¿Por qué México no puede ser exitoso? Comparaciones odiosas

¿Por qué algunos países alcanzan éxito mientras otros están destinados al fracaso, la injusticia, la pobreza, la desigualdad y el subdesarrollo? ¿Por qué en México existen tantos millones de pobres, siendo un país tan rico? Intentaré ilustrar...

4 de febrero, 2021

¿Por qué algunos países alcanzan éxito mientras otros están destinados al fracaso, la injusticia, la pobreza, la desigualdad y el subdesarrollo? ¿Por qué en México existen tantos millones de pobres, siendo un país tan rico?

Intentaré ilustrar mi punto con una comparación odiosa. En 1862, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Ley Ferroviaria del Pacífico para conectar por ferrocarril las dos costas, es decir, la atlántica y la pacífica. Muchos pensaban que era una empresa imposible, pues la Sierra Nevada parecía un obstáculo insuperable para la tecnología de aquel entonces. Y además estaban en plena Guerra Civil. Lincoln apoyó el proyecto y los trabajos iniciaron, no con mano de obra esclava, como algún detractor de los Estados Unidos erróneamente imaginaría, sino con el trabajo de miles de obreros bien pagados. En 1869 los Estados Unidos lograron conectar Boston, en la costa este, con la entonces pequeña ciudad de Sacramento, en California, y lo hicieron en 83 meses, es decir, en menos de siete años. Entre Boston y Sacramento hay 4841 kilómetros. 

Y aquí viene la comparación odiosa. En 2012, el presidente Peña Nieto anunció la construcción de un tren interurbano de 57.7 kilómetros que uniría la Ciudad de México con Toluca. Los trabajos empezaron en julio de 2014 (en unos meses se cumplirán siete años) y es la hora en que sigue inconcluso el maldito tren. Mientras que los estadounidenses, hace más de siglo y medio, lograron una proeza mundial con una tecnología arcaica uniendo sus dos costas a través del ferrocarril, todo en menos de siete años, aquí en México, con la tecnología actual no podemos ni siquiera terminar un desgraciado trenecito –perdone usted la expresión– de menos de 60 kilómetros. Esa es la realidad y nadie puede controvertirla. Ni el gobierno de Peña ni el de Obrador han sido capaces de terminar y poner en funcionamiento ese tren.

Otra comparación odiosa: hasta antes de 1970, Noruega era un país limitado y, en muchos sentidos, atrasado, si se comparaba con el Reino Unido, la República Federal Alemana o Francia. En los años 70’s se descubrieron grandes yacimientos de petróleo y eso catapultó su desarrollo. Para los noruegos, hallar petróleo fue una bendición, pues pudieron financiar en gran medida el Estado de Bienestar que hoy es ejemplo en el mundo. Y aquí viene de nuevo la comparación odiosa: para México, tener petróleo ha sido más una maldición que un beneficio. Desde los años 70’s a la fecha hemos descubierto tantos yacimientos como los noruegos, pero en lugar de que ese recurso fuera el detonador de un desarrollo sin precedentes, aquí fue fuente de pobreza. Sí, de pobreza, aunque usted no lo crea, porque nuestra empresa petrolera ha quebrado varias veces, y en sus quiebras se ha cargado al país entero. Recuerde usted los años de López Portillo (los dorados 70’s), quien decía que había que prepararnos para administrar la abundancia. Ya sabe usted el resto de la historia. 

Parece, pues, que el petróleo ha sido más una maldición. Es como si alguien ganara el premio mayor y con esa riqueza nueva se destruyera a sí mismo y todo a su alrededor. Más le valdría no haber ganado nada. Esto no puede definirse de otra manera más que como estupidez. El ejemplo clarísimo, además de nosotros, es Venezuela, que debería ser un Estado de Bienestar mucho más rico e igualitario que Noruega. Pero no. Si el petróleo ha sido más una maldición, se debe en gran medida a la astracanada y torpeza de gobiernos y funcionarios, quienes, más que resolver problemas, han sido expertos en crearlos. Nadie como ellos para estropearlo todo.

