Con el respeto al derecho ajeno, todos podremos circular

Hay que hacer conciencia, tanto conductores de vehículos automotores como de bicicletas. de que tenemos que convivir y respetarnos en nuestras vialidades. Recuerden que uno no es más que el otro.  Los dos se consideran vehículos. Unos...

19 de noviembre, 2020

Hay que hacer conciencia, tanto conductores de vehículos automotores como de bicicletas. de que tenemos que convivir y respetarnos en nuestras vialidades. Recuerden que uno no es más que el otro. 

Los dos se consideran vehículos. Unos automotores y los otros no automotores. Pero al final vehículos. Hay que aprender a tener educación familiar, social y sobre todo vial, ya que siempre vamos a compartir las mismas calles. A continuación, pondré los artículos que se refieren a este asunto. Esto viene en el Reglamento de Transito de la CDMX.

Artículo 4.- Además de lo que señala la Ley y sus reglamentos, para los efectos de este

Reglamento, se entiende por:

III. Área de espera para bicicletas y motocicletas, zona marcada sobre el pavimento en una intersección de vías que tengan semáforos, que permite a los conductores de estos

vehículos aguardar la luz verde del semáforo en una posición adelantada, de tal forma que sean visibles a los conductores del resto de los vehículos;




  1. Bicicleta, Vehículo no motorizado de propulsión humana a través de pedales o de pedaleo asistido por motor eléctrico. No incluye a los vehículos que cuentan con un acelerador manual ni aquellas cuyo motor eléctrico continúe la aceleración después de alcanzar los 25 km/hr.
  2. Ciclista, conductor de un vehículo de tracción humana a través de pedales; se considera también ciclista a aquellos que conducen bicicletas asistidas por motores eléctricos, siempre y cuando ésta desarrolle velocidades de hasta 25 kilómetros por hora; los menores de doce años a bordo de un vehículo no motorizado serán considerados peatones;

IX Bis. Cicloestación, Espacio exclusivo de estacionamiento para la prestación del servicio de un sistema de transporte individual en bicicleta pública con anclaje, que cuentan con dispositivos o infraestructura necesaria para dicho servicio.

  1. Espacios para servicios especiales, son todos aquellos sitios en la vía pública

debidamente autorizados por la Secretaría, exclusivos para realizar maniobras de ascenso y descenso de pasajeros o para como áreas reservadas para personas con discapacidad, servicio de acomodadores, bicicletas y motocicletas, sitios y lanzaderas de transporte público, áreas para carga y descarga, transporte de valores, correos, mensajería, mensajería y paquetería, recolección de residuos sólidos, vehículos de emergencia, y los que se señalen por la Secretaria;

XLIX Bis Vehículo recreativo, aquellos utilizados de manera recreativa o lúdica por niñas y niños de hasta doce años, tales como patines, patinetas, patines del diablo sin motor y bicicletas con una velocidad máxima de 10km/h.

LIII. Vía ciclista, espacio destinado al tránsito exclusivo o prioritario de vehículos no motorizados la que puede ser parte de la superficie de rodadura de las vías o tener un trazo independiente; ésta incluye:

  1. a) Carril compartido ciclista, carril ubicado en la extrema derecha del área de circulación

vehicular, con un ancho adecuado para permitir que ciclistas y conductores de vehículos

motorizados compartan el espacio de forma segura; estos carriles deben contar con

dispositivos para regular la velocidad;

  1. b) Ciclocarril, carril delimitado con marcas en el pavimento destinado exclusivamente para la circulación ciclista;
  2. c) Ciclovía, carril confinado exclusivo para la circulación ciclista físicamente segregado del tránsito automotor; y
  3. d) Calle compartida ciclista, vía destinada a la circulación prioritaria de bicicletas, que

cuenta con dispositivos que permiten orientar y regular el tránsito de todos los vehículos

que circulen en ella, con la finalidad de compartir el espacio vial de forma segura y en

estricto apego a la prioridad de uso del espacio indicada en el presente Reglamento.

