Para bien de todos

La convivencia de grupos humanos se dificulta cuando esperamos que los demás actúen como nosotros lo haríamos.  Hay diversas herramientas que facilitan la labor de conocimiento y respeto entre sí, como el eneagrama.

28 de junio, 2022

Asistí a una sesión virtual con Verónica Llaca, escritora mexicana radicada en España. Su charla versó acerca del eneagrama en la construcción de personajes. Debo confesar que había escuchado el término, nada más. No conocía más allá. A través de la presentación que nos compartió comenzaron a clarificarse muchas cosas para mí, en particular lo que tiene que ver con la construcción de personajes verosímiles al momento de escribir una historia. Descubro en redes sociales que hay mucho material para estudiar los que resultan ser  27 eneatipos de la personalidad, considerando que, cada uno de los nueve esenciales se despliega en triadas. Me está ayudando a resolver la creación de un personaje que ahora trabajo, y me llevó mucho más allá, para tratar de entender la forma de actuar de figuras públicas, en particular aquellas que se comportan de forma insaciable en la consecución de sus propios objetivos, por más descabellados que parezcan.

Simultáneamente revisaba un artículo de Nick Schager acerca de la  serie a punto de ser lanzada por Paramount, que traducida sería “Secretos de las esposas de la oligarquía”. Dentro de los personajes que aborda, desmenuza los detalles biográficos de la vida de Vladimir Putin, que lo han llevado a ser lo que es: un autócrata que decide por toda una nación, aun cuando muchos de los propios ciudadanos se opongan a sus decisiones.

Volvamos a los eneatipos, cuyo origen parece ser sufí, que más delante se traslada a la ex Unión Soviética con Gurdjieff, y de ahí a España con Ichazo y al Cono Sur con Claudio Naranjo; estos dos últimos alumnos del propio Gurdjieff. Son nueve eneatipos base, cada uno con su luminosidad y su sombra, y los eneatipos vecinos en el esquema original, que fungen como “alas” para cada uno.  Esto es, las características que comparte un eneatipo con sus vecinos inmediatos a derecha e izquierda.  Sería absurdo pretender comparar mi vista a ojo de pájaro con el conocimiento que tienen maestros que llevan años estudiándolos. Eso sí, se adivina, la narrativa tiene una lógica interna asombrosa. Podemos revisar nuestros personajes a partir de la personalidad que han desarrollado desde la cuna hasta el momento actual, de modo de entender por qué actuarían de un modo tal y no de otro, lo que provee verosimilitud a lo que leemos o escribimos.

Muy acorde con los principios de culturas orientales, los maestros que he estado revisando en YouTube llaman a no utilizar los eneatipos para etiquetar a los individuos. Antes bien, hacer uso de ellos para entender a los demás y generar un ambiente de cordialidad entre individuos con personalidades distintas, y entender por qué, de acuerdo con nuestro propio eneatipo, es más fácil llevarnos bien con determinadas personas y hallar azaroso convivir con otras distintas.

La psicología tradicional nos enseña que el modo como hoy actuamos proviene de un deseo subconsciente por satisfacer necesidades de supervivencia muy primitivas. Ello es válido en nuestras relaciones afectivas, y a la vez funciona cuando tratamos de entender por qué una figura pública actúa de determinada manera, al punto irracional, afectando los intereses de toda la ciudadanía. Podremos predecir qué esperar de ellos a futuro y cómo contribuir a encauzar sus afanes por el camino más saludable. Siento que en México tenemos mucho terreno para aplicar esta herramienta de conocimiento y cambio. Claro, primero hay que trabajar cada uno sobre sí mismo, para entender cómo reacciona el otro; por qué actúa como lo hace, y cuál sería el mejor camino para desenvolverse en un escenario determinado.

Cada eneatipo tiene un origen muy temprano en el desarrollo del ser humano. No es algo que se pueda elegir, sino que es una respuesta de adaptación al medio ambiente inmediato. Esta adaptación parte de tres elementos fundamentales: El instinto, la emoción y el pensamiento.  Cada eneatipo, a  lo largo de la vida busca equilibrio. De no lograrlo, se encauza hacia una neurosis, lo que explica el origen de ciertos  rasgos de conducta en  personajes reales o de ficción con los que nos enfrentamos.

Cada día aprendemos nuevas cosas en esta inagotable fuente de conocimiento que es la vida. Es así como nos despegamos de nuestra propia piel para comenzar a asomarnos a otras identidades, tratando de entendernos unos a otros. Habrá quien tenga más dificultad para aceptar que no es el poseedor único de la verdad. Entretanto, quienes conformamos el resto del grupo humano tenemos oportunidad de asomarnos más allá de nuestro entorno personal, para entender otros mundos alrededor nuestro.  El objetivo final de todo ello es convivir de manera armónica, hacerlo cada uno desde sus particularidades y diferencias, a través del conocimiento y hacia la prosperidad colectiva. Para bien de todos.

