Nombramiento de la nueva titular de la SEP e inicio de clases en el IPN

Es importante que en nuestro país mejoren las condiciones educativas, que se implementen nuevas tecnologías y que se recupere la matrícula escolar.

16 de agosto, 2022 Nombramiento de la nueva titular de la SEP e inicio de clases en el IPN

El presidente López Obrador anunció que Leticia Ramírez Amaya, quien era la Coordinadora de Atención Ciudadana del gobierno federal, será la nueva titular de la SEP. ¿Y quién es Leticia Ramírez? Fue profesora durante 12 años. Fungió como Coordinadora de Atención Ciudadana del 2000 al 2006, durante la gestión de López Obrador al frente del gobierno de la Ciudad de México. Ha sido dirigente del magisterio y líder del SNTE y de la CNTE.

¿Cómo se encuentra la educación en nuestro país?

Con los más altos índices de deserción escolar, al ocupar el segundo lugar en América latina; con un rezago educativo de tres a cuatro años en más del 80% de los estudiantes de educación básica; con programas como las Escuelas de Tiempo Completo que desaparecieron o las Universidades Benito Juárez que no tienen plantillas de profesores para todas las materias. Tampoco hay claridad de cómo funcionará el nuevo plan de estudios 2023, en el cual desaparecen los grados escolares para convertirse en fases de aprendizaje, ni cómo se impartirán las asignaturas o si será de forma progresiva y en qué entidades federativas empezará.

¿Cuáles son algunos de los retos que deberá atender Leticia Ramírez Amaya?

Para empezar, debe recuperar el más de medio millón de estudiantes que desertaron por la pandemia; equipar los más de 255 mil planteles educativos de todo el país; restaurar el sistema educativo después de la pandemia. Implementar las nuevas tecnologías en la metodología de la enseñanza; capacitar a los más de 2 millones de docentes y optimizar su preparación.

Los retos no son menores y esperemos que la nueva titular de la SEP tenga la inteligencia y la sensibilidad para hacer bien las cosas.

Y así como lo platicamos la semana pasada, cuando mencionamos el regreso de más de 400 mil estudiantes de la UNAM, hoy regresaron los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional. Alrededor de 221 mil alumnos retomaron sus actividades académicas y también lo harán de forma presencial.

Es importante que en nuestro país mejoren las condiciones educativas, que se implementen nuevas tecnologías y que se recupere la matrícula escolar.

