Somos mucho más que dos

Ayer fue detenido el rumano Florián Tudor mientras revisaba documentos en la Fiscalía General de la República. ¡Qué gran celeridad ha mostrado el fiscal Gertz Manero  al detener al peligroso delincuente rumano! Florián Tudor es un auténtico...

28 de mayo, 2021

Ayer fue detenido el rumano Florián Tudor mientras revisaba documentos en la Fiscalía General de la República. ¡Qué gran celeridad ha mostrado el fiscal Gertz Manero  al detener al peligroso delincuente rumano! Florián Tudor es un auténtico pez gordo con negocios turbios en Estados Unidos donde también la DEA y el FBI le tienen ganas. 

A primera vista, la detención del mafioso balcánico induciría a creer que el  experimentado fiscal se ha anotado un éxito innegable al poner bajo arresto a Tudor con una velocidad pasmosa. Ante la contundencia y velocidad con la que de pronto fue aprehendido el rumano Tudor, no puedo menos que preguntarme lo siguiente: ¿Por qué será que de pronto cayó en desgracia el mafioso rumano al que López Obrador protegió al grado de ordenarle a la Secretaría de Seguridad Pública Federal (Rosa Icela Rodríguez) que lo recibiera, escuchara y atendiera dándole trato VIP hasta con alfombra roja? ¿Le habrán convidado a Tudor unos ricos tamalitos de chipilín por encargo de Obrador?

AMLO dio también instrucciones a Santiago Nieto para que recibiera, escuchara y atendiera al paisano de la inolvidable Nadia Comanecci y  Nicolás Caecescu. ¿Será posible que Tudor haya hecho aportaciones a la causa del movimiento de renegociación nacional? ¿Tendrá “otros datos” sobre los cárteles de la droga que “no existen” en la ciudad de Sheinbaum?

Casualmente en  el procedimiento de extradición tiene que intervenir Marcelo Ebrard como encargado de participar porque así lo establece el Código Nacional de Procedimientos Penales. ¿Qué busca el gobierno de AMLO al agilizar la extradición del rumano? ¡Busca que NO RESPONDA ante la justicia mexicana! ¿Por qué podría AMLO no querer anotarse un éxito mediático al proclamar en sus mañaneras que logró lo que no pudieron la DEA ni el FBI? Porque entre más tiempo permanezca el irascible Tudor en México, puede hacer revelaciones comprometedoras  sobre sus cómplices, socios, pro4tectores, beneficiarios de sus “aportaciones” y demás información que podría afectar las aspiraciones políticas de Claudia Sheinbaum, Dolores Padierna, René Bejarano, Ricardo Monreal y demás prominentes MORENISTAS.

A Sheinbaum se le podría acusar de tolerar (cuando menos) la actuación de Tudor en la Unión Tepito, organización criminal afín a Asamblea de Barrios, Vanguardia Ciudadana, Ciudadanos en Movimiento y demás membretes de “lucha social” tras los cuales opera el gran negocio del despojo de inmuebles. Por cierto que el despojo inmobiliario sigue viento en popa en la alcaldía de Cuauhtémoc, donde Padierna aspira a regresar para fortalecerlo y diversificarlo.

Así pues, la sorpresiva detención de Florián Tudor fue rapidísima ¡PERO NO para que responda ante la justicia mexicana sino para que se vaya lo antes posible y sea olvidado como “el incidente”…

Tudor fue aprehendido precisamente para que NO SUELTE LA SOPA en México sobre sus vínculos con los miembros de la 4T que también son distinguidos integrantes de la Unión Tepito, de Vanguardia Ciudadana, de Asamblea de Barrios…

Todo lo que diga Florián Tudor podría ser usado en su contra, pero también en contra de prominentes candidatos que esperan ávidos este 6 de junio, y para los precandidatos presidenciales que esperan que AMLO no prorrogue su sexenio…

Las sospechas de encubrimiento desde el más alto nivel del gobierno federal, se confirman porque LA EXTRADICIÓN DE FLORIÁN TUDOR A RUMANIA ES ILEGAL.

