En 2001 llegó a las salas de cine “De la calle”, un filme de Gerardo Tort con un toque surrealista que no llegó a los niveles de “Los Olvidados” de Luis Buñuel (México, 1950) pero que dejó huella en la llamada ola del “nuevo cine mexicano” y ganadora en varias categorías de los Premios Ariel; entre ellos, al mejor guión de Marina Stavenhagen y otros premios internacionales.
¿Es la calle un espacio inmutable, eterno, habitable u hostil, un lugar común y público?
Veinticuatro años después la ciudad de México se ha dibujado y desdibujado, se ha transformado en ciclovía, espacio de libre tránsito para animales de compañía, terraza de restaurantes desde tiempos pandémicos, sitio de reunión para marchas y manifestaciones y en los últimos tiempos, ruta de vendedores ambulantes y tobogán tamaño jumbo por aquello de las intensas lluvias.
La calle es de todos y también, es la escuela de la vida; algunos la padecen, otros la aprovechan y unos más, la romantizan y eternizan en forma de arte.
El libre tránsito permite hacer de todo en la calle, desde lo más básico como caminar hasta lo más grotesco como criminalizar, pasando por otras prácticas indecentes y/o inmorales. Las calles de la ciudad hoy no distinguen códigos postales, los baches y los vendedores ambulantes son parte del paisaje por todos lados.
Un domingo común, la calle reúne a familias enteras en plazas y parques como parte del entretenimiento, a la vez que genera ingresos para quienes se dedican al comercio a pie de banqueta porque ser un callejero ya no recibe una connotación de menosprecio sino de colaboración y comunidad. Desde la autoridad local, se convoca a diversas actividades al aire libre: conciertos, jornadas comunitarias, espectáculos, etc.
Pero quienes realmente se han apoderado de las calles son los animales de compañía que disfrutan de un placentero paseo con sus humanos, de una a tres veces al día, mientras dejan su aroma de orines por todas partes. Así que, además de albergar basura, contaminación, ruido y tráfico, la calle es un depósito de residuos animales.
La calle es tan peligrosa como fascinante, el cielo y el infierno, oportunidad y amenaza. Aula para aprender a pintar, tejer, bordar o bailar y escenario. Lo es todo, lástima que cada vez haya menos señalizaciones con sus nombres, sentido vial y lo más importante: seguridad, pero si usted escucha un buen ritmo al transitar por ella, no dude en detenerse y ponerse a bailar. ¡Nos leemos a la próxima!
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