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Para un segmento cada vez mayor, lo correcto es renunciar a la expresión de las emociones, de los sentimientos y de las sensaciones más sutiles en aras de privilegiar la racionalidad y las acciones objetivas; mientras que otro segmento, con el propósito de ponerle remedio a esa desconexión, no busca “trascender” la racionalidad exacerbada sino renunciar a ella para guarecerse en una corporalidad y emocionalidad primitiva.  Por un lado empezamos a comprender que el pensamiento no alcanza para resolverlo todo –la sensación, por ejemplo, de que los humanos somos tan sólo una especie más en la biósfera y que tenemos la responsabilidad de modificar nuestra relación con el planeta en aras de mantener los equilibrios globales de la naturaleza es contraintuitiva y de ningún modo producto del razonamiento cartesiano, pero eso no la convierte en falsa–. 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Entonces “la solución” más simple consiste en dejar de lado la mente –que es uno de los grandes saltos evolutivos humanos– para “regresar” al cuerpo, a la emoción, a las sensaciones puras, rechazando lo que nos dice el pensamiento, como si, paradójicamente, convirtiéramos el pensamiento en un factor externo del que hay que separarse.  Esta dinámica es, en primera instancia, un autoengaño porque la mente ni se va a ningún lado, ni deja de interpretar, es sólo que ahora interpreta desde los códigos que considera más cercanos al cuerpo y la emoción, poniendo como valor superior la libre expresión de las emociones, del instinto y de lo que “el cuerpo pida”, renunciando a la reflexión y a la represión saludable de los impulsos que imposibilitan la convivencia saludable, la empatía y el respeto hacia el otro.  Como consecuencia de este movimiento de supuesta reconexión con la Gaia, con la naturaleza, con el “espíritu de las cosas” o cualquier otro eufemismo que, presentado superficialmente, resulte atractivo y dé la sensación de profundidad y misticismo, aparecen infinidad de ideologías sin sustento y legiones de gurús improvisados –cuyas credenciales son cursos y “certificaciones” que muchas veces obtuvieron en apenas una horas–, prometiendo el Nirvana sin esfuerzo.   Estos supuestos mentores espirituales se apoyan en los genuinos y legítimos impulsos que buscan la trascendencia para, en el mejor de los casos, vender humo y en el peor, cometer estafas y abusos, que más allá del quebranto económico, muchas veces causan auténtica devastación en los incautos que caen en ellos.  Amparados en supuestas terapias corporales, emocionales, sensoriales y esotéricas de todo tipo o directamente ofreciendo el suministro de sustancias psicotrópicas, por medio rituales improvisados y fuera de contexto, prometen trascender el pensamiento a través de una apertura de consciencia inmediata, capaz de igualar, en apenas una sesión, los resultados obtenidos por los monje tibetanos luego de décadas de trabajo interior o reproducir las experiencias de aquellos chamanes de la antigüedad, a quienes usan de gancho comercial para sustentar sus “terapias”. Por eso no es casual que todos estos “productos de sanación” siempre lleven la etiqueta de “ancestrales”, aun sin demostrar con el mínimo rigor de qué tribu, en qué contexto surgió y qué sucedió con ellos ni cómo funciona en la complejidad de nuestro ser –donde cualquier cambio mayor afecta al resto de nuestras configuraciones interiores– ni qué estudios los avalan.  A partir de narrativas simplonas y regresivas, donde los insensibles y estúpidos modernos hemos olvidado quiénes somos, y que sólo a través de retrotraernos al pasado, como si el mero hecho de que algo sea antiguo, eso por sí mismo lo convierta en beneficioso, valioso y digno de rescatarse del pasado, nos dará la oportunidad de redescubrir nuestro auténtico ser y trascender los inconvenientes de una civilización que todo lo destruye.    Es paradójico que tratemos de trascender el pensamiento no llevándolo hasta el límite para superarlo, sino renunciando a cualquier reflexión racional, seria, rigurosa y sin prejuicios cientificistas acerca de los fundamentos de cada uno de estos ritos, rituales y conductas rescatados de supuestos pueblos del pasado poco o nada documentados.  Para eso justamente sirve la razón: para protegernos de lo “irracional”, mientras que trascender la razón implica, no lo pre-racional, sino lo trans-racional1.   No hay nada malo en reinterpretar las culturas ancestrales y tomar fragmentos que continúen siendo valiosos para la visión de hoy, pero lo deseable es que se haga como consecuencia de un estudio profundo de sus rituales y símbolos, así como de una exploración seria de las sustancias psicotrópicas utilizadas con el propósito de expandir la percepción, así como las implicaciones y motivaciones que los movían, buscando nuevas aplicaciones de las mismas; lo que no parece muy razonable es entregarnos a un sincretismo acrítico, irresponsable y descontextualizado, que tome elementos de aquí y de allá sin un propósito claro, sin entender los contextos en que éstas se llevaban a cabo y sin que se trate de nada más allá de un “turismo espiritual” que no busca otra cosa que la acumulación hueca de nuevas y más emocionantes experiencias.  