La “celebración” de López, parte II: la debilidad gubernamental

No hay otra salida para el gobierno actual más que apoyarse en la imagen de López y vender el término “popularidad” como sinónimo de “positivo”.

5 de diciembre, 2022 debilidad gubernamental

Un hecho notable, desligado de la cantidad de gente que haya asistido a “celebrar” con López, es lo siguiente: el gobierno de López, su autonombrada Cuarta Transformación (o “Cuarta Masturbación” según Francisco Martín Moreno), es uno de los gobiernos mexicanos más débiles en memoria reciente. Sin importar si todos los mexicanos hubiesen asistido a “celebrar” a López, el hecho anterior se mantiene. 

¿Por qué afirmo lo anterior? Porque todo este 2022, los esfuerzos del gobierno han sido enfocados en cimentar la narrativa de que López es el presidente más querido y popular. Recuérdese ese otro momento bochornoso que fue la consulta de revocación en abril pasado, esa que nadie pidió más que el presidente. Ahora, para añadir a ese cajón de momentos lastimosos, tenemos la “celebración” al gobierno de López. Lamentablemente, millones de pesos del erario han ido al caño gracias a este par de eventos, cuyo único fin es mostrar lo “fuerte” que es López (que no su gobierno) entre la gente. 

Claro, en la superficie López parece muy fuerte: pero recordemos que, de forma objetiva, López es una persona pública superficial y su gobierno también lo es. Si rastreamos su desarrollo político desde hace, digamos, unos veinte años, podemos notar que su bolsa de trucos es limitadísima: despilfarro en apoyos sociales mal encauzados, compra de voluntades políticas, movilización de las masas y una constante presencia mediática para controlar y moldear su narrativa.

Hay dos aspectos que analizar de esto: uno en el ámbito de los hechos y otro en la esfera psicológica.  En el campo de los hechos, que este año haya sido dedicado a sobar el ego de López no es coincidencia: ante los paupérrimos (y cercanos a inexistentes) logros de la administración de López, su gobierno se ha visto acorralado y se ha quedado sin argumentos. La economía ha mostrado pequeños avances después de la pandemia, pero la inflación sigue golpeando los bolsillos de todos los mexicanos. La seguridad es otro de sus puntos fallidos, en los que parece que ya se rindió la actual administración (si es que acaso alguna vez intentó entrarle de verdad al problema, lo cual no parece el caso). El crimen sigue descontrolado en varios puntos del país, ya ni se diga la violencia contra las mujeres y otros sectores vulnerables, que no ven descanso. Por lo tanto, no hay otra salida para el gobierno actual más que apoyarse en la imagen de López y vender el término “popularidad” como sinónimo de “positivo” (porque, no hay que olvidar que lo popular no siempre es “positivo” o “mejor”: si así fuese, podría decirse que la heroína y la cocaína son mejores sustancias para el cuerpo humano que las vitaminas, que el grupo BTS tiene un legado más importante que Mozart y Bach juntos y que Cañitas es una mejor obra de arte que Crimen y castigo).   

En el lado psicológico del asunto, podría trazarse una comparación entre López (podría incluir a su gobierno, pero en realidad, lo que llamamos “gobierno” ya no es relevante en la estrategia política de Morena: desde 2022, el show es únicamente acerca de López Obrador y nada más) con el amante (hombre o mujer, no es relevante) eternamente inseguro, que debe escuchar un “te amo” cada hora de cada día durante toda las semanas del mes, por todo un año, por todos los años que dure la relación. De seguro, muchos conocerán o incluso habrán estado en una relación así. Está de más recordarles que, en el largo plazo, vivir con alguien tan inseguro es algo que se vuelve agotador. El amante que poco da y pide mucho. El amante que, ante sus fallas, debe ser reforzado o, en caso contrario, se derrumba. Dime cuánto me amas ha sido la divisa de López a lo largo de 2022, lo único a lo que de verdad le ha echado ganas, lo único que ocupa su mente y sus actos. 