A diferencia de los países exitosos, que tienen esquemas económicos y políticos incluyentes y que son menos corruptos –explican Acemoglu y Robinson, profesores del MIT, en “Why nations fail. The origins of power, prosperity and poverty”–, los países que fracasan, como México, Honduras, Brasil o Argentina, tienen esquemas que solo benefician a las élites. Piense usted en Bill Gates o Jeff Bezos (para usar el ejemplo de Acemoglu y Robinson), cuyos productos y empresas hacen la vida más fácil a millones de americanos: a cambio de eso, Gates y Bezos se convierten en dos de los hombres más ricos del mundo (no es que sean hermanas de la caridad, van por el dinero, pero lo hacen productivamente, dando un valor añadido a millones de personas y creando cientos de miles de empleos bien remunerados). Ahora piense usted en las privatizaciones de los años 90 en México: solo una élite se benefició: el gobierno repartió a la élite empresarial la riqueza a cambio de jugosas propinas, y lo hizo de un modo excluyente, es decir, sin beneficio para millones de mexicanos, y con ello agudizó, de manera quizá irreversible, la pobreza y la desigualdad que hoy nos aquejan.

Por eso México no puede ser exitoso: modelo político-económico excluyente, corrupción galopante, estupidez personal de gobiernos y funcionarios, falta de transparencia y de democracia… Y por si todo esto fuera poco, tenemos además otra desventaja, quizá más terrible y nociva: el presidencialismo. Aplique un coctel así en Noruega y quedará destruida en menos de una década.

El presidencialismo mexicano ha permitido que una persona sea capaz de imponer su torpeza a todo el país, por su puesto, destruyéndolo. Para hablar solo de los últimos 50 años, piense en todas las barbaridades que se les ocurrieron a Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Salinas y Zedillo, y en todo el daño que causaron. Ellos contaron con la anuencia dócil y servil de un Congreso dominado por el PRI. Pero desde 1997 ningún partido tuvo la mayoría necesaria para imponerse en el Congreso, de modo que fue necesario el consenso. Pero el consenso no evitó que siguieran ocurriendo cosas terribles. Piense usted en Fox, en Calderón, en Peña. La alternancia no garantizó absolutamente nada. Y ahora, la mayoría de los mexicanos, sintiendo repulsión ante la corrupción e injusticia del pasado reciente, ha conferido un temible y peligroso poder a un salvador. Así las cosas, la situación de hoy es muy similar a la que existía en la década de 1970: un presidente-caudillo, carismático, concentrando cada vez más poder, teniendo al Congreso de la Unión como comparsa, y una oposición débil e inoperante que no acaba de entender lo que está sucediendo. Parece que no aprendemos las lecciones de la historia: estamos atrapados en un ominoso círculo vicioso que dura 50 años, ¡y estamos empezando otra vez! 

No quiero ser ave de mal agüero, pero si no entendemos que el presidencialismo mexicano ha sido nocivo siempre, y mientras no pensemos en una nueva forma de constituirnos, nunca saldremos adelante. El presidencialismo ha destruido al país una y otra vez. Si estamos esperanzados en que ahora no, en que este presidente sí será el bueno, podríamos acabar frustrados –ojalá que no y que todo salga la mar de bien–. No puede haber un presidente bueno porque el presidencialismo mexicano es por naturaleza malo, corruptor, destructor y estulto. En el momento en que alguien se convierte en presidente, en ese momento lo perdemos y desde ese momento pasa a la historia como un personaje siniestro, corrupto y vergonzoso; no hay excepciones. La única solución es erradicar el sistema. Entiendo las dificultades y los retos que implicaría el parlamentarismo, pero, créame usted, cualquier cosa sería mejor que el presidencialismo mexicano.

Y aquí la última comparación odiosa: un tipo repulsivo, racista, abusivo y destructor como Donald Trump envileció la presidencia de los Estados Unidos. Empero, la fortaleza de los poderes e instituciones impidieron que el daño, que fue enorme, fuera irreparable e irreversible. Por nefasto que fue, Trump no pudo destruir la democracia ni pudo convertirse en dictador. Por criticada que sea la democracia estadounidense, las instituciones fueron capaces de conjurar el peligro del fascismo. En cambio, la historia mexicana revela que, una y otra vez, las instituciones han sido más débiles que la persona del presidente, y eso explica mucho nuestras desgracias.