En este contexto, no es casual la cantidad de estafas económicas y escándalos sexuales relacionados con supuestos gurús que, unos ingenuamente como consecuencia de una ignorancia profunda y muchos otros a propósito y con enorme malicia –y muchas veces con perversidad criminal– confunden, abusando de la necesidad de trascendencia de sus “clientas” y “clientes”, lo prepersonal (los modos de ser humanos previos a que la mente se convirtiera en la herramienta dominante de la evolución: instintos, sensaciones, impulsos, pulsiones, etc.) con lo transpersonal (aquellas prácticas donde se pretende dejar atrás la construcción egoica de un Yo enfermizo producido por la exacerbación de la modernidad y que son difíciles de reconocer porque aun no son demasiado frecuentes). Aunque en primera instancia suene chocante, hoy poseemos el conocimiento y las capacidades cognitivas y racionales para trascender el ritual en su comprensión antigua. Por más que queramos, el sentido literal de la mayor parte de ellos no puede ser reproducido simplemente porque sabemos cosas del planeta y de cosmos que antes no y por eso se comprende y se admira que esas culturas ancestrales atribuyeran significados distintos a las cosas, pero sin que hoy tenga sentido forzarnos a atribuir los mismos significados que sabemos superados. Un volcán, un hecho astronómico, una reacción química o un mineral convertido en collar no cabe ser entendidos en el mismo sentido que lo hacían ellos, no porque estuvieran equivocados por interpretar el mundo que habitaban desde el máximo de su sensibilidad, capacidades y talentos, sino porque una buena parte de sus fundamentos hoy las sabemos superadas por más que nos atraiga romantizarlas, rescatando sentidos que para nuestra realidad, resultarían superados y obsoletos.  El reto consiste justamente en lo opuesto: a partir de trascender nuestra racionalidad, crear nuevos símbolos y rituales que doten nuestra realidad de nuevos significados. Por ejemplo, tras hacernos conscientes de nuestra responsabilidad en el cambio climático y la extinción de especies y ecosistemas, los rituales y símbolos de la antigüedad, muy lejos de semejante escenario, resultarían insuficientes para retratar el nuevo compromiso que el humano debe asumir para con la biósfera terrestre y que implica nuevas metodologías y hábitos que nos permitan descubrirnos y ampliar nuestra comprensión de nosotros mismos de tal modo que le demos al planeta y al resto de las especies el lugar que efectivamente tienen y nos permitan alcanzar cada vez una mayor consciencia y plenitud. Esta actitud va mucho más allá que colgarse un cuarzo y comerse un hongo alucinógeno, rodeado de percusiones y música “mística”, danzando alrededor de una gran fogata.  No hay duda que una actitud racional saludable consiste en preguntarnos si esas experiencias que nos ofrece la “mística de fin de semana” nos llevan a un nuevo nivel de evolución o, por más que tengan una bella apariencia quimérica, nos regresan a comprensiones arcaizantes que, lejos de trascender la mente, nos exigen desterrarla a partir de prescribirnos un incondicional abandono a nuestros impulsos e instintos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Ken Wilber tiene infinidad de textos donde aborda este problema, y que él llama “falacia pre-trans”." 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A lo largo de las siguientes semanas trataremos de dilucidar si este concepción, tan traída y llevada en nuestra realidad cotidiana, se trata de algo que existe con total independencia de nosotros y lo que pensemos del mundo –y donde nuestra labor consiste descubrirla y defenderla–, o si se trata de una construcción que los seres humanos inventamos a nuestra medida, dando lugar a una multiplicidad de versiones, puntos de vista y opiniones que cohabitan aisladamente y nos permite afirmar serenamente: “yo tengo mi verdad y tú tienes la tuya” y quedarnos tan tranquilos.   No descubro el agua tibia si afirmo que la realidad tiene tantos niveles de manifestación y complejidad que asegurar que tenemos acceso a la totalidad, ya no del cosmos en su conjunto, sino tan siquiera un sólo evento aislado, de la historia de un país, del dominio de una ciencia o siquiera de la comprensión de lo que “es” el ser humano resulta un autoengaño y una ilusión. Y por ello, en este escenario de desmesura, resulta natural y prudente preguntarse cómo, entonces, habremos de reconocer lo que es verdad de lo que no lo es.  Para entender la verdad, descartamos la mentira Lo primero es aclarar que en esta discusión dejaremos de lado la mentira. Cuando de manera consciente y voluntaria negamos o falseamos una realidad objetiva, justificamos falazmente la intención de un comentario o una expresión, o cuando negamos algo que tenemos la certeza que ocurrió, sabemos que algo es “verdadero” y contaminamos intencionalmente el intercambio comunicativo con independencia de las motivaciones que tengamos para hacerlo. Por eso, en este nivel de la discusión, las mentiras y las fake news quedan excluidas: niegan lo que consideran una verdad, y la intención es averiguar cómo construimos esas verdades, no cómo, una vez que las conocemos, las falseamos.  