Desde tiempos antiguos, la nuestra ha sido una región habitada por una violencia ancestral, hasta inocente a veces, gratuita y proclamada es solo una de las caras de la violencia en nuestro continente. La violencia propia de la resistencia y la revolución es otra de sus manifestaciones una, por cierto, a la que guardamos reverencia y respeto y a la que generalmente recordamos con un sentimiento de melancólica heroicidad; pero la violencia a la que nos vemos expuestos después de la ambición desaforada y carente de toda causa, a esa no podremos acostumbrarnos ni llamarla nuestra, ni siquiera como llamamos a nuestras enfermedades y a nuestras malformaciones; pero había que nombrarla, decirla y encararla para comprenderla y recordarla como todo aquello que no debió haber sido y que, sin embargo, está y se quedará en nuestra memoria y en nuestro imaginario por generaciones.
Ahítos de noticias, de espeluznantes escenas que se vuelven cotidianas y gracias a las cuales los ríos de sangre ya no asustan ni a los niños y la grandilocuencia de las cabezas abandonadas en los basureros ya no estremecen, sino suenan como la estática que antes escuchábamos cuando la programación de las televisoras no cubría las 24 horas y también descansaba como lo hace todo cuanto vive. Por eso es delicado hablar de la violencia ejercer con la razón el exorcismo de esa realidad que no escogimos y que jamás hubiéramos deseado; quiere sacar del fondo del dolor la fábula y no la moraleja; las magníficas piezas de periodismo que nacen con la violencia, se cuentan en género literario aparte, esas ilustran, muestran la realidad a través del matiz, más o menos afortunado, del estilo que las engendra. si bien es cierto que el periodismo aspira a explicar, también lo es que su función, en estos tiempos de inmediatez e imagen, es más bien ilustrar y por ello debe buscar causas y consecuencias.
La crónica no es suficiente, no basta decir lo que pasó, o no solamente quiere contar lo que sucedió; hay mucho más, necesitamos experimentar el recuerdo de lo pasado y glorificar la carne mediante el sacrificio, es decir, hacer holocausto de las memorias para salvaguardar la vida. El tiempo de la violencia es también el tiempo del amor; en cierto sentido, la posibilidad de morir acelera el ritmo de la existencia, los niños e hacen jóvenes muy pronto y los ancianos entran en la eternidad aún antes de muertos. El riesgo de morir a manos de desconocidos, la amenaza del crimen y el secuestro llevan a forzar la existencia más allá de sus límites y a vivir, segundo a segundo, con la promesa y la esperanza que habrá, al final de esos sesenta fatigosos instantes, un minuto más para estar con quien se ama; la violencia cataliza la existencia, es cierto, pero al mismo tiempo forza el sabor agridulce de la vida e impide la reproducción de la esperanza, el amor en los tiempos de la violencia es siempre un amor desesperado, loco, que busca sin hallar y que no encuentra reposo sino narcótico.
Porque, ¿quién se atrevería a decir que es el mismo después de la exposición, individual o colectiva, a la violencia? Esa sensación de vivir en un mundo sucio, olvidado, polvoriento, donde cada golpe se vuelve anónimo y donde las amenazas van perdiendo sentido porque todos resultamos amenazados en general y no es la intención de otro, sino la mala fortuna la que ejercita el misterioso mecanismo de la muerte o la mutilación. El ciudadano se rebela contra ese pasado, es necesario decir lo inenarrable para, a partir de la soledad y la noche de las palabras, se pueda volver a la luz, no a la prístina, sino a la reinventada, para llenar de colorido el mundo que se vio invadido por la guerra, el narcotráfico, la trata de personas, la amenaza, el secuestro y todas las variaciones del miedo. Después de esos años, se es veterano del mundo de la violencia y, entonces, uno sabe y se da cuenta que hubo algo en el pasado –como en nuestro presente– que no funcionó correctamente, que alguien, en algún lugar, cometió un error imperdonable y que se llevó con él todo lo bueno que habíamos tenido y que hubiéramos podido tener y, sin embargo, pese a todo seguimos vivos y buscando, como si a la vuelta de la esquina la fórmula secreta fuera a revelarse, como si de pronto, así, de la nada, alguien pudiera acercarse al oído y decir pausadamente: tranquilo, ya ha pasado.
César Benedicto Callejas
Abogado. Escritor. SNI.
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