LVI. Vía primaria, espacio físico cuya función es facilitar el flujo del tránsito vehicular continuo o controlado por semáforo, entre distintas zonas de la Ciudad, las cuales pueden contar con carriles exclusivos para la circulación de bicicletas y/o transporte público, según el listado del anexo de este reglamento;

  1. En las intersecciones reguladas mediante semáforos se respetarán las siguientes reglas:
  2. a) Cuando la luz del semáforo esté en rojo, los conductores deben detener su vehículo en la línea de “alto”, sin invadir el cruce peatonal o el área de espera para bicicletas o

motocicletas; los ciclistas y motociclistas deberán hacer uso de sus áreas de espera cuando éstas existan;

Artículo 11.- Se prohíbe a los conductores de todo tipo de vehículos:

  1. Detener su vehículo sobre un área de espera para bicicletas o motocicletas, a menos que se trate del usuario para el cual está destinado;

XIX Bis. En los carriles de circulación frente a cicloestaciones de bicicleta pública y biciestacionamientos de corta estancia que se encuentren ubicados en la franja de estacionamiento, con excepción de los vehículos destinados para la operación del sistema de bicicleta pública, siempre y cuando se encuentren en servicio;

Artículo 31.- Las bicicletas podrán estacionarse sobre las aceras siempre y cuando permitan el libre tránsito de los peatones.

Artículo 38.- Los conductores de vehículos son responsables de evitar realizar acciones que pongan en riesgo su integridad física y la de los demás usuarios de la ví II a), b), d), e); III a), c)a, por lo que se prohíbe:

  1. e) Transportar a un pasajero apoyado en el cuadro de la bicicleta, en el espacio intermedio entre el sillín y el manubrio; excepto cuando se cuente con una silla para transportar niños y haya sido diseñada específicamente para tal propósito.

Y de igual manera tenemos que respetar las señalizaciones de tránsito. Éstas no están de adorno y en verdad no creo que tengamos la necesidad de que esté un oficial de tránsito para respetar estas señalizaciones. Como escribí al inicio, debemos de respetar y tener la educación.

 

 

 

 

 

 

 

VIII. MARCAS EN EL PAVIMENTO

Regulan y canalizan el tránsito de peatones y vehículos guiándolos sin distraer su vista de la superficie de rodadura.

El objetivo de las marcas es proporcionar información que permita a los usuarios adoptar comportamientos adecuados, y así aumentar la seguridad y fluidez del tránsito; delimitar las partes de la vía reservadas a la circulación, indicar los movimientos a ejecutar y complementar las indicaciones de las señales verticales.

Y como siempre, espero que esta colaboración les sirva de algo. Apelo a su conciencia, educación y su respeto, y a que tomen en cuenta todo esto. Por favor, compártanlo con sus familiares, amigos, conocidos o vecinos por sus redes sociales. Hay que hacer conciencia por que hoy más que nunca necesitamos respetarnos.

Les mando muchos saludos y nos vemos en la próxima entrega. Y muchas gracias por leerme.