Es ilegal porque de acuerdo al Derecho Penal Mexicano, primero tiene que responder por sus delitos ante un Juez Mexicano y en México.

La única razón que explica la obsequiosa disposición de AMLO para que Ebrard y Gertz Manero echen a Tudor  lo más rápidamente  y lo más lejos que se pueda, es para evitar que “la prensa fifí, amarillista, conservadora y sensacionalista” sea contactada por el rumano ardido que prefiera balconear a sus cómplices de la 4T en vez de aplicarse “Vitacilina” para el ardor.

López Obrador no ha terminado de hacer que se olvide “el incidente” de la Línea 12 del Metro, cuando ya enfrenta el riesgo de que Florián Tudor se ponga  a revelar la identidad de sus beneficiarios, el monto de sus aportaciones a las causas sociales, los nombres de sus pro4tectores, cómplices y socios, cuando estamos a poco más de una semana de las elecciones del 6 de junio.

No puedo evitar imaginarme a López Obrador amenizando  musicalmente una de sus mañaneras con la inolvidable canción-poema  hecha mundialmente famosa por la intérprete argentina Nacha Guevara titulada TE QUIERO. Imagino a AMLO conmovido mirando un video protagonizado por Padierna y Bejarano mirándose a los ojos mientras entonan las revolucionarias estrofas tomados por ambas manos:

“Si te quiero es porque sos

Mi amor, MI CÓMPLICE y todo

Y en la calle, codo a codo

Somos mucho más que dos

Somos MUCHOS más que dos…”

Lo peligroso de la última línea de esta estrofa, es que efectivamente, los cómplices son muchos más que dos, incluyendo a Florián Tudor y a los muchos servidores de la nación que “no roban, no mienten ni traicionan”…

