La otra transformación

México se acerca cada vez más a ser un país mayoritariamente de población soltera. De acuerdo con cifras del Censo de Población y Vivienda 2020, realizado por el INEGI, el 34.2 % de los habitantes son solteros,...

13 de mayo, 2021 Censo de Población y Vivienda 2020

México se acerca cada vez más a ser un país mayoritariamente de población soltera. De acuerdo con cifras del Censo de Población y Vivienda 2020, realizado por el INEGI, el 34.2 % de los habitantes son solteros, solo 1.2 % menos que la población casada.

Al respecto, Carlos Welti Chanes, del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) de la UNAM, explicó: El cambio radical está en el segmento poblacional de mujeres solteras de 20 a 24 años de edad, quienes representan más del 50%, lo que muestra “una transformación en su estatus social”.

“Es inédito. Refleja el crecimiento de las mujeres que trabajan más allá del espacio doméstico, en una actividad remunerada. Es una muestra de la modificación social, representa también un incremento en su nivel de escolaridad”, añadió.

Por tanto, ese dato tan simple indica que ellas cumplen con el rol tradicional de esposa o cónyuge, incluso de madre, y tienen el reconocimiento y la posibilidad de cumplir con otros roles, lo cual se muestra en el aspecto demográfico.

“Lo que es de llamar la atención es esta transformación en los patrones de unión conyugal, porque no solamente creció el porcentaje de solteras, sino aumentó el de mujeres que se declaran en unión libre, es decir, que no hay formalización jurídica o social en términos generales de su unión”, destacó Welti Chanes.

Estas transformaciones, indicó el especialista universitario, se apreciarán en los patrones reproductivos, y también en el dilema sobre el futuro –en el caso de los jóvenes– que no pueden aceptar compromisos, como el de la unión conyugal, o tener hijos, debido a que los niveles de incertidumbre económica se incrementaron.

“No pueden tomar ese riesgo los jóvenes de asumir roles que significan responsabilidades adicionales a las que ya tienen, por la situación que vivimos en la sociedad”, enfatizó.

La CDMX, ciudad de solteros

Según el apartado correspondiente a la “Distribución de la población de 12 años y más por situación conyugal”, del Censo 2020, la Ciudad de México es la entidad que mayor porcentaje de solteros tiene, 38.1%; y la que menos personas casadas cuantifica, 29.9%.

En contraste, el estado con menor número de solteros es Tabasco, 31.4%; en cambio, el que tiene mayor número de personas casadas es Zacatecas, con 44%. Con respecto a la unión libre, Quintana Roo lidera el rubro con 26%; mientras que Guanajuato registra el menor porcentaje: 12.3%.

Abigail Vanessa Rojas Huerta, del Instituto de Geografía de la UNAM, indicó que la capital mexicana está “expulsando” habitantes, y no es ya una entidad que reciba y en la que uno pueda vivir, porque es muy cara.

La especialista señaló que de acuerdo con las cifras proporcionadas por el INEGI, hay alcaldías que tienen mayor proporción o porcentaje de personas solteras: Cuauhtémoc, Benito Juárez y Miguel Hidalgo.

“Cuando empiezas a cruzar otro tipo de variables, te percatas que esto se debe a cuestiones como la cercanía o contacto con instituciones educativas o escuelas, además de que son lugares donde se ha invertido en infraestructura, en colonias como Condesa, Roma y Doctores, con más inmuebles, edificios y centros de trabajo”, añadió.

En contraste, Milpa Alta, Xochimilco y Tláhuac son las demarcaciones donde hay menos personas solteras, y se reveló que se comprometen desde muy jóvenes; su asistencia a la escuela es menor, aunado a las cuestiones culturales “donde es imperativo casarse antes de cierta edad”.

En general, la capital del país cuenta con mayor número de hombres solteros, que de mujeres. Por grupos de edad, el 77% de los capitalinos de 20 a 24 años dijeron a los encuestadores estar en esta condición; el 55% del segmento de 25 a 29 años de edad también son solteros.

“Las mujeres capitalinas cada vez más retrasan su calendario de maternidad, por diversos roles y oportunidades, entre las que figuran las académicas, con ello ha disminuido el número de nacimientos”, concluyó Rojas Huerta.

