Estamos inmersos en una dinámica donde ni siquiera los hechos objetivos están por encima de las opiniones. Confundimos de forma errónea la libertad de expresión y de pensamiento con la “verdad”, lo que produce infinitas confusiones y juicios erróneos.
En sus primero tiempos Internet prometía convertirse en una herramienta donde el conocimiento fluiría en libertad, un espacio global donde cada individuo podría expresar su opinión, su manera de ver el mundo para contrastarla con la de los demás y entrar en una dialéctica comunicativa que nos llevaría a un universo de acuerdos, de síntesis virtuosas y por consiguiente, a un mundo mejor.
Con la aparición de las redes sociales, esta utopía parecía materializarse del todo, salvo que ocurrió lo opuesto: las opiniones fueron tantas, tan fragmentarias, contradictorias, desinformadas y estridentes que se consiguió una absoluta incomunicación ante la horda incontrolable de monólogos y la atomización del sentido común hasta dejar la impresión de se trata de una jungla digital que no tiene pies ni cabeza.
Tampoco ayudó la tendencia cada vez más egocéntrica y narcisista que gobierna nuestro mundo occidental y que defiende el axioma de que “Yo lo merezco todo y mi opinión, mi verdad, es tan legítima y válida, que no sólo merece ser escuchada por el simple hecho de ser mía, sino que no puede existir ninguna otra que la niegue o atempere”.
El problema es que estamos inmersos en una dinámica donde ni siquiera los hechos objetivos están por encima de “mi opinión”. Confundimos de forma errónea la libertad de expresión y pensamiento con la “verdad”. Byung-Chul Han en Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia afirma que: “Las opiniones pueden ser dispares; pero son legítimas, siempre que «respeten la verdad factual». La libertad de expresión, en cambio, degenera en falsa cuando pierde toda referencia a los hechos y a las verdades fácticas1”.
Un poco más adelante complementa: “La crisis de la verdad es siempre una crisis de la sociedad. Sin la verdad, la sociedad se desintegra internamente2”. Y cuando hablamos de “verdad” no se trata de imaginar una sentencia definitiva e inamovible que resuelva las discusiones de forma taxativa y única sino de una “verdad”, incluso cuando se manifiesta a través de una opinión personal, que no puede sostenerse de espaldas al mundo que objetivamente existe.
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1 Byung-Chul Han, Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia, Primera edición, Primera Reimpresión, México, Taurus – Penguin Random House, 2022, P. 75
2 Íbidem, P. 84
Byung-Chul Han, Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia, Primera edición, Primera Reimpresión, México, Taurus – Penguin Random House, 2022, P. 84
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