Comentarios
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Esta es una parte central de la auténtica “nueva normalidad”.  “Del Imperio romano, que llegó a cubrir más de tres millones de kilómetros cuadrados y englobaba el veinte por ciento de la población mundial, y cuya desaparición resultaba tan inimaginable como la del propio planeta, nada queda”. -Jonathan Safran Foer, Podemos salvar el mundo antes de cenar “El hombre que no cambia nunca de opinión es como el agua estancada: su mente cría alimañas”. -William Blake En los últimos dos artículos hemos explotado algunas de las características debe tener un líder1 para encarar los desafíos del siglo XXI. Se afirmaba también que un líder de la Era Covid y Post-Covid, sin despreciar las propiedades de los liderazgos tradicionales como la honestidad, confianza en sí mismo, la vocación de servicio, la pasión por lo que se hace, la búsqueda de la innovación, empatía y creatividad entre muchas otras, requiere además cuatro características que para los tiempos por venir lucen indispensables: 1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana. 2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto. 4.- Consciencia de Ejemplaridad. En esta oportunidad hablaremos un poco acerca de la segunda: Capacidad de cambio, adaptación y rectificación Ningún gobierno del mundo anticipaba en noviembre de 2019 que en apenas unos meses las cosas fuesen a cambiar del modo en que lo hicieron, y mucho menos que la crisis fuese a alargarse por tanto tiempo. Cada uno de los Estados, según su situación específica, la ideología de su gobierno de turno, sus proyectos, presupuestos y políticas públicas, sus proyecciones electorales y demás variables del orden local, debieron enfrentar una crisis de salud que afectó todos los ámbitos de la vida nacional y, en la gran mayoría de los casos, sin los recursos necesarios para hacerlo. Cada uno, en la medida de sus posibilidades económicas, políticas  e ideológicas, y tomando como referencia lo realizado en otras naciones, tomó medidas y diseñó estrategias con las que suponían que habrían de librar la emergencia. Como siempre ocurre, hubo naciones que se gestionaron mejor que otras y el centro de esa diferencia no solo consistió en la cantidad de recursos disponibles, sino en la capacidad de adaptarse a cada nuevo escenario haciendo cambios y rectificaciones según se requiriese. Conforme la Covid-19 se fue expandiendo y el conocimiento acerca de ella evolucionando, conforme los casos se hacían cada vez más frecuentes y resultaba evidente que un confinamiento de un mes no resolvería la situación, los planes, propuestas y recomendaciones iniciales debieron adaptarse y modificarse según se transformaban las tendencias de contagio y el número y naturaleza de los fallecimientos. Pero lo mismo sucedió con los planes económicos, educativos, comerciales, turísticos, incluso políticos dentro de las dinámicas locales. La pandemia por Covid-19 no respondía a las estrategias planteadas y la búsqueda de soluciones nuevas, creativas y costeables según cada caso se convirtió en la prioridad global. Citando a Daniel Innerarity, de su texto Pandemocracia: “La dificultad de predecir estas irrupciones no es solo acerca de cuándo van a suceder, sino incluso sobre su naturaleza, de manera que no sabemos exactamente qué va a suceder (o qué ha sucedido y qué va a cambiar después). Éste es un territorio que desconocemos, y tampoco lo conocen quienes tienen que gestionarlo, expertos y políticos. De ahí que las decisiones para hacer frente a la crisis tengan un cierto carácter de improvisación y experimento, e incluso están llenas de errores, especialmente cuando no se ha identificado bien la naturaleza del problema2”. Se habla con frecuencia de una supuesta “nueva normalidad”. La primera acepción a este concepto surgió del apremio de los gobiernos por transmitir a sus ciudadanos la idea de que muy pronto se volvería al estado de las cosas previas a la pandemia; sin embargo los incontables cambios, aun cuando sutiles, son tan amplios y tan generalizados en todos los ámbitos –economía, relaciones, educación, salud, etc.