Ella es una entre miles

Una querida amiga enfermera, el angelito que me cuidó durante de mi proceso de cáncer, me envió ayer un mensaje de audio que me dejó el corazón hecho pedacitos. Está contagiada de COVID por segunda vez. Su...

29 de diciembre, 2020

Una querida amiga enfermera, el angelito que me cuidó durante de mi proceso de cáncer, me envió ayer un mensaje de audio que me dejó el corazón hecho pedacitos. Está contagiada de COVID por segunda vez. Su voz apenas se puede escuchar, su respiración está entrecortada y llora. Dice que tiene mucho miedo. Y cómo no tener miedo si ella ha visto fallecer la gente por COVID; ha visto y escuchado cómo se ahogan; ha escuchado las despedidas y también ha visto a muchos sanar.

Ella luchó junto a sus compañeros desde el principio para que les dieran el equipo necesario en el Hospital General de Tijuana. Los tuvieron sin aire acondicionado en el verano, les faltan medicamentos e insumos, sigue haciendo falta equipo de protección, no les dieron el bono COVID (se los quieren cambiar por vacaciones) y les han retrasado algunos pagos. 

Se está haciendo viejo el tiempo y en 2020 decir “hace ocho meses” suena a prehistoria, a un marzo lejano, casi inexistente. Ese marzo en que todos corrimos a casa sin saber qué pasaba exactamente, dejamos de lado planes y proyectos y nos dedicamos a esperar que la tormenta pasara…y no ha pasado.

El principio de todo lo protagonizó el desarmado personal médico en los hospitales y se les cubrió con una capa heroica. Eso fue solo al principio, luego la gente dejó de preocuparse y los gobiernos hicieron suya la pandemia olvidándose de la población en general. 

Cuando pudieron y tuvieron el equipo de protección necesario, la gente de blanco se visitó de astronauta y entró de lleno a la zona de peligro, donde aún siguen porque la gente no alcanza a comprender la gravedad de la enfermedad. Contagiarse de COVID por irresponsables y acudir al médico es llevar consigo la muerte para dejarla en ese consultorio, en ese hospital en donde hay personal con debilidad inmunológica por agotamiento, miedo, enojo y frustración. La misma población irresponsable está enfermando a los doctores y enfermeras.

En Tijuana, en el Hospital General, el personal médico ha estado luchando contra viento y marea, solicitando, exigiendo toda la protección necesaria además de sus sueldos, prestaciones y el bono COVID prometido por el gobierno federal. Nada de lo anterior ha sido cumplido en su totalidad.

Hicieron plantones y aunque su profesión y su ética no les permite, querían emplazarse a huelga, entonces trabajaron bajo protesta. El gobierno estatal asegura e insiste una y otra vez que todo está en orden cuando, en su cara, le han dicho al secretario de salud –un monito raro–, Alonso Oscar Pérez Rico, que los faltantes y carencias estaban poniendo en riesgo a todos en el hospital.

Se sabe que nadie puede hacer visitas a sus enfermos, que nadie más que el enfermo puede permanecer en el hospital y que muchos se despiden de sus familias por medio de las enfermeras y enfermeros. El cinismo y la burla en pleno se hace presente cuando el gobernador Jaime Bonilla Valdez se contagia y es internado en el Hospital General, hace gran fanfarria y se atreve a llamar a su equipo para hacer una transmisión en vivo ¡desde su cama de hospital! (con la camisa de vestir debajo de la bata). Todo ese personal que ha trabajado a marchas forzadas exigiendo lo que no les proveen, tuvo que atender a la persona que no les hace caso. No entiendo la capacidad de protagonismo burlón que tiene este gobernador Jaime Bonilla.

Lo peor es que después de la tormenta no llega la calma; se quedan los escombros, los obstáculos, los derrumbes y para encontrar el camino “a la normalidad” pasará mucho tiempo después de que haya pasado la tormenta.

Si saben orar, rezar, meditar, pensar bonito, por favor, háganlo por Magui, mi enfermera favorita y, de paso, por todo el personal médico que está en la misma condición. Gracias.