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Harper Lee, “Matar a un ruiseñor”, Primera Edición, Estados Unidos, Harper Collins, 2015, Págs. 33. Confusión entre “perspectiva” y “punto de vista” Es fácil suponer que “punto de vista” y “perspectiva” son sinónimos, pero no lo son, cuando menos no para efectos de entender cómo construimos una verdad. Quizá un ejemplo ayude para aclarar la confusión: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. (2) La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. (3) Dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz. (4) Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; (5) y llamó Dios a la luz “día”, y a la oscuridad la llamó «noche». Y atardeció y amaneció: día primero1”. ¿Quién, y desde donde, narra el Génesis Bíblico? La posibilidad de que Dios mismo se haya sentado a escribir el relato, para luego hacérselo llegar a sus creyentes, suena bastante improbable. Suponemos entonces que estamos frente a una narración que retrata las visiones de algún profeta, que tienen lugar siglos después, cuando ya se hubiese desarrollado el lenguaje y la escritura. ¿Cómo y desde dónde podía mirar este profeta la creación de algo que aún no existía? ¿Cómo pudo ver y escuchar a Dios? ¿Cómo sabía que era Dios? ¿Por qué no lo describió? En resumen: ¿dónde estaba ubicado el observador para poder ver lo que vio y luego contárselo a sus contemporáneos? El profeta que relató el Génesis no tiene empacho, no sólo en asegurar que observó cómo Dios creó el mundo ante sus ojos, sino que es capaz de conocer también su subjetividad al dar cuenta de cómo Dios juzgó que “la luz estaba bien”.  En los relatos de ficción se utiliza con mucha frecuencia este mecanismo donde punto de vista y perspectiva se funden. El narrador omnisciente de una novela, al mismo tiempo que cuenta con total certeza desde la tercera persona lo que el personaje hace, es capaz de saber también lo que piensa y las motivaciones que lo llevaron realizar la acción narrada. Este fenómeno se rompe con el surgimiento de la posmodernidad que es capaz de distinguirlos y se observa con claridad en los medios audiovisuales, donde nosotros, como espectadores, por más que veamos actuar a un personaje desde distintos encuadres, no podamos saber lo que piensa a menos de que lo diga o sus acciones nos lo dejen saber. Es decir, que mientras leemos una novela escrita con la técnica del narrador omnisciente asumimos tanto el punto de vista como la perspectiva del personaje. Mientras que en el cine, conservando nuestra perspectiva de observadores –pues siempre permanecemos en nuestra butaca–, somos capaces de identificamos con el punto de vista del personaje, a cuya perspectiva no tenemos acceso a menos que él no haga saber lo que observa y siente ya sea con palabras o actos.  Enfoquémonos en el “punto de vista” Pensemos en un documental donde, tras una larga estancia en la sabana, el equipo de investigación ha podido documentar mediante el video y la fotografía las tácticas y estrategias que utiliza una manada de leones para cazar.    En este caso el programa entero está planteado desde la “perspectiva” de la cámara, que es la que registra lo que ocurre, sin embargo al mismo tiempo toda la estructura de la investigación está planteada desde el “punto de vista” del león: seguimos cada técnica, cada truco, cada movimiento y la forma en que acecha a las cebras desde la distancia. Pero es indispensable comprender que seguir los movimientos de una fiera no significa en modo alguno asumir su perspectiva. Meterse en la experiencia existencial de un león, cómo siente, qué detona sus reacciones, cómo vive los estímulos del entorno, en una palabra, asumir su “perspectiva”, es imposible para el ser humano y por eso, lo más que podemos conseguir es alinearnos con dicho felino sumiendo su “punto de vista”, centrándonos en las necesidades, características y modos de ser de la especie a investigar, sumado al conocimiento que a lo largo de los años hemos acumulado de esa especie.  Y aquí está la clave: podemos “imaginar” cómo vive su condición de león, pero siempre desde la perspectiva humana, que resulta imposible de abandonar. Podemos asumir distintos puntos de vista, pero no podemos cambiar la perspectiva que nos da la especie; es ella la que nos provee de las herramientas (capacidades sensoriales, cognitivas, intuitivas, biológicas, etc,) para experimentar e interpretar la realidad que nos rodea. Podemos deducir, reflexionar, suponer, empatizar, asumir lo que significa estar en la piel de un conejo, pero no podemos asumir esa perspectiva de ningún modo: por más que lo deseemos, no nos es posible encarnarnos en un conejo ni en ninguna otra cosa que no sea un ser humano.   