López ha abusado de la buena voluntad que aún tiene entre sus fanáticos (y ha coaccionado a otros tantos más) para refugiarse en su eterna popularidad: es el escudo que lo salva de cualquier ataque y la única lucha que sabe que puede ganar. A las faldas protectoras del pueblo es hacia donde corre el presidente, cual niño asustado, cada vez que se siente amenazado. Por esto mismo, la discusión pública se ha desgastado hasta el punto en el que ya no hay nada más que gritar ante la pared que López ha construido a su alrededor, muy similar a las vallas que la mayoría del tiempo protegen Palacio Nacional. López es muy popular, López es muy amado y eso por sí mismo debería bastarnos a todos para no cuestionar nada más. De nuevo, volvemos al punto en el que López hace lo único que sabe hacer: espetar discursos superficiales, con muchas palabras, pero pocas ideas. 

¿Cuáles son los resultados de seguridad de López? López es muy popular, así que la seguridad está bien. ¿Cómo va la economía con López? López es muy popular, así que  la economía va perfectamente. ¿Qué ha pasado con la violencia y las mujeres desaparecidas y los periodistas asesinados? López es muy popular, así que ellos están bien, al lado del señor en el cielo. 

Lo que López y sus seguidores olvidan es que, aunque la popularidad es importante en un gobierno, no es lo único. También debe haber acciones y resultados, los cuales han caído a cuentagotas en este sexenio. Si la popularidad se pudiese convertir en alimento, si de un día para otro los criminales desarrollan una alergia a la popularidad o si la popularidad se puede convertir en medicamentos, tal vez López tendría algo interesante para dar. Pero fuera de eso, tanta popularidad sin resultados suficientes que la respalden no sirve para maldita la cosa. 

No nos dejemos engañar ni apantallar por lo que vimos el domingo: López es el presidente más débil de los últimos años, y su “celebración”, a pesar de las loas, de los gritos desaforados de “victoria”, de lo carnavalesco, es un signo inequívoco de ello. Si hubiese algo más que presumir que su popularidad (comprada o no, no importa), lo haría sin tanta alharaca, sin tanto show, sin tanto ruido. Pero estamos hablando de López, un bulldozer de popularidad. Como buen bulldozer, tendrá mucha potencia, pero pocas ideas. 

Ahora bien, alguien podrá decir que soy “hipócrita” por ver con buenos ojos la marcha a favor del INE y los institutos electorales y condenar la “celebración de López”. Empero, hay diferencia fundamentales entre ambos actos, los cuales intentaré delinear en la parte III de este texto.

