Instituciones débiles: caldos de cultivo para los (neo)populistas

A lo largo del siglo XX vimos cómo la región de América Latina se vio envuelta en diversos golpes de Estado, dictaduras militares, gobiernos sustituidos… A lo largo del siglo XX vimos cómo la región de América...

18 de abril, 2016
RHT
dilma

A lo largo del siglo XX vimos cómo la región de América Latina se vio envuelta en diversos golpes de Estado, dictaduras militares, gobiernos sustituidos…

A lo largo del siglo XX vimos cómo la región de América Latina se vio envuelta en diversos golpes de Estado, dictaduras militares, gobiernos sustituidos sin acabar el mandato, el levantamiento de grupos guerrilleros y otros sucesos que quedaron marcados en la historia como un recordatorio de la inestabilidad política de la región.

En una era marcada de igual forma por el fin de la Segunda Guerra Mundial, el inicio y las tensiones de la Guerra Fría, el gobierno de Estados Unidos trató de mantener alejado del continente a los comunistas soviéticos a través de diversas estrategias como lo fue la creación de la Organización de Estados Americanos, préstamos condicionados por el Banco Interamericano de Desarrollo, Banco Mundial o Fondo Monetario Internacional, imposición de dictadores afines a los intereses estadunidenses, y otras tácticas más elaboradas como operaciones encubiertas, invasiones disfrazadas y espionaje de altos funcionarios.

Tras una larga tensión en la región, poco a poco a finales del siglo XX, empezamos a ver una cierta estabilidad política, en donde los golpes de Estado fueron los menos. La región comenzaba a consolidarse y las instituciones democráticas a fortalecerse. América Latina, decían, había alcanzado su mayoría de edad en este tema.

Sin embargo, al inicio del siglo XXI, comenzamos a ver un resurgimiento de gobiernos con una izquierda muy marcada, mecanismos de control un poco heterodoxos, y el debilitamiento de las instituciones de nueva cuenta. Dictaduras disfrazadas, y reelecciones alcanzadas a través de métodos cuestionables y cuestionados, innumerables cambios a modo hechos a la constitución apoyados en promesas populistas y altos precios del petróleo que podían financiar esos sueños.

Sin embargo, el problema para estos países siempre fue la debilidad de las instituciones democráticas. Y en cierta medida, para Brasil también lo fue.




Después de años de prosperidad bajo los mandatos de Lula, una boyante economía gracias a la demanda de commodities de China, estabilidad en su sistema y desarrollo y prosperidad para la clase media, comenzamos a ver las secuelas de un sistema insostenible y una rampante corrupción en las altas esferas de su clase política.

Ante promesas del resurgimiento del Brasil (recordemos el mundial de fútbol y las olimpiadas todavía a llevarse a cabo en este año), los escándalos de desvíos de fondos y corrupción de muchos funcionarios del actual gobierno así como de los funcionarios pasados o presentes de Petrobras, en donde además ha salido implicado el expresidente Lula, salpicaron el crecimiento y promesa de resurgimiento del país.

Aunado a ello, tenemos el desafío que hizo su presidenta Dilma de nombrar como ministro de gabinete al expresidente Lula, lo que hizo enfurecer a gran parte de la población, en donde además de las críticas que surgieron por el mundial de futbol y los juegos olímpicos, hace un par de semanas la población se manifestó en las calles como pocas veces se ha visto en Brasil, para que Dilma presentara su renuncia tras el nombramiento de Lula – que a final de cuentas no ha podido ratificarse.

Lo ocurrido ayer, ya es por todos conocido. Los diputados votaron por una mayoría aplastante seguir con el proceso para el “juicio político” a Rousseff, quien ahora tendrá que esperar su suerte frente a lo que vote el Senado, y si bien es cierto que a la Presidenta de Brasil no se le han demostrado actos de corrupción, hasta ahora, también es cierto que los escándalos de su administración han creado un gran descontento en la población de dicho país.

Los mandatarios de todos los países del mundo están bajo la lupa y frente a mayor escrutinio por parte de sus ciudadanos. Y como lo he mencionado en otros espacios, el surgimiento de redes sociales y acceso a la información como nunca antes se había visto en la historia, han creado un nuevo mecanismo de control al cual los gobernantes no han sabido adaptarse.

Siempre será reconocida a la sociedad civil organizada para que los mandatarios estén actuando para la responsabilidad a la que fueron elegidos. Esperemos que estos movimientos, no sean aprovechados por (neo)populistas de derecha o izquierda, que aprovechando el descontento de la ciudadanía, lleven a las democracias a debilitarse como lo ocurrido en el siglo pasado.

Debemos aprender de la historia para no repetirla, y sobre todo, para seguir avanzando en ese progreso de la humanidad al que tanto aspiramos muchos de nosotros.

Lo más importante, siempre, será fortalecer las instituciones pues hasta que no alcancen esa fortaleza, los vaivenes de los sentimientos de la población y los populistas, harán retroceder los avances de la democracia.

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