Hoy es necesario volver a alzar la voz en favor de la democracia porque es el mejor régimen para hacer valer el imperio de la ley, combatir las injusticias y resolver nuestros problemas de manera pacífica. Cualquier otra alternativa de configuración política ha resultado peor si medimos en términos de corrupción, injusticia y violencia.
El pasado 2 de julio debimos haber celebrado el 25 aniversario de la transición democrática, cuando los mexicanos dejamos atrás un régimen autoritario, de partido hegemónico y elecciones simuladas, con la consecuente corrupción propia de gobiernos sin división efectiva de poderes y sin mecanismos legales que obligan a la transparencia y rendición de cuentas. En vez de celebrar este gran avance histórico, las páginas editoriales de los principales medios informativos y las redes sociales están repletas de comentarios que advierten sobre el fin de nuestro breve periodo democrático y el regreso a un régimen autoritario más corrupto y mucho más incompetente que el anterior. Simultáneamente, en días recientes ha habido mesas de análisis sobre un asunto que en efecto amerita reflexión: ¿Fracasó la democracia mexicana? Comparto algunas reflexiones al respecto.
Llama la atención que aquellos analistas simpatizantes de la 4T (que hoy abundan en los programas de opinión de Televisa, por ejemplo) consideran que nuestra experiencia “mal llamada” democrática fue un fracaso rotundo, una especie de “ilusión burguesa”. Esencialmente porque acusan que a AMLO “se le robaron sus victorias electorales” en 2006 y 2012 (acusación que es una gran mentira) y no se eliminaron algunas prácticas no democráticas de los partidos políticos. Asimismo porque le achacan no haber podido resolver problemas estructurales como el de la pobreza de más de 50 millones de mexicanos y el de la insuficiente generación de empleo, mientras que la crisis de seguridad pública estalló cuando Felipe Calderón intentó combatirla frontalmente. Quizá por esto sea que aplauden hoy nuestro regreso a los tiempos de partido de estado con elecciones controladas por el gobierno, sin división de poderes y sin diputados plurinominales (como será el caso a partir de la próxima reforma electoral que ya anunció la Presidente Sheinbaum). El argumento implícito en esta equivocada valoración de nuestra corta vida democrática es: si la democracia que tuvimos no fue lo que queríamos, ¡acabemos con ella! Al cabo que estos analistas consideran efectiva o aspiracional la democracia que viven los cubanos.
Desde luego, los 18 años transcurridos entre el inicio del gobierno de Vicente Fox y el final del de Enrique Peña Nieta no fueron, ni remotamente, maravillosos. De hecho, quedaron a deber en muchos aspectos: en crecimiento económico, en generación de empleo, en distribución del ingreso, en seguridad pública, en combate a la pobreza, en combate a la corrupción, etc. No estábamos bien, es verdad. Sin embargo, ¡ya quisiéramos hoy estar tan mal como estábamos en esos años! Pero el poder de la ideología y el resentimiento se combinan para nublar la mente de muchos. López Obrador tuvo un acierto en su política de elevar por decreto el Salario Mínimo (aunque mucho le debemos a la presión de Trump durante la transformación del TLC en T-MEC) y sus transferencias sociales directas tienen mérito (también muchos problemas). No obstante, punto por punto, hoy el país está mucho peor que en 2018: en crecimiento económico, generación de empleos, salud pública, presencia del crimen organizado, pobreza extrema, libertad de expresión, derechos humanos y, sobre todo, el desmantelamiento institucional del Estado es inaudito. Hoy las estupideces en la toma de decisiones se multiplican en todos los niveles de la administración pública y los contrapesos internos ya desaparecieron. No sorprende que expertos económicos de primer nivel anticipen que México pueda perder el grado de inversión próximamente.
Valorar la verdad y afanarse en encontrarla es un imperativo de la vida en común. El principio de realidad es condición sine qua non para el mejoramiento continuo de las condiciones de vida. Nuestro país tiene y ha tenido muchos problemas, por el tamaño y complejidad de su población, por los intrincados laberintos de su historia y sus tramas ideológicas, tal vez por su ubicación geográfica. Pero exactamente por las mismas razones tiene y ha tenido muchas oportunidades (que lamentablemente hemos perdido o desaprovechado y lo estamos haciendo nuevamente). El régimen democrático, imperfecto pero efectivo, que vivimos entre 1997 y el 2021 fue un gran logro y una gran oportunidad que un porcentaje relativamente alto de la población no ha valorado debidamente, quizá porque en esos años no pudimos resolver problemas añejos y estructurales de nuestro ser nacional; o más porque no hemos sabido desarrollar una cultura política realmente democrática que valore la participación ciudadana, el diálogo y las relaciones humanas en una sociedad plural y compleja. No obstante, es necesario volver a alzar la voz en favor de la democracia y las instituciones republicanas por todo cuanto implican en cuanto a que es el mejor régimen que hemos encontrado los seres humanos a lo largo de nuestra historia para hacer valer el imperio de la ley, combatir las injusticias y resolver nuestros problemas de manera pacífica. Cualquier otra alternativa de configuración política ha resultado peor si evaluamos en términos de corrupción, injusticia y violencia.
A los morenistas que nos gobiernan parece que ya se les olvidó cómo les fue en los años recios de la represión priísta y, sobre todo, que realmente pudieron hacer avances significativos en su agenda política bajo esa imperfecta democracia que hoy destruyen.
X: @AdrianRdeCh
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