Comentarios


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En México tenemos el mito cultural nocivo del “buen trabajador”, entendido como aquella persona que “da el todo” por la empresa. Esto implica quedarse horas extras –sin paga–, laborar en fines de semana e, incluso, la aceptación que vivir con agotamiento extremo –burn out– es considerado indicador de un “buen rendimiento” y una “persona comprometida”. Vaya, hasta es mal visto aquella persona que deja de trabajar a la hora indicada –“¡qué sangrón!”, “¡uy, es que no le gusta trabajar!”–. Mi aversión con esta etiqueta social es que pensamos que siempre hay “que echarle muchas ganas” –y sí, nadie lo niega–, pero el esfuerzo y trabajo son precisamente eso, una actividad dentro de muchas de la vida, más no la única.  Nos quieren vender que el trabajo es el centro de nuestra existencia y que aquellos profesionistas con más de veinticinco años trabajando en una empresa son el ejemplo de la constancia y el buen desempeño. Sin embargo, ¿realmente es bueno que dediquemos un cuarto –o más– de nuestra existencia a enriquecer a aquel sector en la cúspide de la pirámide social? ¿Nos parece aceptable que la gran mayoría de los mexicanos trabajemos ocho horas diarias –y más– para poder disfrutar cuatro –o menos–? Incluso con la reciente reforma a la Ley Federal del Trabajo uno tendría que trabajar veintiséis años para ser acreedor a treinta días de vacaciones. Al respecto, destaca el estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos –OCDE– donde se señala lo siguiente: “Mexicanos y mexicanas son los que más horas trabajan de todos los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), pero los que menos vacaciones tienen, una circunstancia que incide en la productividad y que empieza a tener consecuencias en la salud de la población. 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Incluso, comparados con otros países, en su momento se llegó a afirmar que “los mexicanos, además de trabajar las jornadas más largas, también están sujetos a uno de los regímenes vacacionales más mezquinos del mundo: sus vacaciones mínimas pagas legales son de menos de 10 días, lo mismo que ocurre en Nigeria, Japón y China, por ejemplo” 4 . Con estas alarmantes cifras, ¡claro que era necesario una reforma! Sin embargo, poco resuelve el problema de fondo. Como lo menciono al principio, mi intuición es que la raíz de esta situación es cultural. Este mito del “buen trabajador” existe por dos realidades inseparables. Por un lado, tenemos una admiración perversa por la figura del “líder”, quien es la persona que gestiona y sabe resolver cualquier problema. Que, por su puesto de mando, rara vez se puede equivocar. Lo cual da origen a un doble discurso moralmente ambiguo. Nos dicen en las empresas “hay que hacerse responsable de nuestros actos” pero el patrón siempre puede echar la culpa al subordinado. Y, tristemente, se acepta como “lo normal”. Al final del día, “así es la realidad aquí y en cualquier empresa”. Mi pregunta es: ¿hasta cuándo lo vamos a permitir? Si existen jefes que se comportan como capataces es porque la gente lo tolera y acepta. Para llegar a cambiar esta realidad hemos de entender que el auténtico líder no es la arrogancia encarnada, sino una persona de virtud y humildad. No se trata de estilos de ejecución, sino de carácter. Es aquella persona que acepta las críticas y busca dirigir con el ejemplo. Quien no teme los conflictos por amor ciego a números y cifras, sino que integra las dificultades para promover el crecimiento, ya que “los conflictos nos permiten conocer y apreciar las diferencias: a partir de aquí podemos aprender, crecer, cooperar con objetivos comunes”5. La otra realidad que promueve el mito del “buen trabajador” se centra en la concepción misma de cómo apreciamos a los trabajadores y la labor cotidiana. Dentro del sistema somos vistos como un bien, un asset o commodity de las organizaciones. Como lo llegó a comprender Herbert Marcuse, nos impregnan de necesidades falsas que perpetúan el mito de la productividad. De esta manera, nos creemos el cuento de que, mientras más crezcamos y demos horas de nuestra vida, más libres somos y, en