¿Qué me regalaron los Tres Reyes Magos?

-Elementos reales impulsan un relato reflexivo-

2 de enero, 2018

Camino las calles de mi ciudad. Aún persisten los brillos, los colores, las luces de la Navidad y el Año Nuevo. Los regalos, los deseos de felicidad, los arbolitos. Todo impregnado de esa magia europea y nórdica, con nieve y grandes abrigos, que no se identifica con nuestros intensos calores de diciembre en el sur de la América. Pero nosotros, con las costumbres de nuestros abuelos y la idiosincrasia que las tradiciones de los lejanos lugares de nuestros inmigrantes nos trajeron, tenemos tatuadas en la piel, como propias, esas extrañas imágenes.

Es dos de enero. Debo comprar los regalos para mis nietos. En sus zapatitos el Día de Reyes esperarán el milagro del juguete. Empiezo a mirar vidrieras. Desde algunas esas viejas imágenes de los Reyes Magos que llegaron al pesebre de Belén me inspiran, me transportan. Dejo de ser abuela y vuelvo a ser niña.

En una sucesión de potentes imágenes me veo con mis cinco años en la amplia cuna al lado de mi padre haciendo el mano – mano para sentirme segura. Del otro lado, junto a mi madre, el coche alto de enormes ruedas y azul tapizado donde duerme mi hermano pequeño. Preparamos para dejar en la ventana un poco de pasto en un plato y un poco de agua en un vaso para que beban los camellos, cansados de su largo viaje hasta mi hogar. A los pies de la cuna, mis primorosos zapatos blancos esperan el regalo.

Por las calles céntricas de la pequeña ciudad, ya había participado de la caravana de los reyes, con sus trajes brillantes y alforjas llenas de juguetes. Pero no montaban camellos, sino los caballos que yo solía ver en las chacras cercanas. Creo que esa fue mi primera magia rota. ¿Por qué no había camellos?

Entorno los ojos y vuelvo a sentir esa mezcla de asombro, alegría y sorpresa por los hermosos regalos: un vestido blanco de organza pintado con flores de vivos colores, las mellis: pequeñas muñecas mellizas una blanca y una negra que fueron mi larga fascinación y el bebote que era mi gran sueño, hecho de una finita goma rellena de algodón que le daba el aspecto y la textura de un verdadero bebé. Lo abracé con ternura. Iba a concentrar en él ese mandato familiar para las niñas de prepararnos para ser una maravillosa mamá.

Y es precisamente en la fuerza de estas imágenes donde siento fisuras. Como si un sacudón desacomodara mi corazón y mi cerebro, mi pensamiento mágico y mi pensamiento racional. Creo que fue en ese preciso momento que percibí que los Tres Reyes Magos eran una fantasía y que detrás de esas repetidas ceremonias estaba la figura de mis padres. No sé por qué siento que en ese momento dejé de ser nena. Siempre que me aparece esa imagen del vestido colgado y los tres muñecos me aparece simultáneamente la sensación de una ruptura, un cambio total, un avasallamiento de mi inocencia por una realidad.




¿Será por eso que a los pocos días quise dejar el dormitorio paterno? Recuerdo que con el alma estrujada y calmando un miedo que me quería ahogar, me quise a dormir sola, con mis muñecos, a la pieza que iba a ser mía por largos años. Tuve que sortear los celos de dejar a mi hermanito con mis padres e irme sola a un lugar demasiado grande para mí.

Creo que ese vestido tan lindo colgado en una ventana y esos reyes montados en caballos me cambiaron para siempre mi visión de las fantasías.

Hoy como abuela sigo potenciando la magia de Melchor, Gaspar y Baltasar en mis pequeños nietos mientras me preparo para contenerlos en sus inevitables crecimientos. Y al mismo tiempo, en el oro, el incienso y la mirra vuelco mis deseos siempre renovados de un mundo mejor.

Haciendo un rezo de mis versos…

“Noche de Reyes”

Noche de magia y de niñez

de regalos y de cristal

de fantasías y de sueños

de estrellas brillantes

de esperar.

 

Noche de tres nombres:

Melchor, Gaspar y Baltasar

que llevan la llave de las sonrisas

y la felicidad.

 

Noche de deseos…

radiantes abrasadores ocultos

escondidos

fulgurantes ardientes explicitados

descontrolados

 

Noche de Reyes…

La mía la tuya

la universal

la de la mirra el oro el incienso

la de los zapatitos y la ansiedad.

 

Noche de Reyes…

Junto al pastito déjame nomás

que mi alma frágil

vuelva a vibrar.

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enero 1, 1970

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