– que hoy podemos afirmar con bastante certeza que el mundo previo a la pandemia por Covid-19 ha dejado de existir para dar lugar a una nueva realidad, aún en construcción. Dice el gran Edgar Morin: “Toda acción, una vez iniciada, tiende a escapar de las intenciones y la voluntad de su autor y a entrar en un juego de interacción y retracción con el medio (social o natural) que puede modificar su curso, y a veces hasta invertirlo3”. Y justo eso está ocurriendo. Estamos, con nuestras acciones, omisiones, impulsos, reacciones e interacciones creando un mundo nuevo en sustitución del anterior y este “nuevo mundo”, si se caracterizará por algo, será justamente por su carácter maleable y en permanente transformación. La vida cotidiana no volverá a ser lo que era, tanto por el tema del virus, como por futuras pandemias, como por los propios cambios climáticos, económicos, sociales, tecnológicos y culturales del mundo global en que estamos irremediablemente inmersos. Pero el centro de la argumentación va un poco más allá: no se trata de una tendencia causada por la pandemia de Covid-19 que cesará cuando la emergencia acabe, sino todo lo contrario, el cambio y la transformación permanente será la constante del siglo XXI, y no es con el virus, sino con esta dinámica con la que tenemos que aprender a vivir. Ya habitábamos en un mundo en transformación permanente, pero nos aferrábamos a la ilusión, un tanto ingenua, de que era posible tener certezas, de que el mundo y sus variables podían ser sólidas y predecibles, de aún éramos capaces de conservar el control sobre el universo humano y natural, pero si echamos un vistazo a los últimos cincuenta años, veremos que los cambios en la forma de vida, en las expectativas profesionales, en las dinámicas familiares, sociales y políticas, en fin, en todos los aspectos de la existencia nos colocan en dos mundos materialmente distintos. Ni el concepto de familia, ni de educación, ni de trabajo, ni de relaciones de género, de maneras de relacionarse tienen semejanza alguna, y hablamos apenas de 50 años. La vida diaria y las herramientas empleadas por alguien nacido en la década de los cincuenta del siglo XX, aun si solo habláramos del aspecto tecnológico, no tienen nada que ver con la manera en que un chico nacido en el año 2000  se relaciona con el mundo y con su propia existencia. Y no se trata solo de pantallas e internet. Los cambios se dan en racimo en todos los ámbitos del quehacer humano. Lo que la emergencia sanitaria por Covid-19 está haciendo es desnudar brutalmente esa tendencia preexistente, hacerla evidente y retratarla en su justa dimensión, dejándonos en claro que no hay ningún elemento que permita suponer que esta dinámica de transformación y cambio pudiera detenerse o desacelerarse, aun cuando resulte imposible determinar el sentido y dirección de dicho cambio. Más bien, al contrario, la tendencia en el último siglo es que los cambios tengan lugar con un intervalo de tiempo cada vez menor. Del mismo modo que los individuos tenemos que ajustarnos a las nuevas condiciones, el líder debe hacer el esfuerzo análogo por abrirse al cambio, la adaptación y la rectificación cuando las medidas tomadas den muestras de no ser las óptimas. Sumado a la comprensión sistémica y global que implican los escenarios colectivos, las nuevas estrategias, soluciones y políticas públicas deben nacer ya con un plan B, C y D, con diversas variantes en cada caso, porque ésa es la realidad a la que irremediablemente habrán de enfrentarse. La vida pública y privada continuarán experimentando cambios constantes, modificaciones de forma y de fondo que no será posible pasar por alto y cada vez tendremos que adaptarnos más rápido a las nuevas condiciones, que, además, como nos ha enseñado la Covid-19, no podremos prever por anticipado. Ésta, nos guste o no, es una de las características medulares de la auténtica “nueva normalidad”. El cambio es, entonces, una variable permanente que debe considerarse siempre en la ecuación de la existencia y en cualquier plan o proyecto público o privado y por lo tanto, un factor congénito indisociable de las distintas formas de liderazgo que emerjan en la búsqueda de una gestión eficaz de los grandes problemas que pone ante la humanidad el siglo XXI. El gran reto para el líder de estos tiempos consiste en actuar en función de un escenario que de antemano se sabe cambiante e indeterminado, en vez de aferrarse a planes irrealizables para luego, cuando no hay más remedio, reaccionar tardíamente con remiendos y componendas insuficientes que condenen a sus dirigidos a ir siempre un paso atrás de la vanguardia humana. La semana entrante toca el turno de explorar la cualidad tercera del nuevo liderazgo: la entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo masculino (el), no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Innerarity, Daniel, Pandemocracia. Una filosofía de la crisis del coronavirus, Primera Edición, España, Galaxia Gutemberg, 2020, P. 34 3 Morin, Edgar, Enseñar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación, Primera Edición, España, Paidós-Grupo Planeta, 2016, P. 43 Te podría interesar:

