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Monsieur Periné: de Colombia para el mundo

Los oídos del mundo están atentos a la propuesta musical de Monsieur Periné, la banda colombiana que ganó el Grammy Latino 2015 en la categoría “Mejor nuevo artista”. Los oídos del mundo están atentos a la propuesta...

3 de diciembre, 2015
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Los oídos del mundo están atentos a la propuesta musical de Monsieur Periné, la banda colombiana que ganó el Grammy Latino 2015 en la categoría “Mejor nuevo artista”.

Los oídos del mundo están atentos a la propuesta musical de Monsieur Periné, la banda colombiana que ganó el Grammy Latino 2015 en la categoría “Mejor nuevo artista”.

El mundo entero está repleto de propuestas musicales novedosas, sin embargo los ojos y los oídos del globo terráqueo solamente fijan su fina atención en aquellos sonidos que logran cautivar al corazón, oxigenar el cerebro, embelesar al alma y sobrepasar la razón con su derroche de talento a través de las notas musicales. Tal es el caso de Monsieur Periné, la banda colombiana que está cautivando a millones de personas, de todas las nacionalidades, con su música llena de colores y sabores sudamericanos.

Monsieur Periné es una banda conformada por la excelente cantante Catalina García -como la voz principal- y los talentosísimos Santiago Sarabia, Nicolás Junca, Adinda Meertins, Miguel Guerra, Darwin Páez, Jairo Alfonso y Abstin Caviedes en la instrumentación que da vida a este proyecto musical que involucra géneros como el jazz, pop y swing, todo en uno solo, dando como resultado el folk más sui generis y juvenil de todos los escuchados, aunque este sea alimentado por los reconocidos ritmos clásicos.

La banda que hoy llena las plazas donde se presenta, ya sea en Estados Unidos, México, Sudamérica o Europa, nació gracias a la casualidad. Una buena tarde Catalina se encontró con Camilo, Santiago y Nicolás en un parque y en medio de la conversación ellos comenzaron a tocar sus instrumentos al tiempo que Catalina quiso cantar; luego de este evento se formó la banda que el pasado mes de noviembre ganó el primer Grammy latino de su carrera artística, en la categoría “Mejor nuevo artista”, premio que guardan -orgullosamente- en uno de los libreros de la casa de Catalina en Bogotá.

El éxito del grupo va cada día en aumento. Los sonidos frescos que ofrecen son maravillosos musicalmente y la interpretación vocal, sensacional. Catalina tiene una voz muy dulce, muy suave, que hace volar por los aires a cualquiera que escuche alguna de sus canciones. Para muestra de ello basta oír el fabuloso tema “Nuestra canción”, incluido en su último disco “Caja de música” (2015) y que fue grabado a dúo con Vicente García otro excelente artista, de Republica Dominicana, que ha probado las mieles del éxito desde que inició su proyecto como solista en 2010; o el tema “Cempasúchil” compuesto en una de las visitas de la banda a México y que la simpática Catalina interpreta feat nuestro querido tacubo Rubén Albarrán. Además de estos temas, sobresalen en el disco “La muerte”, “Tu m'as promis”, “Suin romanticón” y la instrumental “Outro: caja de música”.




El camino que estos jóvenes soñadores han recorrido es largo pero aún falta mucho por crear, mucho por hacer, muchas batallas que ganar. Su “Caja de música” les está abriendo caminos nuevos, inexplorados, largos y coloridos por los que pasarán con pie firme porque por sus hechos, habla la música.

Por favor, como consejo, escuchen la música de esta banda y aconséjenles, a la primera oportunidad, que compren un librero más grande y exclusivo para colocar los grammys que ganarán a lo largo de su carrera y que -seguramente- serán muchos.

Larga vida musical, muchachos.

