En las tierras del Tunuyán

“El manzano de Tunuyán, ubicado en la Provincia de Mendoza en la República Argentina, al pie de la Cordillera de Los Andes, es un Monumento… “El manzano de Tunuyán, ubicado en la Provincia de Mendoza en la...

17 de enero, 2017
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“El manzano de Tunuyán, ubicado en la Provincia de Mendoza en la República Argentina, al pie de la Cordillera de Los Andes, es un Monumento…

“El manzano de Tunuyán, ubicado en la Provincia de Mendoza en la República Argentina, al pie de la Cordillera de Los Andes,  es un Monumento Histórico que recuerda el regreso del Gral. José de San Martín luego de su campaña libertadora de Chile y Perú, hecho acaecido hacia finales de enero de 1823”

Juan Bautista nació en las tierras del Tunuyán. Ese valle mendocino que parece encantado. Sus fértiles suelos están enmarcados por las rocas yermas y abruptas de la Cordillera de los Andes y visitadas ocasionalmente por el cóndor que anuncia las grandes nevadas de los inviernos gélidos.

Su cuna fue un mantón en el pequeño rancho de adobe en el que sus padres fundaron la numerosa familia. Séptimo y último hijo y único varón fue el ladero de su padre en las faenas de la tierra. Preparó la huerta. Cultivó manzanos, recogió sus frutos y salió a venderlos a los poblados cercanos. Colaboró en la fabricación del vino patero a partir del jugo de las uvas recolectadas en sus pequeños viñedos, pisadas artesanalmente en las grandes tinajas de la familia. Junto a su madre, conoció las delicias de amasar el pan para ser cocinado en los hornos de barro, que ya por aquel entonces hacían las delicias del humilde hogar y servían para obtener algunos reales con la venta en el pueblo. Con enormes tinas, iba diariamente a buscar las aguas de deshielo, cristalinas, del arroyo montañés, reconocidas por su pureza y sus agregados naturales de minerales para ser bebidas.

Con su piel cetrina y su mirada negra, su físico fuerte y su sonrisa cálida, pronto enamoró a Azucena, la hija mayor de los puesteros de al lado.

La ranchada fue una alegría el día del casamiento. Con la bailanta de la cueca y la zamba, los festejos duraron hasta los primeros albores.




La vida era deliciosa.

Corría el año 1818. Las huestes de San Martín triunfaron, el 4 de abril, en Maipo y aseguraron la libertad de Chile. Mendoza se vistió de fiesta y las celebraciones recorrieron todos los rincones. Juan Bautista y Azucena, con su reciente embarazo, participaron alegres y con sus mejores galas en la celebración.

Pronto corrió la voz que el Gran Capitán, el reconocido José de San Martín, estaba obsesionado con su proyecto sobre el Perú, en la seguridad de que era esa expedición que su genio elaboraba, la única manera de asegurar la libertad de su Argentina y de América toda.

Consiguió el dinero desde el gobierno de Buenos Aires, pero necesitaba afianzar su tropa. Tres de sus subordinados inmediatos empezaron a recorrer las comarcas, los poblados, los ranchos, de toda Mendoza y sus aledaños. Con presencia y grandes artilugios, hablando de las bondades de la lucha patriótica, muchos mozalbetes se le unieron. Juan entre ellos.

    -Ten cuidado, hijo. La chacra te necesita –fue la orden de su padre.

    -Protégete, cuídate. Quiero volver a verte –expresó el llanto lastimero de su madre.

    -Tu hijo y yo te esperaremos… -susurró Azucena.

Con los ojos llenos de lágrimas y el pecho encendido de orgullo, acarició la panza prominente de su Azucena y los cabellos plateados de sus padres y partió junto a los granaderos uniformados de azul para la gran hazaña final.

Las noticias eran escasas pero alentadoras. Finalmente se supo que el Ejército entró triunfante en Lima y todo en la tierra del Tunuyán y Mendoza fue algarabía.

Corren rumores que desde Chile, el Ejército regresa. Que triunfantes, con los objetivos logrados, oficiales, suboficiales y soldados vuelven a cruzar la Cordillera Andina por el Paso del Portillo, uno de esos abruptos pasos descubiertos por el genio sanmartiniano. Mendoza y la Patria toda se preparan para recibirlos. Las noticias se adelantan y se sabe que se encontrarán todas las filas en un paraje al pie de la alta montaña conocido como El Manzano de Tunuyán.

Azucena carga en sus brazos a su pequeña Mariquita de cinco años y espera junto a todo el pueblo a su héroe, su hombre, su luz, su destino.

Lo busca inútilmente entre las huestes que llegan raídas. Un coronel menciona a su Juan Bautista como a tantos otros. Sin honores ni pompas, sólo un nombre en una lista. Siente que se desploma, que un dolor la lacera, que sólo el cóndor y la roca andina, a partir de ese momento, serán su sostén, su compañía.

El Manzano de Tunuyán, desde ese día, tiene su tierra regada de amantes y solitarias lágrimas y una placa escrita con filigranas amalgamadas de entregas, sacrificios y ausencias.

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