Eutanasia: el principio de no tomar la vida del inocente

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18 de agosto, 2022 Eutanasia: el principio de no tomar la vida del inocente

La presencia de dolores, y otros síntomas, que se producen en pacientes con enfermedades crónicas y terminales, a veces son inevitables. Los síntomas en muchas ocasiones son  tratables. No  obstante, no siempre pueden controlarse o las personas no poseen síntomas manifiestos, pero las enfermedades sufridas disminuyen notoriamente la calidad de vida. ¿Cómo podríamos definir calidad de vida? “Calidad de vida” son las condiciones que permiten el disfrute de la existencia por medio de nuestras capacidades físicas y mentales. 

Así hay enfermedades, terminales o no, que disminuyen nuestras capacidades para disfrutar de las actividades humanas, tan sencillas como un paseo, el poder comunicarse con otras personas, poder comer, por mencionar algunas. 

En el caso de las enfermedades terminales se han ofrecido, y deben ofrecerse, los cuidados paliativos que permiten aliviar los síntomas como los mencionados. No obstante surge la pregunta de si para aliviar el sufrimiento puede optarse por la muerte. ¿Qué no acaso tomamos decisiones sobre otros asuntos de nuestra vida? Dicho de otro modo, ¿no somos acaso seres autónomos?

Sin duda es cierto lo anterior, pero no obstante puede argüirse que el optar por morir no es una acción de vida, sino es el acabar la vida misma. Así acabar con el ser personal no es una decisión más “dentro” de la vida. ¿Cuál puede ser el argumento en contra de esa radical decisión? Alejandro Miranda propone como argumento en contra de la eutanasia el siguiente:

Premisa 1: Es siempre ilícito tratar la vida de una persona como si fuera algo carente de valor o como si fuera algo dotado de un valor meramente instrumental.

Premisa 2: Quien mata intencionalmente a una persona inocente trata la vida de esa persona si fuera algo carente de valor  o, a lo menos, como si fuera algo dotado de un valor meramente instrumental.

Conclusión: Es siempre ilícito matar intencionalmente a una persona inocente (1)

La premisa 1 parece no objetable. De hecho, un derecho humano fundamental es ser respetado como persona. La dignidad humana implica el ser considerado como fin y nunca como medio. Es crucial en este punto no solo que un tercero no trate a alguien como objeto, sino también aplica a uno mismo. No se puede así, por ejemplo, voluntariamente ser esclavo de alguna persona Se considera que la esclavitud es inadmisible en cualquier circunstancia.

La segunda premisa ha sido más debatida. El defensor de la eutanasia podría insistir en que contrario a lo que afirma la misma, el matar a un inocente, que lo solicite por su sufrimiento no significa que no se valore su persona, sino que al contrario, tan valorada es, que se le atiende en su solicitud. No obstante se puede objetar que aunque haya una intención correcta en la acción de valorar a la persona, en el acto de quitarle la vida, no obstante el medio seguiría siendo ilícito, ya que no se puede eliminar un valor fundamental, como la persona, para conseguir otro bien.  

A lo anterior podría volverse a objetar que lo que se respeta en la eutanasia es a la persona al reconocerle el derecho sobre su vida. No obstante, hay que señalar que lo anterior lleva a un dualismo en donde persona y vida humana quedarían separadas, como si los seres humanos tuviésemos añadida la categoría de persona al de la vida biológica. Así, al intentar separarlos se afirma que se defiende la dignidad a través de la eliminación voluntaria de la vida. Pero, en realidad, para ser persona ¿no tenemos que estar vivos?  

La eutanasia, en última instancia, plantea el reto del sufrimiento humano que no puede soslayarse, pero que sólo se puede combatir con todos los medios disponibles lícitos, para así mostrar, dentro de lo posible, el sentido de la existencia y el apoyo solidario que nos debemos todos con todos.    

Referencias

(1).  “Dos mitos sobre la eutanasia y el suicidio asistido”. En La eutanasia y el suicidio asistido. Una mirada multidisciplinaria.  EUNSA, Pamplona, 2021, p. 31. 

