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La música de mi vida

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24 de julio, 2015
musica

Cada persona es el reflejo de la música que escucha. John Lennon

Cada persona es el reflejo de la música que escucha.
John Lennon

Organizaba la música en mi computadora (soy un tanto obsesivo con eso) y no pude evitar la desvelada, escuchaba una y otra canción recordando diferentes etapas de mi vida.

Últimamente me han preguntado cosas como “¿Con qué canción te acuerdas de tal persona? ¿Qué canción le dedicarías a X? ¿Cuál es la mejor rola para “echar pasión”?”. Voy a decir lo que he contestado: No asocio las canciones a situaciones o personas en específico, no pienso en la música como algo para dedicar o para un momento en particular, al menos no si me lo preguntan así de sopetón.

No piensen mal, no es que la música no me transmita nada, por el contrario soy un amante empedernido, no concibo mi vida sin ella. No estoy seguro de poderme incluir en el concepto de malómano, aunque por definición es el amor desordenado a la música, cosa con la que cumplo, tengo una memoria tan mala que no es capaz de recordar datos o fechas específicas ni de mis grupos favoritos, vaya, ni los nombres de las canciones.

Como en la de todos, la música es de gran relevancia en mi vida. Lo hemos escuchado una y otra vez, forma parte del soudtrack  de mi vida entera y espero siga siendo de esta manera. No puedo dejar de pensar en mi infancia temprana siendo atormentada (como la de miles de niños durante al menos tres generaciones) por las tétricas y racistas canciones de Cri-cri, estoy seguro que quien lo haya alentado a componer era un infanticida. Afortunadamente esa etapa pasó rápido y dio pie a una mucho mejor. Habré tenido unos seis o siete años, vivíamos en un departamento ya de por sí lleno de nostalgia que por las noches se inundaba de un ambiente muy particular y difícil de olvidar por el protagonismo de dos canciones en especial: “Hey” (berreada) cantada por Julio Iglesias (del álbum Hey de 1980 y de la que por cierto muchos años después hiciera un gran cover la Gusana Ciega) y muy especialmente “Perhaps love”, una canción de John Denver cantada a dueto con el gran Plácido Domingo en el disco homónimo del español (Perhaps love, 1981). No puedo separar mis recuerdos de los últimos años en ese departamento de estas canciones, me da un no sé qué, y no tanto por las letras (la de John Denver es increíble y la conservo en mi colección), sino por el sentimiento de nostalgia y las vagas memorias de aquellos tiempos.




Avanzamos en el tiempo, ya no vivo en el pequeño departamento, ahora estamos en una enorme y, debo decirlo, hermosísima casa en la que viviré durante veintitrés años, sin duda los mejores de mi vida. Por supuesto mi papá trae consigo aquellos discos, pero ya no recuerdo haberlos escuchado. Son nuevos tiempos, nueva historia y, para mí, nueva música (para mí). A la pregunta de una amiga de porqué amo tanto la música y cómo es que ubico tantas cosas (puedo y le hago la misma pregunta ya que ella es varios años menor y es una verdadera rockola) siempre había contestado que no lo sé; hoy, escribiendo esto caigo en cuenta de que el culpable es y será siempre mi padre. Decía yo que había para mí nueva música. Todas las noches, una vez hechas tareas, bañados y cenados, mi hermano y yo nos disponíamos a dormir, pero esto no podía pasar sin algún musical acompañamiento de fondo. Cómo dormíamos no lo sé, y cómo es que no me gusta baliar tampoco, el disco que sonó una y otra vez era Rockin Rebels (1960) de los Rebeldes del Rock. Sin lugar a dudas una de las voces más inconfundibles del rock and roll mexicano es la de Johnie Laboriel y con ella sonaban en este disco canciones como “La hiedra venenosa”, “Danny boy”, “Rock del Angelito”, “Melodía de amor”, “Siluetas” y “La bamba”. Descubrí en ese disco el poder de la música, la importancia de una guitarra y sus requintos, entendí que la música, además de amor, desamor y nostalgia (y aún en ellos) tenía otra cara, una muy diferente (no mejor, diferente) ¿Cómo no iba a hacerme un fanático del género, cómo no seguir la obvia evolución al rock en español? No estoy diciendo ni que los Rebeldes fueran el mejor de los grupos, ni que sus interpretaciones musicales fueran complejas, tenía tal vez ocho o nueve años, fueron mi primer acercamiento al rock and roll y gracias a ellos y con los años comencé a descubrir a otros grupos como los Teen Tops, Lo locos del Ritmo, Los Blue Caps o Los Rocking Devils y por supuesto, a los grandes grupos del rock and roll en inglés, pero para ello tuve que recorrer un buen camino.

