para el cambio de tarjeta para adultos mayores, las citas fueron reprogramadas “por falta de materiales” para realizar el trámite, sin importar las condiciones en que deben trasladarse algunas personas de la tercera edad. Las mujeres no viajamos seguras en el metro. 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