Era Covid: Liderazgo y comprensión profunda del carácter global de la civilización humana

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Sin duda alguna, se modificaron las dinámicas familiares, impactando de manera directa la convivencia diaria y, en muchos casos, desgastando los vínculos y aumentando los niveles de violencia física y psicológica. Hace un año, por ejemplo, cada miembro de la familia tenía sus propias actividades y espacios determinados para socializar con otras personas, pero durante el tiempo de confinamiento todos hemos tenido que adaptarnos a una nueva forma de vida. Si bien es cierto que para algunos estos momentos han permitido una mayor integración y convivencia, para otros (quizá más de los que quisiéramos) se convirtieron en un catalizador de problemas preexistentes o que han ido surgiendo en el camino, los cuales cada vez se hacen más grandes y más difíciles de resolver.  Aunque todavía es muy pronto para contar con estadísticas absolutas al respecto, según datos de la DGCS de la UNAM, la Confederación de Colegios y Asociaciones de Abogados de México y otras instancias noticiosas y gubernamentales, el número de divorcios ha aumentado significativamente durante el confinamiento (los datos cambian según el estado y nivel socioeconómico de las parejas, pero las estimaciones oscilan entre cuatro y siete veces más que en circunstancias normales). El origen Además del ya mencionado cambio de rutinas y dinámicas familiares, los problemas económicos (desempleo, disminución de salarios, cierre de negocios, etc.), los factores sociales (ausencia de redes de apoyo y convivencia social, desigualdad de oportunidades, tener que acompañar la formación de los hijos ante el cierre de escuelas, falta de seguros de salud, etc.), y las afectaciones psicológicas (duelos inesperados, ansiedad, depresión, intolerancia, frustración, agresividad a diversos niveles e incluso enfermedades mentales mayores) han provocado graves fracturas en los matrimonios, por lo que para muchos de ellos, la única solución es la separación temporal o definitiva. Las consecuencias El divorcio es un proceso que puede durar mucho tiempo. A lo largo de él, existirán sentimientos de ambivalencia, desconfianza, indecisión o miedo al futuro y al escándalo, en el cual, tanto las parejas como los niños, viven en una constante inseguridad. Por esta razón es importante estar atentos a las conductas de todos los integrantes de la familia y, en caso de ser necesario, buscar ayuda profesional para manejar adecuadamente las circunstancias. Solo por mencionar un ejemplo, antes los hijos encontraban en el colegio un espacio para desahogarse y distraerse de los problemas de casa. Ahora, en el confinamiento y debido a que las clases son por televisión o, en el mejor de los casos, en línea, se ha vuelto más difícil para ellos encontrarlo y poder expresar lo que les pasa. Esto, aunado a las problemáticas propias de la pandemia, ha incrementado el aislamiento de niños y adolescentes, y que, en consecuencia, busquen refugio en videojuegos o redes sociales, o se muestren dispersos y poco atentos en las clases y parezcan desmotivados en sus actividades diarias.  Otros casos Una situación diferente, pero que puede influir de la misma forma (positiva o negativamente) en la estabilidad emocional de los niños son los casos de las familias que, en vez de separarse, deben volver a unirse porque el dinero ya no es suficiente para mantener dos hogares, ya sea por la situación laboral o porque la situación emocional o de salud de alguno de los hijos lo requiere. En estos casos es importante también estar atentos a los comportamientos o comentarios y buscar herramientas o estrategias que ayuden a sobrellevar los cambios de la mejor manera, evitando confusiones mayores para nuestros hijos. ¿Cuáles son los signos a los que debemos poner atención? Algunas de las “banderas rojas” más significativas y que nos indican que los hijos no la están pasando bien, no están digiriendo fácilmente el cambio o no se están adaptando fácilmente al proceso son: Tips y estrategias Algunas acciones que podemos poner en marcha para proteger la estabilidad de nuestros hijos durante un proceso de divorcio son:
  • Mantener rutinas diarias, estructuradas en tiempos y con actividades que, aunque deban permanecer dentro de casa, no deben perderse.
  • Buscar espacios en los que podamos compartir una actividad en común con ellos: pasear al perro, practicar algún deporte, tocar instrumentos musicales, jugar un videojuego, ver una película. 
  • Mantener las vías de comunicación abiertas, validar sus emociones, mostrarles comprensión, ser consistentes y consecuentes con los límites. 
  • Ser amorosos, llenarlos de abrazos y besos. 
  • Estar presentes y hacerles saber que, ante cualquier circunstancia, siempre seremos sus padres y siempre estaremos con ellos y siempre contarán con nuestro amor y apoyo.
  • Darles la seguridad de que esta situación, no solo la pandemia, sino la adaptación a nuevas rutinas, nuevos estatus emocionales e incluso a la nueva dinámica familiar, va a pasar.