realidad, más serviles nos volvemos al sistema: “La productividad más alta del trabajo puede utilizarse para la perpetuación del trabajo, la industrialización más efectiva puede servir para la restricción y la manipulación de las necesidades. Al llegar a este punto, la dominación –disfrazada de opulencia y libertad– se extiende a todas las esferas de la existencia pública y privada, integra toda oposición auténtica, absorbe todas las alternativas”6. Es decir, que mientras más permitamos el abuso de tiempo –horas extras, fatiga extrema, burn out como indicador de que “somos buenos trabajadores”–, más fortalecemos el sistema de pequeños abusos laborales constantes. Curiosamente, la palabra “trabajo” tiene un peculiar origen. El lingüista Joan Corominas7 explicó que etimológicamente proviene del latín tripaliare, que significa “torturar”. Si bien, tener un trabajo no se equipara con padecer martirios extremos, sí conserva cierta semántica de angustia, suplicio, estrés, obligación y frustración.  A modo de conclusión, tanto sector público y privado son esenciales para cualquier sociedad. Sin embargo, hay que quitarnos de la cabeza que la saturación de encargos y responsabilidades nos hace mejores personas. El trabajo es sólo una dimensión de la vida, no la central. Hemos de caminar hacia una idea de que cualquier trabajo es un medio que permite desarrollar habilidades y nos provee del sustento necesario para perseguir nuestros sueños y anhelos, es decir, para vivir bien. Como lo demuestran los estudios, la productividad no se traduce con jornadas largas y constantes. Al contrario, hay mayor productividad cuando se permiten descansos frecuentes, tiempo para concentrarse y, sobre todo, tiempo para cultivar el ocio, la diversión y las relaciones personales. Dejemos de poner excusas para desgastarnos y defendamos una cultura laboral basada en la equidad, lo justo y lo correcto.  1“La escasez de vacaciones en México impulsa una reforma legal para aumentar el ocio a 12 días anuales”, Darinka Rodríguez, El País, 12 de agosto de 2022. Disponible en: https://elpais.com/mexico/2022-08-12/la-escasez-de-vacaciones-en-mexico-impulsa-una-reforma-legal-para-aumentar-el-ocio-a-12-dias-anuales.html. 2“¿Qué países trabajan más horas al año? Spoiler: México es el que dedica más tiempo”, redacción de El Financiero, 20 de agosto de 2022. Disponible en: https://www.elfinanciero.com.mx/economia/2022/08/20/que-paises-trabajan-mas-horas-al-ano-spoiler-mexico-es-el-que-dedica-mas-tiempo/.  3Ídem. 4 “Los países del mundo en los que se trabaja más horas (y los dos primeros son de América Latina)”, redacción de BBC Mundo, 25 de abril de 2018. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/institucional-43872427#:~:text=Corea%20del%20Sur%20tiene%20una,horas%20por%20a%C3%B1o%2C%20por%20trabajador. 5 Carlos Llano Cifuentes, Humildad y liderazgo. ¿Necesita el empresario ser humilde?, (CDMX: Ediciones ECA, 2018), p. 20.  6Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, trad. de Antonio Elorza (CDMX: Editorial Planeta, 2021), p. 55. 7 Cfr. “¿De dónde viene la palabra trabajar?”, redacción de El Heraldo de Aragón, 21 de mayo de 2017. 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Más importante aún, ¿qué fue de las premisas más populares planteadas durante la larga campaña morenista, la campaña de la “esperanza”?  Veamos.  ¿Se sentirán satisfechos quienes votaron pensando en “primero los pobres”? Acorde con el Centro de Investigación de Política Pública, la cual define pobreza multidimensional como aquella donde el individuo posee al menos una carencia social y los ingresos son insuficientes para adquirir los bienes y servicios para satisfacer las necesidades básicas, muestra que el porcentaje de connacionales en dicha condición ha aumentado de forma sostenida durante este sexenio, en casi 4 millones de mexicanos del 2018 al 2021. El incremento en carencia de acceso a la salud pasó del 16% en 2018 a más del 30% en 2021. Asimismo, la pobreza multidimensional pasó del 41.9 al 43.9%, la pobreza moderada del 34.9 al 35.4% y la pobreza extrema del 7 al 8.5% en el mismo período acorde con la información del CONEVAL. Aunque claro, más mexicanos en situación de pobreza significa más dádivas y apoyos gubernamentales y, por ende, más votos en la próxima elección.  ¿Para acabar con el “chayote” de reporteros, comunicadores y medios? Si fue así nada de eso se ha cumplido, salvo cambiar de unos propagandistas a otros, comenzando por los “reporteros” que acuden a cubrir las conferencias mañaneras. Durante la primera mitad de este sexenio Televisa (si, Televisa, ese supuesto enemigo en la mente del presidente y sus seguidores) ha recibido cerca de 1000 millones de pesos en materia de contratos publicitarios por parte del gobierno federal, seguido de TV Azteca con 900 millones y La Jornada, con un monto cercano a los 800 millones; otros 778 medios recibieron publicidad oficial del 2019 al 2021, 10 de ellos concentran el 50% ($4,325 millones) de los recursos presupuestados, incluida la Organización Editorial Acuario, editora del diario Tabasco Hoy, de donde es originario el ejecutivo. El mismo Epigmenio Ibarra reconoció que su empresa Argos Comunicación, recibió en 2019 un “préstamo” por parte del gobierno federal a través de Bancomext (Banco Nacional de Comercio Exterior) por un monto superior a los 150 millones de pesos.  ¿Lo hicieron para acabar con la corrupción en el país? Dejando de lado los múltiples escándalos que rodean al círculo presidencial (entre ellos los hermanos e hijos del titular del ejecutivo, así como sus colaboradores y contratistas) y aunque el presidente agite en sus manos un pañuelo blanco un día sí y otro también, México cayó de posición en al índice que mide la capacidad de combatir la corrupción (CCC) en los últimos años, siguiendo su trayectoria descendente desde el 2018 para situarse en el sitio 12 (de 15 países medidos en Latinoamérica) sólo por delante de Bolivia, Venezuela y Guatemala. Por otra parte, el análisis realizado por Transparencia Internacional en 2022 arrojó que el 65% de los establecimientos se vieron orillados a participar en actos de corrupción para realizar algún trámite, contrario al 34% de administraciones anteriores. Aún peor, el 80.6% de los contratos del gobierno federal han sido entregados no por licitaciones abiertas, sino por adjudicación directa (cifra que ya supera la de toda la administración anterior); el 91.5% de aquellos relacionados con medicamentos y productos farmacéuticos (que no hay) han sido entregados por esta vía, lo mismo que el 95% de publicidad gubernamental y el 96% de los contratos relacionados con la COVID-19. En un día promedio se entregan 308 contratos por adjudicación y 45 por licitación.  ¿Para dejar de mantener a los expresidentes y “castigar” su actuación en el pasado? Peor aún. Mientras que los expresidentes más recientes, desde Enrique Peña Nieto hasta Ernesto Zedillo pasando por Calderón y Fox, viven todos con absoluta tranquilidad (uno en España, otro laborando como dirigente de la FIA, otro en su rancho en Guanajuato, otro más es director del Centro de Globalización de la Universidad de Yale) sin ningún proceso abierto en su contra, poco ha aportado la medida; si bien es cierto que el país ha dejado de cargar al erario los más de $200 mil pesos que correspondían a su pensión y protección, ahora éstos y muchos más se utilizan para acoger a dictadorzuelos extranjeros y sus familias, como es el caso de Evo Morales y Pedro Castillo, los más recientes, además de operadores políticos también extranjeros como el español Abraham Mendieta,  quien ingresó al país en calidad de turista y se quedó a laborar para Morena.  ¿Eliminar la opulencia o el exceso con que vivía la clase política en el pasado? Bueno, en dicho caso el ejecutivo actual pasó de vivir en la Residencia Oficial de los Pinos (creada expresamente para ello) para asentarse en Palacio Nacional, construido en 1522, lo cual representa una erogación mensual de $6 millones de pesos; si revisamos la información presupuestal en este rubro los mexicanos pagaremos, de nuestros impuestos, por la estadía de 5 años y 10 meses del presidente en dicho inmueble cerca de $500 millones de pesos. El Palacio posee 40,000 metros cuadrados, su valor catastral es de $1,400 millones y ahí laboran 147 personas diariamente. Lo anterior sin hacer recuento de los viajes y propiedades de los funcionarios gubernamentales de alto nivel, como los 23 inmuebles de Manuel Bartlett, las de Mario Delgado, Américo Villareal y muchos otros.  ¿Para mejorar las condiciones de seguridad en el país? Uno de los peores rubros de este gobierno tras la política de abandono de la seguridad pública y los “abrazos, no balazos”. Los datos del INEGI muestran el claro deterioro: en 2021, se cometieron 28.1 millones de delitos asociados a 22.1 millones de víctimas, mientras que en 2020 fueron 27.5 y 21.2 respectivamente, esto es un incremento de medio millón de delitos y casi un millón de víctimas. En el tercer trimestre del 2022, más del 64% de los mexicanos consideró inseguro vivir en su ciudad. Peor aún, en el último trimestre del año anterior, el gobierno actual contabilizaba ya más de 168 mil homicidios totales, superando los del sexenio completo de Felipe Calderón Hinojosa y su lucha contra el narco, que contabilizó 120, 463 muertes. Lo anterior, considerando que aún restan por agregar los de los meses restantes de la presente administración.  ¿Un sistema de salud como Dinamarca? A pesar de que el presidente promete, año con año, que ahora sí el próximo habrá uno como el del país nórdico, los datos muestran una cruda realidad: el sistema de salud actual no cuenta, siquiera, con un cuadro básico de vacunación como en administraciones anteriores, uno de los mejores a nivel mundial y el mejor a nivel Latinoamérica, haciendo que vuelvan a surgir padecimientos que habían sido erradicados; adicionalmente, el presupuesto del sector ha ido disminuyendo conforme avanza el sexenio. En 2019, 5 millones de recetas no pudieron abastecerse en territorio nacional, en el 2020 fueron 15 millones 857 mil, para 2021 la cifra aumentó a 22 millones 62 mil. ¿Los que mayor escasez han reportado?: Cáncer, diabetes, enfermedades neurológicas y VIH.  Todo ello sin hablar del sistema de educación pública, la edificación de proyectos obsoletos y con costos altísimos, de la búsqueda por debilitar las instituciones, del incremento en el déficit público, la injerencia del ejecutivo en otros órdenes de gobierno y muchos otros aspectos lamentables y nocivos de la administración actual. Lo anterior resulta no sólo una cruel ironía sino una trágica para el presente del país y más aún, para su futuro. Habrá quien se diga sorprendido por el derrotero de la actual gestión, hay quienes lo previmos desde hace varios años y hay otros, muchos más, que, sin importar los datos y hechos expuestos preferirán seguir creyendo que el país “va mejorando”.  En un entorno que privilegie, como debería resultar normal, la productividad, los objetivos, metas, capacidad, el talento y el esfuerzo, todos aquellos que ahora ocupan los puestos de poder no tendrían cabida alguna: las Sheinbaum, los Fernández Noroña, los López Obrador, los Bartlett, las Clemente, los Salgado Macedonio y un larguísimo etcétera. Individuos cuyas capacidades y forma de actuar no les permitirían sobresalir en ámbito productivo alguno. Pero la política existe como medio y herramienta y el discurso demagógico vende y se compra bien. Hoy por hoy, reyezuelos palurdos ungidos por el voto popular “masivo”, sin nada que ofrecer más que un frases huecas y promesas vacías pero atractivas, dirigen el rumbo del país hacia una debacle, tal y como lo muestran los datos.  A Winston Churchill, el primer ministro británico, se le atribuye la frase: “La principal diferencia entre humanos y animales es que los animales nunca permitirían que los lidere el integrante más estúpido de la manada”. Irónico. Y México es prueba irrefutable de que esta máxima continúa vigente tras un largo, largo sexenio que de a poco comienza a llegar a su fin, con más tragedias, muertos, pobreza  y corrupción que ninguno en décadas recientes.  *Datos obtenidos de las encuestas realizadas por el INEGI, CONEVAL, Transparencia Internacional durante los años 2019, 2020, 2021 y 2022, El Centro de Investigación de Política Pública, así como de la SHCP durante el mismo período. 