Desde luego, tratar de explicar el fracaso de México en menos de 1500 palabras es una tarea imposible. Falta considerar la parte de responsabilidad que nos toca a todos los ciudadanos, que es mucha: con una ciudadanía y un pueblo como el nuestro es imposible tener un gobierno y unas instituciones como las de Finlandia, por mucho que duela admitirlo. Así de simple. En este artículo solo he esbozado algunas razones que explican nuestro fracaso. Pero, como siempre, usted tiene la mejor opinión y la última palabra.

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Me quedé pensando en que esa actitud es la misma que muchos agresores y feminicidas tienen: “Es una mujer. ¿Y qué? ¿Y qué que sea una mujer?”. Justo en esa frase aparentemente inocua, se encuentra la semilla de la misoginia y el desprecio por la vida de las mujeres.  Desgraciadamente, la semana pasada se confirmó que el cuerpo de Debanhi Escobar, quien apenas tenía 18 años, fue hallado sin vida en una cisterna de un motel de Nuevo León.  La violencia contra las mujeres es una plaga que permea desde asuntos triviales,  como el que les relaté, hasta la ola de desapariciones de mujeres en Nuevo León. Parece ser que, cuanto más se habla de la violencia que sufren las mujeres, más se exacerban los actos que atentan contra ellas. Por ello, mi corazón no es ajeno a la desgracia de Debanhi Escobar y el dolor y la impotencia que deben estar experimentando sus padres. Actualmente, el estado que gobierna Samuel García es azotado por una serie de feminicidios, situación digna de una serie de terror. No sé en qué momento perdimos todo el respeto por la vida humana, particularmente por la vida de las mujeres. Parece ser que ya olvidamos que todos los seres humanos, sin distinción alguna, entramos a este mundo por medio de una mujer, con todas las implicaciones biológicas y simbólicas de este hecho.  En este punto vale la pena reflexionar lo siguiente: ¿qué podríamos esperar que ocurra dentro de la sociedad si las conferencias presidenciales se utilizan como una jeringa llena de verborrea tóxica que nos inocula a diario? ¿Qué podríamos esperar si desde el púlpito presidencial se puede despreciar a las mujeres (hecho que además se aplaude), como ocurrió con Liz Vilchis, con eso de “no sabe leer, pero es honesta”?  Por ello, no es de extrañar que la reacción oficial del presidente Lopez al asesinato de Debanhi Escobar, desde su conferencia matutina (¿dónde más?), fue, por decir lo menos, tibia. Esta respuesta contrasta con los embates furibundos y constantes al INE, a periodistas y a miembros de la oposición. ¿Algún día veremos, por parte del presidente, una reacción tan apasionada ante los hechos que aquejan de facto a la sociedad mexicana? ¿O esa pasión únicamente está reservada para los asuntos prioritarios en la agenda del presidente? Claro, agarrar de punching bag a Loret de Mola reditúa mucho y es fácil. Ver al monstruo de la violencia contra las mujeres directo a los ojos, en cambio, es un asunto mucho más complicado y que requiere muchas más agallas. En este asunto, la mismísima alma de México está en juego.  Comprendo que a Debanhi Escobar no la mató ni el gobierno federal ni el gobierno local. También estoy consciente que los gobiernos no son los únicos actores públicos en el país. Pero también es cierto que el tipo de gobernantes que elegimos dice mucho sobre el tipo de sociedad que somos.  Sé que un breve texto como este poco cambiará las cosas. Pero si usted, por azares del destino, llegó a esta publicación, le dejo una pregunta que ojalá tenga el arrojo de hacerse. Es un asunto que no podemos dejar de encarar, porque mañana podría ser una hermana, una madre, una hija, una sobrina, una prima o una amiga.  ¿Qué haremos, como sociedad, para frenar la violencia contra las mujeres? Hagámoslo por Debanhi Escobar y por todas las mujeres que sufren la violencia y que son asesinadas. Hagámoslo por nuestra familia y por nosotros. Comencemos por nuestros círculos cercanos y sigamos con la reflexión de a quién elegimos para gobernarnos. No estoy seguro que deseemos un gobierno que sólo guarde su compasión para los delincuentes y para sus seguidores. No estoy seguro que deseemos una sociedad polarizada y en la que la violencia contra las mujeres crece y se normaliza. 