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Esto es lo que C. G. Jug llamaba una sincronicidad: un “milagro inesperado” de alta significación que trastoca el resto de la existencia.   Pocos axiomas resultan más recurrentes y sobreutilizados en el imaginario de la posmodernidad que aquel que, sosteniendo de manera indirecta que las casualidades no existen, afirma que “todo pasa por algo”. Se trata de una salida versátil y polifacética, que se amolda a cualquier tipo de adversidad. Ya sea que a nuestro conocido le hayan robado el coche, le hayan negado un puesto de trabajo que consideraba seguro, lo haya abandonado el amor de su vida o le hayan descubierto un tumor maligno, decirle, con semblante lúgubre, acariciándole el hombro: “todo pasa por algo” siempre queda bien y da la sensación de le hemos transmitido una verdad trascendente desde una posición de sabiduría, aunque en realidad no le estemos diciendo nada que no sea obvio.      En estricto sentido la frase no miente. Ya Voltaire lo había dicho con más elegancia: “lo que llamamos casualidad no es sino la causa ignorada de un efecto desconocido”. Es decir: la podamos saber o no, todo tiene una causa, por lo tanto, “todo pasa por algo”. Cada acontecimiento que tiene lugar en el mundo material ocurre como consecuencia de una serie concatenada de hechos previos que le dieron lugar, los conozcamos o no.  En realidad lo que este refrán poco razonado quisiera decir, pero no lo dice, es que todo aquello que nos sucede tiene un sentido, un significado y, en última instancia un propósito oculto que está determinado por una inteligencia superior a la nuestra que sabe lo que nos conviene y necesitamos en cada momento de nuestra vida y nos lo suministra de maneras caprichosas para sacudirnos del marasmo en que la cotidianidad nos ha hecho caer. Una vez que el hecho excepcional ocurre, nuestro trabajo consiste en asumir sus consecuencias y explorar nuestra realidad interior profunda con el objetivo de descubrir la connotación verdadera y existencial de eso que nos ocurrió.   Esta manera de entender el devenir tiene hondas implicaciones. De entrada se niega la posibilidad de que los acontecimientos sucedan como consecuencia del azar y se les destierra de la categoría de coincidencia. Una vez cancelada esta posibilidad, se asume que cada hecho es significativo y que forma parte de un patrón subyacente, sobre el que no tenemos control, lo que nos deja dos posturas posibles: aceptarlos como parte del destino que nos fue impuesto –y que no conocemos– o se trata de una señal para ejercer nuestro libre albedrío y así cumplir con la misión que nos hemos autoimpuesto bajo la fachada de objetivos y propósitos.  Para muchos, lo que más se ajusta a sus creencias es suponer que existe un ser superior que nos tiene preparado un destino y que nuestra obligación radica en cumplirlo de la manera más orgánica y sencilla posible. En este caso esos “milagros inesperados”, se interpretan principalmente de dos maneras: se asumen como “pruebas” que nos pone ese ser superior cuando tienen un carácter negativo o se asumen como “señales” cuando nos sirven como orientación respecto al siguiente paso que tenemos que dar en aras de cumplir nuestro destino.   Para quienes son más proclives a suponer que su libre albedrío juega un papel determinante, los “milagros inesperados” no siempre son fáciles de interpretar. Pensemos en algunos ejemplos simples: estás a punto de llamar a alguien por teléfono y de pronto recibes una llamada de esa misma persona. Sin motivo aparente te viene el recuerdo de alguien que nos has visto en años y de pronto te lo encuentras por la calle. Estás pensando en empezar una rutina de ejercicio y de la nada tu vecina y mejor amiga se ha inscrito a un gimnasio cercano y gracias a su recomendación obtienes el cincuenta por ciento de descuento al inscribirte.  De nuevo, retomando lo dicho en el artículo anterior, se trata de casualidades que van más allá de lo casual, de, sin haberlo previsto, estar en el lugar preciso en el momento oportuno para que suceda algo que modificará el devenir posterior. Los ejemplos enunciados podrían no cambiarnos la vida, pero podrían funcionar como puentes para que esto sucediera. Quizá en ese gimnasio conocerás a tu futura jefa o a la pareja de tu vida, quizá la persona que te llamó anticipándose a tus deseos sirve de conexión con alguien que impulsará tu proyecto comercial, quizá a quien te encontraste “casualmente” por la calle termine por darte de los datos del médico que habrá de salvar la vida de tu hijo. Se trata de pequeñas bifurcaciones que, sin haya una causalidad evidente, trastocan el resto del devenir de quien las experimenta. Una vez que un evento de este tipo tiene lugar, la historia de vida se desvía de la trayectoria original, convirtiéndose en algo distinto de lo que fue hasta antes del “pequeño milagro inesperado”. Este tipo de acontecimientos suceden todo el tiempo y estoy tentado a asegurar que a todos nos ha sucedido en alguna ocasión y en algún nivel. ¿Cómo llamarlos? ¿Azar? ¿Simples casualidades? ¿Parte de nuestro destino? ¿Materializaciones de nuestros pensamientos? ¿Alineación cósmica con nuestro propósito subyacente?   Para una serie importante de pensadores, este tipo de eventos se llaman “sincronicidades”.  ¿En qué consiste la sincronicidad? El psicólogo suizo Carl Gustav Jung llama sincronicidad al hecho de que dos sucesos que ocurren de manera simultánea estén relacionados entre sí de una manera no causal y que presenten alguna relación con los pensamientos y emociones de las persona que los experimentan. Mientras pensamos en ese a quien queremos llamar, él lo hace también e incluso se adelante en la acción al marcar nuestro número.  Para Jung, estas coincidencias suceden con más frecuencia o causan un mayor impacto cuando la persona que las experimenta las vive con especial intensidad, debido a procesos de cambio o crecimiento interno. En otras palabras, las sincronicidad consiste en acontecimientos conectados entre sí, pero no a través de la ley causa-efecto, sino a través de una simultaneidad significativa. 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La epidemia de los corazones de piedra

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