La profesión docente y la educación están en crisis, crisis multifactorial, desde el interior de las escuelas, hasta el modelo que rige las políticas educativas. Uno de los aspectos a reflexionar es la escuela, el aula, que es donde se lleva a cabo el verdadero proceso de aprendizaje: ¿qué están haciendo los docentes en las aulas bajo un modelo que los rige y desde sus propias experiencias? Aquí dejo algunas reflexiones que comparto con un colega docente, Daniel Ortíz.
Para que la evaluación formativa funcione se necesitan condiciones laborales que hoy por hoy no existen en la mayoría de las escuelas mexicanas. Revisar a fondo el diario de clase, de 40 alumnos por grupo, darles retroalimentación personalizada y guiar su autocrítica toma horas de trabajo concentrado. Con la carga administrativa actual y los grupos saturados, la evaluación formativa corre el riesgo de convertirse en otro papel burocrático que se llena al vapor para cumplir con la supervisión.
Al docente se le pide explicar cuantas veces sea necesario hasta que el alumno aprenda, cambiar las estrategias, la forma de explicar, las actividades, y eso, supondría que ya entendió. Sin embargo, no es tan simple ¿y cuándo la mayoría de los alumnos ya entendió el tema? Algunos responderían, más ejercicios para afirmar conocimiento, sin embargo, esto no reafirma conocimientos, después de dos o tres veces, genera desorganización y desorden en los grupos, entonces ¿es posible el aprendizaje personalizado? Sí, solo cuando tienes a tu cargo no más de 12 alumnos.
Otra actividad docente es cuando se debe ayudar al estudiante a identificar cómo aprende, qué estrategia utiliza, cuáles son sus fortalezas y qué ajustes necesita realizar para mejorar, pero ¿a qué hora?
La neurociencia indica que los estudiantes aprenden mejor cuando perciben apoyo, confianza y acompañamiento emocional. El cerebro humano responde positivamente a contextos donde existe seguridad psicológica, física, retroalimentación constructiva y oportunidades de mejora. Pero esto no está estructurado como un indicador medible solicitado al docente, pero sí que lo debe hacer.
¿Cómo se puede generar cambios en el aprendizaje de los alumnos? Como dice Chavez, la grandeza de la docencia no se encuentra únicamente en lo que enseñamos, sino en la capacidad de acompañar a otros mientras descubren quiénes pueden llegar a ser. Coincido con él, sin embargo, la realidad es abismalmente diferente, el contexto que no apoya al docente, sobrecargado de burocracia, de grupos, de materias, de aulas llenas y sin seguridad emocional a su persona, porque frente a un problema o queja de los padres, los padres siempre tendrán la razón. El docente se ha quedado más vulnerable que nunca, y si son alumnos jóvenes, se expone a ser golpeado o hasta asesinado por el alumno inconforme con una calificación asignada, ¡no fue a gusto del cliente!
Escribe un colega, es curioso que al alumno -que exige la calificación a modo- se le olvidaron las tareas, actividades y compromisos durante meses, pero recuerda perfectamente el día en que, según él, el maestro no le recibió un trabajo, y el culpable es el maestro.
Otra forma de trabajar según el nuevo modelo es usar la bitácoras y diarios, que es menos estresante para los alumnos que un examen que mide memoria a corto plazo. El problema es que una evaluación cualitativa es más difícil de establecer, de medir (y al final siempre es cuantitativamente, porque se solicita y asigna un número), calificar bitácoras y diarios es un trabajo para el docente que lleva mucho tiempo, a muchos alumnos, aparte del obligado por jornada, y requiere mucha atención si calificamos proceso y mejoras para después retroalimentar, y al final la evaluación se asienta en un número. ¿Y si el sistema te indica que no repruebas, dónde queda el verdadero trabajo de enseñanza? Cada vez al docente se le quita poder de acción, pero se le piden cargas completas.
Si el reporte del docente dice que se cumplieron los objetivos, la realidad del aula pasa a segundo término. El sistema premia al docente que mejor redacta su reporte, impecable, coherente con lo solicitado, en línea con lo que el modelo pide, será bien evaluado, no corre riesgo en su trabajo a pesar de estar precarizado y vivir con estrés por inseguridad laboral y sobrecarga.
La política educativa incurre en una hipocresía moral al dictaminar que las escuelas deberían ser espacios seguros para la infancia y trabajar la paz como mandato, mientras sostiene dinámicas de precarización de los docentes. No es éticamente sostenible edificar un modelo de educación socioemocional desde el descuido institucional “pedirle a un docente que contenga la ansiedad de treinta adolescentes, cuando sus propias manos tiemblan debido al agotamiento crónico es un ejercicio de crueldad sistemática” (Ortiz M. D. 2026).
El actual docente ya no solo transmite conceptos académicos, un verdadero desafío radica en que el docente es el primer contenedor de realidades rotas y problemáticas familiares que entran al salón de clases. Sostener esa carga emocional mientras se intenta transmitir conocimientos es una función muy compleja y desgastadora, que ningún puesto administrativo llega a experimentar nunca. La burocracia no evalúa el aprendizaje ni el estado socioemocional, evalúa obediencia al trámite.
A la actividad de enseñar, se le agregan cumplimiento administrativo, indicadores de evaluación, cumplir con requisitos institucionales, tanto presenciales como en línea, atención a los alumnos detectados con alguna interferencia en el proceso de aprendizaje, atención a familias, adaptaciones curriculares y adaptaciones a normas y nuevos protocolos de actuación, estar actualizados y dar respuesta a los ambientes de convivencia y paz, día naranja, días festivos, días o suspensiones por decreto (sin justificación pedagógica); la profesión docente no termina después de la jornada laboral, cambia de contexto.
¿Importa el docente?
¿Qué necesitamos los docentes para cumplir con la labor educativa?
Bibliografía de apoyo
Daniel Ortíz, Psicología para docentes
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