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En México tenemos el mito cultural nocivo del “buen trabajador”, entendido como aquella persona que “da el todo” por la empresa. Esto implica quedarse horas extras –sin paga–, laborar en fines de semana e, incluso, la aceptación que vivir con agotamiento extremo –burn out– es considerado indicador de un “buen rendimiento” y una “persona comprometida”. Vaya, hasta es mal visto aquella persona que deja de trabajar a la hora indicada –“¡qué sangrón!”, “¡uy, es que no le gusta trabajar!”–. Mi aversión con esta etiqueta social es que pensamos que siempre hay “que echarle muchas ganas” –y sí, nadie lo niega–, pero el esfuerzo y trabajo son precisamente eso, una actividad dentro de muchas de la vida, más no la única.  Nos quieren vender que el trabajo es el centro de nuestra existencia y que aquellos profesionistas con más de veinticinco años trabajando en una empresa son el ejemplo de la constancia y el buen desempeño. Sin embargo, ¿realmente es bueno que dediquemos un cuarto –o más– de nuestra existencia a enriquecer a aquel sector en la cúspide de la pirámide social? ¿Nos parece aceptable que la gran mayoría de los mexicanos trabajemos ocho horas diarias –y más– para poder disfrutar cuatro –o menos–? Incluso con la reciente reforma a la Ley Federal del Trabajo uno tendría que trabajar veintiséis años para ser acreedor a treinta días de vacaciones. Al respecto, destaca el estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos –OCDE– donde se señala lo siguiente: “Mexicanos y mexicanas son los que más horas trabajan de todos los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), pero los que menos vacaciones tienen, una circunstancia que incide en la productividad y que empieza a tener consecuencias en la salud de la población. En los primeros tres meses de este año, de los aproximadamente 56 millones de personas con un empleo regulado en México, un 47,1% trabajó entre 1.785 y 2.124 horas anuales, según datos del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO)” 1 . Cabe mencionar que, dentro de la OCDE se encuentran países como Reino Unido, Alemania y Japón. Y, a tantas horas laboradas, ¿realmente impacta en la productividad? En realidad… no. Contrario a la lógica común, “México es uno de los países donde se trabajan más horas, pero la productividad es baja” 2 . Además, en los últimos años no hemos mejorado este factor: “En 2020, la Productividad Total de los Factores registró un descenso de 3.69 por ciento con respecto a 2019. En lo que va de este gobierno, entre 2019-2020, la productividad ha decrecido 2.2 por ciento en promedio” 3 . Incluso, comparados con otros países, en su momento se llegó a afirmar que “los mexicanos, además de trabajar las jornadas más largas, también están sujetos a uno de los regímenes vacacionales más mezquinos del mundo: sus vacaciones mínimas pagas legales son de menos de 10 días, lo mismo que ocurre en Nigeria, Japón y China, por ejemplo” 4 . Con estas alarmantes cifras, ¡claro que era necesario una reforma! Sin embargo, poco resuelve el problema de fondo. Como lo menciono al principio, mi intuición es que la raíz de esta situación es cultural. Este mito del “buen trabajador” existe por dos realidades inseparables. Por un lado, tenemos una admiración perversa por la figura del “líder”, quien es la persona que gestiona y sabe resolver cualquier problema. Que, por su puesto de mando, rara vez se puede equivocar. Lo cual da origen a un doble discurso moralmente ambiguo. Nos dicen en las empresas “hay que hacerse responsable de nuestros actos” pero el patrón siempre puede echar la culpa al subordinado. Y, tristemente, se acepta como “lo normal”. Al final del día, “así es la realidad aquí y en cualquier empresa”. Mi pregunta es: ¿hasta cuándo lo vamos a permitir? Si existen jefes que se comportan como capataces es porque la gente lo tolera y acepta. Para llegar a cambiar esta realidad hemos de entender que el auténtico líder no es la arrogancia encarnada, sino una persona de virtud y humildad. No se trata de estilos de ejecución, sino de carácter. Es aquella persona que acepta las críticas y busca dirigir con el ejemplo. Quien no teme los conflictos por amor ciego a números y cifras, sino que integra las dificultades para promover el crecimiento, ya que “los conflictos nos