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Por eso no es casual que todos estos “productos de sanación” siempre lleven la etiqueta de “ancestrales”, aun sin demostrar con el mínimo rigor de qué tribu, en qué contexto surgió y qué sucedió con ellos ni cómo funciona en la complejidad de nuestro ser –donde cualquier cambio mayor afecta al resto de nuestras configuraciones interiores– ni qué estudios los avalan.  A partir de narrativas simplonas y regresivas, donde los insensibles y estúpidos modernos hemos olvidado quiénes somos, y que sólo a través de retrotraernos al pasado, como si el mero hecho de que algo sea antiguo, eso por sí mismo lo convierta en beneficioso, valioso y digno de rescatarse del pasado, nos dará la oportunidad de redescubrir nuestro auténtico ser y trascender los inconvenientes de una civilización que todo lo destruye.    Es paradójico que tratemos de trascender el pensamiento no llevándolo hasta el límite para superarlo, sino renunciando a cualquier reflexión racional, seria, rigurosa y sin prejuicios cientificistas acerca de los fundamentos de cada uno de estos ritos, rituales y conductas rescatados de supuestos pueblos del pasado poco o nada documentados.  Para eso justamente sirve la razón: para protegernos de lo “irracional”, mientras que trascender la razón implica, no lo pre-racional, sino lo trans-racional1.   No hay nada malo en reinterpretar las culturas ancestrales y tomar fragmentos que continúen siendo valiosos para la visión de hoy, pero lo deseable es que se haga como consecuencia de un estudio profundo de sus rituales y símbolos, así como de una exploración seria de las sustancias psicotrópicas utilizadas con el propósito de expandir la percepción, así como las implicaciones y motivaciones que los movían, buscando nuevas aplicaciones de las mismas; lo que no parece muy razonable es entregarnos a un sincretismo acrítico, irresponsable y descontextualizado, que tome elementos de aquí y de allá sin un propósito claro, sin entender los contextos en que éstas se llevaban a cabo y sin que se trate de nada más allá de un “turismo espiritual” que no busca otra cosa que la acumulación hueca de nuevas y más emocionantes experiencias.  En este contexto, no es casual la cantidad de estafas económicas y escándalos sexuales relacionados con supuestos gurús que, unos ingenuamente como consecuencia de una ignorancia profunda y muchos otros a propósito y con enorme malicia –y muchas veces con perversidad criminal– confunden, abusando de la necesidad de trascendencia de sus “clientas” y “clientes”, lo prepersonal (los modos de ser humanos previos a que la mente se convirtiera en la herramienta dominante de la evolución: instintos, sensaciones, impulsos, pulsiones, etc.) con lo transpersonal (aquellas prácticas donde se pretende dejar atrás la construcción egoica de un Yo enfermizo producido por la exacerbación de la modernidad y que son difíciles de reconocer porque aun no son demasiado frecuentes). Aunque en primera instancia suene chocante, hoy poseemos el conocimiento y las capacidades cognitivas y racionales para trascender el ritual en su comprensión antigua. Por más que queramos, el sentido literal de la mayor parte de ellos no puede ser reproducido simplemente porque sabemos cosas del planeta y de cosmos que antes no y por eso se comprende y se admira que esas culturas ancestrales atribuyeran significados distintos a las cosas, pero sin que hoy tenga sentido forzarnos a atribuir los mismos significados que sabemos superados. Un volcán, un hecho astronómico, una reacción química o un mineral convertido en collar no cabe ser entendidos en el mismo sentido que lo hacían ellos, no porque estuvieran equivocados por interpretar el mundo que habitaban desde el máximo de su sensibilidad, capacidades y talentos, sino porque una buena parte de sus fundamentos hoy las sabemos superadas por más que nos atraiga romantizarlas, rescatando sentidos que para nuestra realidad, resultarían superados y obsoletos.  El reto consiste justamente en lo opuesto: a partir de trascender nuestra racionalidad, crear nuevos símbolos y rituales que doten nuestra realidad de nuevos significados. Por ejemplo, tras hacernos conscientes de nuestra responsabilidad en el cambio climático y la extinción de especies y ecosistemas, los rituales y símbolos de la antigüedad, muy lejos de semejante escenario, resultarían insuficientes para retratar el nuevo compromiso que el humano debe asumir para con la biósfera terrestre y que implica nuevas metodologías y hábitos que nos permitan descubrirnos y ampliar nuestra comprensión de nosotros mismos de tal modo que le demos al planeta y al resto de las especies el lugar que efectivamente tienen y nos permitan alcanzar cada vez una mayor consciencia y plenitud. Esta actitud va mucho más allá que colgarse un cuarzo y comerse un hongo alucinógeno, rodeado de percusiones y música “mística”, danzando alrededor de una gran fogata.  No hay duda que una actitud racional saludable consiste en preguntarnos si esas experiencias que nos ofrece la “mística de fin de semana” nos llevan a un nuevo nivel de evolución o, por más que tengan una bella apariencia quimérica, nos regresan a comprensiones arcaizantes que, lejos de trascender la mente, nos exigen desterrarla a partir de prescribirnos un incondicional abandono a nuestros impulsos e instintos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Ken Wilber tiene infinidad de textos donde aborda este problema, y que él llama “falacia pre-trans”." 