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En El Salvador se ha establecido un estado de excepción para combatir la criminalidad:  El gobierno de Nayib Bukele solicitó al Congreso el régimen de excepción tras una escalada de asesinatos que se cobró la vida de 87 personas. El órgano Legislativo, de mayoría oficialista, dio el visto bueno y a finales de abril aprobó una extensión por 30 días de las suspensión de garantías constitucionales. Estos poderes especiales dados al Ejecutivo de Bukele suspenden los derechos a organización, reunión, inviolabilidad de la correspondencia y telecomunicaciones, defensa y extiende la detención administrativa hasta un máximo de 15 días (1).  Lo anterior genera una paradoja. Por un lado, los países democráticos buscan y tutelan una serie de derechos fundamentales. Así, estos países han firmado acuerdos internacionales que buscan garantías fundamentales ciudadanas. Por ejemplo, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos se establece en su artículo 12: Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques (2). La correspondencia es un ejemplo de ámbito privado. No se puede estar revisando cartas de naturaleza privada, ya que atentaría contra ese derecho. Es verdad que hay restricciones en los medios utilizados de envíos que se pueden hacer, pero en principio, el contenido de las comunicaciones privadas, incluidas las vía telefonía o mensajería celular, se consideran protegidos por las leyes en las sociedades democráticas. Los estados de excepción buscan restablecer el orden y la legalidad, pero a través de un medio cuestionable al limitar derechos fundamentales de los ciudadanos. En los estados de excepción se pueden intervenir comunicaciones, lo que en el estado normal de las cosas sería ilegal. Entre los riesgos del estado de excepción por supuesto está la tentación autoritaria de extender indefinidamente el plazo de las medidas. Asimismo, puede darse la tentación de decretar un estado de excepción por una pérdida de control del Estado el cuál es el responsable, como gravámenes adicionales que generen malestar social y que a su vez provoquen marchas y protestas legítimas.  Se puede argumentar, conforme el ejemplo anterior, que el estado de excepción es una renuncia a la racionalidad propia del Estado. El Estado debe buscar espacio con reglas de funcionamiento que no se rompan a pesar de las dificultades sociales. Pero el defensor de la medida, como en el caso expuesto del Salvador, puede señalar que la pérdida de vidas humanas es superior a las libertades individuales. Desde esa óptica, hay que defender primero la vida de todos a pesar de los costos. 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Sin embargo, hoy quisiera compartirles algunas reflexiones sobre uno de los temas centrales en la vida pública del país: la violencia contra las mujeres y los feminicidos. Comenzaré con una anécdota sobre algo que ocurrió el fin de semana pasado.  Mi hermana y yo llevamos a nuestra madre a la aplicación del refuerzo de la vacuna contra el Covid-19 el fin de semana pasado. Yo me bajé para acompañar a mi mamá y ayudarla a caminar mientras mi hermana se quedó esperándonos en el automóvil, estacionada cerca de la entrada de la sede de vacunación. Un rato después, mi hermana tuvo que mover el coche en reversa. Al hacer este movimiento, su auto pegó, muy levemente, con otro que estaba detrás. Acto seguido, observé y escuché que un hombre se bajó de su auto para insultar a mi hermana, utilizando palabras altisonantes y misóginas, las cuales no replicaré aquí por respeto a ustedes. Corrí hacia el automóvil de mi hermana. 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Me quedé pensando en que esa actitud es la misma que muchos agresores y feminicidas tienen: “Es una mujer. ¿Y qué? ¿Y qué que sea una mujer?”. Justo en esa frase aparentemente inocua, se encuentra la semilla de la misoginia y el desprecio por la vida de las mujeres.  Desgraciadamente, la semana pasada se confirmó que el cuerpo de Debanhi Escobar, quien apenas tenía 18 años, fue hallado sin vida en una cisterna de un motel de Nuevo León.  