La crítica racional afecta menos al poderoso (presidente, rey, rico, clérigo) que la sátira, el chiste, la ironía o burla. La eficacia de la burla es porque desnuda al potentado ante su público y le devuelve a su condición humana, de ser falible. La mofa provoca algo similar a lo descrito en la fábula El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen: un par de estafadores se presentaron ante la corte del rey, a quien le dijeron que le harán un traje tan bello y de tal finura que solamente podrán verla los sabios y las personas dignas de su cargo. Nadie se atrevió a decirle al soberano que era farsa, hasta que un niño gritó: el Señor va desnudo.
El ridículo desnuda la hipocresía. La autoridad de monarcas y autócratas depende de su aura: la gente les obedece porque cree que reyes, reinas y dictadores son invencibles. En el teatro del poder, para el autócrata tanto su imagen como la amenaza de violencia contra los disidentes, son fundamentales para imponerse. El cómico que se burla de ese teatro, al revelar que el líder es un fanfarrón ridículo, socava su fuente de poder omnipotente. Por tanto, los súbditos se desencantan.
Mostrar al rey como persona que yerra, que se equivoca, erosiona su capacidad de imponer su voluntad. En México, políticos de Morena abrigan tentaciones autoritarias. En días pasados, un grupo de diputados del partido en el poder planteó castigar la crítica. El diputado federal de Morena Armando Corona Arvizu propuso reformar el Código Penal Federal para sancionar la creación y difusión no autorizada de imágenes, videos, audios o representaciones digitales -inclusive memes y stickers- generados o manipulados con tecnologías como la IA.
La herida del ridículo es peligrosa para quien basa su poder en la mitificación del propio yo. Desde Voltaire hasta los tuiteros y los programas satíricos, la historia muestra que la sátira es más que entretenimiento: su función es un mecanismo de desmitificación del poder. Por eso los tiranos la temen y la persiguen. Ser despojados de visibilidad y quitarles la solemnidad tiene la capacidad de devolver al público la percepción de que la autoridad es humana y discutible. Las verdades en sociedad son construcciones políticas, un relato aceptado.
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