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Nuevo año

A finales del siglo pasado, con la fiebre que se desató por la llegada del nuevo milenio, tuve la oportunidad de dedicarme un buen tiempo… A finales del siglo pasado, con la fiebre que se desató por...

20 de enero, 2016 hubble-via-lactea

A finales del siglo pasado, con la fiebre que se desató por la llegada del nuevo milenio, tuve la oportunidad de dedicarme un buen tiempo…

A finales del siglo pasado, con la fiebre que se desató por la llegada del nuevo milenio, tuve la oportunidad de dedicarme un buen tiempo a admirar fotografías del espacio que hicieron renacer mi afición por la observación de los cielos estrellados.

En mi temprana juventud asistí al planetario que en la colonia Álamos tenía la Sociedad Astronómica Mexicana y donde nos permitían manipular las mejores fotografías del momento, en nítido blanco y negro, con amplias explicaciones de galaxias, estrellas, constelaciones y lo entonces observable.

Al encontrarme con las sensacionales fotografías del espacio exterior en la página de la NASA y en varias revistas de divulgación, comparándolas con las que antes conocí, quedé maravillado con los avances de la tecnología, más aún con el detalle de lo que creí haber conocido.

Estrellas supermasivas, novas, cuásares, galaxias, cúmulos de estrellas, ¡cúmulos de galaxias!, sistemas planetarios, nebulosas y todo aquello que no entiendo pero que me permitió admirar la obra de Dios en lo poco que alcanzo a comprender.

Destacó en mi admiración la cantidad, variedad, calidad y tamaño de las galaxias, su constante movimiento interno y su viaje sin destino conocido. El que inicialmente me intrigó fue el agujero negro y después de mucho cavilar llegué a la conclusión de que en el centro de cada galaxia tendría que existir un agujero negro, en algunos casos supermasivo, que imprimiera el movimiento a toda la galaxia.

Cuando mis conocimientos astronómicos agotaron mi capacidad, empecé a dedicar mis ratos libres al colisionador de hadrones y la búsqueda de la llamada partícula de Dios, aunque la mecánica cuántica tampoco se me da y mi afición a la historia me llevó a la Breve historia del Tiempo de Stephen Hawking.

Mi mayor satisfacción en mis inquietudes científicas me la dio el enterarme que efectivamente se demostró la existencia de un agujero negro al centro de cada galaxia y que este descubrimiento había sido premiado a nivel mundial a pesar de las teorías que lo desdeñaban.

La mayor enseñanza que he obtenido de estos escarceos es la conciencia del camino hacia el infinito, tanto material como espiritualmente. La prueba que se hizo al telescopio Hubble cuando le pusieron sus “Lentes de Contacto” consistió en enfocarse a la región del espacio donde aparecían menos objetos vivibles aún con buenos telescopios terrestres siendo el resultado la observación de ¡un cúmulo de galaxias!

El espectáculo nocturno está preparado para nosotros, la luz que nos llega de las estrellas procede de objetos que la emitieron hace 5, 10, 100, 1000 y más años y lo que vemos muy cercano está a distancias inimaginables entre ellas.

Para mi esto elimina la posibilidad del Big Crunch y me muestra que al final de los tiempos, chorrocientos mil millones de años terrestres por delante, la materia volverá a ser energía y cumplirá fielmente con el destino para el cual fue creada.

Mi materialidad seguirá el mismo camino indudablemente. Seguiré dando vueltas elípticas alrededor del Sol y escogeré con mis congéneres un día para celebrarlo como cierre de un ciclo y el inicio del otro.

Mi espiritualidad tendrá que ser llevada hacia adelante, profundizando en los igualmente insondables vericuetos del conocimiento, sentimiento, belleza, justicia y amor. En mi lucha por trascender dejando una huella positiva  en este mundo.

Hemos convenido en señalar un día como principio y fin de cada ciclo alrededor del Sol. Es buen momento para revisar nuestra actuación en el último periodo, reflexionar, corregir y aumentar, continuar con lo bien hecho y rectificar lo que pudo hacerse mejor a fin de perfeccionar nuestra persona y dejar huella en quienes nos rodean a fin de que el día de mañana, cuando ya no estemos, nos recuerden y sean nuestras obras las que permanezcan en su memoria y motiven a superarnos.

Hoy por hoy tenemos una huella marcada; mis hijos y nietos son mi mayor orgullo y la esperanza de que mi paso por la vida ha sido fecundo.

Espero que Dios me conceda el regalo de otro año más y que cada uno de quienes me acompañen en el viaje me ayude a dejar este mundo en mejores condiciones, me esforzaré por corresponder a cada uno y juntos tengamos un próspero año nuevo.

Comentarios

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Octavio de Jesús Rebollar
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