Hablar en tiempos de violencia

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22 de junio, 2021 Hablar en tiempos de violencia

Desde tiempos antiguos, la nuestra ha sido una región habitada por una violencia ancestral, hasta inocente a veces, gratuita y proclamada es solo una de las caras de la violencia en nuestro continente. La violencia propia de la resistencia y la revolución es otra de sus manifestaciones una, por cierto, a la que guardamos reverencia y respeto y a la que generalmente recordamos con un sentimiento de melancólica heroicidad; pero la violencia a la que nos vemos expuestos después  de la ambición desaforada y carente de toda causa, a esa no podremos acostumbrarnos ni llamarla nuestra, ni siquiera como llamamos a nuestras enfermedades y a nuestras malformaciones; pero había que nombrarla, decirla y encararla para comprenderla y recordarla como todo aquello que no debió haber sido y que, sin embargo, está y se quedará en nuestra memoria y en nuestro imaginario por generaciones.

Ahítos de noticias, de espeluznantes escenas que se vuelven cotidianas y gracias a las cuales los ríos de sangre ya no asustan ni a los niños y la grandilocuencia de las cabezas abandonadas en los basureros ya no estremecen, sino suenan como la estática que antes escuchábamos cuando la programación de las televisoras no cubría las 24 horas y también descansaba como lo hace todo cuanto vive. Por eso es delicado hablar de la violencia ejercer con la razón el exorcismo de esa realidad que no escogimos y que jamás hubiéramos deseado; quiere sacar del fondo del dolor la fábula y no la moraleja; las magníficas piezas de periodismo que nacen con la violencia, se cuentan en género literario aparte, esas ilustran, muestran la realidad a través del matiz, más o menos afortunado, del estilo que las engendra. si bien es cierto que el periodismo aspira a explicar, también lo es que su función, en estos tiempos de inmediatez e imagen, es más bien ilustrar y por ello debe buscar causas y consecuencias.

La crónica no es suficiente, no basta decir lo que pasó, o no solamente quiere contar lo que sucedió; hay mucho más, necesitamos experimentar el recuerdo de lo pasado y glorificar la carne mediante el sacrificio, es decir, hacer holocausto de las memorias para salvaguardar la vida. El tiempo de la violencia es también el tiempo del amor; en cierto sentido, la posibilidad de morir acelera el ritmo de la existencia, los niños e hacen jóvenes muy pronto y los ancianos entran en la eternidad aún antes de muertos. El riesgo de morir a manos de desconocidos, la amenaza del crimen y el secuestro llevan a forzar la existencia más allá de sus límites y a vivir, segundo a segundo, con la promesa y la esperanza que habrá, al final de esos sesenta fatigosos instantes, un minuto más para estar con quien se ama; la violencia cataliza la existencia, es cierto, pero al mismo tiempo forza el sabor agridulce de la vida e impide la reproducción de la esperanza, el amor en los tiempos de la violencia es siempre un amor desesperado, loco, que busca sin hallar y que no encuentra reposo sino narcótico.

Porque, ¿quién se atrevería a decir que es el mismo después de la exposición, individual o colectiva, a la violencia? Esa sensación de vivir en un mundo sucio, olvidado, polvoriento, donde cada golpe se vuelve anónimo y donde las amenazas van perdiendo sentido porque todos resultamos amenazados en general y no es la intención de otro, sino la mala fortuna la que ejercita el misterioso mecanismo de la muerte o la mutilación. El ciudadano se rebela contra ese pasado, es necesario decir lo inenarrable para, a partir de la soledad y la noche de las palabras, se pueda volver a la luz, no a la prístina, sino a la reinventada, para llenar de colorido el mundo que se vio invadido por la guerra, el narcotráfico, la trata de personas, la amenaza, el secuestro y todas las variaciones del miedo. Después de esos años, se es veterano del mundo de la violencia y, entonces, uno sabe y se da cuenta que hubo algo en el pasado –como en nuestro presente– que no funcionó correctamente, que alguien, en algún lugar, cometió un error imperdonable y que se llevó con él todo lo bueno que habíamos tenido y que hubiéramos podido tener y, sin embargo, pese a todo seguimos vivos y buscando, como si a la vuelta de la esquina la fórmula secreta fuera a revelarse, como si de pronto, así, de la nada, alguien pudiera acercarse al oído y decir pausadamente: tranquilo, ya ha pasado.

César Benedicto Callejas

Abogado. Escritor. SNI.

@cbch70

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Asumimos que ése que lastima su cuerpo, que daña su salud, que deteriora sus relaciones, que se sabotea profesionalmente no soy Yo, sino algo que funciona mal dentro de “mi cuerpo”, pero que con una pastilla, con una cirugía, tras una hipnosis “que curen ese aspecto mío que está fallando”, todo habrá de resolverse.  En todos esos casos que consideramos negativos, se trata de algo dentro de nosotros que está fuera de control y que desobedece al Yo que piensa y con el que, en apariencia, me siento más identificado; en una palabra: se trata de aspectos “míos” que traicionan al Yo verdadero.   Pero esta es solo una dimensión del problema. En el caso concreto de nuestro cuerpo, por ejemplo, cuando un órgano o una parte de él muestra un “desempeño inadecuado”, es decir, cuando enfermamos, vamos al médico en busca de una solución externa. Tratamos a nuestro cuerpo exactamente igual que a nuestro automóvil. 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El resto de lo que ampara mi identidad solo “me pertenece”.  Desde luego que los próximos artículos, que abordarán la relación de nuestros diversos “mis” –mi cuerpo, mis emociones, mis sentimientos, mis impulsos, etc.– con ese “Yo que piensa”, y el cual consideramos el núcleo de nuestra identidad, no abogan por rechazar la medicina o la ciencia, sino por replantearnos la manera como nos relacionamos con todos aquellos aspectos que nos constituyen para, en la medida de lo posible, dejar de entenderlos como entes ajenos y aprender, paso a paso, a experimentarnos como una unidad completa, de modo que, con independencia de que sigamos asistiendo al médico o al fisioterapeuta, aprendamos a leernos y entender mejor los mensajes que nuestro cuerpo, emociones, sentimientos, impulsos, intuiciones y demás elementos que nos componen nos ofrecen con el propósito de tener una experiencia más plena y consciente.   Desde luego que la disociación expuesta en los párrafos anteriores entre el “Yo que piensa” y mi cuerpo, mis emociones, sin sensaciones, etc., no es producto del azar, sino que tiene como origen conceptual en el trabajo de René Descartes y su célebre conclusión: cogito ergo sum y que solemos traducir como “pienso, luego existo”, con la cual, sin saberlo, fundó la modernidad.  En el siguiente artículo exploraremos el trabajo de este filósofo, indispensable para entender el origen de lo que hoy conocemos como individualidad.  Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook: Juan Carlos Aldir" ["post_title"]=> string(77) "Relación cuerpo-mente: ¿disociación irreversible o potencial integración?" 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