Las palabras borradas

A veces pienso en todas las palabras perdidas, eliminadas, ya sea en un texto o al hablar, y que marcan… A veces pienso en todas las palabras perdidas, eliminadas, ya sea en un texto o al hablar,...

6 de julio, 2016
RHT
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A veces pienso en todas las palabras perdidas, eliminadas, ya sea en un texto o al hablar, y que marcan…

A veces pienso en todas las palabras perdidas, eliminadas, ya sea en un texto o al hablar, y que marcan –cambian– de cierta manera nuestro rumbo; es decir, la censura aparece y es cuando me pregunto, ¿cuánto en realidad nos callamos? ¿Es importante lo callado?

Las palabras tienen una necesidad innata por ser identificadas, por ser dichas, hay algo erótico en ese sentido, pues tal vez, al hablar, al decir una palabra, esta siente una caricia que le produce la excitación de su sentido: el momento en el que se presenta y se define.

Un acto egocéntrico a final de cuentas por parte de la palabra, al verse plasmada en una superficie determinada o al momento de ser recibida por ese otro que la guardará, en su caso, para sí mismo.

Jacques Derrida (aquel filósofo argelino que pensó la deconstrucción) tuvo un tema central, una preocupación en su vida: la escritura, y a ésta la definió como “finita” porque “cuando existe la inscripción, hay necesariamente una selección y, en consecuencia, una borradura, una censura, una exclusión”.

Continuó: “La escritura será selectiva y finita, marcada por la exclusión, por el silencio, por lo no dicho (…)”. Lo excluido es de lo que me presto ahora, todo lo no dicho, lo censurado, lo que estuvo a punto de ser expulsado, el aborto provocado por asuntos que le competen únicamente al emisor.




Todas esas palabras que terminaron por ser eliminadas, debido a su no pertenencia en tal o cual tema o porque eran demasiado osadas o por intolerantes o porque sólo funcionaron en determinadas épocas.

Palabras que no tuvieron la fortuna de ser recibidas por el otro, aquél que terminaría erotizándola (y en este sentido, erotizar, más allá de la superficialidad de la caricia, es entenderla, digerirla y utilizarla. A las palabras les gusta ser utilizadas. El abandono, para ellas,  debe ser como experimentar un accidente y sus consecuencias trágicas que derivan en la discapacidad; es decir, todo ello desemboca en lo vegetativo, en un mirar siempre a la pared vacía, vacía de ese que la mira, de esa palabra destinada al olvido).

Y de tanto olvidar palabras, de tanto censurarlas se crea otro universo, el de las perdidas, las que ya no dicen, las que se hicieron a un lado por la corrección política o por la moral en turno que siempre tiraniza a los que pueden utilizarlas: el ser humano.

¿Qué discursos existirán en ese otro universo de palabras? ¿Cuánta historia que necesitamos ahora conocer, está releyéndose en sí misma, en el silencio?

Esa borradura de la que habla Derrida es una cicatriz que no termina por irse del todo, permanece a manera de recordatorio, de que algo salió de esa herida que ahora ya ha cerrado (¿Cuántos de nosotros podremos abrir las heridas que en un momento decidimos cerrar?).

¿Cuánto, todavía, habita en nuestros silencios?

Habrá, por supuesto, palabras que no deban ser resucitadas, o mejor, palabras que encadenadas formen sentencias que ya no corresponden a este mundo, porque han sido superadas, porque se desmenuzaron en su momento, de tal forma que no valdría la pena traerlas al día de hoy.

Pero, ¿las otras?, ¿las que se hacen necesarias para estos tiempos? ¿Las palabras que han sido calladas por intereses individuales o colectivos? ¿Qué hacer para recuperarlas?

Pensar en nosotros, en una mejora de vida, en nuestra satisfacción profesional y personal, es pensar, de igual forma, en esas palabras que hemos petrificado. En todas ellas a las que hemos condenado al olvido, porque en suma son muy ruidosas, y dicen tanto que pueden llegar a ser transformadoras, sacudidoras de un sistema que las prefiere aturdidas o incluso, muertas.

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