El discurso de María Corina Machado, tan extraordinariamente pronunciado por su hija Ana Corina al recibir el Nobel de la Paz, debe sonar y resonar con mucha fuerza entre los mexicanos que estamos en transe de una “transformación” que ya está siendo profundamente destructiva en prácticamente todos los ámbitos significativos de nuestra vida nacional. Los mexicanos debemos mirarnos en el espejo de la tragedia de Venezuela, que pasó de ser uno de los países más prósperos y promisorios de Latinoamérica a convertirse en una dictadura totalitaria cuyos niveles de pobreza ya son comparables a los de Cuba o Haití.
La destrucción venezolana no se realizó de la noche a la mañana, sino que fue avanzando gradualmente como aquellos cánceres de lenta evolución que al cabo de unos años terminan en metástasis. Las palabras de María Corina no dejan lugar a duda de los pasos hacia la ruina:
“Desde 1999, el régimen se dedicó a desmantelar nuestra democracia: violó la Constitución, falsificó nuestra historia, corrompió a las Fuerzas Armadas, purgó a los jueces independientes, censuró a la prensa, manipuló las elecciones, persiguió la disidencia y devastó nuestra biodiversidad. La riqueza petrolera no se usó para liberar, sino para someter. Se repartieron lavadoras y neveras en televisión nacional a familias que vivían sobre pisos de tierra, no como símbolo de progreso, sino como espectáculo. Apartamentos destinados a la vivienda social se entregaban a unos pocos como recompensa condicionada a la obediencia. Y entonces llegó la ruina: una corrupción obscena, un saqueo histórico […]”.
Sin matices, ésta es una auténtica check-list del camino “de la Transformación” mexicana bajo la 4T, aunque hay que advertir que aquí vamos más rápido: Lo que a Chávez y a Maduro les tomó entre 10 y 15 años, aquí lo estamos haciendo en 7. “¡México no es Venezuela!”, dicen algunos: Tal vez. Pudiera ser que contara nuestra vecindad con EEUU, el tamaño de la población (sobre todo de las clases medias) y quizá el entramado institucional que en algún momento pudo ser más sólido que el del país caribeño -aunque ya no-. No obstante, otra vez resuenan las palabras de la madre pronunciadas conmovedoramente por su hija:
“Construimos una democracia que se convirtió en la más estable de América Latina, desatando toda la fuerza creadora de la libertad. Pero incluso la democracia más fuerte se debilita cuando sus ciudadanos olvidan que la libertad no es algo que debamos esperar, sino algo a lo que debemos dar vida […]”.
La lección es clara: Los países se pueden colapsar y arruinarse, realmente en un santiamén, y las libertades si no se defienden pueden desvanecerse bajo el yugo de una tiranía. Bien puede ser éste el caso para México. No exagero.
Hoy México es gobernado por lo peor de lo peor de la clase política; por un grupo de personajes detestables por su absoluta carencia de escrúpulos éticos que, al amparo de una ideología que reiteradamente ha demostrado su malignidad y capacidad destructiva, han desterrado la noción de verdad de la vida pública saturando todos sus espacios de propaganda con mentiras. Una auténtica kakistocracia cuya incompetencia técnica para gobernar solo es superada por su profundo resentimiento contra todos los valores liberales: el estado de derecho, la libertad, la iniciativa individual, la autonomía de las personas y el trabajo productivo para la generación de riqueza económica.
México hoy, como Venezuela desde hace 26 años, sigue paso a paso el guión definido por Fidel Casto en el llamado Foro de Sao Paulo para instaurar un régimen socialista (o una “República Popular” como se decía en todos los regímenes de inspiración soviética y que de república y de popular realmente no tienen nada). Lo increíble es que, tan evidente como es, en nuestro país hay todavía mucha gente que se niega a reconocerlo: por obnubilación ideológica, por ignorancia, por estupidez o por cinismo y complicidad. A nuestros hermanos venezolanos les tomó casi dos décadas juntar una masa crítica de ciudadanos capaces de darse cuenta de ello y, varios años después, aún no pueden sacudirse la tiranía que los ha empobrecido hasta el hambre y les ha arruinado la vida.
En México hoy, todavía tenemos ciertos espacios de libertad, pero cada vez menos. Es importante, ya crítico, ayudar a que más y más gente despierte y evitar que la tragedia venezolana se repita entre nosotros. Los mexicanos estamos ya atrapados en el síndrome de la rana hervida: metáfora que ilustra como las personas o grupos se acostumbran gradualmente a situaciones negativas sin reaccionar, porque los cambios ocurren de manera lenta y progresiva y, cuando quieren reaccionar, ya es demasiado tarde. El discurso de María Corina Machado debe encender para los mexicanos la alerta roja.
X: @AdrianRdeCh
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