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Poco a poco se fue convirtiendo en un problema social que comenzó a concebirse a finales del siglo XIX cuando se denominó “trata de blancas”, un fenómeno muy antiguo que atenta contra los derechos humanos. Este concepto era muy conocido desde la década de los sesenta cuando en las páginas de los diarios nacionales se comenzó a percibir información que hacían referencia a los tratantes de blancas: sujetos que utilizaban mujeres como objetos sexuales y las ofrecían, lo mismo en las calles, que en los cabarés y hasta a sus amistades más cercanas y con recursos para acceder a una “chica” en el lugar que eligiera. El negocio del “mercado negro de tráfico de personas”, desde que se reconoció como un problema social, se trató de ocultar. Comunicadores y periodistas eran corrompidos a través de “moches”, “embutes” y “chayos” para que no hablaran del tema, incluso les llegaban a ofrecer mujeres blancas, europeas y americanas, que eran objeto de explotación sexual. Directivos y agentes de la entonces Dirección General de Policía y Tránsito y de la Dirección General para Prevención de la Delincuencia de la que fue la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, sobornaban a medios de comunicación y sus periodistas para ocultar lo que ya se concebía como un delito que dejaba jugosas ganancias y que a la fecha es encubierto por legisladores, empresarios y funcionarios. Basta con recordar aquel caso de “Las muertas” en el libro de Jorge Ibargüengoitia que se inspiró en una realidad que sucedió en San Francisco del Rincón (Guanajuato). El hecho se conoció como “Las Poquianchis”. Las investigaciones del crimen revelarían en 1964 los oscuros secretos de las conocidas hermanas Baladro –en realidad eran Adelina y María Rosa–, dueñas de cantinas y prostíbulos: estafas, trata de mujeres, entierros clandestinos de estas mujeres que antes eran sometidas a perros que las violaban, cuando ya no les servían. Su proceso penal tuvo una cobertura mundial Fue un caso sui generis que llevó a que el fenómeno de la trata alcanzara un nivel de alto impacto que hizo a las autoridades mexicanas voltear a lo que en las Naciones Unidas se había impulsado en 1949 con la creación de diversos tratados sobre este tema, por ejemplo, el Convenio para la Represión de la Trata de Personas y la Explotación de la Prostitución. Después de la Segunda Guerra Mundial, y gracias al aumento de la migración femenina, se hizo evidente que el fenómeno de la trata, lejos de haber desaparecido, se había extendido por todo el mundo y adquirido diversas modalidades. Así, el término “trata de blancas” quedó en desuso por no corresponder ya a las realidades de desplazamiento y comercio de personas, y tampoco a la naturaleza y dimensiones de los abusos inherentes a dicho fenómeno. En la actualidad este crimen merece otro tratamiento luego del informe de Hispanics in Philanthropy, publicado de cara al Día Mundial contra la Trata, que advierte que este delito aumentó en el país en 32.5% en los últimos cinco años, que debería contar con políticas para encararlo. Lo cierto es que en lo que va del actual gobierno, no se percibe un Programa Nacional para Prevenir, Sancionar y Erradicar los Delitos en Materia de Trata de Personas en donde la presencia del crimen organizado y la inacción de las autoridades facilitan que el dinero se mueva de manera ilegal.  De acuerdo con cifras de la fiscalía general de la República (FGR), la posibilidad de que una persona sea castigada en México por lavado de dinero es del 2%. En materia de trata de personas aún se está lejos de reducir su incidencia a través del aparato penal y de proveer servicios suficientes de atención a víctimas.  La propia UIF indica que no se cuenta con cifras precisas sobre los montos monetarios que son sujetos de lavado; sin embargo, reconoce que en 2019 se han incrementado los reportes de operaciones sospechosas (364) además de que se identificó una importante red de trata de personas que utilizaba bitcoins para lavar sus ganancias, por eso la importancia de que se identifique a través de la ruta del dinero. Contacto: @larapaola1" ["post_title"]=> string(18) "La ruta del dinero" ["post_excerpt"]=> string(198) "La trata de mujeres es uno de los delitos que más laceran a la sociedad. Descubrir la ruta del dinero de los traficantes de personas podría ser la clave para reducir la impunidad de este delito. 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Por otra parte percibimos como problemático el hecho de que, en efecto, estamos disociados del cuerpo, de las emociones, de los sensaciones y demás aspectos no mentales. 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Por eso no es casual que todos estos “productos de sanación” siempre lleven la etiqueta de “ancestrales”, aun sin demostrar con el mínimo rigor de qué tribu, en qué contexto surgió y qué sucedió con ellos ni cómo funciona en la complejidad de nuestro ser –donde cualquier cambio mayor afecta al resto de nuestras configuraciones interiores– ni qué estudios los avalan.  