permiten conocer y apreciar las diferencias: a partir de aquí podemos aprender, crecer, cooperar con objetivos comunes”5. La otra realidad que promueve el mito del “buen trabajador” se centra en la concepción misma de cómo apreciamos a los trabajadores y la labor cotidiana. Dentro del sistema somos vistos como un bien, un asset o commodity de las organizaciones. Como lo llegó a comprender Herbert Marcuse, nos impregnan de necesidades falsas que perpetúan el mito de la productividad. De esta manera, nos creemos el cuento de que, mientras más crezcamos y demos horas de nuestra vida, más libres somos y, en realidad, más serviles nos volvemos al sistema: “La productividad más alta del trabajo puede utilizarse para la perpetuación del trabajo, la industrialización más efectiva puede servir para la restricción y la manipulación de las necesidades. Al llegar a este punto, la dominación –disfrazada de opulencia y libertad– se extiende a todas las esferas de la existencia pública y privada, integra toda oposición auténtica, absorbe todas las alternativas”6. Es decir, que mientras más permitamos el abuso de tiempo –horas extras, fatiga extrema, burn out como indicador de que “somos buenos trabajadores”–, más fortalecemos el sistema de pequeños abusos laborales constantes. Curiosamente, la palabra “trabajo” tiene un peculiar origen. El lingüista Joan Corominas7 explicó que etimológicamente proviene del latín tripaliare, que significa “torturar”. Si bien, tener un trabajo no se equipara con padecer martirios extremos, sí conserva cierta semántica de angustia, suplicio, estrés, obligación y frustración.  A modo de conclusión, tanto sector público y privado son esenciales para cualquier sociedad. Sin embargo, hay que quitarnos de la cabeza que la saturación de encargos y responsabilidades nos hace mejores personas. El trabajo es sólo una dimensión de la vida, no la central. Hemos de caminar hacia una idea de que cualquier trabajo es un medio que permite desarrollar habilidades y nos provee del sustento necesario para perseguir nuestros sueños y anhelos, es decir, para vivir bien. Como lo demuestran los estudios, la productividad no se traduce con jornadas largas y constantes. Al contrario, hay mayor productividad cuando se permiten descansos frecuentes, tiempo para concentrarse y, sobre todo, tiempo para cultivar el ocio, la diversión y las relaciones personales. Dejemos de poner excusas para desgastarnos y defendamos una cultura laboral basada en la equidad, lo justo y lo correcto.  1“La escasez de vacaciones en México impulsa una reforma legal para aumentar el ocio a 12 días anuales”, Darinka Rodríguez, El País, 12 de agosto de 2022. Disponible en: https://elpais.com/mexico/2022-08-12/la-escasez-de-vacaciones-en-mexico-impulsa-una-reforma-legal-para-aumentar-el-ocio-a-12-dias-anuales.html. 2“¿Qué países trabajan más horas al año? Spoiler: México es el que dedica más tiempo”, redacción de El Financiero, 20 de agosto de 2022. Disponible en: https://www.elfinanciero.com.mx/economia/2022/08/20/que-paises-trabajan-mas-horas-al-ano-spoiler-mexico-es-el-que-dedica-mas-tiempo/.  3Ídem. 4 “Los países del mundo en los que se trabaja más horas (y los dos primeros son de América Latina)”, redacción de BBC Mundo, 25 de abril de 2018. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/institucional-43872427#:~:text=Corea%20del%20Sur%20tiene%20una,horas%20por%20a%C3%B1o%2C%20por%20trabajador. 5 Carlos Llano Cifuentes, Humildad y liderazgo. ¿Necesita el empresario ser humilde?, (CDMX: Ediciones ECA, 2018), p. 20.  6Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, trad. de Antonio Elorza (CDMX: Editorial Planeta, 2021), p. 55. 7 Cfr. “¿De dónde viene la palabra trabajar?”, redacción de El Heraldo de Aragón, 21 de mayo de 2017. 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Cultura laboral mexicana

Cultura laboral mexicana. Un tema urgente

Paradójicamente, México es uno de los países donde se trabajan más horas; sin embargo, la productividad es baja.

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“Es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados”. -Mark Twain.

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