Cuando mentimos, quizá queremos defender una posición que consideramos justa e inventamos una estadística que nos respalde (una mentira piadosa por un bien mayor), quizá queremos proteger al otro y mentimos por cariño o negamos una infidelidad para salvarnos a nosotros mismos jurando no volver a cometerla. Quizá queremos sacar ventaja en una negociación y exageramos las ventajas de nuestro producto pero, sea como sea, en todos estos casos se tiene muy claro “cual es la verdad” y lo que se busca es ocultarla o maquillarla, por eso no es la mentira lo que merece la pena analizarse cuando lo que buscamos entender cómo construimos las verdades, que son un paso previo. La mentira se deriva de una supuesta verdad, y se trata de averiguar de donde surge ésta.  Reflexionar acerca de por qué mentimos, de cuáles son los disparadores que nos llevan a negar, torcer o manipular aquello que sabemos de cierto implica que consideramos que algo es verdadero y tratamos de ocultarlo, lo que nos llevaría por otros caminos. El objetivo aquí consiste en averiguar precisamente si existen conocimientos, conclusiones, valores, argumentos que posean intrínsecamente la condición de verdaderos, sin importar el tiempo o el lugar. Se trata de explorar los mecanismos que usamos para construir aquellas narrativas y relatos que describen con supuesta fidelidad y rigor la realidad, que nos dan certidumbre, así sea desde nuestra perspectiva, acerca del mundo que habitamos y su funcionamiento, así como la forma más eficaz de relacionarnos con los otros.  “Real” y “verdadero” no son sinónimos Cometeríamos un grave error si consideramos “la verdad” como sinónimo de realidad. Si bien para muchas cosmovisiones algo es “verdad” porque puedo verlo, medirlo, pesarlo, ubicarlo en el tiempo y el espacio, también identificamos como verdadero algo que hemos convertido en un concepto, aun cuando sea subjetivo. La injusticia, en abstracto, sin duda existe, es verdadera en tanto que todas las culturas y formas de entender el mundo tienen una idea de la justicia y por lo tanto es posible señalar los efectos de su ausencia, pero la construcción concreta de la “injusticia” dependerá de la visión particular de los actos y conductas que se consideran justas. Lo que en una época se consideraba justo –la ley del talión: ojo por ojo, diente por diente–, en otra deja de serlo, pero siempre en la humanidad se busca alcanzar “la justicia”. Por ello, cuando hablamos de la construcción de narrativas para describir el mundo en que estamos inmersos, la verdad se refiere a la forma específica como interpretamos los hechos, a aquellos relatos con que cada cosmovisión se identifica debido a que explican y le dan sentido a esa visión en particular.  Por ejemplo, para muchos la diversidad sexual como se entiende el siglo XXI es una “verdad” bajo la que deciden vivir y sobre la cual construyen su moralidad, su ética y sus conductas, pero considerar de manera absoluta que esa visión es la única que ajusta a la “realidad” implica no sólo que todos aquellos humanos que no compartan esta visión están equivocados, mienten o se mienten a sí mismos sino que todos los individuos del género humano, durante los últimos diez mil años, han vivido en la irrealidad.  Para quienes abrazan la convicción de que la identidad de género no puede estar circunscrita a una comprensión binaria de “hombres y mujeres” y a una sola modalidad de conducta sexual aceptable queda claro que, con independencia de que en términos biológicos existen dos sexos posibles involucrados en el proceso de reproducción, consideran el género como una construcción cultural humana y en tanto tal, la preferencia sexual es diversa. Facebook1, que antes tan sólo daba como opciones para elegir sexo entre hombre, mujer y “es complicado”, a partir de 2014, despliega un menú con más de cincuenta opciones, entre las que pueden encontrarse cisexual, transexual, fluido, andrógino o agéneros. Lo mismo ocurre con la aplicación para citas Tinder,2 que en tiempos recientes, ha agregado a la versión en inglés veintisiete nuevas identidades de género. Pero no se trata de una cuestión meramente anecdótica, pues en un buen número de países existen ya herramientas jurídicas para trasladar la interpretación cultural particular de la identidad sexual al plano de la identidad legal. Sólo por citar algunos casos, a partir de 2018 en Bélgica, Portugal y Luxemburgo existe la “ley de libre determinación de identidad de género3” que permite a los mayores a 18 años cambiar el sexo que aparece en sus documentos oficiales. Esto implica que esta “verdad” forma parte de la manera de entender la realidad y la existencia de un creciente número de personas. Sin embargo, para muchos otros la sexualidad “correcta”, única aceptable y única reconocida como válida –que bajo una perspectiva de género suele llamársele heteronormativa– se circunscribe a la atracción exclusiva entre hombres y mujeres, biológicamente identificados como tales desde su nacimiento hasta su muerte, otra “verdad” que sirve como fundamento para crear moralidad, ética y conductas que de ningún modo podrían descalificarse como “irreales”.  