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Tenemos también sentimientos, entendidos como emociones complejas que, a diferencia de las emociones primarias, que se alternan y estallan de forma aleatoria y con distintas intensidades según la situación –tristeza, asco, miedo, enfado, alegría y sorpresa–,  son estables y se mantienen en el tiempo. Mientras que pasamos del enojo a la alegría en minutos, el aprecio que sentimos por alguien se construye y se mantiene a lo largo del vínculo o incluso más allá, pudiendo mantenerse intacto a pesar de la muerte.  Tenemos también impulsos, intuiciones e instintos, éstos últimos asociados con nuestra parte más animal. 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Es que no sé qué me pasa, pero por más que me proponga, si tengo delante un chocolate, no me puedo controlar… y un larguísimo etcétera.  ¿Cómo podemos pensar seriamente que el “Yo-borracho”, el “Yo-glotón”, el “Yo-perezoso”, el “Yo-violento” no soy Yo? ¿Cómo puedo aceptar con tanta naturalidad que el “Yo-iracundo” que grita y explota ante cada instante de frustración no es mi auténtico yo? ¿Cómo conseguimos convencernos que ése que salió de compras y gastó el triple de lo programado en cosas inútiles no soy de verdad Yo? Pues esto es justo lo que solemos decirnos: que aquel que hace lo que en mi pensamiento es inaceptable, en realidad no soy yo. 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Si aparece una alerta roja en el tablero, hacemos como que no la vemos y llevamos el vehículo al ingeniero mecánico para que resuelva el problema, para que sustituya la parte dañada, para que repare cualquier desperfecto y corrija cualquier falla. Así nos presentamos ante el médico. Que sea ella/él quien observe, haga un diagnóstico y proponga una solución, la cual, si podemos pagarla y no nos resulta dolorosa o incómoda en exceso, solemos aceptarla sin el mínimo cuestionamiento. Toda la dinámica equivale a si se tratara de un “objeto” que, si bien nos pertenece, está fuera de nosotros.  Es curioso que con la psicoterapia resulte un poco distinto. Quizá sea uno de los pocos especialistas de la salud que realmente sentimos que se enfoca en nuestro Yo verdadero, porque se centra en nuestro pensamiento, el cual consideramos nuestro auténtico Yo. 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Ahí podemos ver cómo cada uno de los personajes tiene, dentro de la cabeza –la ubicación de este “cuarto de mando” no es casual, pues ahí se ubica el cerebro, al cual el ser humano le atribuye la función de pensar– una serie de pequeños entes que representan distintas voces. En el caso de la película de Disney, esencialmente se retratan las distintas emociones, que se “coordinan” entre sí, con mayor o menor fortuna según sea la situación y mediante las cuales los personajes se gestionan a sí mismos en su relación con el mundo y los demás.  En la existencia real el asunto de complejiza porque, además de la capacidad de pensar y de las emociones, un ser humano promedio posee muchas otras dimensiones que interactúan entre sí de forma dinámica y permanente: Las sensaciones son los estímulos e información que recibimos del mundo exterior y que debemos interpretar en aras de sobrevivir y adquirir conocimientos. Tenemos también sentimientos, entendidos como emociones complejas que, a diferencia de las emociones primarias, que se alternan y estallan de forma aleatoria y con distintas intensidades según la situación –tristeza, asco, miedo, enfado, alegría y sorpresa–,  son estables y se mantienen en el tiempo. Mientras que pasamos del enojo a la alegría en minutos, el aprecio que sentimos por alguien se construye y se mantiene a lo largo del vínculo o incluso más allá, pudiendo mantenerse intacto a pesar de la muerte.  Tenemos también impulsos, intuiciones e instintos, éstos últimos asociados con nuestra parte más animal. Y, desde luego, un cuerpo físico que ocupa un lugar en el espacio, que está formado por diversos órganos y sistemas y mediante el cual habitamos el mundo.  Esta complejidad vistas desde una supuesta comprensión integradora, está muy lejos de operar satisfactoriamente como eso, como una unidad, para parecerse más a un cúmulo disociado de facultades interdependientes que aún estamos en el camino de aprender a gestionar.  