Pensemos en un segundo ejemplo: un reportaje de prensa acerca de un asesinato. El periodista encargado hará una investigación de los hechos y los involucrados y una vez que tenga todas las piezas de la historia, construirá, desde su perspectiva como profesional del periodismo –equivalente a los zoólogos que observaron a los leones–, un relato completo y coherente de lo ocurrido. Si bien esa historia la hizo desde su perspectiva personal, la redacción y el enfoque estará centrado en los protagonistas de los hechos, y a la hora de redactar, asumirá deliberadamente el punto de vista de la víctima o del asesino o de las autoridades, o quizá saltará alternativamente de un punto de vista al otro. No puede meterse en la cabeza del asesino, pero si puede centrarse en ofrecer un contexto de quién es y de lo que lo llevó a hacer lo que hizo. Desde su perspectiva de informador profesional, construirá un relato centrado en el punto de vista del asesino –ya sea para justificarlo o para cargarlo de agravantes– pero poniéndolo a él y lo que logró averiguar del caso –y nunca a sí mismo– en el centro de la narración. El testimonio no se tratará de lo que el periodista pensó o sintió, sino de los hechos que ocurrieron y de los involucrados en ellos. Si lo trasladamos a las voces gramaticales, el Yo del periodista jamás aparecerá. Por el contrario, el relato estará articulado en tercera persona, donde un observador “objetivo” expone los hechos y conjeturas sostenidas en las pruebas objetivamente existentes. El periodista no hablará de sí mismo sino de lo que sucedió.  Cosa muy distinta hará su colega de la columna de opinión. En este segundo caso, el opinador tomará el reportaje del periodista y recorrerá el camino en sentido contrario: tomando como referencia el reportaje “objetivo”, contado desde el punto de vista de los protagonistas, hará una interpretación desde su propia perspectiva compartiendo su opinión, visión y comprensión de los hechos y testimonios. Como se puede intuir, ambas columnas serán radicalmente distintas.   Concluyamos con tres ejemplos literarios que ilustran las diferencias entre perspectiva y punto de vista. La primera obra de la que me gustaría hablar es A sangre fría de Truman Capote. 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La siguiente historia es una prueba que me convence, de nuevo, de que gran parte del problema somos nosotros, los ciudadanos de a pie.  Esto que contaré le ocurrió a una amiga. Ella trabaja en una empresa en la que estuve hace tiempo (excelente ubicación, pero con un ambiente más tóxico que el amor entre nuestro Tlatoani Deluxe y Ricardo Monreal). Como en muchos trabajos, “Camila” (llamémosla así) debe cumplir con ciertos parámetros de productividad cada mes: aproximadamente, ocho horas al día, con entregables (textos de diversa índole, en su mayoría) que deben ser verificados, revisados y aprobados por sus coordinadores con una tenacidad digna de un agente fronterizo. Uno de esos coordinadores es “Alejandra” (obviamente, no es su nombre real).  Hace unos meses, un rayo de luz se asomó a través de las grietas de dicha organización dura como el granito. El gerente general le avisó a “Camila” y a los demás miembros de la empresa que podían hacerse acreedores a un día de descanso al mes si, además de cubrir con su productividad mensual, cumplían con un día extra más de trabajo. Si en un mes típicamente deben cumplir con 160 horas de productividad, lograr 168 (es decir, hacer más cosas en menos tiempo) te hacen el ganador de dicho premio.  Pero, en un vuelco para nada sorpresivo, dicha dinámica estaba abierta a todos los niveles jerárquicos. Lo cual no está mal per se: lo turbio comenzó cuando “Alejandra” comenzó a hacer de las suyas. Una de las funciones de “Alejandra”, según lo que recuerdo y lo que me contó “Camila”, es llevar el control de las métricas de productividad de todos los empleados. Es decir, al final de cada mes, ella es la responsable de decidir quién puede tomar ese día de descanso.  