Como dice el refrán. “Dar tiempo al tiempo” … No hay duda de que hoy, en medio de los difíciles momentos que vivimos, todo se ve a través de una lupa que magnifica los problemas, por lo que es claro que tomar decisiones a partir de la desesperación, la ansiedad, el miedo o la incertidumbre no es el mejor camino. Por ello, y si nos es posible, lo mejor es procurarse largos momentos para reflexionar, esperar a que pasen las crisis internas y externas y hacer una valoración profunda de los pasos que queremos dar, para evitar así consecuencias que afecten profundamente a nuestras familias. No obstante, sí es inevitable enfrentarnos a una separación, es importante también hacer un trabajo personal que nos ayude a procesar las circunstancias de la mejor manera, para poder aceptar los cambios y tomar decisiones asertivas que pongan el bienestar de nuestros hijos, siempre, en primer lugar." 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Esta es una parte central de la auténtica “nueva normalidad”.  “Del Imperio romano, que llegó a cubrir más de tres millones de kilómetros cuadrados y englobaba el veinte por ciento de la población mundial, y cuya desaparición resultaba tan inimaginable como la del propio planeta, nada queda”. -Jonathan Safran Foer, Podemos salvar el mundo antes de cenar “El hombre que no cambia nunca de opinión es como el agua estancada: su mente cría alimañas”. -William Blake En los últimos dos artículos hemos explotado algunas de las características debe tener un líder1 para encarar los desafíos del siglo XXI. Se afirmaba también que un líder de la Era Covid y Post-Covid, sin despreciar las propiedades de los liderazgos tradicionales como la honestidad, confianza en sí mismo, la vocación de servicio, la pasión por lo que se hace, la búsqueda de la innovación, empatía y creatividad entre muchas otras, requiere además cuatro características que para los tiempos por venir lucen indispensables: 1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana. 2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto. 4.- Consciencia de Ejemplaridad. En esta oportunidad hablaremos un poco acerca de la segunda: Capacidad de cambio, adaptación y rectificación Ningún gobierno del mundo anticipaba en noviembre de 2019 que en apenas unos meses las cosas fuesen a cambiar del modo en que lo hicieron, y mucho menos que la crisis fuese a alargarse por tanto tiempo. Cada uno de los Estados, según su situación específica, la ideología de su gobierno de turno, sus proyectos, presupuestos y políticas públicas, sus proyecciones electorales y demás variables del orden local, debieron enfrentar una crisis de salud que afectó todos los ámbitos de la vida nacional y, en la gran mayoría de los casos, sin los recursos necesarios para hacerlo. Cada uno, en la medida de sus posibilidades económicas, políticas  e ideológicas, y tomando como referencia lo realizado en otras naciones, tomó medidas y diseñó estrategias con las que suponían que habrían de librar la emergencia. Como siempre ocurre, hubo naciones que se gestionaron mejor que otras y el centro de esa diferencia no solo consistió en la cantidad de recursos disponibles, sino en la capacidad de adaptarse a cada nuevo escenario haciendo cambios y rectificaciones según se requiriese. Conforme la Covid-19 se fue expandiendo y el conocimiento acerca de ella evolucionando, conforme los casos se hacían cada vez más frecuentes y resultaba evidente que un confinamiento de un mes no resolvería la situación, los planes, propuestas y recomendaciones iniciales debieron adaptarse y modificarse según se transformaban las tendencias de contagio y el número y naturaleza de los fallecimientos. Pero lo mismo sucedió con los planes económicos, educativos, comerciales, turísticos, incluso políticos dentro de las dinámicas locales. La pandemia por Covid-19 no respondía a las estrategias planteadas y la búsqueda de soluciones nuevas, creativas y costeables según cada caso se convirtió en la prioridad global. Citando a Daniel Innerarity, de su texto Pandemocracia: “La dificultad de predecir estas irrupciones no es solo acerca de cuándo van a suceder, sino incluso sobre su naturaleza, de manera que no sabemos exactamente qué va a suceder (o qué ha sucedido y qué va a cambiar después). Éste es un territorio que desconocemos, y tampoco lo conocen quienes tienen que gestionarlo, expertos y políticos. De ahí que las decisiones para hacer frente a la crisis tengan un cierto carácter de improvisación y experimento, e incluso están llenas de errores, especialmente cuando no se ha identificado bien la naturaleza del problema2”. Se habla con frecuencia de una supuesta “nueva normalidad”. La primera acepción a este concepto surgió del apremio de los gobiernos por transmitir a sus ciudadanos la idea de que muy pronto se volvería al estado de las cosas previas a la pandemia; sin embargo los incontables cambios, aun cuando sutiles, son tan amplios y tan generalizados en todos los ámbitos –economía, relaciones, educación, salud, etc.