Comentarios
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Inaugurada por Porfirio Díaz en 1910, además de los problemas intestinos de la institución, tuvo que enfrentar las asonadas de la Revolución Mexicana, lo que llevó al psiquiátrico a atravesar  diversas crisis, en particular alimentarias.  La atención fue bajando de calidad, y en 1968, con la construcción del Periférico de la Ciudad de México resultó obligado derruir el inmueble, logrando rescatarse la fachada. Esta última fue a dar a un predio particular en Amecameca, Estado de México, para hermosear un señorial salón de fiestas, que años después fue vendido al grupo de los Legionarios de Cristo. “De médico, poeta y loco, todos tenemos un poco”, reza el refrán popular. Así como La Castañeda conserva historias de personajes singulares que vivieron dentro de ella, de igual forma en las ciudades de menor tamaño, tenemos nuestra colección de individuos que rompen con la llamada “normalidad”, para revelarnos elementos que, igual llega a haber en nuestro propio interior.  Cuando leemos una novela, amamos sobre todos los demás a los personajes entrañables, ésos que se hermanan con  nosotros, con quienes compartimos defectos, tropiezos y desatinos.  Por su parte, los del género telenovela comercial, guapos, ricos y talentosos, no despiertan en nosotros esa empatía. Si repasamos desde los personajes de un Lazarillo de Tormes o las Novelas Ejemplares de Cervantes, disfrutamos más las travesuras y la picardía de ésos que nos atrapan y nos llevan a pensar que, a pesar de esa falta de cualidades por las que se distinguen, son capaces de emprender actos trascendentales. Recién terminé la obra de Guillermo Fadanelli, ganadora del Premio Grijalbo 2012: Mis mujeres muertas.  Narra la historia de tres hermanos: un médico, un abogado y un “bueno para nada”.  Conforme se avanza en su lectura, este último personaje se vuelve entrañable.  A la muerte de la madre, sus hermanos de buena posición económica le encomiendan una única misión: mandar hacer y colocar la lápida en la tumba materna.  A lo largo de la obra vamos descubriendo los motivos que no le permiten cumplir con su cometido único.  Ubicados en tiempo presente conocemos la historia de Domingo, el personaje en cuestión, con el cual terminamos por simpatizar y solidarizarnos.  Regresando a la charla de Lola Ancira: Me parece de lo más acertado el nombre del libro. Antes de la locura y detrás de ella, en cada enfermo hay sombras que no terminan nunca por revelarse del todo.  Hay historias de patología familiar  y de maltrato; de genialidad que no es apoyada ni promovida por el círculo cercano al enfermo.  Hay sombras oscuras detrás de la forma como muchas veces son “tratados” o retirados de la vía pública. Como desechos sépticos de los que nadie quiere hablar para no contaminarse. Una persona con alteración en sus facultades mentales  la identificamos por su aspecto, su mirada, tal vez sus expresiones guturales cuando busca comunicarse. La señalamos por su vestimenta y en particular por su olor corporal.  Luce descuidada y actúa de modos poco o nada compatibles con lo aceptable, como si viviera en un mundo paralelo, donde importan poco los juicios que el entorno haga sobre su persona. A ratos pienso que es una forma de libertad que el resto de nosotros, sujetos a los cánones sociales, no seríamos capaces de experimentar.  Hasta donde sé, la colección fotográfica más completa que circula fue integrada por Porfirio Díaz y alojada en el INAH; sin embargo, hay otros álbumes que han venido a complementar al primero. En alguna visita al Museo Amparo en la ciudad de Puebla tuve oportunidad de ver una exposición temporal de la fotógrafa húngara nacionalizada mexicana Kati Horna, que despliega en su trabajo las muchas caras del manicomio en cuestión.  El complejo arquitectónico se inauguró en 1910, en los albores de la psiquiatría mundial. En sus inicios fue atendido por 15 médicos generales deseosos de especializarse en psiquiatría, y fue sólo durante una etapa  cuando contaron con un asesor de la especialidad, un francés de nombre Jean Étienne Esquirol. El sistema de internamiento puso a convivir a pacientes mentales con delincuentes no psiquiátricos y personas en situación de calle, entre ellos muchos niños pequeños abandonados.  Lo heterogéneo de la población en dicho centro psiquiátrico, aunado a la sobrepoblación de sus instalaciones y la escasez de víveres, devino en caos. La exclusión social es el concepto detrás de estos sistemas, que inician con los leprosarios referidos en la Biblia, según señala de manera acertada Lola Ancira.  Es una forma de no tener próximos a los contaminados, tanto por razón de imagen urbana, como por liberación de culpas ciudadanas.  Pasa el tiempo y avanzan las concepciones que se desarrollan con el fin de evitar que la sociedad “sana” se tope con estos personajes.  Acotación mía: La verdad es que todos los humanos poseemos, en alguna proporción, elementos de locura y suciedad mental.  El sistema social se empeña en que lo olvidemos. 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