Todo fluyó bien por un mes. “Camila”, siendo la profesional que es, obtuvo ese añorado y muy merecido día de descanso, todo con el respaldo debido. Pero también lo ganó “Alejandra”, para sorpresa de nadie. Oigan, nadie tenía problema con ello: lo raro fue que lo ganó por “auto anotarse” 11.5 horas al día. “¡OMG, eso es mucho trabajo, llévenla directamente con Elon Musk y Jeff Bezos!”, podría pensar uno. Pero no había ningún archivo, entregable ni nada que respaldaran esas horas extras más que “la equivalencia que ella misma hizo” de sus actividades. Esto fue posible porque nadie la supervisa. Nadie la pone a escrutinio. Hay una razón para esto: “Alejandra” hace gran parte del trabajo del gerente general. Después de esto, ella se ganó el derecho a no tener que rendir cuentas de la misma forma que otros.  Llegó el segundo mes. Todo cambió. Sin previo aviso, “Alejandra” cambió las métricas de las tareas que hace “Camila”. El mes anterior, elaborar un texto equivalía a 2 horas de productividad. Ahora, el mismo texto equivalía a 1.5 horas. Al notar esto, “Camila” cuestionó las razones. ¡Oh, esto fue un error tan grande como cuando Rodión Románovich Raskólnikov decidió pedir dinero prestado! Lo que siguió fue una respuesta arbitraria por parte de “Alejandra” (“son órdenes directas”), lo cual podría ser entendible; sin embargo, y cada mes subsecuente, el tiempo que “Camila” tenía para hacer dichos textos se reducía a razón de 0.25 horas. Cabe destacar que esto sólo se aplicó a ella: ninguno de sus compañeros vio un cambio en sus métricas.  “Camila” decidió ir a tratar el tema con el gerente general. Esto fue un error tan grande como cuando el capitán Ahab decidió dedicarse a cazar ballenas. Lo que “Camila” obtuvo fue una respuesta sin sentido, del tipo Catch 22: el gerente no podía hacer nada porque la encargada de las métricas es “Alejandra”. Al ir con “Alejandra”, ella responde que las métricas son “una orden directa de la gerencia”.  A partir de aquí, con la reducción de sus tiempos, “Camila” no sólo dejó de ser más productiva, si no que, además, resultó que “debía tiempo” cada mes. Todo esto mientras “Alejandra” se tomaba, religiosamente, su día de descanso al mes, sin tener que demostrar nada. Por su “baja productividad”, “Camila” fue la única de su equipo de trabajo que tuvo que recibir, por órdenes del gerente general, cursos de capacitación. ¡Nomás faltó que le pusieran unas orejitas de burro y la enviaran a la esquina! Por levantar su voz contra un trato injusto (o “ser un quejoso” en el argot “empresarial”), “Camila” fue señalada y ridiculizada, lo cual derivó en que ya no hace su trabajo con la misma calidad ni entusiasmo, pero, lo peor de todo, es que ahora lo hace con miedo de decir cualquier cosa por miedo a represalias. Esto, por lo que conozco del medio, es una anécdota más entre muchas otras similares.  Lamentablemente, esto habla más profundamente sobre cuál es una de las verdaderas raíces de la corrupción: nosotros mismos, los ciudadanos de a pie, quienes, dada la oportunidad, aprovechamos para tomar ventaja desde nuestras (relativas) posiciones de poder.  Es cuestionable que, siendo uno de los superiores (con uno de los mayores sueldos) y la persona que lleva las métricas de la organización, entres a dicha dinámica para ganar un día de descanso: no puedes ser juez y parte.  Es un descaro, por supuesto, sumarse el trabajo equivalente a 11.5 horas (sin tener la forma de demostrarlo) cuando en realidad trabajas solamente ocho.  Sin embargo, es una verdadera sinvergüenzada (López dixit) cuando, además, aprovechas tu posición para afectar a alguien más, con el manto cómplice de tus superiores.  Así las cosas, estimables lectores. Podría terminar esta anécdota en una nota negativa, comparando a México con una selva o con el viejo oeste, pero sería falso: sé que personas como “Alejandra” son la excepción y no la regla. Pero eso sí, esta historia contiene una moraleja que vale la pena mencionar: no seamos como “Alejandra”. Si en algo amamos a nuestro país, seamos honestos, justos, íntegros y coherentes. Luego no nos sorprendamos si tenemos gobernantes tan corrompidos como un archivo de música descargado ilegalmente. Porque, para parafrasear una canción de The Beatles (ustedes, admiradores del cuarteto, seguramente saben cuál canción es), “al final, la corrupción que recibes es igual a la corrupción que das”. " ["post_title"]=> string(66) "Somos la corrupción (o una triste crónica de la vida oficinista)" ["post_excerpt"]=> string(113) "¿Alguna vez se ha preguntado cuál es la razón de que cada vez tengamos gobiernos más corruptos y cínicos? 