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No podemos tratar con seriedad la relación entre destino, azar y libre albedrío sin abordar ese sutil espacio donde las tres dimensiones se amalgaman y superponen, dando lugar a uno de los más grandes misterios de la existencia consciente. Se trata de esas casualidades inesperadas, de esa especie de “pequeños milagros” imprevisibles que, sin pedirlo ni desearlo, se presentan cuando menos lo esperamos, transformando nuestras vidas de manera profunda, en algunos casos para bien  y en otros, para mal y que una vez que ocurren, ya nada será igual porque nuestras existencia ha tomado un nuevo rumbo y nuestro devenir comienza inexorablemente a moverse por derroteros distintos.  Este fenómeno se manifiesta de formas múltiples: a veces algo que nos ocurre, otras un acto que llevamos a cabo con intención y propósito y unas más, algo que no nos ocurre pero que nos habría trastocado la vida. 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No se puede negar que existen casos donde incluso quienes han padecido terribles limitaciones como consecuencia de ese episodio, terminan por interpretar estas desgracias como la guía para encontrar su auténtico destino o sentido de la vida, aquellos que tras perder la vista “lograron ver”, aquellos que tras perderlo todo “se encontraron a sí mismos”, pero no queda sino reconocer que se trata de casos excepcionales, que la mayoría de quienes una ruptura del devenir les trastoca el rumbo para mal, no se recuperan jamás. Del mismo modo que no todos los que reciben oportunidades inesperadas son capaces de aprovecharlas y sacarles el jugo que potencialmente tienen.   En términos simples, estos “milagros transformadores”, si bien todos son “causados” materialmente por algo, aquí lo que se busca es reflexionar acerca de su origen más profundo, y desde esta perspectiva podríamos hablar de dos: ser productos de la casualidad, de la suerte, del azar, de una acumulación de coincidencias. 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Puede que tenga razón, pero el que esa casualidad tenga siempre una causa, aun cuando no la sepamos, no cambia el hecho inquietante de que la insondable “causa final” de ese acontecimiento exterior tenga una dedicatoria específica para una persona en particular, pues, de ser así, convertiría al hecho fortuito en una especie de tirano implacable que corrige aquellos actos que nos alejan del destino que alguien tiene prescrito para nosotros, mientras que el hecho de que no la tenga, de que lo le ocurrió a uno podría haberle ocurrido a cualquiera, nos hace sentir el tremendo peso del azar en nuestras vidas, quitándole importancia a nuestros planes, propósitos y objetivos: si, por más planes que hagamos, es el azar quien nos lleva por un sitio u otro, qué sentido tiene la planeación y el esfuerzo. 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No se puede negar que existen casos donde incluso quienes han padecido terribles limitaciones como consecuencia de ese episodio, terminan por interpretar estas desgracias como la guía para encontrar su auténtico destino o sentido de la vida, aquellos que tras perder la vista “lograron ver”, aquellos que tras perderlo todo “se encontraron a sí mismos”, pero no queda sino reconocer que se trata de casos excepcionales, que la mayoría de quienes una ruptura del devenir les trastoca el rumbo para mal, no se recuperan jamás. Del mismo modo que no todos los que reciben oportunidades inesperadas son capaces de aprovecharlas y sacarles el jugo que potencialmente tienen.   En términos simples, estos “milagros transformadores”, si bien todos son “causados” materialmente por algo, aquí lo que se busca es reflexionar acerca de su origen más profundo, y desde esta perspectiva podríamos hablar de dos: ser productos de la casualidad, de la suerte, del azar, de una acumulación de coincidencias. O ser productos de una causalidad, de una intención, de un patrón preexistente que, aun sin que podamos percibirlo, hace que dicho evento posea un sentido y un propósito subyacente cuando se aplica a nuestra vida en particular.  Ante la imposibilidad de definir esos “milagros inesperados y significativos” ni como la una ni como la otra, en la siguiente entrega abordaremos un concepto distinto a partir del cual podríamos buscar integrarlas en una comprensión donde quepan las dos: la sincronicidad. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook: Juan Carlos Aldir" ["post_title"]=> string(89) "“Pequeños milagros transformadores”: ¿azar, destino o producto del libre albedrío?" ["post_excerpt"]=> string(172) "A veces un solo instante puede cambiar nuestra vida, como si de un guion de película se tratara. ¿Cómo interpretamos esos momentos: azar, casualidad o tal vez destino? 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