A partir de narrativas simplonas y regresivas, donde los insensibles y estúpidos modernos hemos olvidado quiénes somos, y que sólo a través de retrotraernos al pasado, como si el mero hecho de que algo sea antiguo, eso por sí mismo lo convierta en beneficioso, valioso y digno de rescatarse del pasado, nos dará la oportunidad de redescubrir nuestro auténtico ser y trascender los inconvenientes de una civilización que todo lo destruye.    Es paradójico que tratemos de trascender el pensamiento no llevándolo hasta el límite para superarlo, sino renunciando a cualquier reflexión racional, seria, rigurosa y sin prejuicios cientificistas acerca de los fundamentos de cada uno de estos ritos, rituales y conductas rescatados de supuestos pueblos del pasado poco o nada documentados.  Para eso justamente sirve la razón: para protegernos de lo “irracional”, mientras que trascender la razón implica, no lo pre-racional, sino lo trans-racional1.   No hay nada malo en reinterpretar las culturas ancestrales y tomar fragmentos que continúen siendo valiosos para la visión de hoy, pero lo deseable es que se haga como consecuencia de un estudio profundo de sus rituales y símbolos, así como de una exploración seria de las sustancias psicotrópicas utilizadas con el propósito de expandir la percepción, así como las implicaciones y motivaciones que los movían, buscando nuevas aplicaciones de las mismas; lo que no parece muy razonable es entregarnos a un sincretismo acrítico, irresponsable y descontextualizado, que tome elementos de aquí y de allá sin un propósito claro, sin entender los contextos en que éstas se llevaban a cabo y sin que se trate de nada más allá de un “turismo espiritual” que no busca otra cosa que la acumulación hueca de nuevas y más emocionantes experiencias.  En este contexto, no es casual la cantidad de estafas económicas y escándalos sexuales relacionados con supuestos gurús que, unos ingenuamente como consecuencia de una ignorancia profunda y muchos otros a propósito y con enorme malicia –y muchas veces con perversidad criminal– confunden, abusando de la necesidad de trascendencia de sus “clientas” y “clientes”, lo prepersonal (los modos de ser humanos previos a que la mente se convirtiera en la herramienta dominante de la evolución: instintos, sensaciones, impulsos, pulsiones, etc.) con lo transpersonal (aquellas prácticas donde se pretende dejar atrás la construcción egoica de un Yo enfermizo producido por la exacerbación de la modernidad y que son difíciles de reconocer porque aun no son demasiado frecuentes). Aunque en primera instancia suene chocante, hoy poseemos el conocimiento y las capacidades cognitivas y racionales para trascender el ritual en su comprensión antigua. Por más que queramos, el sentido literal de la mayor parte de ellos no puede ser reproducido simplemente porque sabemos cosas del planeta y de cosmos que antes no y por eso se comprende y se admira que esas culturas ancestrales atribuyeran significados distintos a las cosas, pero sin que hoy tenga sentido forzarnos a atribuir los mismos significados que sabemos superados. Un volcán, un hecho astronómico, una reacción química o un mineral convertido en collar no cabe ser entendidos en el mismo sentido que lo hacían ellos, no porque estuvieran equivocados por interpretar el mundo que habitaban desde el máximo de su sensibilidad, capacidades y talentos, sino porque una buena parte de sus fundamentos hoy las sabemos superadas por más que nos atraiga romantizarlas, rescatando sentidos que para nuestra realidad, resultarían superados y obsoletos.  El reto consiste justamente en lo opuesto: a partir de trascender nuestra racionalidad, crear nuevos símbolos y rituales que doten nuestra realidad de nuevos significados. Por ejemplo, tras hacernos conscientes de nuestra responsabilidad en el cambio climático y la extinción de especies y ecosistemas, los rituales y símbolos de la antigüedad, muy lejos de semejante escenario, resultarían insuficientes para retratar el nuevo compromiso que el humano debe asumir para con la biósfera terrestre y que implica nuevas metodologías y hábitos que nos permitan descubrirnos y ampliar nuestra comprensión de nosotros mismos de tal modo que le demos al planeta y al resto de las especies el lugar que efectivamente tienen y nos permitan alcanzar cada vez una mayor consciencia y plenitud. Esta actitud va mucho más allá que colgarse un cuarzo y comerse un hongo alucinógeno, rodeado de percusiones y música “mística”, danzando alrededor de una gran fogata.  No hay duda que una actitud racional saludable consiste en preguntarnos si esas experiencias que nos ofrece la “mística de fin de semana” nos llevan a un nuevo nivel de evolución o, por más que tengan una bella apariencia quimérica, nos regresan a comprensiones arcaizantes que, lejos de trascender la mente, nos exigen desterrarla a partir de prescribirnos un incondicional abandono a nuestros impulsos e instintos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Ken Wilber tiene infinidad de textos donde aborda este problema, y que él llama “falacia pre-trans”." 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Los gurús vendehúmos vs la auténtica trascendencia de la razón

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