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Harper Lee, “Matar a un ruiseñor”, Primera Edición, Estados Unidos, Harper Collins, 2015, Págs. 33. Confusión entre “perspectiva” y “punto de vista” Es fácil suponer que “punto de vista” y “perspectiva” son sinónimos, pero no lo son, cuando menos no para efectos de entender cómo construimos una verdad. Quizá un ejemplo ayude para aclarar la confusión: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. (2) La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. (3) Dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz. (4) Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; (5) y llamó Dios a la luz “día”, y a la oscuridad la llamó «noche». Y atardeció y amaneció: día primero1”. ¿Quién, y desde donde, narra el Génesis Bíblico? La posibilidad de que Dios mismo se haya sentado a escribir el relato, para luego hacérselo llegar a sus creyentes, suena bastante improbable. Suponemos entonces que estamos frente a una narración que retrata las visiones de algún profeta, que tienen lugar siglos después, cuando ya se hubiese desarrollado el lenguaje y la escritura. ¿Cómo y desde dónde podía mirar este profeta la creación de algo que aún no existía? ¿Cómo pudo ver y escuchar a Dios? ¿Cómo sabía que era Dios? ¿Por qué no lo describió? En resumen: ¿dónde estaba ubicado el observador para poder ver lo que vio y luego contárselo a sus contemporáneos? El profeta que relató el Génesis no tiene empacho, no sólo en asegurar que observó cómo Dios creó el mundo ante sus ojos, sino que es capaz de conocer también su subjetividad al dar cuenta de cómo Dios juzgó que “la luz estaba bien”.  En los relatos de ficción se utiliza con mucha frecuencia este mecanismo donde punto de vista y perspectiva se funden. El narrador omnisciente de una novela, al mismo tiempo que cuenta con total certeza desde la tercera persona lo que el personaje hace, es capaz de saber también lo que piensa y las motivaciones que lo llevaron realizar la acción narrada. Este fenómeno se rompe con el surgimiento de la posmodernidad que es capaz de distinguirlos y se observa con claridad en los medios audiovisuales, donde nosotros, como espectadores, por más que veamos actuar a un personaje desde distintos encuadres, no podamos saber lo que piensa a menos de que lo diga o sus acciones nos lo dejen saber. Es decir, que mientras leemos una novela escrita con la técnica del narrador omnisciente asumimos tanto el punto de vista como la perspectiva del personaje. Mientras que en el cine, conservando nuestra perspectiva de observadores –pues siempre permanecemos en nuestra butaca–, somos capaces de identificamos con el punto de vista del personaje, a cuya perspectiva no tenemos acceso a menos que él no haga saber lo que observa y siente ya sea con palabras o actos.  Enfoquémonos en el “punto de vista” Pensemos en un documental donde, tras una larga estancia en la sabana, el equipo de investigación ha podido documentar mediante el video y la fotografía las tácticas y estrategias que utiliza una manada de leones para cazar.    En este caso el programa entero está planteado desde la “perspectiva” de la cámara, que es la que registra lo que ocurre, sin embargo al mismo tiempo toda la estructura de la investigación está planteada desde el “punto de vista” del león: seguimos cada técnica, cada truco, cada movimiento y la forma en que acecha a las cebras desde la distancia. Pero es indispensable comprender que seguir los movimientos de una fiera no significa en modo alguno asumir su perspectiva. Meterse en la experiencia existencial de un león, cómo siente, qué detona sus reacciones, cómo vive los estímulos del entorno, en una palabra, asumir su “perspectiva”, es imposible para el ser humano y por eso, lo más que podemos conseguir es alinearnos con dicho felino sumiendo su “punto de vista”, centrándonos en las necesidades, características y modos de ser de la especie a investigar, sumado al conocimiento que a lo largo de los años hemos acumulado de esa especie.  Y aquí está la clave: podemos “imaginar” cómo vive su condición de león, pero siempre desde la perspectiva humana, que resulta imposible de abandonar. Podemos asumir distintos puntos de vista, pero no podemos cambiar la perspectiva que nos da la especie; es ella la que nos provee de las herramientas (capacidades sensoriales, cognitivas, intuitivas, biológicas, etc,) para experimentar e interpretar la realidad que nos rodea. Podemos deducir, reflexionar, suponer, empatizar, asumir lo que significa estar en la piel de un conejo, pero no podemos asumir esa perspectiva de ningún modo: por más que lo deseemos, no nos es posible encarnarnos en un conejo ni en ninguna otra cosa que no sea un ser humano.   