Lo que surge son una serie de preguntas: ¿cómo se construye una verdad? ¿Ambas posturas se excluyen mutuamente? ¿Podrían cohabitar? En caso afirmativo, ¿cuál de las dos posturas sería la verdadera? ¿Podrían serlo ambas? 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Consulta: 28 de junio 2022 https://elpais.com/politica/2017/06/20/actualidad/1497976474_475883.html 3 Expansión, Internacional, “Estos son los países que reconocen a las personas trans”, 31 de marzo de 2022 Consulta: 28 de junio 2022 https://expansion.mx/mundo/2022/03/31/paises-reconocen-personas-trans" ["post_title"]=> string(54) "El gran problema de la Verdad: ni realidad ni mentiras" ["post_excerpt"]=> string(293) "Al explorar este tema se trata de averiguar si la verdad existe con independencia de nosotros y nuestras interpretaciones o si se trata de una construcción que inventamos a nuestra medida, dando lugar a una multiplicidad de versiones, puntos de vista y opiniones que cohabitan aisladamente. 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Para un segmento cada vez mayor, lo correcto es renunciar a la expresión de las emociones, de los sentimientos y de las sensaciones más sutiles en aras de privilegiar la racionalidad y las acciones objetivas; mientras que otro segmento, con el propósito de ponerle remedio a esa desconexión, no busca “trascender” la racionalidad exacerbada sino renunciar a ella para guarecerse en una corporalidad y emocionalidad primitiva.  Por un lado empezamos a comprender que el pensamiento no alcanza para resolverlo todo –la sensación, por ejemplo, de que los humanos somos tan sólo una especie más en la biósfera y que tenemos la responsabilidad de modificar nuestra relación con el planeta en aras de mantener los equilibrios globales de la naturaleza es contraintuitiva y de ningún modo producto del razonamiento cartesiano, pero eso no la convierte en falsa–. Por otra parte percibimos como problemático el hecho de que, en efecto, estamos disociados del cuerpo, de las emociones, de los sensaciones y demás aspectos no mentales. Entonces “la solución” más simple consiste en dejar de lado la mente –que es uno de los grandes saltos evolutivos humanos– para “regresar” al cuerpo, a la emoción, a las sensaciones puras, rechazando lo que nos dice el pensamiento, como si, paradójicamente, convirtiéramos el pensamiento en un factor externo del que hay que separarse.  Esta dinámica es, en primera instancia, un autoengaño porque la mente ni se va a ningún lado, ni deja de interpretar, es sólo que ahora interpreta desde los códigos que considera más cercanos al cuerpo y la emoción, poniendo como valor superior la libre expresión de las emociones, del instinto y de lo que “el cuerpo pida”, renunciando a la reflexión y a la represión saludable de los impulsos que imposibilitan la convivencia saludable, la empatía y el respeto hacia el otro.  Como consecuencia de este movimiento de supuesta reconexión con la Gaia, con la naturaleza, con el “espíritu de las cosas” o cualquier otro eufemismo que, presentado superficialmente, resulte atractivo y dé la sensación de profundidad y misticismo, aparecen infinidad de ideologías sin sustento y legiones de gurús improvisados –cuyas credenciales son cursos y “certificaciones” que muchas veces obtuvieron en apenas una horas–, prometiendo el Nirvana sin esfuerzo.   Estos supuestos mentores espirituales se apoyan en los genuinos y legítimos impulsos que buscan la trascendencia para, en el mejor de los casos, vender humo y en el peor, cometer estafas y abusos, que más allá del quebranto económico, muchas veces causan auténtica devastación en los incautos que caen en ellos.  Amparados en supuestas terapias corporales, emocionales, sensoriales y esotéricas de todo tipo o directamente ofreciendo el suministro de sustancias psicotrópicas, por medio rituales improvisados y fuera de contexto, prometen trascender el pensamiento a través de una apertura de consciencia inmediata, capaz de igualar, en apenas una sesión, los resultados obtenidos por los monje tibetanos luego de décadas de trabajo interior o reproducir las experiencias de aquellos chamanes de la antigüedad, a quienes usan de gancho comercial para sustentar sus “terapias”. Por eso no es casual que todos estos “productos de sanación” siempre lleven la etiqueta de “ancestrales”, aun sin demostrar con el mínimo rigor de qué tribu, en qué contexto surgió y qué sucedió con ellos ni cómo funciona en la complejidad de nuestro ser –donde cualquier cambio mayor afecta al resto de nuestras configuraciones interiores– ni qué estudios los avalan.  