Por eso es perfectamente natural que escuchemos a alguien decir (o incluso que lo digamos nosotros mismos) cosas como: es que ése que golpeó a alguien “no era yo”. Es que no sé qué me pasó, lo dije sin pensar. Es que no es eso lo que creo. Es que no sé qué me pasa, pero por más que me proponga, si tengo delante un chocolate, no me puedo controlar… y un larguísimo etcétera.  ¿Cómo podemos pensar seriamente que el “Yo-borracho”, el “Yo-glotón”, el “Yo-perezoso”, el “Yo-violento” no soy Yo? ¿Cómo puedo aceptar con tanta naturalidad que el “Yo-iracundo” que grita y explota ante cada instante de frustración no es mi auténtico yo? ¿Cómo conseguimos convencernos que ése que salió de compras y gastó el triple de lo programado en cosas inútiles no soy de verdad Yo? Pues esto es justo lo que solemos decirnos: que aquel que hace lo que en mi pensamiento es inaceptable, en realidad no soy yo. Asumimos que ése que lastima su cuerpo, que daña su salud, que deteriora sus relaciones, que se sabotea profesionalmente no soy Yo, sino algo que funciona mal dentro de “mi cuerpo”, pero que con una pastilla, con una cirugía, tras una hipnosis “que curen ese aspecto mío que está fallando”, todo habrá de resolverse.  En todos esos casos que consideramos negativos, se trata de algo dentro de nosotros que está fuera de control y que desobedece al Yo que piensa y con el que, en apariencia, me siento más identificado; en una palabra: se trata de aspectos “míos” que traicionan al Yo verdadero.   Pero esta es solo una dimensión del problema. En el caso concreto de nuestro cuerpo, por ejemplo, cuando un órgano o una parte de él muestra un “desempeño inadecuado”, es decir, cuando enfermamos, vamos al médico en busca de una solución externa. Tratamos a nuestro cuerpo exactamente igual que a nuestro automóvil. Si aparece una alerta roja en el tablero, hacemos como que no la vemos y llevamos el vehículo al ingeniero mecánico para que resuelva el problema, para que sustituya la parte dañada, para que repare cualquier desperfecto y corrija cualquier falla. Así nos presentamos ante el médico. Que sea ella/él quien observe, haga un diagnóstico y proponga una solución, la cual, si podemos pagarla y no nos resulta dolorosa o incómoda en exceso, solemos aceptarla sin el mínimo cuestionamiento. Toda la dinámica equivale a si se tratara de un “objeto” que, si bien nos pertenece, está fuera de nosotros.  Es curioso que con la psicoterapia resulte un poco distinto. Quizá sea uno de los pocos especialistas de la salud que realmente sentimos que se enfoca en nuestro Yo verdadero, porque se centra en nuestro pensamiento, el cual consideramos nuestro auténtico Yo. El resto de lo que ampara mi identidad solo “me pertenece”.  Desde luego que los próximos artículos, que abordarán la relación de nuestros diversos “mis” –mi cuerpo, mis emociones, mis sentimientos, mis impulsos, etc.– con ese “Yo que piensa”, y el cual consideramos el núcleo de nuestra identidad, no abogan por rechazar la medicina o la ciencia, sino por replantearnos la manera como nos relacionamos con todos aquellos aspectos que nos constituyen para, en la medida de lo posible, dejar de entenderlos como entes ajenos y aprender, paso a paso, a experimentarnos como una unidad completa, de modo que, con independencia de que sigamos asistiendo al médico o al fisioterapeuta, aprendamos a leernos y entender mejor los mensajes que nuestro cuerpo, emociones, sentimientos, impulsos, intuiciones y demás elementos que nos componen nos ofrecen con el propósito de tener una experiencia más plena y consciente.   Desde luego que la disociación expuesta en los párrafos anteriores entre el “Yo que piensa” y mi cuerpo, mis emociones, sin sensaciones, etc., no es producto del azar, sino que tiene como origen conceptual en el trabajo de René Descartes y su célebre conclusión: cogito ergo sum y que solemos traducir como “pienso, luego existo”, con la cual, sin saberlo, fundó la modernidad.  En el siguiente artículo exploraremos el trabajo de este filósofo, indispensable para entender el origen de lo que hoy conocemos como individualidad.  Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook: Juan Carlos Aldir" ["post_title"]=> string(77) "Relación cuerpo-mente: ¿disociación irreversible o potencial integración?" 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Relación cuerpo-mente: ¿disociación irreversible o potencial integración?

Relación cuerpo-mente: ¿disociación irreversible o potencial integración?

–“Yo es otro”. Arthur Rimbaud (1854-1891)

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