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Nombrar para corregir 

Llamar a las cosas por su nombre es el primer paso que nos conduce a un cambio tan urgente para México.

11 de agosto, 2026 cinta violencia

Circula una sentencia que tradicionalmente ha sido atribuida a George Steiner, filósofo estadounidense: “Lo que no se nombra no existe”. En fechas recientes me viene resonando mucho por varias razones que me permito enunciar en seguida.

El peso político de la palabra en nuestra sociedad es difícilmente reconocido. Solemos tomar esta a la ligera y utilizarla hasta de modo irresponsable, sin percatarnos de la forma como el lenguaje es capaz de ir dibujando el edificio social que más delante habitamos. El advenimiento de las redes sociales ha disparado todos los fenómenos que tienen que ver con la utilización de la palabra, tanto oral como escrita.

A últimas fechas resulta evidente cómo en las diversas plataformas digitales se evitan términos que tienen que ver con delitos de alto impacto. Esto es, para nombrarlos se cambian letras por dígitos, para ejemplo común digamos “crim3n” en lugar del término que resultaría sustituyendo el 3 por la letra “e”, para expresar la palabra en su acepción original. Inicialmente supuse que se escribirían así determinadas palabras atendiendo alguna normatividad de nuestro país. Me puse a investigar y esto encontré:

La deformación de una palabra para restar gravedad de lo que originalmente significa, está dada por políticas de contenido para el uso de plataformas. Desde 2018 se penaliza el alcance de estas, y entre más se utilicen dichos términos menos monetización alcanzan. Originalmente yo, en mi habitual suspicacia había pensado que esta forma eufemística de publicar en redes tenía un trasfondo político, pero ya veo que no es tal, sino económico.

Volviendo a la sentencia inicial atribuida a Steiner, parecería que esta forma de evitar nombrar con la contundencia necesaria lo relativo a los delitos de alto impacto les resta gravedad. Quizá en buena medida explique nuestra indiferencia como sociedad frente a mucha de la violencia que sufrimos. Atendiendo a lo que dice el refrán popular, mientras el muerto no sea mío, no me preocupo.  Al no llamar a las cosas por su nombre nuestro cerebro aminora la reacción de alarma frente a los hechos relatados.

Yendo un poco a los contenidos en redes sociales, hay que ver la cantidad de videos con violencia difundidos en esta última semana. Digamos, de violencia contra personas de la tercera edad que terminaron en su muerte. Ante transmisiones de ese tipo palidecen los eufemismos. Así se evite utilizar palabras que definirían el crimen en sí, la imagen por ella misma habla de normalización de la violencia, máxime que en un par de los videos se observa que el agresor fue un adolescente que, de buenas a primeras se avienta contra el adulto mayor hasta hacer que pierda el equilibrio, caiga al suelo y tras ello sufra lesiones graves que le provocan la muerte. Las imágenes generan sensaciones de incredulidad, azoro e indignación. ¿De qué materia está hecho el corazón de estos jóvenes…? Si lográramos acompañar estas imágenes de palabras claras que denoten el problema de fondo, o sea, señalando las cosas por su nombre, tal vez empezaríamos a tomar entre los dedos el cabo de la madeja de nuestra impasibilidad.

Nombrar para corregir. Evitar el uso de vocablos tramposos y llamar a las cosas por su nombre. Dejar de lado la tibieza de parapetarnos detrás de eufemismos y comenzar a tratar los fenómenos sociales de frente. No hablaría yo de “atacar” o “combatir”, sino más bien de desarticular, de disecar con pulso de cirujano cada término desde sus orígenes, hasta descubrir cómo fue su inicio y qué ramificaciones ha venido teniendo a lo largo del tiempo.

Reza el dicho que quien tiene la información tiene el poder. Algo similar sucede con las palabras, quien las pronuncia y del modo como lo hace, va señalando la ruta crítica para abarcarlas. Al nombrar las prácticas criminales como son en realidad, nos vamos colocando en el camino para poder enfrentarlas, según señalan Lemus y Montenegro en su libro sobre crimen organizado en México. Por su parte Oswaldo Zavala, escritor que aborda el tema del narcotráfico en su  obra “Los cárteles no existen”, concluye que nombrar correctamente los fenómenos sociales que derivan en criminalidad, es indispensable para combatirla. El lenguaje es una herramienta fundamental para identificar, entender y poder terminar con el crimen organizado. Al no nombrarlo evitamos colocarnos en donde México lo requiere: en el umbral de su resolución, algo que en estos momentos se visualiza tan lejano.

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Maria del Carmen Maqueo Garza
Coahuilense, pediatra retirada, apasionada de la palabra escrita. Colabora en diversas publicaciones periódicas digitales e impresas. Autora de varios libros. Bloguera. Incansable aprendiz de la vida.
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