Magia

Pequeña historia narrada por tres protagonistas, inspirada en un vuelo Québec – Ottawa.

18 de julio, 2017

Pequeña historia narrada por tres protagonistas, inspirada en un vuelo Québec – Ottawa.
Vuelvo a rescatar en palabras y a fusionar en historias, imágenes de esa tierra que hoy cobija a mi nieta bebé.

Observaba el paisaje, parecía que lo podía tocar. El río Saint Laurent, entre meandros y rocas, avanzaba cristalino y pintado apenas de plata. Alrededor se sucedían pequeños conglomerados de casas con sus calles delineadas, sus techos a dos aguas y sus enormes espacios verdes, piedras yermas ahuecadas por las fuerzas de las intensas nevadas donde relucían aguas que reflejaban los cielos, bosques de pinos, alerces, arces, verdes, muy verdes y coposos como para poder resistir los fríos intensos del invierno. Era julio, una explosión de calor y color.

La belleza que veía por la pequeña ventana del avión, me hizo olvidar los momentos vividos. La despedida de mi hijo en el aeropuerto de Québec, el pánico del despegue en este avión tan pequeño de apenas cuarenta plazas de Jazz Air Canadá, el ruido de sus motores, los movimientos en su vuelo. Esa escalerilla con la que lo abordé llevando mi equipaje: una sola valija y mucha soledad. Pensé en las ansias de llegar a Ottawa para participar del Congreso para el que tanto me había preparado.

    -¿Cómo en Canadá existen aviones tan precarios?- me pregunté mientras contradictoriamente agradecía ese viaje que me permitía ver desde el aire tanta belleza. Tuve frío, la refrigeración estaba fuerte, me tapé con la frazada y me sumergí en las bellezas distantes. El mundo iba desapareciendo a mi alrededor, sólo quedaban los rayos del sol en el ala del avión que se inclinaba en distintas volteretas y en ese paisaje teñido de colores y de geografía. En mi ensimismamiento, percibí una mirada muy intensa y la busqué con mi propia mirada. ¿Se habrá posado el cielo en sus ojos? pensé mientras sentía una particular atracción.

    -Juan Alfredo- se presentó con un susurro.

    -María Emilia- le contesté acariciante.

La magia del paisaje allá abajo se transformó en magia en nuestras miradas y, como si nos hubiésemos conocido desde siempre, o como si nos enredase irremediablemente el hilo rojo del destino, nuestra conversación fue fluida, íntima, confidente. Tal vez nuestras soledades, o insatisfacciones, o vacíos de una nada infinita, nos unieron. El viaje de una hora, me pareció un instante.

Al bajar, miramos nuestros atachés con el logo del Congreso. Nos sonreímos, era una coincidencia, casi una promesa.

Después de la primera cena compartida con los congresistas y una excursión nocturna por la ciudad de Ottawa, nos encontramos a solas en el bar. Llevábamos en nuestras miradas todo el embeleso que el casco histórico – institucional, con sus majestuosos edificios de piedra, nos había provocado. Creo que teníamos encendido un sortilegio provocado por tan particular city, sede del gobierno canadiense, por sus avenidas y sus plazas, por sus arboledas y luminarias.  Nuevamente nuestras miradas fueron el embeleso que hizo que nuestras manos se buscaran, nuestros dedos se entrelazaran, nuestros suspiros se entrecortaran. Yo sentí escarabajos en mi sangre y me pareció percibir hormigas en sus torrentes. Nuestras ansias apenas si se contenían. Creo que nos besamos con la yema de los dedos, con los párpados, con los silencios, con las palabras. Pero las canas en nuestros cabellos fueron una barrera que no nos permitió avanzar.

Terminado el whisky, mientras jugaba con mis dedos en los trozos de hielo del vaso como si me enredara en la plata de su cabello, le dije “hasta mañana”. No sé si me contestó, presentí que esperaba otra cosa. Yo no estaba preparada.

En la soledad de la habitación, me observé frente al espejo. ¿Aún era posible un momento de pasión, un amor? Tenía casi cincuenta años, una vida finalizada con la separación, hijos casados, tal vez pronto un nieto. Volví a mirarme. Todavía aleteos de mariposas excitaban mi piel. Corrí las cortinas, un haz de luna se extendió en mi cama. Me acosté. Vestida con la luz de la luna y una sonrisa, me dormí.

La veo en el bar al lado de la piscina. ¡Qué atractiva mujer! Su cabello recogido al descuido y su salida de baño apenas cruzada dejan descubierto su largo delgado cuello que me incita a besarla. Su mirada lánguida me provoca mutarla a espasmos de placer. Percibo su piel de seda que me llama, me desafía, quiero fundirme en ella.

Corto una flor silvestre y se la engancho en el pelo. Se ilumina.

    -Hola, María Emilia, te invito a una copa a mi habitación – su sonrisa y su mirada son una promesa.

    -Señor, le traigo el pedido- le abro la puerta y tomo la bandeja con la botella de Don Perignon y las copas de cristal, unos bocaditos de queso y unas masitas cocadas. Mientras sirvo las dos copas, la miro, tiene la flor en la mano. Su figura recortada en los claroscuros que en el balcón forman los colores del atardecer y las primeras luces encendidas en la piscina, con su bata blanca, es un hechizo.

Las copas chispeantes chocan en un brindis, tomamos un trago. Las burbujas suspendidas en nuestros labios son diademas que nos convocan

Prendo un cigarrillo, el humo nos envuelve en la misma magia del deseo y de la pasión. Sentimos, en ese loco frenesí de dos cuerpos y dos almas que se encuentran, que el humo escribe en el aire voluptuosas inconsistencias, que uno más uno puede ser igual a uno y al mismo tiempo ser mucho más que dos.

Los vi llegar separados. En estos cinco días que duró el Congreso noté las chispas que los iluminaron,  el fuego que los dos encendieron, las sonrisas que se regalaron, el aura de colores iridiscentes que se pintaron. Los veo que abrazados realizan los trámites finales y dejan el hotel para volver a su tierra sureña. Los espera el invierno. En un rezo laico pido que lo que se despertaron no desaparezca, que ese rayo dorado que reverbera en las alas de los Jazz  y en la eterna magia del paisaje, se perpetúe en la magia de la pasión de un nuevo amor que este vuelo tan diferente, prodigioso, único, una vez más pudo provocar en dos soledades.

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