A partir de narrativas simplonas y regresivas, donde los insensibles y estúpidos modernos hemos olvidado quiénes somos, y que sólo a través de retrotraernos al pasado, como si el mero hecho de que algo sea antiguo, eso por sí mismo lo convierta en beneficioso, valioso y digno de rescatarse del pasado, nos dará la oportunidad de redescubrir nuestro auténtico ser y trascender los inconvenientes de una civilización que todo lo destruye.    Es paradójico que tratemos de trascender el pensamiento no llevándolo hasta el límite para superarlo, sino renunciando a cualquier reflexión racional, seria, rigurosa y sin prejuicios cientificistas acerca de los fundamentos de cada uno de estos ritos, rituales y conductas rescatados de supuestos pueblos del pasado poco o nada documentados.  Para eso justamente sirve la razón: para protegernos de lo “irracional”, mientras que trascender la razón implica, no lo pre-racional, sino lo trans-racional1.   No hay nada malo en reinterpretar las culturas ancestrales y tomar fragmentos que continúen siendo valiosos para la visión de hoy, pero lo deseable es que se haga como consecuencia de un estudio profundo de sus rituales y símbolos, así como de una exploración seria de las sustancias psicotrópicas utilizadas con el propósito de expandir la percepción, así como las implicaciones y motivaciones que los movían, buscando nuevas aplicaciones de las mismas; lo que no parece muy razonable es entregarnos a un sincretismo acrítico, irresponsable y descontextualizado, que tome elementos de aquí y de allá sin un propósito claro, sin entender los contextos en que éstas se llevaban a cabo y sin que se trate de nada más allá de un “turismo espiritual” que no busca otra cosa que la acumulación hueca de nuevas y más emocionantes experiencias.  En este contexto, no es casual la cantidad de estafas económicas y escándalos sexuales relacionados con supuestos gurús que, unos ingenuamente como consecuencia de una ignorancia profunda y muchos otros a propósito y con enorme malicia –y muchas veces con perversidad criminal– confunden, abusando de la necesidad de trascendencia de sus “clientas” y “clientes”, lo prepersonal (los modos de ser humanos previos a que la mente se convirtiera en la herramienta dominante de la evolución: instintos, sensaciones, impulsos, pulsiones, etc.) con lo transpersonal (aquellas prácticas donde se pretende dejar atrás la construcción egoica de un Yo enfermizo producido por la exacerbación de la modernidad y que son difíciles de reconocer porque aun no son demasiado frecuentes). Aunque en primera instancia suene chocante, hoy poseemos el conocimiento y las capacidades cognitivas y racionales para trascender el ritual en su comprensión antigua. Por más que queramos, el sentido literal de la mayor parte de ellos no puede ser reproducido simplemente porque sabemos cosas del planeta y de cosmos que antes no y por eso se comprende y se admira que esas culturas ancestrales atribuyeran significados distintos a las cosas, pero sin que hoy tenga sentido forzarnos a atribuir los mismos significados que sabemos superados. Un volcán, un hecho astronómico, una reacción química o un mineral convertido en collar no cabe ser entendidos en el mismo sentido que lo hacían ellos, no porque estuvieran equivocados por interpretar el mundo que habitaban desde el máximo de su sensibilidad, capacidades y talentos, sino porque una buena parte de sus fundamentos hoy las sabemos superadas por más que nos atraiga romantizarlas, rescatando sentidos que para nuestra realidad, resultarían superados y obsoletos.  El reto consiste justamente en lo opuesto: a partir de trascender nuestra racionalidad, crear nuevos símbolos y rituales que doten nuestra realidad de nuevos significados. Por ejemplo, tras hacernos conscientes de nuestra responsabilidad en el cambio climático y la extinción de especies y ecosistemas, los rituales y símbolos de la antigüedad, muy lejos de semejante escenario, resultarían insuficientes para retratar el nuevo compromiso que el humano debe asumir para con la biósfera terrestre y que implica nuevas metodologías y hábitos que nos permitan descubrirnos y ampliar nuestra comprensión de nosotros mismos de tal modo que le demos al planeta y al resto de las especies el lugar que efectivamente tienen y nos permitan alcanzar cada vez una mayor consciencia y plenitud. Esta actitud va mucho más allá que colgarse un cuarzo y comerse un hongo alucinógeno, rodeado de percusiones y música “mística”, danzando alrededor de una gran fogata.  No hay duda que una actitud racional saludable consiste en preguntarnos si esas experiencias que nos ofrece la “mística de fin de semana” nos llevan a un nuevo nivel de evolución o, por más que tengan una bella apariencia quimérica, nos regresan a comprensiones arcaizantes que, lejos de trascender la mente, nos exigen desterrarla a partir de prescribirnos un incondicional abandono a nuestros impulsos e instintos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Ken Wilber tiene infinidad de textos donde aborda este problema, y que él llama “falacia pre-trans”." 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