Estos fueron mis primeros e involuntarios acercamientos a la música, parte de lo que ha marcado mi amor y pasión por ella sin importar su época. La música es mágica, nos acompaña a vivir, nos marca, nos da alegrías y tristezas, nos transporta a lugares y tiempos que creíamos olvidados. Hoy encontré esta joya en mi computadora que me hizo recordar tiempos pasados y la quise compartir:

Ya hablaré de otras etapas musicales más adelante.

Voy vengo.

Comentarios
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Para convertirnos en adultos debemos matar lo poco que del niño nos deja los dramáticos años de la adolescencia; si somos afortunados despedimos con honores al niño que fuimos, con gratitud inmensa y afinando todo aquello que fue ingrato, maduramos así, en la dulce nostalgia de un mundo que se fue y no volverá. Pero el juego persiste. Jugar es, pues, cosa seria; fortalece y anima, es opiáceo y también revitalizante, compromete lo mejor de cada uno porque implica una naturaleza desinteresada; es fascinante porque es aleccionador y, al mismo tiempo divertido; nos anula en el mundo que construye, pero nos hace mejores en el cerrado universo de sus reglas sin consecuencias; podemos seguir viviendo y manteniendo la cordura gracias al juego porque irrumpe en el espanto y en el drama de la vida suspendiendo el tiempo en tanto dura su ejercicio. Además de la limpieza y maestría de su ejecución, las letras de Julio Cortázar son inmensas porque son, fundamentalmente, un juego. Para muchos lectores el primer encuentro con Julio (lo llamo así, con el cariño y la intimidad con que se puede tratar a un amigo que nos ha acompañado desde los 16 años) es un antes y un después; no es mi caso y no porque no fuera el primer autor que leí, ni siquiera el primero que despertara mi admiración o mi pasión por su obra, sino porque con Alfonso Reyes, a quien descubrí al mismo tiempo, me reveló el gigantesco poder de las palabras para hacer más plena y más intensa la vida y se convirtió en santo y seña de mi mundo de obsesiones, goces, placeres y equívocos anhelos. Fue en 1986 cuando abrí por primera vez la primera página de Bestiario, en la sencilla edición de Nueva Imagen que compré con el dinero que me dio mi madre, en la vieja librería del Parque que ya no existe, como mi infancia, pero que dejó su huella cerca de la fuente de los espejos de Polanco. Si Julio no fue el primer autor que leí, sí puedo afirmar con certeza que fue el primero que releí y lo hice en el mismo instante que leí lo primero de sus gigantesco Bestiario, pues “Casa Tomada” la leí tres veces seguidas, la segunda para salir del pasmo y la tercera por puro gusto. Así, la suerte estaba echada y unos días después andaba con Glenda del brazo, el juego infinito había comenzado y aún continúa. Cuando un par de años después leí por primera vez Rayuela, la lectura no volvió a ser para mí nunca lo mismo; de ahí y hasta nuestros días leer sería un placer absoluto o no sería nada. En ese año brutal de mis dieciséis, apenas unos meses después del terremoto de la Ciudad de México, había saltado de Verne, Gibrán y Salgari a la literatura de verdad, no a la de los manuales que determinaban la letras casi infantiles, sino la que uno se fabrica solo en los anaqueles de la librerías. 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