– que hoy podemos afirmar con bastante certeza que el mundo previo a la pandemia por Covid-19 ha dejado de existir para dar lugar a una nueva realidad, aún en construcción. Dice el gran Edgar Morin: “Toda acción, una vez iniciada, tiende a escapar de las intenciones y la voluntad de su autor y a entrar en un juego de interacción y retracción con el medio (social o natural) que puede modificar su curso, y a veces hasta invertirlo3”. Y justo eso está ocurriendo. Estamos, con nuestras acciones, omisiones, impulsos, reacciones e interacciones creando un mundo nuevo en sustitución del anterior y este “nuevo mundo”, si se caracterizará por algo, será justamente por su carácter maleable y en permanente transformación. La vida cotidiana no volverá a ser lo que era, tanto por el tema del virus, como por futuras pandemias, como por los propios cambios climáticos, económicos, sociales, tecnológicos y culturales del mundo global en que estamos irremediablemente inmersos. Pero el centro de la argumentación va un poco más allá: no se trata de una tendencia causada por la pandemia de Covid-19 que cesará cuando la emergencia acabe, sino todo lo contrario, el cambio y la transformación permanente será la constante del siglo XXI, y no es con el virus, sino con esta dinámica con la que tenemos que aprender a vivir. Ya habitábamos en un mundo en transformación permanente, pero nos aferrábamos a la ilusión, un tanto ingenua, de que era posible tener certezas, de que el mundo y sus variables podían ser sólidas y predecibles, de aún éramos capaces de conservar el control sobre el universo humano y natural, pero si echamos un vistazo a los últimos cincuenta años, veremos que los cambios en la forma de vida, en las expectativas profesionales, en las dinámicas familiares, sociales y políticas, en fin, en todos los aspectos de la existencia nos colocan en dos mundos materialmente distintos. Ni el concepto de familia, ni de educación, ni de trabajo, ni de relaciones de género, de maneras de relacionarse tienen semejanza alguna, y hablamos apenas de 50 años. La vida diaria y las herramientas empleadas por alguien nacido en la década de los cincuenta del siglo XX, aun si solo habláramos del aspecto tecnológico, no tienen nada que ver con la manera en que un chico nacido en el año 2000  se relaciona con el mundo y con su propia existencia. Y no se trata solo de pantallas e internet. Los cambios se dan en racimo en todos los ámbitos del quehacer humano. Lo que la emergencia sanitaria por Covid-19 está haciendo es desnudar brutalmente esa tendencia preexistente, hacerla evidente y retratarla en su justa dimensión, dejándonos en claro que no hay ningún elemento que permita suponer que esta dinámica de transformación y cambio pudiera detenerse o desacelerarse, aun cuando resulte imposible determinar el sentido y dirección de dicho cambio. Más bien, al contrario, la tendencia en el último siglo es que los cambios tengan lugar con un intervalo de tiempo cada vez menor. Del mismo modo que los individuos tenemos que ajustarnos a las nuevas condiciones, el líder debe hacer el esfuerzo análogo por abrirse al cambio, la adaptación y la rectificación cuando las medidas tomadas den muestras de no ser las óptimas. Sumado a la comprensión sistémica y global que implican los escenarios colectivos, las nuevas estrategias, soluciones y políticas públicas deben nacer ya con un plan B, C y D, con diversas variantes en cada caso, porque ésa es la realidad a la que irremediablemente habrán de enfrentarse. La vida pública y privada continuarán experimentando cambios constantes, modificaciones de forma y de fondo que no será posible pasar por alto y cada vez tendremos que adaptarnos más rápido a las nuevas condiciones, que, además, como nos ha enseñado la Covid-19, no podremos prever por anticipado. Ésta, nos guste o no, es una de las características medulares de la auténtica “nueva normalidad”. El cambio es, entonces, una variable permanente que debe considerarse siempre en la ecuación de la existencia y en cualquier plan o proyecto público o privado y por lo tanto, un factor congénito indisociable de las distintas formas de liderazgo que emerjan en la búsqueda de una gestión eficaz de los grandes problemas que pone ante la humanidad el siglo XXI. El gran reto para el líder de estos tiempos consiste en actuar en función de un escenario que de antemano se sabe cambiante e indeterminado, en vez de aferrarse a planes irrealizables para luego, cuando no hay más remedio, reaccionar tardíamente con remiendos y componendas insuficientes que condenen a sus dirigidos a ir siempre un paso atrás de la vanguardia humana. La semana entrante toca el turno de explorar la cualidad tercera del nuevo liderazgo: la entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo masculino (el), no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Innerarity, Daniel, Pandemocracia. Una filosofía de la crisis del coronavirus, Primera Edición, España, Galaxia Gutemberg, 2020, P. 34 3 Morin, Edgar, Enseñar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación, Primera Edición, España, Paidós-Grupo Planeta, 2016, P. 43 Te podría interesar:

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