Pensemos en un segundo ejemplo: un reportaje de prensa acerca de un asesinato. El periodista encargado hará una investigación de los hechos y los involucrados y una vez que tenga todas las piezas de la historia, construirá, desde su perspectiva como profesional del periodismo –equivalente a los zoólogos que observaron a los leones–, un relato completo y coherente de lo ocurrido. Si bien esa historia la hizo desde su perspectiva personal, la redacción y el enfoque estará centrado en los protagonistas de los hechos, y a la hora de redactar, asumirá deliberadamente el punto de vista de la víctima o del asesino o de las autoridades, o quizá saltará alternativamente de un punto de vista al otro. No puede meterse en la cabeza del asesino, pero si puede centrarse en ofrecer un contexto de quién es y de lo que lo llevó a hacer lo que hizo. Desde su perspectiva de informador profesional, construirá un relato centrado en el punto de vista del asesino –ya sea para justificarlo o para cargarlo de agravantes– pero poniéndolo a él y lo que logró averiguar del caso –y nunca a sí mismo– en el centro de la narración. El testimonio no se tratará de lo que el periodista pensó o sintió, sino de los hechos que ocurrieron y de los involucrados en ellos. Si lo trasladamos a las voces gramaticales, el Yo del periodista jamás aparecerá. Por el contrario, el relato estará articulado en tercera persona, donde un observador “objetivo” expone los hechos y conjeturas sostenidas en las pruebas objetivamente existentes. El periodista no hablará de sí mismo sino de lo que sucedió.  Cosa muy distinta hará su colega de la columna de opinión. En este segundo caso, el opinador tomará el reportaje del periodista y recorrerá el camino en sentido contrario: tomando como referencia el reportaje “objetivo”, contado desde el punto de vista de los protagonistas, hará una interpretación desde su propia perspectiva compartiendo su opinión, visión y comprensión de los hechos y testimonios. Como se puede intuir, ambas columnas serán radicalmente distintas.   Concluyamos con tres ejemplos literarios que ilustran las diferencias entre perspectiva y punto de vista. La primera obra de la que me gustaría hablar es A sangre fría de Truman Capote. En esta novela el autor nos cuenta, desde su perspetiva, pero desde una visión objetiva, poniendo como centro del relato los hechos efectivamente ocurridos, el cuádruple asesinato de una familia en un pueblo rural de los Estados Unidos por dos individuos posteriormente capturados y condenados a pena de muerte. Si bien Capote se centra en la psicología de los criminales e incluso se entrevista con ellos en distintas oportunidades privilegiando su punto de vista, busca recrear un relato objetivo de sus contextos y motivaciones.  En el segundo ejemplo John Fowles, en su novela El coleccionista cuenta la historia de un tipo que, obsesionado con una joven, la secuestra con la intención de que gracias a la convivencia termine por enamorarse de él. Aquí sí, en tanto que se trata de una ficción, el autor está habilitado para asumir la perspectiva y el punto de vista del secuestrador, Frederick Clegg.  El tercer ejemplo responde a un híbrido entre ambas posibilidades. Se trata de El adversario, del escritor francés Emmanuel Carrère, donde se cuenta la historia de Jean–Claude Romand, quien en 1993, ante la inminencia de que se descubriera que su vida entera era una mentira, decidió asesinar a su esposa, a sus dos hijos, a sus padres y hasta al perro. En la novela, al mismo tiempo que se relata objetivamente el caso judicial de Romand, que significó un escándalo en toda Francia, el autor relata también lo que ocurría en su vida mientras llevaba a cabo la investigación y escribía el libro. Al mismo tiempo que ponía en el centro del texto el punto de vista del asesino, relataba su propia experiencia desde la perspectiva personal y el grado de afectación que implicó para él involucrarse en contar esa historia.     Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook: Juan Carlos Aldir 1 Biblia de Jerusalén. 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El Punto de vista y la verdad

El punto de vista y la perspectiva no son sinónimos. A continuación se expone y profundiza en sus distinciones y sinergias. 

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