Es importante, con respecto a la literatura, aclarar dos ideas que a mi parecer confunde más que ayudan al propio libro…
Es importante, con respecto a la literatura, aclarar dos ideas que a mi parecer confunde más que ayudan al propio libro, a la actividad de fomento a la lectura, me refiero a los slogans “lee 20 minutos al día” y “diviértete leyendo”.
Sí, dentro de la literatura está la opción de divertirse en determinado momento; hay autores con los que te puedes divertir de cierta forma leyéndolos, pienso en Bukowski; sin embargo, enfatizar en el hecho de que leyendo te divertirás, no solo no se logra conectar con la gente sino que se le ahuyenta.
Con “Diviértete leyendo” se reduce a la literatura a pasatiempo; es decir, con este eslogan se apela a lo superficial, a lo efímero, a lo sustituible, y se deja a la lectura en desventaja con respecto a lo comestible como lo puede ser un parque de diversiones o el propio cine que, por lo demás, los sabemos espacios donde la experiencia nos dice que sí nos divertiremos.
El sistema educativo en México se empeña en alejarnos de los libros. No hay una labor concienzuda por parte de los profesores para invitarte a leer, porque muchas veces ni ellos saben para qué sirve un libro, más allá del propio rol académico.
Todos nosotros entendemos que el libro no solo no es divertido, sino que nos aburre y nos obliga a estudiarlos más que a disfrutarlos (porque evidentemente son libros escolares, no literatura en sí).
Aquello lo tenemos guardado en nuestro cerebro. Sabemos que con el libro no nos divertiremos, lo hemos experimentado en carne propia durante nuestra etapa escolar.
Así, cuando a la gente se le da el mensaje de “diviértete leyendo”, intuimos que nos mienten, porque ya tenemos la experiencia de que esa afirmación es errónea.
Pero no es sólo eso, sino que tal “diversión” viene con sus limitantes y obligaciones.
¿No es cuando se nos limita que dejamos de disfrutar aquello que estamos haciendo? La limitación termina con el divertimento.
“Lee 20 minutos al día” es una idea nacida de la obligación, del tener que, y sabemos que los libros que nos hacían leer en la escuela, eran obligatorios, y que en ellos, no había diversión alguna: el mensaje que se está dando juega un doble contrasentido con la verdadera función que debería realizar tal iniciativa: la de hacer que la gente lea.
Ahora, el tema fundamental con relación al hecho de generar más lectores, de acercar a la gente a la literatura, empieza con la pregunta: ¿para qué sirve, ya no el libro, sino la literatura en sí (que es a lo que se refieren con estas campañas)?
Uno de los autores franceses vivos más importantes en la actualidad: Michel Houellebecq, en su reciente obra Sumisión, nos dice que “la literatura, al igual que la música, puede determinar un cambio radical, una conmoción, una tristeza o un éxtasis de absolutos; igual que la pintura, la literatura puede generar asombro, una nueva mirada ante el mundo”.
La literatura como parteaguas, como posibilidad de cambio, como contrargumento y cuestionamiento; literatura como base fundamental para la creación de nuevas ideas, como función crítica de cara a los problemas que nos aquejan.
Vuelvo a Houellebecq: “solo la literatura puede proporcionar esa sensación de contacto con otra mente humana, con la integralidad de esa mente, con sus debilidades y sus grandezas”.
La literatura como diálogo con las ideas de otros, como acercamiento a nuevos puntos de vista, a enfoques diferentes sobre un mismo concepto, y ahí, la apertura.
Sigue Houellebecq: “solo la literatura puede entrar en contacto con el espíritu de un muerto, de manera más directa, más completa y más profunda, que lo haría la conversación con un amigo, pues por profunda, por duradera que sea una amistad, uno no se entrega a una conversación tan completamente como lo hace frente a una hoja en blanco, dirigiéndose a un destinatario desconocido”.
La literatura es la ventana por donde nos asomamos para ver todo lo que se nos pierde entre los muchísimos días, entre el sinnúmero de elementos que significan la vida diaria.
Leer es entonces una experiencia de libertad que se continúa con los años por el simple hecho de querer (no deber) saber.
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