La violencia contra las mujeres es una plaga que permea desde asuntos triviales,  como el que les relaté, hasta la ola de desapariciones de mujeres en Nuevo León. Parece ser que, cuanto más se habla de la violencia que sufren las mujeres, más se exacerban los actos que atentan contra ellas. Por ello, mi corazón no es ajeno a la desgracia de Debanhi Escobar y el dolor y la impotencia que deben estar experimentando sus padres. Actualmente, el estado que gobierna Samuel García es azotado por una serie de feminicidios, situación digna de una serie de terror. No sé en qué momento perdimos todo el respeto por la vida humana, particularmente por la vida de las mujeres. Parece ser que ya olvidamos que todos los seres humanos, sin distinción alguna, entramos a este mundo por medio de una mujer, con todas las implicaciones biológicas y simbólicas de este hecho.  En este punto vale la pena reflexionar lo siguiente: ¿qué podríamos esperar que ocurra dentro de la sociedad si las conferencias presidenciales se utilizan como una jeringa llena de verborrea tóxica que nos inocula a diario? ¿Qué podríamos esperar si desde el púlpito presidencial se puede despreciar a las mujeres (hecho que además se aplaude), como ocurrió con Liz Vilchis, con eso de “no sabe leer, pero es honesta”?  Por ello, no es de extrañar que la reacción oficial del presidente Lopez al asesinato de Debanhi Escobar, desde su conferencia matutina (¿dónde más?), fue, por decir lo menos, tibia. Esta respuesta contrasta con los embates furibundos y constantes al INE, a periodistas y a miembros de la oposición. ¿Algún día veremos, por parte del presidente, una reacción tan apasionada ante los hechos que aquejan de facto a la sociedad mexicana? ¿O esa pasión únicamente está reservada para los asuntos prioritarios en la agenda del presidente? Claro, agarrar de punching bag a Loret de Mola reditúa mucho y es fácil. Ver al monstruo de la violencia contra las mujeres directo a los ojos, en cambio, es un asunto mucho más complicado y que requiere muchas más agallas. En este asunto, la mismísima alma de México está en juego.  Comprendo que a Debanhi Escobar no la mató ni el gobierno federal ni el gobierno local. También estoy consciente que los gobiernos no son los únicos actores públicos en el país. Pero también es cierto que el tipo de gobernantes que elegimos dice mucho sobre el tipo de sociedad que somos.  Sé que un breve texto como este poco cambiará las cosas. Pero si usted, por azares del destino, llegó a esta publicación, le dejo una pregunta que ojalá tenga el arrojo de hacerse. Es un asunto que no podemos dejar de encarar, porque mañana podría ser una hermana, una madre, una hija, una sobrina, una prima o una amiga.  ¿Qué haremos, como sociedad, para frenar la violencia contra las mujeres? Hagámoslo por Debanhi Escobar y por todas las mujeres que sufren la violencia y que son asesinadas. Hagámoslo por nuestra familia y por nosotros. Comencemos por nuestros círculos cercanos y sigamos con la reflexión de a quién elegimos para gobernarnos. No estoy seguro que deseemos un gobierno que sólo guarde su compasión para los delincuentes y para sus seguidores. No estoy seguro que deseemos una sociedad polarizada y en la que la violencia contra las mujeres crece y se normaliza. No estoy seguro que queramos ser una sociedad indiferente ante la violencia que sufren las mujeres.   Debemos decidir, como sociedad, qué alma queremos que tenga México en los años venideros: una compasiva y justa o una intoxicada por el odio y el resentimiento.   " ["post_title"]=> string(66) "La violencia contra las mujeres: la batalla por el alma de México" ["post_excerpt"]=> string(165) "Debemos decidir, como sociedad, qué alma queremos que tenga México en los años venideros: una compasiva y justa o una intoxicada por el odio y el resentimiento. " ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(64) "la-violencia-contra-las-mujeres-la-batalla-por-el-alma-de-mexico" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2022-04-29 12:02:03" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2022-04-29 17:02:03" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=78357" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(45) ["max_num_pages"]=> float(23) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "8f2aeae54d1d4184b8debee9a41ea550" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }

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